Ver Tripsteaser (II) en nuestro número anterior.
El diario de Vincent Van Goh
Vincent está buscando la forma de enamorarse o, probablemente, recordar de qué se trata, como quien recupera una, la pureza del amor y, quizás también, la propia.
Born and raised in this place, in this exact conversation.
Conocí a Vincent en el Mc Donalds de la esquina de Dundas y Bathurst. Cargaba una patineta, parecía un niño que se había escapado de su casa y deseaba que lo estuvieran extrañando. Lo esperasen.
Vincent Van Goh, así dijo llamarse. Estaba inspirado, quizás porque había encontrado un interlocutor.
“what’s your name?
happy new year.”
Decía que llegaba todas las noches de ese verano al Mc Donalds de la esquina frente al parque Alexandra. Hacía calor. Lo llamábamos las Naciones Unidas porque podías encontrar gente hablando lenguas diferentes a toda hora del día. Era casi, también, el centro de actividades sociales del vecindario.
Pero, en realidad, no sabía de dónde era. Deseaba pertenecer a un lugar con un nombre fuerte, así como suena México. Y pronunciaba México como si cada letra lo hiciera parte de un territorio al que pudiera llegar a pertenecer.
Durante toda esa noche, cuando lo conocimos, habló y habló. Decía no saber de dónde era, aun cuando había nacido en Georgia, el país, y había asistido a la escuela en Canadá. Pero, en realidad, no sabía de dónde era. Deseaba pertenecer a un lugar con un nombre fuerte, así como suena México.
Y pronunciaba México como si cada letra lo hiciera parte de un territorio al que pudiera llegar a pertenecer.
“childhood is gone.
how old do I act?
how old do I feel?
i know what to do to look like an adult. but, am i an adult?
i know how to dress.
when I was younger,
I repressed my emotions,
my sadness.
and I couldn’t feel.”
Al amanecer, cruzamos el parque Alexandra y en la esquina de Peter y Queen nos despedimos con muchas ceremonias.

Vincent abre los ojos, mira a través de la ventana, son las siete y ha amanecido. Pero la luz es casi gris. Los pocos rayos de sol desaparecen con el siguiente parpadeo. Mira, espera un cambio en la luz que no ocurre.
Quiere escribir algo pero no encuentra su cuaderno. La luz aún no ha cambiado ni un poco, nada. Hasta que algo se enciende.
Su película va a iniciar.
Anoche sopló viento y escuchó el traqueteo del tren. A lo mejor pronto podría irse. Sí, eso es lo que puede hacer.
Querría, al menos una vez, tener algún poder sobre su vida, así como el escritor lo tiene sobre su obra.
Llevo varias noches soñando espacios. Hace dos noches era un departamento dividido en dos, un lugar público para encuentros conspirativos y otro privado. el de afuera, laberíntico y oscuro, arrinconaba a la mitad privada.

Deambulamos por las calles que llevan al centro. Nosotros también compartimos esa condición de no hogar u “homelessness” con los hombres que nos piden dinero mientras buscan los ojos del transeúnte distraído. Quizás el dinero sea el lenguaje más claro y directo para comunicar la aceptación o el rechazo.
As we walked across downtown, he had been urging me to tell him a good story.
Ya sobre el techo del cobertizo donde pasamos la noche, ella besa su frente y se aparta de él. Baja la escalera de caracol que une el techo con la banqueta.
De repente, ella mira hacia arriba y lo ve moverse, aletear y salir volando.
Ella le tiene un amor inmenso.

Queen Alexandra
[Link al corto]
Llevo varias noches soñando espacios. Hace dos noches era un departamento dividido en dos, un lugar público para encuentros conspirativos y otro privado. el de afuera, laberíntico y oscuro, arrinconaba a la mitad privada.
Anoche, soñé con un hotel. subía escaleras y deambulaba por pasillos que eran el mismo. Cada paso me alejaba en lugar de acercarme a un cuarto al que no lograba llegar porque los números de las habitaciones se repetían, un compuesto de tres dígitos que no me decían nada.

Kensington
Los comercios permanecen cerrados. Amanece. Señales dispersas: la fila de autos estacionados sobre Augusta, la pareja que desciende del auto, ella hablando en español, las muchachas de pelos teñidos blancos, amarillos, encrespados, hebillas, rímel, la tez blanca en el medio, negro para el resto del cuerpo, minifaldas, medias agujereadas de nylon. Risas, hablan fuerte (¿serán de México?), ojos agrandados por el maquillaje cargado.
Estoy saliendo del hostal donde suelo alojarme cuando visito Toronto. Comparto el cuarto con Jas, el janitor en jefe del Cirque du Soleil; Zoe, la chava sin familia que se come las uñas y habla rápido, siempre disculpándose por algo; el joven hindú que puede pagarse unos días en el hostal porque vive en la calle y quiere hacer cine, cree que puede cambiar el mundo; Robert, oficinista que vive en el mundo corporativo y se va a casar aunque ha empezado a dudar; el médico hindú que está haciendo los trámites migratorios para traer a su familia de la India.
Life among strangers. Life in Canada.

The shelter celebrity
La mujer vestía deshabillé y camisón largo en el cuarto del albergue que compartíamos. Se había agenciado del espacio junto a la ventana donde colocaba sus cremas, perfumes, su cepillo con el que peinaba con cuidado su larga cabellera todas las mañanas, cerca de las 10 de la mañana, pues regresaba tarde por la noche como si la fiesta la arrojara en esta secuencia malograda de su película personal. Era impaciente y casi siempre nos daba la espalda mientras desplegaba su deshabillé frente a la ventana, como si quisiera pescar los rayos de sol y estos fueran solo para ella. Ella le pertenecía al sol mortecino que lograba atravesar los paneles sucios de vidrio, dejándonos a las demás en una oscuridad gris, o café.
Frente a ella dormía una mujer negra con un pañuelo que le sujetaba el pelo. Se veía enferma y las enfermeras entraban por la mañana para tomarle la temperatura y revisarla. La mujer del deshabillé odiaba a la mujer negra, le decía que era sucia y le advertía, con constancia, que no tocara o ensuciara sus cosas.
De las demás mujeres en el cuarto no recuerdo mucho. Oh, sí, la mujer hindú que era muy amable con todas, pero por la madrugada flexionaba sus piernas sobre su abdomen y lanzaba gorjeos interminables, cada vez más fuertes, que no sé si despertaban a las demás, pero a mí sí. Todas las madrugadas. Ya en la mañana seguía la rutina similar a la de las demás mujeres y sonreía a todas, ofrecía galletas y le entusiasmaba conversar.
A veces me preguntaba si los chinos, siempre de mal humor, solo están descargando su malestar emocional por estar en una ciudad a la que le exigen demasiado y poco les da, más que la tranquilidad para practicar tai chi en las plazas
El baño parecía un salón de baile. Las mujeres entraban y salían con diferentes grados de desnudez, y había las mayores que se detenían frente al espejo y se enfrascaban en conversaciones, no siempre con palabras, consigo mismas. Prevalecía un ambiente de desesperación y agitación, como si estuvieran buscando respuestas a preguntas que desconocían.
Un texto en uno de los espejos, “strenuous circumstances”, podía funcionar como el título de esta secuencia.
En el elevador, una mujer con un turbante, que dice ser iraní, carga un teléfono como esos de los setenta y está marcando un número sin poder obtener tono. Eso no la desespera, en realidad parece tranquilizarla. De repente me mira, como si yo hubiera sido su centro de atención durante todo este rato en que el elevador con fatiga nos llevó del segundo piso a planta baja, y me pregunta: ¿eres alemana, no? Algo así. Su mirada comunica una dulzura que no había visto antes. Inmediatamente se enfrasca en marcar nuevamente en su teléfono, se baja.
La arquitectura en Toronto es omnipresente, la gente se mimetiza en edificios, rascacielos; no por nada la mayoría de las conversaciones en los cafés son sobre casas, rentas, ventas, el mercado inmobiliario, mudanzas, ufa.
En la puerta del cuarto cercano a las oficinas, una mujer negra, enorme, está sentada en una silla. Llora, en realidad no para de llorar, no parará en lo que resta del día. Que es todo, pues es temprano por la mañana. Una trabajadora social le responde, porque la mujer musita que quiere regresar a su casa y ya ha preparado su maleta para partir. La trabajadora le explica suavemente que su familia la llevó ahí para su bien y que no vendrán por ella por un tiempo. La mujer insiste en que quiere regresar a su casa y llora como una niña que ha sido abandonada por su madre en el mercado, así como en la película Los olvidados, de Buñuel.
Lo cierto es que este albergue funciona más como un centro de salud mental que como un refugio para mujeres que no tienen trabajo o están en tránsito.
Toronto es todo un centro de salud mental, no por nada encuentras centros de este tipo desparramados por la ciudad, especialmente en el centro.
A veces me preguntaba si los chinos, siempre de mal humor, solo están descargando su malestar emocional por estar en una ciudad a la que le exigen demasiado y poco les da, más que la tranquilidad para practicar tai chi en las plazas o sobre Spadina, donde parecen más regimientos en una campaña militar contra el vacío que una práctica que les devolverá algo de su alma perdida.
Por la noche, o ya de madrugada, me duermo y sueño un terreno yermo, sin ningún tipo de vida.

El hombre que cargaba la maleta en el puente Davenport
Día gris, por la tarde. Parece que va a llover, de hecho llovizna un poco. Es una zona un poco alejada, tan solo un poco, del centro de Toronto.
Es gris, gris, gris, y además ese día llueve, llovizna. Y nos acercamos al puente que está junto a un bosque de árboles con sus hojas manchadas de puntos negros. Nadie mira a nadie, el síntoma de América del Norte, incluido México, porque en este país, México, o más bien en esta ciudad, la gente no se mira a los ojos. ¿Qué no quiere ver?
Regresando a Toronto, los ojos en el suelo de los que pasan a nuestro lado, y el puente, medio absurdo, ¿no? Y veo al hombre, en un impermeable, sombrero, carga una maleta. No sé por qué me parece que es la maleta de un mago y que quizá, al vernos, el hombre la abrirá y sacará un bastón que se convertiría en una paloma (oh, las palomas muertas en las banquetas del centro, ¿sabes? Las palomas se estrellan contra los rascacielos confundidas por su reflejo y el del cielo en los vidrios. Hay personas que se dedican por las mañanas a recoger estas víctimas del desarrollo urbano del ultracapitalismo. Me pregunto si Vincent es uno de ellos). Pero no, el hombre no abre su maleta al pasar a nuestro lado. El camino para peatones sobre el puente es angosto, por lo que necesitamos ralentizar el paso y ladear nuestros cuerpos para permitir el paso casi simultáneo de los dos, tres. Y ahí es cuando el hombre levanta levemente la vista y me mira de lado y sustrae su mirada. Aún escudriño, quizás más prolongado de mi parte. ¿Nos encontramos? ¿Vimos algo? No lo sé, no lo creo. La arquitectura en Toronto es omnipresente, la gente se mimetiza en edificios, rascacielos; no por nada la mayoría de las conversaciones en los cafés son sobre casas, rentas, ventas, el mercado inmobiliario, mudanzas, ufa.
Y el hombre sigue su paso, como de lado, como si el encuentro le hubiera creado un desliz en su cuerpo.
Y sigue gris el día, la tarde.
MB
Continuará.
La autora es escritora, cineasta y socióloga. Su trabajo ha sido exhibido y premiado en festivales de Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Ha desarrollado largometrajes, novelas y proyectos transmedia, además de dirigir talleres en México, Argentina y Estados Unidos. Ha sido profesora y cineasta visitante en universidades internacionales, ponente en congresos sobre migración y cine, y guionista para cine, televisión y productoras independientes colaborando con instituciones como UNICEF, Canal 11 de la CDMX y Telemundo.
Ver Tripsteaser (II) en nuestro número anterior.
