N. de la R.: debido a su extensión, esta entrevista se publica en dos partes.
Miguel Lawner nació en Santiago de Chile en 1928. Se graduó como arquitecto en la Universidad de Chile. Con extensa trayectoria académica y profesional, formó parte del gobierno de Salvador Allende estando a cargo de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU). Desde allí impulsó y lideró proyectos tales como el conjunto habitacional Villa San Luis, la red de balnearios populares, el rediseño de los parques O´Higgins y Metropolitano y la construcción de la sede para la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en el Tercer Mundo, más tarde transformada en el Centro Cultural Gabriela Mistral. Luego del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, Miguel fue detenido y pasó por distintos centros de detención, entre ellos, Río Chico ubicado en la isla Dawson, en el estrecho de Magallanes. En 1975 se exilió en Dinamarca hasta que en 1984 pudo regresar a Chile. Entre los tantos premios y menciones recibidos a lo largo de su vida, se encuentra el Premio Nacional de Arquitectura en 2019.
En esta entrevista, decidimos enfocarnos en los dibujos de personas, espacios y paisajes que hizo estando detenido y en los que pudo reproducir, exhibir y publicar luego en el exilio. Estas ilustraciones son la materialidad en la que se anudan sus recuerdos y son, a la vez, testimonios históricos de lo sucedido. Las líneas de su lápiz se entrelazan en su relato con los hilos que tejen su memoria.
A mí no se me ocurrió, pero un compañero recordó: “los dibujos de Miguel”. Los habíamos escondido en diferentes lugares de la barraca, en tal forma que hubo uno que no pudimos encontrar.
Esta entrevista fue realizada el viernes 14 de noviembre de 2025 y el jueves 19 de marzo de 2026 por Valeria Durán y Javiera Bustamante y revisada y editada por Miguel Lawner.
E: Entrevistadoras
M: Miguel.
E: Tu vida es vastísima y tiene un montón de vivencias. Queremos centrarnos en este rol del arquitecto de la memoria, como lo llama Patricio Guzmán en su película Nostalgia de la luz. ¿Cómo piensas el lugar del croquis como testimonio?
M: Mira, el mío es un caso bien singular. Ocurre que yo siempre dibujé mucho, pero jamás hice dibujo humano, nunca. Salíamos de vacaciones con Anita, mi señora, a dibujar las casas de Chiloé, cualquier cosa interesante. En Europa dibujé cuanta ruina se te puede imaginar. Pero nunca, nunca, hice dibujo humano. Nunca hice un dibujo de la Anita, de mi hija, de nadie. Y de pronto un día en Dawson, era un día domingo, estábamos sin trabajar, descansando en la barraca.
La barraca tenía al frente un espacio libre más o menos grande contra otra barraca que estaba en obra gruesa, no terminada. Y un compañero, Daniel Vergara, que había sido Subsecretario del Interior, muy cercano a Allende, estaba sentado leyendo un libro, apoyado justamente en esa barraca inconclusa. No sé qué me impulsó a dibujarlo. Y quedó bastante bien, sin lugar a duda, porque todos podían reconocer que era Daniel Vergara. Entonces todos los compañeros empezaron: “dibújame a mí, dibújame a mí”. Y así comencé a dibujar al resto de mis compañeros en diferentes circunstancias.
¿Cómo ocurrió eso? Porque es inexplicable, te repito, nunca jamás había hecho un dibujo humano de nadie. Y eso, bueno, se fue desarrollando. Los dibujos comenzaron a ser un documento importante de lo que nos ocurría, como testimonio de violaciones a los Derechos Humanos.
Tuve la fortuna que, cuando creo que tenía 19 o 20 dibujos hechos, vino de visita una delegación de la Socialdemocracia europea y los autorizaron a reunirse con nuestros compañeros del Partido Radical, miembros de la Socialdemocracia Internacional. Hugo Miranda fue uno de ellos, quién regresa en un momento y nos dice “vino una delegación de parlamentarios socialdemócratas a reunirse con nosotros, quienes regresarán esta misma noche a Santiago. Se van a ver con nuestras compañeras. ¿Alguien quiere mandarles algún mensaje?”. A mí no se me ocurrió, pero un compañero recordó: “los dibujos de Miguel”. Los habíamos escondido en diferentes lugares de la barraca, en tal forma que hubo uno que no pudimos encontrar. Encontramos 19. Hugo se los metió debajo de su parca y cuando regresó, aprovechó un momento de descuido del Comandante que estaba un poco al lado, con la oreja parada, pero sin mirar y se los pasó a quién tenía más próximo, persona que se los metió debajo de su parca. Hugo le dijo: “entrégaselos a mi señora”. Y así llegaron a Santiago mis primeros 19 dibujos.

Foto: Ricardo Ignacio Salazar.
E: ¿Y todos esos dibujos eran de tus compañeros de cautiverio?
M: Había de todo tipo, había paisajes, también la barraca, pero había dibujos de muchos compañeros que fueron de un impacto feroz, porque Cecilia, la mujer de nuestro delegado, llamó la noche misma a algunas de nuestras compañeras, quienes estaban todas organizadas, y les dijo: “chiquillas, véngase a tomar desayuno conmigo”. Efectivamente llegaron y Cecilia había expuesto todos los dibujos encima de su cama. Vino, por ejemplo, la mujer de Daniel Vergara, quién al ver el dibujo de su marido, se puso a llorar. No había manera de pararla. Después, perdí uno, que es el dibujo que hice con más cariño y con más tiempo. Resulta que nosotros siempre salíamos a trabajar, pero teníamos una pausa a la hora de almuerzo y dependía de la guardia que nos había tocado la licencia que teníamos para demorarnos más o menos, o para hacer un trabajo mínimo. El hecho es que llegamos al único lugar, mientras estuvimos allí, donde vimos que había una construcción próxima. Y efectivamente se acerca una persona que obviamente vivía allí, el dueño de la barraca y ve a Clodomiro Almeida, que estaba con nosotros, quién había sido Ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Allende. Y le dice: “Don Cloro, anoche en la radio estuvieron hablando de usted”. El tipo tenía en su cabaña una radio a pila de esas gigantescas. A continuación, le dice al Cloro: “déjeme a mí, compañero, yo voy a trabajar, ustedes no se molesten”. Bueno, con una guardia un poco benevolente, no había problemas al respecto.
Al día siguiente volvimos al mismo lugar, prácticamente sin tener nada que hacer. En la pausa de la hora de almuerzo decidí hacerle un dibujo al dueño de la barraca a quién llamamos el tío Pérez. Mira, es el dibujo que hice mejor, porque fue realizado con calma, tranquilo, nadie me molestó. Le pedí que posara con la radio porque era un testimonio importante. Y sus dos perros permanecieron inmóviles. Increíble, durante todo el momento en que estuve dibujando. Dibujé al tío Pérez junto con los perros y su radio. Cuando lo vio dijo: “no dibujó bien el dial”, apuntando a la radio, porque yo le puse cualquier dirección. “No -me dijo- no es así”. Lo modifiqué. Tenía una goma y lo cambié según su versión.
Tuve la mala suerte que cuando regresamos a nuestra barraca, dejé el dibujo encima de mi cama (yo dormía en una litera, en el nivel alto) pero en ese mismo instante, llegaron militares diciendo a viva voz: “todos fuera de la barraca, hay revisión”. No alcancé a ocultarlo… habría podido meterlo debajo de la frazada, no hubo caso. Quedó allí.
Dibujé tanto a los compañeros como también el lugar. El paisaje que nos rodeaba que es muy impactante. Yo no he estado nunca en un lugar con una naturaleza tan potente.
Nos iban interrogando uno a uno mientras el resto permanecía afuera. Hasta que me tocó a mí, cuando llegué, el milico estaba con el dibujo en la mano. “¿Y éste quién es?”, me dijo. Le dije: “no, es que me acordé de un tío muy querido”, porque le había puesto el tío Pérez. “Ah, ¿sí? -me dijo- vamos a preocuparnos de tu tío”. Y se llevaron el dibujo.
Yo había establecido una muy buena relación con el suboficial mayor. Hice muchos trabajos allá mientras estuve preso, por lo que me gané el respeto de los milicos. Como el suboficial mayor se había hecho mi amigo, vino y me dijo: “mira, yo traté discretamente de decirle al Comandante si me podían prestar el dibujo para verlo, pero no hubo caso. En todo caso, al tío Pérez lo atrincaron bastante pero no le hicieron nada”. Y perdí ese dibujo. Pero, en general, logré conservarlos.
Dibujé tanto a los compañeros como también el lugar. El paisaje que nos rodeaba que es muy impactante. Yo no he estado nunca en un lugar con una naturaleza tan potente. Llueve en una forma copiosa, como no llueve en la zona central, pero son unas lluvias que demoran 15, 20 minutos y se aclara. Nosotros, si estábamos trabajando, nos guarecíamos debajo de los árboles, ahí capeabamos. Pero se acaba la lluvia, se despeja, aparece un cielo azul precioso, y nubes: unos nimbos que pasan a una velocidad que tú jamás las ves aquí. Yo quedé muy impactado con el paisaje.
Ahora, esta reacción positiva, es una cosa muy singular mía, porque reconozco que la gran mayoría de mis compañeros cayeron en uno u otro grado de depresión. Cuando yo hacía un comentario, sobre dichas nubes, me contestaban, “pero, ¿cómo puedes estar mirando aquí esas huevadas?”. Esta reacción no tiene remedio. De manera que yo fui uno de los escasos, diría no más de tres o cuatro, de unos 36, que no cayeron en algún grado de depresión en la isla. También afectados por la baja calidad de la comida.
Era una situación muy especial. Yo probablemente por mi temperamento, no sé por qué, yo nací así, o soy así. No puedo decir que disfruté estando allá, pero no he estado en mi vida en un lugar con una naturaleza tan potente, tan vigorosa. No he tenido nunca lluvias de una intensidad como las que allí se dejaban caer. Pero a los 15 minutos concluyen. Y así, permanentemente.
Además, desde un comienzo yo tomé cierta notoriedad a raíz de mi iniciativa de restaurar la iglesia de Puerto Harris. Al comienzo, nuestro trabajo principal consistía en plantar cada cincuenta metros, un poste de madera de seis metros de alto: ciprés de las Guaitecas. Se trata de una madera preciosa, tal vez la más noble que tiene Chile. Y estos imbéciles, para hacer una nueva postación eléctrica, habían traído cipreses de las Guaitecas, pudiendo haber traído cualquier eucalipto, cualquier tontería, álamos. No sé. Me daba ira cada vez que plantábamos un ciprés, porque yo conozco muy bien el valor del ciprés de las Guaitecas.
Bueno…. plantando estos árboles cada 50 metros, de pronto llegamos a un lugar donde se veía una localidad. Hasta ese momento pensaba que la isla estaba desierta. Divisamos un pequeño pueblo de larga historia llamado Puerto Harris. Ocurre que la isla fue un territorio prácticamente deshabitado, pero a fines del siglo XIX, una Misión salesiana se preocupó, porque circuló en el mundo la información de que, a raíz de la colonización de la Tierra del Fuego, un territorio de la zona austral de Chile que comparte con Argentina, los colonos estaban extinguiendo a las tribus nativas que habitaban dicho lugar. Después, confirmé, que hay evidencia de que dichas tribus habitaron allí por lo menos unos 20.000 años antes de que llegaran estos supuestos civilizadores. Se alimentaban del guanaco, que les servía no solo de alimento sino también como abrigo gracias a sus pieles.
Ocurre que los terratenientes que se instalaron allí, trajeron ovejas. Para los indígenas las ovejas eran lo mismo que los guanacos y comenzaron a matarlas, lo cual generó el exterminio que llevaron a cabo los terratenientes. Cuando se enteraron de esto, los salesianos italianos enviaron una misión a Chile dirigida por un obispo italiano: Monseñor José Fagnano. El gobierno de Chile les proporcionó, en calidad de concesión por veinte años la isla Dawson, que estaba desierta hasta entonces, donde se instalaron y levantaron construcciones.
cuando regresamos, le planteé lo siguiente a nuestro comandante: ‘si ya estamos obligados a hacer trabajo forzado, yo le propongo que nos dediquemos a recuperar la iglesia que está abandonada y se trata de una obra muy meritoria‘.
Durante esos años intentaron efectivamente “salvar” a estos nativos, pero no poseían los procedimientos para cumplir dichos propósitos, e intentaron “civilizarlos”. Los obligaron a vestirse, a comer los alimentos de ellos y la verdad es que gran parte cayó víctima de estos procedimientos o los contagiaron con la gripe, que para los nativos era una enfermedad desconocida. La gran mayoría de estos indígenas pereció en esta aventura de los salesianos. Pero los frailes dejaron rastros y construyeron, entre otras obras, una iglesia, que fue la que yo tuve la fortuna de dirigir su restauración.
Fue la primera obra que me hizo famoso a mí en la isla. Plantando árboles, avanzamos bastantes kilómetros y de pronto apareció Puerto Harris. Hasta entonces, nosotros estábamos convencidos de que la isla era un territorio inhabitado.
En una loma anexa a dicha localidad, se levantaba la imagen indiscutible de una iglesia. En la pausa del almuerzo, le solicité al sargento que estaba a cargo nuestro, un hombre encantador, que desgraciadamente nunca me quiso dar su nombre, y le dije “se divisa una iglesia, ¿qué sabes tú?”. “No sé -me dijo- lo único que me han dicho es que está abandonada hace 40, 50 años”. Entonces, en la pausa del almuerzo le dije: “¿podemos ir a echarle un vistazo?”. Dejó a los conscriptos a cargo a de nuestros compañeros y nos encaminamos ambos rumbo a la Iglesia. Al verla, constaté que se trataba de una estructura de madera que se veía en un estado bastante aceptable. Estaba construida sobre pilotes de manera, y logré deslizarme de espalda para captar cómo estaban las fundaciones. Se veían perfectas, en un notable estado. En unos matorrales próximos, se veía la existencia de una pieza de hormigón. “¿Eso qué es?” le dije. “No tengo idea. A ver, saquémosla”. La sacamos con gran esfuerzo, porque era bastante grande. Además, había que desbrozar el arbusto de calafate. El calafate tiene una espina muy grande. Pero este hombre, afortunadamente, siempre portaba al cinto, una hachuela pequeña. Y él pudo desbrozar todo. Levantamos el busto. Se veía que tenía una placa, pero cuyo texto era ilegible porque estaba manchada con trozos de pasto húmedo. La limpiamos y aparece un texto que dice: “José Fagnano, evangelizador de Onas, Tehuelches, Yaganes, fundó aquí la Misión San Rafael. 1892”. Yo veo esta fecha, me vuelvo hacia la iglesia y digo, “¿éste es un monumento nacional? Estamos en 1973 y mira cómo está”.
Entonces, a raíz de este impresionante hallazgo, cuando regresamos, le planteé lo siguiente a nuestro comandante: “si ya estamos obligados a hacer trabajo forzado, yo le propongo que nos dediquemos a recuperar la iglesia que está abandonada y se trata de una obra muy meritoria”. Golpeó la mesa y contestó: “fantástico, tiene dos horas para hacerme el proyecto”. Yo le dije, “comandante, no tengo lápiz ni papel”. Hasta ese momento estábamos prohibidos de tener lápiz y papel. “Muy bien, me contestó. Le voy a traer los implementos”. “Necesito -le dije- también, una huincha, aunque sea una huincha metálica de 3 metros o de 5, lo que sea, para poder medir. Además, tienen que ir por lo menos dos personas para medir, mientras yo estoy tomando nota”. “Muy bien -dijo- irá el sargento mismo y usted elija otro compañero”. Bueno, ahí se propuso Lucho Vega, que era un abogado de Valparaíso. Efectivamente, a raíz de esto, hicimos el levantamiento de la iglesia y dibujé los planos, preciosos a escala de 1 a 100, en trozos de papel de envolver que los uní con un scotch.
De ahí en adelante, todos mis compañeros comenzaron a trabajar en la restauración de la iglesia. Por suerte, teníamos un capellán que al principio estaba contaminado con la tesis de que nosotros éramos la cabeza de unos forajidos resueltos a exterminar a las Fuerzas Armadas, con motivo de la Parada del año 1973. Pero pronto, ya en contacto con nuestros compañeros católicos que le solicitaron su apoyo espiritual, en verdad se reencontró con nosotros. Y cuando se enteró de la iniciativa de restaurar la iglesia, el hombre se comprometió totalmente. Gracias a él, obtuve muchas cosas, como por ejemplo los vidrios. Todos los vidrios de las ventanas de la Iglesia estaban rotos. Cada ventana estaba subdividida con palillajes. No era un puro cristal. Entonces, hice un levantamiento: ventana A, vidrio A1, A2, A3, eran seis vidrios, cada uno con su tamaño. Ventana B, B1, B2, B3. Le dije al capellán: “hay que mandarlos a hacer a Punta Arenas. Por favor, te lo tienen que empaquetar, ventana A, ventana B, separada ventana por ventana. Eran seis ventanas. Bueno, todo funcionó y llegaron los vidrios en perfecto estado.
Me acuerdo que a Clodomiro Almeyda le enseñé cómo colocar los vidrios. Le dije “tú colocas el cristal”. Teníamos ya materiales que me había traído el mismo capellán. “Colocas unas puntitas de clavo, cuatro, una en cada costado, después tomas la masilla con la mano izquierda, con la derecha la vas recorriendo en todo su contorno”. Y claro, se entusiasmó, lo hacía con un cuidado que no te puedes imaginar. Y así se colocaron todos los vidrios. Le tuve que construir a Clodomiro un caballito: un pequeño andamio de mediana altura, porque las ventanas no estaban a la altura nuestra. Un día, se bajó del andamio y dijo: “yo, especialista en asuntos inútiles, lo único útil que he hecho en mi vida es esto”.
Clodomiro Almeyda, imagínate, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno. Cuando hicimos una visita, muchos años después, asistió su esposa, él ya había fallecido. Le mostré las ventanas y le dije: “aunque puede que tú no lo creas, pero tu marido colocó todos estos vidrios”. “No puede ser -me contestó-, era un inútil total con las manos”.
Todos los compañeros se comprometieron realmente con el trabajo en la iglesia, esforzándose. Por ejemplo, el piso era irreconocible y, con los trozos de vidrio de las ventanas, se los pasamos a media docena de nuestros compañeros para ir raspándolo. A algunos le habían enviado guantes, a la mayoría no. Era una faena difícil. Y no te puedes imaginar. Ver a una hilera, de distinguidos profesores o ex parlamentarios de rodillas raspando el piso y admirados, sobre todo cuando empezó a aparecer el rojo encendido del pavimento: era coihue. Casi toda la iglesia fue construida en base a coihue, que se ve que fue la especie más común en la isla.
Cuando empezaron a ver cómo iba apareciendo el color natural de la madera, era como una fascinación y apuraban la faena. En un momento el negro Jorquera, con el sentido del humor que le caracterizaba, empezó a cantar: “¡Enceremos! ¡Enceremos!”, recordando el tradicional himno de la Unidad Popular. Bueno, así se restauró gran parte de templo. No alcanzamos a concluir porque el comandante me dice un día: “los presos no van mañana a trabajar a la iglesia, pero va a ir a trabajar bajo sus órdenes toda la compañía -o sea, cien milicos, todos los que nos cuidaban-, porque la iglesia se inaugura pasado mañana con motivo de la festividad religiosa que se celebra el 8 de diciembre.”. Total, que yo le dije: “tengo que pedir permiso a mis compañeros. Yo no voy sin ellos al trabajo”. Me insistió: “¿Cómo? El que da las órdenes aquí soy yo”. “Yo lo siento mucho, no me puede obligar. Si me obliga, métanme preso”. Total, que fui y le pregunté a mis compañeros. Me dijeron: “no, weón, aprovecha…sácale partido, pégale patá en la raja a todos estos milicos de mierda” [decidimos mantener en la transcripción los modismos utilizados por Miguel Lawner que muestran el tono coloquial de la conversación].
Me acuerdo como a los seis meses de mi llegada tuve que ir a declarar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con sede en Ginebra. Y llevé una hojita de papel de cuaderno con el plano.
Bueno, y efectivamente llegué, pero los milicos sacaban la vuelta total. Por ejemplo, la iglesia tenía una techumbre a dos aguas, más o menos inclinada, por razones obvias, la intensidad de la lluvia. Sin embargo, los compañeros nuestros, Lucho Matte y Hernán Soto, se encargaron de pintar. Ellos estaban en cuclillas, tenían el tambor con pintura y la brocha aquí, pintaban un poco y saltaban y volvían a pintar y seguían así. Y así habían pintado ya la mitad del faldón, cuando se detuvo. Y cuando llegaron los militares, no hubo manera de que ningún milico quisiera trabajar, “no, yo no me voy a sacar la cresta dibujando”. Pero si los presos todos dibujaban, ¿por qué? Entonces mandé a buscar una soga para amarrarlo, para poder pintar el techo, que era una faena importante. No hubo caso ni amarrados, sacaban la vuelta. A las diez de la mañana, porque habíamos llegado a las ocho, el sargento los formó a todos, les dijo: “se van al campamento castigados a pan y agua por veinticuatro horas”. Y los mandó a todos y nos quedamos él y yo terminando el trabajo. Para acceder aquí, había que subir una pequeña lomita que estaba enfangada. Esta fue la primera visita que nos permitieron. Entonces, había que hacer aquí, en un tramo, para evitar el fango, una escalera de madera, que era lo único que teníamos. Y entonces, nos quedamos todo el día trabajando él y yo haciendo la escalera para poder acceder y no empantanarse. La hicimos toda de madera. Unos troncos así, grandes, de 12 pulgadas de diámetro. Él era un hombre muy diestro. Con la chuela que tenía, las poníamos de pie, más o menos de un metro de alto, y pegaba un puro golpe y se partían en dos. Entonces, esto lo fuimos usando de peldaño. Trabajamos los dos todo el día hasta dejar colocada la escalera. Cuando terminamos, me acuerdo, nos tendimos sobre la escalera. Eran ya como las nueve de la noche, pero todavía en esa latitud era relativamente claro, con las bandurrias que regresan a los lugares. La bandurria tiene un graznido muy dramático. No sé si has escuchado alguna vez una bandurria. Es un pájaro de la zona austral, de Argentina igual que en Chile. Me acuerdo sentados los dos, tirados de espaldas, en la escalera que recién habíamos hecho, con los graznidos de las bandurrias volviendo. Y de pronto él me dice: “Don Miguel -porque él empezó a tratarme así- ahí en esos matorrales mi señora le manda algo”. Voy y veo un paquete con dos frascos grandes así de mermelada de calafate, un fruto de la zona. Puta, no lo podía creer. Total, nos fuimos, ya tomamos el jeep que él había dejado ahí. Yo con mis dos frascos. El camino, para qué te digo cómo estaba, y veo que está manejando muy rápido para lo que es el camino. Me doy vuelta para llamarle la atención y lo veo que está llorando. Le caían las lágrimas. Con lo que yo me puse a llorar también. No hablamos ni una palabra.
Llegamos, entró con el jeep hasta la mitad del campo, se bajó, cerró la puerta y se mandó a cambiar. Me dejó solo a las diez de la noche cuando estaba todo oscuro, la barraca se cerraba a las ocho de la noche. Pero tenía que pasar dos guardias hasta llegar a mi barraca y eran los mismos pelados de mierda que en la mañana habíamos echado para acá. Así que todos sabían muy bien quiénes eran y yo con mis dos frascos de mermelada ahí. ¿Para qué? Así que llegué al campamento, se lo entregué al delegado y dijo; “ah, no, esto lo voy a administrar yo”. Y efectivamente se las arregló. Nos daban un puro pan sin nada, ni mantequilla, ni nada, junto con una taza de café, así que sirvió para ponerle mermelada. En tu perra vida hemos comido algo más rico que eso. Yo de repente miraba, todos los compañeros comiendo lentamente, masticando, claro, porque el hambre nos tenía…. Yo, que fui de los que perdió menos kilos, perdí 9 kilos en la estadía.
Efectivamente, el 8 de diciembre tuvo lugar la ceremonia religiosa en la Iglesia. Una de las hijas del comandante, Titina se llama, fue la dueña del cuaderno colegial que me facilitó el comandante para hacer los dibujos en la Isla. Era entonces una niñita de 7 años, o un poco más, e hizo su primera comunión ese día.
E: Miguel, ¿y cómo fue que recordaste el espacio para dibujarlo después en el exilio? ¿Cómo fue tu estrategia?
M: Eso fue un ejercicio bien interesante porque yo muy pronto me propuse dibujar el campo. Y entonces empecé con la barraca nuestra. Medía 6 por 30 metros. Todas las barracas eran iguales. Vemos que ese ya era un dato bien importante. La distancia entre una barraca y otra también la pude constatar en la misma, porque delante de la nuestra había una barraca inconclusa que estaba en obra gruesa.
E: ¿Y cómo sabías las medidas? ¿Cómo sabías que era 6 por 30?
M: En primer lugar, todo estaba construido en madera de pino insigne, que viene en piezas de 3,00 metros de largo, de manera que éste fue el módulo básico.
Todo lo medía con mis pasos. En la barraca sí pude constatar inmediatamente que era 6 por 30. El módulo 3 fue total, absoluto. Y entonces con los pasos más o menos pude verificar la distancia entre una barraca y otra. Así ya pude dibujar el sector donde estaban los compañeros de Punta Arenas que era muy diferente. Había 6 barracas al hilo. Nosotros estábamos al otro lado. Había dos barracas: en la que estábamos nosotros y ésta que estaba inconclusa. Bueno, todo eso me permitió tener ya una base importante. Después, cada vez que salíamos a trabajar, yo iba haciéndome el weón y como cantando 1, 2, 3, 4, 5, 6, iba midiendo con los pasos la distancia. Así pude determinar la distancia, el ancho de nuestro patio de formación. También lo hacía cuando íbamos a la hora de almuerzo o a la comida. Todo eso me ayudó a ir memorizando las distancias con los pasos.
En las noches, empecé a dibujar en trocitos de papel. Ya había recibido un álbum para dibujar, el comandante me había autorizado. Y empecé de a poco a trazar. Lo primero que hice fueron todas las barracas de los compañeros que estaban al frente porque la distancia entre las barracas era indiscutiblemente la misma y el ancho, viendo la mía, de 6 metros por 30. O sea, un sector pude hacerlo rápidamente. El ancho del patio hacia donde estábamos nosotros, donde estaban los comedores y los espacios comunes lo determiné cada vez que salía a trabajar o volvía.
Nunca dejé de fijar las distancias al caminar y empecé, con trozos pequeñitos de papel, a dibujar, a dibujar, a dibujar. Todas las noches me daba un esfuerzo grande por dibujar. En la misma noche, después de dibujar, lo rompía en pedacitos. Yo normalmente era el primero en levantarme. Me bañaba y salía. Las letrinas estaban afuera y ya estábamos autorizados a salir a ellas. Entonces todos los dibujos que había, los botaba a la letrina. Fue, yo te diría, durante un mes que estuve haciendo ese ejercicio sistemático, hasta que logré que me cerrara. Me equivoqué en un cierro, el de atrás, que estaba inclinado y yo no lo percibí y al principio lo dibujaba recto y me molestaba. Bueno, el hecho es que una vez que me cerró, todas las noches, durante más o menos un mes, repetí el mismo dibujo. Sabía que el propósito era que lo retuviera definitivamente en mi cabecita.

Isla Dawson, Campo de concentración Río Chico. En Lawner, Miguel (1976). Venceremos! Dos años en los campos de concentración de Chile = Two years in chilean concentration camps= 2 Ar I Chile’s Kz-lejre. Albertslund: Husets Forlag/S.O.L. Digitalizado por Ricardo Ignacio Salazar.
E: ¿Por qué lo querías registrar?
M: Porque me dije: el mundo tiene que saber que en Chile se construyó un campo de concentración al mismo estilo de los nazis, lo que era verdad. Y entonces, efectivamente, yo llegué a Dinamarca, me senté después de la primera noche, y lo primero que hice fue dibujar el plano en una hoja de un cuaderno. Me quedó perfecto. Lo dibujé dos, tres veces igual para saber si en otras versiones había alguna diferencia, nada, perfecto.
Me acuerdo como a los seis meses de mi llegada tuve que ir a declarar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con sede en Ginebra. Y llevé una hojita de papel de cuaderno con el plano. Llegué a una sala imponente, maravillosa, y entraron todos los magistrados vestidos con esa toga que usan todos, y este pobre weón sentado solo y un buen espacio separado de mí, estaba Sheila Cassidy, una escritora inglesa que fue detenida en Chile y torturada. Yo he hecho un dibujo de ella. Entre mis dibujos, vas a ver que hay uno de la declaración de la Sheila. La escuché completa y por eso hice el dibujo que está ahí. Estaba impresionado en esa sala. Ella declaró primero, después yo, y cuando declaré, expliqué que en Chile se había construido por primera vez, después de la Segunda Guerra Mundial, un campo de concentración siguiendo exactamente los moldes de los campos de concentración de los nazis. Entonces el magistrado, que hacía de jefe de todos ahí con sus togas, cuando yo exhibí el dibujo que había hecho en una hoja de papel escolar, se levantó y vino a mi asiento, tomó el dibujo y me dijo: “usted sabe que nosotros tenemos cómo verificar si usted está diciendo la verdad o está mintiendo, porque lo que usted está diciendo es muy grave”. Yo había dicho “este es el primer campo de concentración que se ha construido en el mundo después de la segunda guerra mundial, ustedes tienen que tenerlo claro”. Ese fue lo que motivó la reacción del magistrado, pero yo sabía efectivamente que tenía cómo confirmarlo, porque en Ginebra también está la sede de la Cruz Roja Internacional y nosotros habíamos recibido dos veces la visita de un funcionario de la Cruz Roja Internacional, de apellido Von Kaiser, mientras estábamos en Dawson. Fue bien importante. Incluso los compañeros me pidieron que yo le mostrara las condiciones de la barraca donde estábamos recluidos, porque carecía de revestimiento interior y no tenía aislación térmica ni en el cielo ni en los muros. Era un verdadero freezer.
Si no fuera porque teníamos una caldera grande que alimentábamos con madera, día y noche, con el objeto de mantener con un mínimo de calor la barraca, no habríamos podido dormir. Nos congelábamos. Y teníamos que hacer turnos. En las noches, había un turno hasta las 3 de la mañana y otro de 3 a 6 de la mañana para alimentar la estufa. Tuvimos que aprender. Compañeros que no eran capaces de mantenerla encendida se les atoraba, se apagaba y la barraca despertaba en 5 minutos, estaban todos tiritando. Así que de los 36, solamente unos 20 pudimos hacer turnos de alimentar la estufa, que era fundamental. Además, la manteníamos día y noche porque siempre hubo compañeros enfermos o delicados. Daniel Vergara, que había llegado con una bala que le habían metido en la mano, nunca pudo salir a trabajar. Ellos se quedaban en la barraca, así como las personas de edad, como los rectores Enrique Kirberg y Edgardo Enríquez, que mantenían la estufa encendida durante el día. Era primavera-verano, pero era imposible, imposible permanecer sin calefacción.
E: ¿Y ese plano entonces quedó en la declaración?
M: Ese lo dejé allí, pero no tuve dudas porque sabía que la fuente iba a confirmarlo y así tiene que haber sido. Nunca fui notificado de declarar nuevamente ante la Comisión Internacional de Derechos Humanos, nada. Declaré esa vez y punto.
E: Miguel ¿y solamente dibujaste Dawson o también dibujaste otros lugares por los que pasaste?
M: No, dibujé también la Academia de Guerra Aérea y Ritoque. Pero en Ritoque ya dibujaba tranquilamente. No estábamos sometidos a régimen de trabajo forzado. Más aún, tuve que dibujar también a tres o cuatro milicos que me pidieron dibujos destinados a sus esposas, cosa que llevé a cabo sin problemas.
Mientras permanecíamos en la Isla Dawson, los milicos ingresaron a nuestra barraca intempestivamente el 8 de mayo del 74 como a las 4 de la madrugada, nos despiertan, prenden la luz y dicen: “tienen 2 horas para preparar todo, se van de la isla a las 6 de la mañana”. En ese momento yo creo que tenía mis últimos 22 dibujos. ¿Qué hago? Tenía un bolso grande que me había enviado Anita. Puse los dibujos arriba de la ropa y empecé con la cantinela que yo estaba autorizado a dibujar por el comandante del campo. Y así logré pasar todas las revisiones hasta que llegamos a Santiago. Ahí nos separaron, éramos 36 en 4 grupos, 9 se llevó la Armada, 9 el Ejército, 9 Carabineros y 9 la Fuerza Aérea de Chile (FACH). Yo quedé en el grupo de la FACH, con Orlando Letelier y otros compañeros. Y ahí llegué con mis últimos 22 dibujos al subterráneo de la Academia de la Fuerza Aérea ubicado en calle Apoquindo. Entonces, la misma noche que llegamos, un oficial joven vino y nos dijo: “señores -nos repartió una hoja de papel- tienen derecho a escribir una carta porque yo mañana voy a visitar a todas sus familias. Y también incluyan una muda de ropa”. Visto esto, yo me acerqué donde él y le dije: “teniente, yo estaba autorizado a dibujar, tengo unos dibujos, ¿los puedo colocar?”. “Sí, póngalos como quiera”.
Efectivamente, los dejé arriba del bolso que tenía donde envié la ropa. Y, además, tenía la hoja de la carta en la cual al final le escribo a Anita: “te incluyo los últimos dibujos”. Entonces, él llegó a la casa y cuando Anita leyó la carta se dirige al milico señalándole: “Miguel me dice que me manda unos dibujos”. “Ah, sí -le dijo- los tengo en la pick up, vamos a buscarlos”. Entonces, salió junto con Anita e hizo el ademán de buscarlos y dijo: “ah, se volaron, no los puedo encontrar”. Bueno, yo me encontré con Anita, cuando la autorizaron a visitarme como 20 días después. La única visita que tuvimos y ahí lo primero que me dijo es lo que había ocurrido con los dibujos. Yo hice algunas tentativas con el personal que nos vigilaba, pero no hubo caso: habían desaparecido.
JB y VD
Continúa en la segunda parte
Javiera Bustamante es Antropóloga Social de la Universidad de Chile. Doctora en Gestión del Patrimonio y la Cultura por la Universidad de Barcelona. Académica del Departamento de Antropología de la Universidad Alberto Hurtado. Investigadora principal del proyecto Fondecyt 11250099 Patrimonialización y musealización de las memorias traumáticas. Etnografía comparada de lugares de memoria de Chile, Argentina y España” financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo.
Valeria Durán es Socióloga, Magister en Comunicación y Cultura y Doctoranda en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigadora del equipo de Topografía de la memoria / Memoria Abierta. Es docente en FADU/UBA e integrante del Programa Historia, Archivos, Géneros y Afectos del IAA en la misma facultad. Cooperante Internacional del proyecto Fondecyt “Patrimonialización y musealización de las memorias. Etnografía comparada de lugares de memoria de Chile, Argentina y España”.
Sobre Miguel Lawner Steiman, Editorial Bifurcaciones publicó Lawner, editado por Ricardo Greene.
