Como jóvenes profesionales de la arquitectura en la década del ochenta, el proyecto ganador del concurso para la Tête Défense nos confirmó en nuestras recién adquiridas banderas (que entonces no nos molestaba llamar “postmodernas”, aunque el término viró con los años y su difusión extradisciplinaria a un incómodo atributo neoliberal). La arquitectura podía producir ciudad, podía articular una desmañada operación inmobiliaria en el oeste parisino con los venerables monumentos del gran eje monumental de los Champs-Elysées, podía proponer para ese presente una forma poderosa, obvia (en el mejor de los sentidos) y acertada en su formulación, alejada de los pastiches historicistas y enraizada en la historia desde una descarnada modernidad.

Aunque la película de Stéphane Demoustier toma algo de este componente, su mirada enfoca decididamente el drama personal del arquitecto dinamarqués Johan Otto von Spreckelsen (el desconocido) y las contradicciones entre el sueño de su gran obra y las complejidades técnicas, políticas y económicas de su realización. Otto se apoya en Mitterrand; posiblemente lo mejor de la película sean los episodios de la mañana y la tarde en los que una grúa sostiene el simulacro de techo para convencer al presidente francés de la adecuada implantación urbana del proyecto, verificando la perspectiva a través del Arco del Triunfo. Los roles del asesor presidencial Subilon y del gerente de proyecto Paul Andreu son rescatados por la película; lejos de ser los villanos que destruyen el sueño del recién llegado, admiran la obra y buscan su realización hasta el final.

Un final que resulta feliz por la concreción del proyecto en 1989 (asombrosa rapidez para una obra de esa envergadura y complejidad) pero amargo por la previa desgracia personal del arquitecto. Otto resulta así un personaje que sintetiza a dos arquitectos del cine: el randista protolibertario de El Manantial (“uno contra todos”), dispuesto hasta al sacrificio de su carrera para salvaguardar la esencia de su obra, y el atormentado intelectual de El vientre del arquitecto, perdido entre las maquetas de los revolucionarios franceses del tardío XVIII.
La reconstrucción digital de las distintas instancias de la obra (y también de la construcción de la pirámide del Louvre, apoyando el breve contacto de Otto con el más astuto I. M. Pei) aporta un bienvenido verismo a la realización de Demoustier.
MC
Otra visión del rol profesional (más reciente, menos heroico), en Arkitekten, de Kerren Lumer-Klabbers, con Eili Harboe.
