El pasado 10 de febrero falleció en Santiago el arquitecto y urbanista Carlos de Mattos, figura destacada del pensamiento urbano latinoamericano y de la reflexión crítica sobre las ciudades y los territorios de la región. En su homenaje publicamos esta entrevista que le realizó Víctor Delgadillo en 2015, publicada originalmente en Andamios. Revista de Investigación Social. Años más tarde, los conceptos expresados por de Mattos resultan de gran actualidad y lucidez teórica y política.
Debido a su extensión, la publicamos en dos partes. Ver la primera parte: La ciudad, la urbanización capitalista del siglo XXI, Chile y México, Hábitat III.
Teoría urbana
—Bajo el discurso de la ciudad compacta y el desarrollo urbano sustentable, en México se avecina una ola de destrucción creativa y de procesos de gentrificación en las áreas urbanas centrales. Ya que uso este anglicismo, le pregunto a usted sobre la pertinencia del uso de conceptos surgidos en otras geografías para explicar procesos locales. La literatura en materia de estudios urbanos, en América Latina y otras regiones, está llena de metáforas y adjetivos que intentan explicar las ciudades y la problemática urbana. Algunos adjetivos son traducidos al español y otros se quedan en inglés. Además, usted dirigió durante más de una década una de las revistas académicas más prestigiadas de Iberoamérica, EURE, desde donde se ha producido un riquísimo conocimiento científico. ¿Es válido el uso de conceptos foráneos tropicalizados para explicar realidades locales? A lo largo de estos últimos años, ¿cuáles considera usted que han sido las principales aportaciones latinoamericanas en materia de teoría urbana? Estoy consciente de que algunas de mis preguntas son como de Perogrullo.
—Primero, a mí no me gusta mucho esto de conceptos foráneos tropicalizados, no entiendo bien su sentido y alcance. No entiendo qué significa tropicalizar, tiene algo peyorativo que me produce un poco de escozor. ¿Qué es lo que puede considerarse como foráneo en una configuración global financiarizada? Yo creo que estos conceptos continúan perdiendo validez. Sé que hay mucha gente en América Latina que está reivindicando volver a lo latinoamericano. Considerando la dinámica planetaria actual, no creo que la tendencia vaya por ahí; me parece un enfoque provinciano y anacrónico el que subyace en esas reivindicaciones. Cuando en un momento de nuestra historia se decidió optar por un desarrollo capitalista, no lo decidimos nosotros, lo decidieron nuestros antepasados, y con ello optaron por articularse a una dinámica económica y a una división internacional del trabajo, que hoy está en proceso de transición hacia una dinámica regida por la lógica financiera. En ese mundo globalizado y financiarizado es en el que vivimos, nos guste o no nos guste.
Obviamente considero que es muy importante profundizar la investigación sobre los cambios que se están produciendo en los países latinoamericanos, identificando y estudiando nuestras especificidades y singularidades nacionales o locales; y, en ese contexto, es importante considerar hasta dónde está incidiendo la dependencia de trayectoria en estos países, pero sin soslayar que vivimos en sociedades capitalistas y formamos parte de una economía mundo, que implica que esto ha ido reduciendo nuestra endogeneidad decisoria.
Quisiera poner un ejemplo referido al caso del mercado del vino para aclarar este aspecto. Chile siempre ha estado muy orgulloso de la calidad de sus vinos. Sin embargo, hace unos años visitó este país un alto ejecutivo de la empresa vitivinícola francesa Chateau Laffitte, con la intención de invertir aquí en este rubro, oportunidad en la que se concretó la compra de una bodega ya instalada. Luego de esto ese ejecutivo fue entrevistado por periodistas que le preguntaron: ¿qué van a hacer ustedes ahora?; y la respuesta fue que iban a quemar todo lo que había dentro de esa bodega, pero iban a mantener la viña, porque “con ese gusto rasposo (raspan el paladar) que tienen los vinos chilenos no se los vamos a poder vender a nadie”. Lo que se originó desde entonces fue un proceso de modernización de la industria vitivinícola chilena, que produjo cambios sustantivos en el vino. Esos cambios fueron el resultado de un proceso por el que se le agregó conocimiento al vino, para adecuarlo a las tendencias dominantes en el respectivo mercado mundial, aun cuando al comienzo no resultó del agrado de muchos consumidores chilenos. Lo que permite concluir que al articularnos a un mercado capitalista de cobertura planetaria, debemos ajustar nuestros productos a los requerimientos de éste y, si no lo hacemos, corremos el riesgo de no poder colocar allí lo que producimos.
(…) hay mucha gente en América Latina que está reivindicando volver a lo latinoamericano. Considerando la dinámica planetaria actual, no creo que la tendencia vaya por ahí; me parece un enfoque provinciano y anacrónico el que subyace en esas reivindicaciones
A este respecto, me gustaría hacer referencia a Braudel, quien afirmaba que el capitalismo para poder sobrevivir necesitó desde sus orígenes ser “economía mundo”, fenómeno que él estudió con relación a la generación y el desarrollo del capitalismo en el Mediterráneo. Comprobó cómo una economía de esta naturaleza tuvo que expandirse fuera de sus límites originarios para poder sobrevivir y reproducirse. Al respecto, como conclusión de sus investigaciones Braudel escribió:
El capitalismo sigue basado en la explotación de los recursos y las posibilidades internacionales, o, dicho de otra forma, existe dentro de los límites del mundo, o al menos tiende a abarcar el mundo entero. Su gran proyecto actual es el de reconstruir este universalismo (Braudel, 1986: 126).
Lo que ocurrió desde entonces es que de una economía-mundo de dimensión geográfica limitada pasamos a una economía-mundo a escala planetaria. Frente a ello, creo que conceptos como foráneo y tropicalizado no son adecuados. Aquí una vez más retorno a Lefebvre, quien mostraba cómo se reprodujo el capitalismo: construyendo espacio, produciendo espacio. El capitalismo, la supervivencia y reproducción del capitalismo se sustenta en la producción del espacio, en la producción social del espacio. Cuando ya en los siglos XVI, XVII o XVIII algunas economías capitalistas enfrentaban problemas de sobreacumulación de capacidad productiva, necesitaron producir espacio a su exterior. Es lo que Lefebvre analizó en su libro sobre la “survie du capitalisme” (1973). Marco Polo es un personaje que representa esa dinámica.
No hay duda de que la path dependency ha tenido una muy fuerte incidencia en la evolución de los países. En consecuencia, no se puede negar o ignorar que cada uno de nuestros espacios urbanos (nuestras “ciudades”) constituye una experiencia única e irrepetible, pero en cualquier caso sometida a los impactos externos, a las “modernizaciones capitalistas” y a los condicionamientos del ámbito mundial. Hoy día, no me parece posible desconocer el significado y el alcance de la compresión espacio-tiempo, que ya había sido anticipada por Marx y que ha sido desarrollada por Harvey, ni de las nuevas condiciones de movilidad y conectividad que caracterizan a una economía mundial cada día más articulada a escala planetaria bajo las exigencias de la lógica financiera. Por lo tanto, creo que la idea de “lo foráneo” referido a estos procesos carece de validez. Más allá de reconocer que hay especificidades que hacen distinta a Santiago de Buenos Aires, (el tango es, por ejemplo, una especificidad, que diferencia a Buenos Aires de Santiago), esto no me impide aceptar que hay ciertas tendencias que forman parte de la “metamorfosis planetaria” que caracterizó Lefebvre, que están presentes en la evolución de una y otra.
En cuanto a la pregunta sobre las aportaciones latinoamericanas en materia de teoría urbana, obviamente que existen y su existencia es fundamental para la comprensión de temas en los que trabajamos y para identificar las particularidades que nos caracterizan. Se han hecho esfuerzos notables en América Latina en los últimos años, hay una cantidad enorme de aportaciones que se deberían destacar. Al respecto, ahora mencionaría únicamente, a manera de ejemplo, los trabajos de Rosa Moura (2012) sobre los arranjos urbano regionais con los que caracteriza la metamorfosis que ha afectado a las grandes áreas urbanas brasileñas durante las últimas décadas. En esta misma dirección hay una infinidad de estudios que también deberían ser destacados.

En esta situación cabría esperar que la agudización de las contradicciones de este régimen de acumulación lleve pronto, lo más pronto que sea posible, a una respuesta política que permita evitar una catástrofe.
Ciudades del mañana
—En sus últimas investigaciones usted ha evidenciado el avance de la mercantilización del desarrollo urbano en América Latina. Usted presenta un escenario en el que el capitalismo neoliberal, a través de las finanzas, invade todas las esferas de la vida económica y social de las ciudades y del campo, frente a lo que no hay al parecer forma de escape. Sin embargo, al mismo tiempo señala que el capitalismo es variopinto. Es decir, por un lado, la lógica financiera es invasiva y penetrante en los ciclos económicos y en casi todos los ámbitos del desarrollo urbano. Pero, por otro lado, el neoliberalismo realmente existente tiene distintas intensidades y velocidades, según el contexto histórico y político de cada lugar (de acuerdo con la ley del desarrollo combinado y desigual). ¿Cuál es su visión sobre el futuro urbano de la humanidad y de las ciudades?
—Aquí vuelvo a algo que le dije anteriormente. Las contradicciones que hoy en día está viviendo el capitalismo conducido por las finanzas son tan profundas que están desembocando en otra crisis, cuya evolución futura es imprevisible. Creo que fue Altvater (2012) quien hizo referencia a que el capitalismo no puede durar eternamente, pero no sabemos qué es lo que va a venir después y tampoco si lo que vendrá va a ser mejor o peor. Más allá de esa visión pesimista, yo diría que mientras eso no ocurra, vamos a estar constreñidos por las tendencias del régimen de acumulación financiarizado que por ahora va a sobrevivir, más allá de que cada día los mercados se pongan más nerviosos. Pasa algo con el yuan o con la Bolsa de Shanghai y todo el mundo empieza a temblar. El efecto tequila (que ocurrió luego de la muerte de Colosio y de la aparición del movimiento zapatista en México) impactó a un país que era hasta ese momento relativamente marginal en la economía global y, sin embargo, sus efectos se difundieron globalmente. Lo mismo con la devaluación del baht en Tailandia y el desencadenamiento de la crisis asiática. Son ejemplos de la articulación financiera de la economía mundial. Entonces, creo que siendo esto así, mientras esta lógica perdure, habrá de continuar el proceso de urbanización planetaria y, en ese contexto, también deberán continuar agudizándose los más graves problemas suscitados por esta tendencia, que, a mi juicio, se manifiestan ante todo en el incontenible deterioro de la biosfera y en la acentuación y profundización de las desigualdades sociales. El problema relativo a la disminución de la riqueza en el 99% de la población en beneficio del 1%, que ahora con los estudios de Piketty ha adquirido una particular resonancia, se ubicó nuevamente en el foco de la discusión sobre las desigualdades en todo el mundo. En esta situación cabría esperar que la agudización de las contradicciones de este régimen de acumulación lleve pronto, lo más pronto que sea posible, a una respuesta política que permita evitar una catástrofe.
—Muchas construcciones y megaproyectos que se realizan en las ciudades no responden a las dinámicas urbanas locales, sino a flujos de capital globalizados. Sin embargo, esos productos edilicios se ubican localmente y muchos de ellos están vacíos o subutilizados. En España y México hay miles de viviendas terminadas de construir ubicadas en medio prácticamente de la nada. Y en España también hay lugares de descanso, aeropuertos sin aviones, campos de golf y ocio que no se terminaron de construir. ¿Qué recomendaría usted hacer con esos artefactos que se encuentran medio vacíos o subutilizados? ¿Expropiarlos y destinarlos a usos sociales o colectivos? ¿Dejarlos como monumentos al lucro?
—A este respecto, creo que desde una perspectiva de justicia y equidad social puede ser plenamente justificable realizar recomendaciones para que ciertos artefactos inmobiliarios, que actualmente se encuentran desocupados (o subutilizados) sean destinados a usos sociales o colectivos. Sin embargo, creo que eso depende de la voluntad política de los gobiernos, de estos gobiernos que están tan comprometidos con la subsidiariedad del Estado (por más de que la contradigan muchas veces), con la austeridad fiscal (como la que le piden a los griegos) y con el partenariado público-privado, donde la idea dominante es que el sector público ya no debe hacer ciertas cosas, que desde ahora tendrían que estar en manos del sector privado. Parece difícil que, por ejemplo, el gobierno francés empiece a expropiar los suntuosos edificios de los XVI y XVII arrondisements de París. Bertrand Delanoé, siendo alcalde de París (2001-2014), en aras del principio de mixité, intentó utilizar algunos de esos edificios para ofrecerlos a ciudadanos magrebinos, para tratar de mezclar sectores muy ricos con sectores pobres y la experiencia fracasó. Entre otras cosas porque los ricos tienen una muy fuerte capacidad para segregar a los pobres mediante estrategias como, por ejemplo, hostilizar a los niños en las escuelas y a los consumidores en los almacenes.
(…) es discutible hacer generalizaciones sobre los movimientos urbanos en el sentido de que todo lo relativo a la participación social sea en beneficio del desarrollo urbano. Ello indica que es importante estudiar cada caso en particular.
Es muy difícil que un gobierno se decida a expropiar esos edificios. Hace dos años fui a dar una conferencia en El Colegio Mexiquense y entre los asistentes había algunos arquitectos y economistas que trabajaban en Santa Fe (Ciudad de México). Cuando hice referencia a la construcción de rascacielos para venta pero no para ocupación, como está ocurriendo en Panamá, en Dubái y acá en Santiago, me dijeron que también eso pasaba en Santa Fe, donde hay edificios que no se construyeron para uso inmediato, sino para su venta en el mercado mundial mediante mecanismos de titulización. ¿Tiene el gobierno mexicano con su composición actual, con la matriz de poder social que hay en México, voluntad política de expropiar esos edificios y destinarlos a otros usos? Eso generaría complejos problemas en el mercado inmobiliario. Por lo que soy un tanto pesimista al respecto, aun reconociendo la existencia del problema y de su magnitud. En España, este problema tiene una dimensión colosal. Obviamente tengo muy fundadas dudas de que el gobierno del Partido Popular sea capaz de expropiar y destinar a usos sociales las viviendas que no están siendo usadas, y también me parece muy improbable que un futuro gobierno del Partido Socialista Obrero Español pueda hacerlo [entrevista de 2015], porque ello tiene un costo político muy fuerte.
—En la Ciudad de México y otras ciudades latinoamericanas hay una gran cantidad de movilizaciones sociales puntuales contra diversos tipos de construcciones y megaproyectos urbanos, algunos son privados y otros públicos. Se trata de acciones colectivas, fundamentalmente de estratos con ingresos medios y en ocasiones bajos ingresos, que no alcanzan a articular sus luchas en defensa de su barrio, el patrimonio urbano, el espacio público, el agua, contra la llegada de nuevos residentes, bares, etcétera. En estos conflictos los gobiernos locales no actúan como árbitros imparciales, sino como defensores de la inversión privada. ¿Tienen algo en común con las movilizaciones sociales de las décadas de 1970 en adelante? ¿Alcanza a ver usted la simiente de una movilización de mayor alcance como para frenar o transformar esas formas invasivas de producción del espacio urbano?
—Tengo muchas dudas sobre eso. En los últimos meses, a raíz de lo que está pasando en Europa con las migraciones, me puse a releer algunos trabajos sobre los orígenes del nazismo y el fascismo en Europa, en los que se pueden encontrar importantes antecedentes sobre el papel que en ello jugaron movimientos sociales de distinta naturaleza. Creo que los movimientos sociales, la movilización social y las luchas sociales juegan un papel fundamental en la construcción de un mundo diferente, pero que ello no nos asegura nada sobre la bondad o maldad de éste. Los movimientos sociales que llevaron al hitlerismo y fascismo al poder contaron con un muy amplio respaldo popular. No obstante, hay una tendencia a considerar que todo lo que es participación y movimientos sociales es bueno, pero en la realidad no es así. Actualmente ello queda en evidencia con los movimientos que se están constituyendo en diversas partes del mundo para rechazar a los migrantes y expulsarlos de los países a los que quieren llegar. El “lepenismo” es un ejemplo de un tipo de movimiento racista y reaccionario, que se ha transformado en un partido político que ha venido ganando ascendencia política en Francia.
Por supuesto, nuestras ciudades tienen muchos movimientos sociales muy valiosos, como fueron los de las ollas populares en un momento determinado, pero también hay movimientos sociales regidos por el principio de “no en mi patio trasero” que tienden a reivindicar aspectos que pueden considerarse como negativos para la ciudad en su conjunto. Hace un tiempo se realizó un referéndum en la Comuna de Vitacura en Santiago para tratar de evitar que se autorizase la construcción de edificios en altura para vivienda en ciertas partes de esa comuna, que es una de las más ricas de Santiago; se trataba de una iniciativa orientada a impedir que se desarrollasen estrategias de “destrucción creativa”, motivada por el temor de que ello redundase en una mayor localización de clases medias en un ámbito donde predominan familias de altos ingresos. No creo que un movimiento en torno a objetivos de este tipo sea beneficioso para la ciudad en su conjunto. Por tanto, creo que es discutible hacer generalizaciones sobre los movimientos urbanos en el sentido de que todo lo relativo a la participación social sea en beneficio del desarrollo urbano. Ello indica que es importante estudiar cada caso en particular. Hoy en día, en América Latina hay muchos investigadores que están dedicados a ello. Un ejemplo importante es el de aquellos que están trabajando en los temas relativos a la economía solidaria y popular, como es el caso, entre otros, de Aníbal Quijano, Paul Singer o José Luis Coraggio. Hay que observarlo con atención, sin caer en la ingenuidad de que por allí vamos en camino hacia una revolución social.
—¿No sería el momento de reivindicar una planificación urbana con fines sociales en donde el Estado recupere la rectoría sobre el desarrollo urbano y el ordenamiento territorial?
—Sobre esto también tengo dudas, porque creo que uno de los hechos más relevantes del siglo XX fue la imposición de la convicción de que era factible planificar el desarrollo económico y social, pese a que los experimentos hechos en su nombre terminaron en un estrepitoso fracaso. El muro de Berlín no lo empujó nadie, cayó sólo y con eso se acabó la ilusión de la planeación centralizada, racionalista y comprehensiva. Ahora habría que precisar qué es lo que estamos entendiendo por planificación y cómo venderle esa idea a los gobiernos neoliberales que tienen su propia concepción, que es la corporative governance, que es un enfoque basado en los criterios de la gestión empresarial, que corresponde a lo que Harvey denomina como empresarialismo urbano. En mi opinión, va a ser muy difícil convencer a los gobiernos actuales acerca de un retorno a la planificación. Sobre todo si se tiene en cuenta que la teoría de la planificación encubrió muchos disparates; por ejemplo, si usted revisa lo escrito al respecto por Le Corbusier, se va a encontrar con afirmaciones muy sorprendentes. Yo estudié en mi facultad a Le Corbusier y muchos de nosotros sentíamos simpatía por eso. Lo que planteaba era muy simple, pero al mismo tiempo tremendamente autoritario y utópico.
Si se desea promover cambios sociales y ecológicos realmente sustantivos habría que pensar en cambios en el modelo de acumulación dominante. Al respecto, me parece inobjetable una frase de Naredo. Prefiero decirlo con sus palabras, porque no me considero capaz de expresarlo de manera tan elocuente y terminante:
La pretensión de avanzar hacia un mundo social y ecológicamente más equilibrado y estable, sin cuestionar las actuales tendencias expansivas de los activos financieros, los agregados monetarios y la mercantilización de la vida en general, es algo tan ingenuo y desinformado que raya en la estupidez (Naredo, 2006: 106).
El derecho a la ciudad y la figura de Henri Lefebvre
—En muchos lugares de América Latina y del mundo, bajo el eslogan de “El derecho a la ciudad”, se reivindica la función social de la ciudad y del suelo urbano. Muchas de esas iniciativas conciben este nuevo derecho social como un derecho que se conquista a través de una ley. Así, en Ecuador el derecho a la ciudad ha sido consagrado en su Carta Magna y en Brasil se consignó el Estatuto de la Ciudad. Sin embargo, vivimos en un mundo capitalista hegemónicamente neoliberal, en el que los flujos financieros y de capital avanzan de manera progresiva y como virus se propagan casi sin control, para incorporar cada día a más ámbitos de la vida económica y social en ciudades y urbanizaciones. ¿Cuál es su opinión sobre el derecho a la ciudad reconocido como ley? ¿Qué es para usted el derecho a la ciudad y cómo éste se construye?
—Lamentablemente, es bastante frecuente encontrar textos de autores que, al sentirse en la obligación de mencionar a Lefebvre, se limitan a considerar su contribución relativa al derecho a la ciudad, y dejan de lado muchos temas sobre los que, en mi opinión, sus aportes tienen mayor importancia. De esta manera, este tema, que no fue uno de los más elaborados y profundizados por este autor, ha ido perdiendo el contenido y significado que él le otorgó en las páginas que le destinó.
Quisiera señalar que en estos últimos años he estado leyendo meticulosamente a Lefebvre. He incursionado en algunos de los textos menos conocidos, que son además difíciles de conseguir, como por ejemplo los cuatro tomos sobre el Estado o los cuatro volúmenes sobre la vida cotidiana, que son fundamentales para entender el alcance de las ideas planteadas y desarrolladas por Lefebvre. Usted podrá comprobar que, salvo en el libro Le droit à la ville, de 1968, donde hay un capítulo que es bastante claro al respecto, el autor no desarrolló mucho más este tema. Hay que tener en cuenta que en los textos de Lefebvre hay aspectos que son muy claros y otros que son muy difíciles de comprender; es un autor bastante difícil de leer. Muchos de sus planteos no están desarrollados en forma clara. Incluso hay algunas ideas fundamentales suyas que no están fundamentadas o que no están desarrolladas. Las esbozó, las enunció y luego no las retomó. El derecho a la ciudad es uno de esos temas.
Lo que está claro es que Lefebvre concebía el derecho a la ciudad como “una forma superior de derechos; derecho a la libertad, a la individualización en la socialización, al hábitat y al habitar” (Lefebvre, 1968). Quizás el aspecto fundamental es que el acceso a esos derechos solamente se podrá lograr plenamente a través de una revolución urbana que favorezca los derechos de las clases trabajadoras. Pero este aspecto está planteado en forma muy general y muy poco elaborado. En América Latina ha existido una tendencia de parte de muchos autores a transformarlo en un eslogan, con el que reivindican ese derecho, sobre cuya base arman un alegato bastante vacío de contenido. En todo caso, el concepto ha sido trabajado y elaborado posteriormente, sobre todo por Harvey. En los últimos tiempos se ha planteado la iniciativa, a la manera de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de una Declaración sobre los Derechos a la Ciudad como base para incorporar este derecho en algunos aparatos legales, lo cual, en mi opinión, sería una buena cosa. Porque de esa manera se estimularía el tener presente ese derecho a la ciudad, que se ha ido perdiendo cada vez más con el avance del individualismo y de la fragmentación urbanas. Por lo que considero que sería bueno que se empezaran a firmar acuerdos para ir construyendo el futuro, sabiendo que se van a plantear muchas dificultades, porque la tendencia natural en las actuales áreas urbanas está yendo en dirección contraria.
—Entiendo que en sus textos más recientes hay una relectura cuidadosa de las aportaciones de Henri Lefebvre. Asimismo, usted y otros colegas recurren a autores como Lefebvre y Christian Topalov para explicar la realidad urbana actual. Sin embargo, el filósofo francés realizó sus estudios y aportaciones durante la época del capitalismo del Estado benefactor. ¿Cuáles son las claves y las principales aportaciones que usted reconoce en la obra de Lefebvre que se mantienen vigentes? De cara a las actuales movilizaciones, a menudo muy puntuales, contra megaproyectos urbanos y negocios inmobiliarios, ¿alcanza a ver usted esbozos de la revolución urbana preconizada por el filósofo francés?
—Ante todo, es importante relativizar el hecho de que Lefebvre haya escrito parte de su obra en la época en que todavía estaba vigente el Estado de bienestar. Hay que tener presente que Lefebvre fue un longevo, vivió 90 años, nació en 1901 y murió en 1991, y continuó publicando trabajos hasta el final con la misma lucidez que caracterizó toda su obra; y también que Lefebvre coexistió con los procesos encabezados por Margaret Thatcher y por Ronald Reagan. Thatcher llegó al poder en 1979 y Reagan en 1981, fue entonces cuando se empezó a desmontar el Estado de bienestar. Y, por otra parte, hay que tener en cuenta que Lefebvre fue uno de los líderes del movimiento de mayo de 1968 en Nanterre y que allí, cuando escribe sobre mayo del 68, ya empieza a cuestionar un conjunto de aspectos que estaba relacionado con ese tipo de Estado. Él tenía claro que había una disputa —lo expresa en forma explícita— entre lo que él denominó “neodirigismo” (representado por el keynesianismo) y el neoliberalismo. En sus trabajos sobre el Estado, Lefebvre desarrolló sus ideas sobre lo que denominó el “modo de producción estatal”, donde señala que el gran cambio que se produjo es que ese mismo está puesto al servicio del crecimiento económico y no del desarrollo económico, con lo cual ya da por sentado que entonces la batalla en ese sentido fue ganada por el neoliberalismo.
América Latina ha sido muy prolífica en la búsqueda de alternativas basadas en distintos tipos de utopías en boga en su momento. Esa búsqueda, frente a lo que estaba mostrando la evolución capitalista, aparece muy tempranamente en esta parte del mundo.
Es interesante recordar que en uno de los tomos sobre el Estado, creo que en el tercero, Lefebvre analiza cómo surge el modo de producción estatal y cómo éste se empieza a aferrar a la idea del crecimiento económico, que era en esa época una idea nueva, como fin último de la política económica (en la década de 1960 los principales autores de vertiente keynesiana, como Myrdal, Nurkse, Lewis, Timbergen, Perroux, etcétera, a lo que se refieren es al desarrollo económico). En este sentido, Lefebvre analiza el papel del modo de producción estatal en la Alemania hitlerista, en la Unión Soviética stalinista y en Estados Unidos bajo Roosevelt. Ahí también analiza el caso mexicano. Para Lefebvre, el que el PRI se llame Partido Revolucionario Institucional no es un contrasentido, sino que es exactamente lo que el PRI hizo: mediante el modo de producción estatal institucionalizó la revolución. A mí me parece muy interesante que ya entonces Lefebvre estuviese percibiendo y analizando un mundo distinto al de los idealizados “treinta gloriosos”. Otro de los aspectos que considero importante destacar es que Lefebvre, ya en la conferencia que dictó en 1972 acá, en Santiago de Chile (que se incluye en el libro que publicamos sobre sus aportes: De Mattos y Link, 2015), anticipa que la financiarización va a permitir transformar lo inmóvil (los bienes inmuebles) en móvil, que es una idea básica sobre un aspecto que recién aparece después de la década de 2000. En síntesis, creo que hay mucho por rescatar en lo que nos dejó Lefebvre. A medida que avanzo en la lectura de sus trabajos, encuentro ideas y explicaciones que considero importantes para la comprensión de las transformaciones actuales. En especial, creo que la producción social del espacio es un aporte fundamental, pues constituye un hilo conductor en sus trabajos sobre el tema. Su planteo sobre el carácter político e instrumental del espacio es un punto clave de su explicación en cuanto a que, aunque no haya un discurso explícito sobre el espacio, ello siempre ha jugado un papel crucial en la reproducción del capitalismo. También es de mucha importancia su aporte sobre el concepto de implosión-explosión en la caracterización de la nueva revolución urbana, así como también sus planteos sobre el “modo de producción estatal”, que acabo de mencionar.
Por otra parte, sus propuestas sobre el segundo circuito de acumulación y su incidencia en el auge de lo inmobiliario me parece que abrieron un camino de enorme importancia para la comprensión de los procesos actuales de mercantilización del crecimiento urbano. Se trata de una línea de análisis teórico, que ahora ha estado siendo trabajada por otros autores que no siempre le reconocen la paternidad de ésta. Él previó la ralentización del proceso de acumulación en la economía real y que, en ese contexto, la inversión y los capitales iban a tener que optar por otros destinos sectoriales y geográficos. Esto es que iban a tener que vagabundear hacia actividades especulativas, donde el sector inmobiliario pasaría a jugar un papel central. Ésta es una idea que Lefebvre desarrolló en varios de sus libros y es clave para entender lo que está pasando hoy día.
Por último, creo que tenemos que rescatar y revalorizar todo lo que Lefebvre escribió sobre la vida cotidiana. Lefebvre sostiene en uno de sus trabajos —lo que le generó problemas con el Partido Comunista francés— que el fracaso del establecimiento de una sociedad socialista en la Unión Soviética se debió principalmente a que no fue capaz de construir una vida cotidiana socialista, en tanto se limitó a reproducir una que estaba atada a lo que él denomina una “sociedad burocrática de consumo dirigido”. Me parece una idea fundamental. Todo esto es lo que estoy intentando revalorizar en mis ratos lefebvrianos.

Utopías urbanas
—Para cerrar la entrevista me gustaría hablar de utopías urbanas. En el artículo que usted me envío [“Lógica financiera, geografía de la financiarización y crecimien- to urbano mercantilizado”, inédito] previo a la entrevista, en la parte final usted sostiene que la única forma de modificación sustantiva de la producción actual del espacio urbano (con sus nefastas consecuencias sociales, económicas, ambientales, etcétera) es a través de la transformación del orden social general. Esta afirmación, compartida, no deja de ser un poco pesimista. La misma sentencia la he escuchado en voz de otros colegas de su generación que afirman: dime qué correlación de fuerzas políticas hay en una ciudad y te diré qué clase de políticas públicas tienes. ¿Conoce indicios de cambios en algún rincón de América Latina? ¿Conoce alguna utopía socialmente construida en América Latina que apunte a la construcción de otras formaciones sociales y ciudades diferentes?
—En términos sociales generales, antes de entrar en lo urbano, cabe señalar que América Latina ha sido muy prolífica en la búsqueda de alternativas basadas en distintos tipos de utopías en boga en su momento. Esa búsqueda, frente a lo que estaba mostrando la evolución capitalista, aparece muy tempranamente en esta parte del mundo. Al principio a través de movimientos populares, inspirados en ideas que en su mayor parte llegaron con los migrantes europeos, como es el caso de ciertas corrientes anarquistas, importantes sobre todo en el sur de Brasil y en los países del Río de la Plata, o en ciertas corrientes socialistas en países como Ecuador y Perú, entre muchos otros.
En esta dirección, se pueden mencionar algunas experiencias nacionales de búsqueda de caminos alternativos que fueron muy importantes en su época. Le señalo algunas de las que recuerdo: la experiencia de la revolución agraria mexicana, que quizás sea uno de los intentos más originales en América Latina, así como también la de las reformas realizadas posteriormente por Lázaro Cárdenas. También las reformas intentadas por los gobiernos de Arévalo y de Arbenz en Guatemala, las cuales a medida que se fueron radicalizando generaron las condiciones para el advenimiento de una implacable dictadura militar, y, obviamente, la Revolución cubana, así como el intento de transición democrática al socialismo encabezada por Allende en Chile. Todos éstos, entre muchos otros, son ejemplos de un esfuerzo por construir una alternativa que respondiese a una creciente insatisfacción con el tipo de sociedad que estábamos generando.
En todo caso, todas esas experiencias quedaron a medio camino, ninguna logró cumplir con los objetivos que la motivaron. En los últimos años todavía se puede destacar el experimento iniciado con las propuestas del así denominado “socialismo del siglo XXI” o “socialismo bolivariano”, impulsado por el presidente Chávez en Venezuela, que era un personaje muy complejo, que generó un fuerte rechazo en algunos sectores de la intelectualidad latinoamericana. Él buscaba avances en esa dirección y en su momento logró algunas conquistas sociales no menores que beneficiaron a importantes sectores populares de su país. Sin embargo, esta experiencia se frustró, y creo que ahora está en un callejón sin salida. También se están desarrollando otras experiencias en esa dirección, aun cuando son en forma muy contradictoria, como las de Ecuador y de Bolivia. Por ahora esta búsqueda de caminos alternativos constituye la expresión de la insatisfacción con nuestras sociedades actuales y, pese a que ninguna de ellas ha logrado cumplir con los objetivos que las motivaron, puede considerarse como expresión de una rebeldía que seguramente continuará buscando nuevos caminos.
Por otra parte, también han surgido algunos intentos de promover cambios en concordancia con las ideas consignadas en diversas utopías urbanas, pero lo que muestra la realidad observable es que los casos que pueden considerarse como más exitosos, que han sido considerados paradigmas de referencia, luego de un lapso de gloria, han tenido que enfrentar complejos problemas derivados de su supuesto éxito. Creo que lo que ocurrió en el caso de Barcelona es un buen ejemplo, pues tal como sintetiza Manuel Delgado en su excelente libro La ciudad mentirosa, el resultado a que allí se llegó ha culminado en una situación en la que
Quien ahora quiere ocupar Barcelona y avasallarla es, hoy, un capitalismo financiero internacional que ha descubierto en el territorio una fuente de enriquecimiento y que aspira a convertir la capital catalana en un artículo de consumo con una sociedad humana dentro (Delgado, 2007: 11).
También se puede hacer referencia a la experiencia de Curitiba, cuya transformación en su momento fue considerada como un referente para el mundo. Pienso que si en forma anticipada me hubieran dicho “vamos a hacer tal o cual cambio”, con mi habitual pesimismo habría reaccionado diciendo que tal cambio no era posible en una ciudad capitalista; sin embargo, muchos de los cambios propuestos se llevaron a cabo y funcionaron. Eso generó su éxito circunstancial, difundido por el mundo entero; pero hoy Curitiba tiene más o menos los mismos graves problemas (favelas, pobreza, desigualdades, expansión incontrolada, mercantilización urbana, etcétera), que debe enfrentar cualquier otra área metropolitana brasileña.
Para concluir, y marcar mi postura al respecto, quiero adscribirme a una afirmación de Chesnais que, en lo fundamental, representa mis convicciones al respecto:
El porvenir de los trabajadores y de los jóvenes depende muy ampliamente, sino enteramente, de su capacidad de abrirse espacios y “tiempos de respiración” políticos propios, a partir de dinámicas desde las que ahora en adelante sólo ellos pueden ser el motor. Otro mundo es ciertamente posible, pero no puede ser diseñado sino en tanto sea la acción la que abra la vía al pensamiento, la cual no puede ser más que colectiva. Es un vuelco completo con los periodos en que existieron, al menos en apariencia, planes completos de la sociedad futura […]. Los navegantes ingleses forjaron en el siglo XVI la bella expresión de uncharted waters, aguas en las cuales no se ha había navegado jamás, para las cuales no hay todavía ninguna carta de navegación. Es nuestro caso hoy día (Chesnais, 2011: 17, traducción propia).
En esto se sintetiza lo que pienso sobre lo que podemos esperar y alentar en estos días.
Entrevista por VD
Ver la primera parte: La ciudad, la urbanización capitalista del siglo XXI, Chile y México, Hábitat III.
Víctor Delgadillo es profesor-investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
Fuentes consultadas
AGLIETTA, M. (2013), “Le marché du travail n’est pas le problème” (entretien), en Alternatives Economiques, núm. 099, diciembre, París: Hors Serie, pp. 56-58.
ALTVATER, E. (2012), El fin del capitalismo tal y como lo conocemos, Madrid: El Viejo Topo.
BRAUDEL, F. (1986), La dinámica del capitalismo, México: Fondo de Cultura Económica (FCE) [1985].
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