A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, los análisis sobre la última dictadura suelen centrarse en el terrorismo de Estado y en las transformaciones políticas y económicas que impulsó el régimen cívico-militar. Existe, sin embargo, una dimensión igualmente decisiva: la reorganización territorial y productiva del país, cuyas huellas aún modelan el paisaje del Gran Buenos Aires.

Representación del cinturón ecológico en el Gran Buenos Aires. Una ciudad industrial con un núcleo urbano compacto rodeado por un cinturón que busca contener su expansión. Fuente: Boletín de la Sociedad Central de Arquitectos, n.º 110, 1980.
Una ilustración publicada en 1980 en el Boletín de la Sociedad Central de Arquitectos condensa el clima de la época. La imagen muestra un núcleo urbano denso, dominado por industrias y edificaciones compactas, rodeado por un gran cinturón. La metáfora para el Gran Buenos Aires es potente: la imagen de un cinturón verde que no aparece como una naturaleza abierta, sino como un dispositivo de contención urbana. Como si la ciudad industrial —con su humo, sus fábricas y sus edificios— debiera ser contenida dentro de un límite, una verdadera frontera.
Pero esa preocupación por la contaminación industrial no puede entenderse sólo en términos ambientales. En el Gran Buenos Aires, la concentración de fábricas estaba estrechamente asociada a la presencia de amplios contingentes de trabajadores organizados.
A fines de los años setenta, esa idea buscaba materializarse en el ambicioso programa territorial del cinturón ecológico del Área Metropolitana de Buenos Aires, impulsado por el entonces Cinturón Ecológico Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE). El plan combinaba varios objetivos: crear reservas verdes, articular un sistema de vialidad metropolitana, utilizar rellenos sanitarios para la disposición final de residuos y establecer un límite duro a la expansión del conurbano. En el discurso oficial, se trataba de una iniciativa territorial propia del urbanismo moderno, inspirada en experiencias internacionales de planificación regional.
Pero ese proyecto territorial se desplegaba en coordinación interjurisdiccional con otras decisiones clave impulsadas por los gobiernos nacional, provincial y capitalino. La entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires avanzó con el nuevo Código de Planeamiento Urbano, que estableció fuertes restricciones a la radicación de industrias dentro del ejido capitalino. La provincia, por su parte, sancionó la Ley 8912 de ordenamiento territorial y una disposición de relocalización industrial de 1979, que fijaba criterios estrictos para nuevas radicaciones fabriles en el Gran Buenos Aires y promovía su traslado hacia el interior. En nombre de la lucha contra la contaminación y la congestión industrial, este conjunto de medidas buscaba desplazar industrias fuera del área metropolitana o limitar su expansión.
La combinación de estas políticas —el cinturón ecológico, el bloqueo industrial de la capital y la relocalización industrial fuera del conurbano— pretendía producir un efecto claro: redefinir la ciudad industrial del conurbano como un problema territorial, ambiental y urbano.
Pero esa preocupación por la contaminación industrial no puede entenderse sólo en términos ambientales. En el Gran Buenos Aires, la concentración de fábricas estaba estrechamente asociada a la presencia de amplios contingentes de trabajadores organizados. Desde mediados del siglo XX, los principales bastiones industriales del conurbano —Avellaneda, Lanús, La Matanza, San Martín o el cordón norte— consolidaron una intensa vida política en los barrios obreros. En ese contexto, los problemas de contaminación y congestión urbana se mezclaban con otra preocupación menos explícita en los planes: la densidad social y política que generaba la ciudad industrial.
El Gran Buenos Aires ha sido históricamente el principal territorio industrial del país. Desde principios del siglo XX, la expansión de fábricas a lo largo de las líneas ferroviarias y de los grandes ejes viales dio forma a un paisaje característico: plantas fabriles, talleres y depósitos, barrios obreros y puertos. Ese tejido productivo explicó en gran medida el crecimiento demográfico y la identidad obrera de la región.
De este modo, mientras el cinturón ecológico avanzó sobre el territorio a través de rellenos sanitarios, autopistas y nuevas infraestructuras metropolitanas, el intento de relocalizar la industria encontró límites mucho más fuertes.
Hacia fines de los años setenta, el paisaje industrial del conurbano bonaerense comenzó a ser reinterpretado. La densidad industrial y la concentración de trabajadores, que antes se consideraban factores de progreso, empezaron a ser vistos como fuentes de congestión, contaminación y desorden urbano. Esta visión no sólo respondía a problemas ambientales reales, sino también a un diagnóstico atravesado por la doctrina de la seguridad interna, que veía en el conurbano industrial y densamente poblado un espacio potencial de conflictividad política, donde fábricas, barrios obreros y organizaciones gremiales formaban parte de un mismo entramado territorial.
En la práctica, el proyecto tuvo efectos territoriales variados y parciales. El CEAMSE avanzó con la expropiación de grandes extensiones de tierra, especialmente en las riberas del río Reconquista y del Río de la Plata. En pocos años, la empresa estatal llegó a controlar miles de hectáreas destinadas a rellenos sanitarios y reservas ambientales en distintos puntos del conurbano. En esos terrenos se instalaron rellenos sanitarios y se proyectaron parques, corredores verdes y nuevas infraestructuras viales.
Las normas de relocalización industrial impulsadas por la provincia de Buenos Aires, en cambio, tuvieron un alcance mucho más limitado. Su implementación encontró una fuerte resistencia por parte de cámaras empresariales y sectores industriales, que cuestionaron las restricciones a la radicación fabril en el conurbano y los costos asociados a los traslados hacia el interior. La magnitud del dispositivo ayuda a entender esa reacción. En una nota titulada “El destierro industrial”, publicada el 29 de julio de 1979, el diario La Nación advertía sobre la escala potencial de ese desplazamiento. Según estimaciones de la época, la medida podía afectar a cerca de una cuarta parte de los establecimientos industriales del país y obligar, en un plazo de diez años, a trasladar instalaciones productivas que empleaban a más de un millón de trabajadores en el Gran Buenos Aires.
De este modo, mientras el cinturón ecológico avanzó sobre el territorio a través de rellenos sanitarios, autopistas y nuevas infraestructuras metropolitanas, el intento de relocalizar la industria encontró límites mucho más fuertes.
Cincuenta años después, la escena adquiere una resonancia distinta. En los últimos años se han multiplicado las señales de retracción industrial: plantas que cierran, líneas de producción que se detienen y empresas que reducen su actividad o se trasladan del país.
Al mismo tiempo, el trazado de autopistas suburbanas —como el Camino del Buen Ayre o la autopista Buenos Aires-La Plata— se integraba al esquema general del cinturón ecológico. Ese proceso también generó nuevos usos del suelo. En algunos casos, tierras originalmente destinadas a rellenos sanitarios fueron posteriormente utilizadas para emprendimientos privados. Uno de los ejemplos más conocidos fue la construcción del primer hipermercado Carrefour del país, inaugurado en 1982 en San Isidro, sobre terrenos próximos a un relleno sanitario del CEAMSE. En otros sectores, especialmente a lo largo de los nuevos corredores viales metropolitanos, comenzaron a desarrollarse urbanizaciones privadas y barrios cerrados asociados a la expansión de las autopistas.
Estas transformaciones muestran que el cinturón ecológico no fue solamente un proyecto ambiental. También funcionó como una gran operación de reorganización metropolitana.
El resultado fue un proceso territorial selectivo. Allí donde el Estado encontraba menor capacidad de resistencia social avanzó con mayor intensidad. De ese modo, el cinturón ecológico, la relocalización industrial y las nuevas infraestructuras metropolitanas terminaron consolidando una política que buscaba contener la expansión de la ciudad fabril del conurbano.
La vieja ilustración del cinturón ecológico sigue siendo una síntesis visual de ese momento histórico. Pero también permite leer, desde el presente, las transformaciones que atraviesa hoy el paisaje industrial del conurbano.
Cincuenta años después, la escena adquiere una resonancia distinta. En los últimos años se han multiplicado las señales de retracción industrial: plantas que cierran, líneas de producción que se detienen y empresas que reducen su actividad o se trasladan del país. Casos recientes como el cierre de la histórica planta de neumáticos Fate forman parte de un proceso más amplio que vuelve a poner en discusión el lugar de la industria en el Gran Buenos Aires. Lejos de tratarse de un episodio aislado, estas situaciones reflejan transformaciones más profundas que atraviesan hoy al sistema productivo nacional.
Si en la dictadura se buscaba contener territorialmente la ciudad fabril, en el presente la presión proviene más bien de un conjunto de políticas de apertura económica y desregulación que erosionan la base industrial de la metrópolis.

Trabajadores de Fate protestan desde el techo de la planta de Virreyes, en el conurbano bonaerense, tras el anuncio del cierre de la fábrica y el despido de más de 900 empleados. Foto: Martín Cossarini (La Nación), 9 de marzo de 2026.
A diferencia de lo ocurrido a fines de los años setenta, cuando las transformaciones del tejido industrial se produjeron en un contexto donde las políticas económicas de la dictadura —impulsadas desde el Ministerio de Economía de Martínez de Hoz— convivían con ambiciosos dispositivos de ordenamiento territorial, el proceso actual ya no aparece asociado a intervenciones espaciales de esa escala. Hoy la retracción industrial responde principalmente a condiciones macroeconómicas —como el tipo de cambio, la apertura comercial o la presión importadora—, aunque sus efectos vuelven a expresarse territorialmente en el paisaje productivo del conurbano.
Si en la dictadura se buscaba contener territorialmente la ciudad fabril, en el presente la presión proviene más bien de un conjunto de políticas de apertura económica y desregulación que erosionan la base industrial de la metrópolis.
El Gran Buenos Aires sigue siendo el principal espacio productivo del país. Alrededor de la mitad del empleo industrial argentino se concentra aún en el conurbano bonaerense, lo que vuelve especialmente perceptibles en este territorio los efectos de cualquier proceso de retracción industrial. Datos recientes del INDEC (2026) muestran además la magnitud de ese retroceso: en diciembre de 2025 la utilización de la capacidad instalada de la industria se ubicó en 53,8 %, uno de los niveles más bajos de los últimos años. Este dato permite dimensionar los efectos territoriales de ese proceso.
Ese retroceso productivo deja nuevamente huellas visibles en el territorio, aunque no se trata de un fenómeno enteramente nuevo. Muchas de las antiguas zonas fabriles del conurbano —como Munro y Florida, en el partido de Vicente López, o San Martín y Tres de Febrero— arrastran desde hace décadas procesos de declive asociados a las transformaciones estructurales iniciadas a fines de los años setenta, en el marco de las políticas de reorganización territorial y del contexto económico de la dictadura previamente señalados. Si bien en algunos casos estas áreas atravesaron instancias de reconversión o revitalización —particularmente tras la crisis de 2001, en un contexto de políticas orientadas a la recuperación del mercado interno y al impulso de la producción—, nunca recuperaron el dinamismo industrial que caracterizó a la región en las décadas de 1950 y 1960.
En este contexto, el escenario actual aparece como una agudización profunda de esas tendencias, en el marco de políticas económicas que resultan regresivas para el entramado industrial existente y tienden a reconfigurar el paisaje urbano: cierres de plantas, reducción de actividades y reconversión de establecimientos industriales en depósitos, centros logísticos o emprendimientos inmobiliarios. Son transformaciones que no sólo modifican el paisaje urbano, sino que también impactan en las economías locales y en la vida cotidiana de los barrios que durante décadas crecieron en torno al trabajo industrial. En ese sentido, no resulta casual que, en el debate público reciente, se haya extendido el uso de la expresión “industricidio” para caracterizar la magnitud de este proceso.
Las ciudades guardan memoria. La ilustración del cinturón ecológico que precinta una ciudad llena de chimeneas pertenece a ese archivo visual: recuerda cómo las transformaciones económicas —ya sea a través de decisiones territoriales o de políticas macroeconómicas— dejan su marca en el territorio metropolitano. También advierte sobre los movimientos pendulares de la historia argentina, donde ciertas políticas reaparecen bajo nuevas formas y vuelven a plantear dilemas que parecían relegados al pasado.
Porque la historia de producción y trabajo que dio forma a la metrópolis sigue inscrita en la estructura urbana del Gran Buenos Aires. Las chimeneas del viejo dibujo recuerdan una ciudad industrial que se quiso contener mediante dispositivos territoriales. Las fábricas que hoy se apagan en el conurbano muestran que ese destierro industrial reaparece bajo otras formas, impulsado ahora por transformaciones económicas que vuelven a redefinir el lugar de la industria en este territorio metropolitano.
LF
El autor es ecólogo urbano e investigador-docente del Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento y Docente de la Universidad Nacional de Luján. Actualmente es Director de la Licenciatura en Ecología (UNGS). Es autor de La muralla verde. Urbanismo y ecología en tiempos de dictadura en el Gran Buenos Aires (1976–1983) (Ediciones UNGS, 2020).
Referencias
INDEC (2026). Utilización de la capacidad instalada en la industria. Informe técnico, diciembre de 2025. Buenos Aires.
Oszlak, Oscar (1991). Merecer la ciudad. Los pobres y el derecho al espacio urbano. Buenos Aires: CEDES–Humanitas.
Schvarzer, Guillermo (1982). Martínez de Hoz: la lógica política de la política económica. Buenos Aires: CISEA.
