PLAZA CENTRAL DE FRANKFURT, DÍA
Son las 5 de la tarde. Un HOMBRE (57) atraviesa la plaza, carga un portafolios de cuero, ha salido de su trabajo. Sin embargo, los demás que ocupan la plaza no parecen material de oficina.
El Hombre lleva impermeable y sombrero, uno es beige, el otro gris. Camina a paso redoblado hasta que se detiene en el centro de la explanada y dobla su cuerpo mientras sostiene con frenesí su maletín y grita. Una, dos, tres veces. Es un grito desesperadamente seco. Cada grito lo dobla más y más hasta que su cuerpo llega a casi 20 centímetros del piso de baldosas. O eso me parece desde el ángulo de la plaza donde me he detenido, no sabiendo si se trata de algo real o es una performance citadina, porque nadie se detiene para ayudar al hombre, o preguntarle algo.
Solo uno o dos de los que camina por la explanada ralentizan su paso y lo miran como si la acción del hombre se tratara de un hábito característico de algunos lugareños.
Finalmente el hombre se endereza, se acomoda el impermeable y el sombrero, y sigue caminando, erguido, como si nada hubiera ocurrido, y ese evento probablemente quede en su olvido de la memoria y en el de quienes lo vieron.
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Yo no lo he olvidado. Y recuerdo a otro a hombre que cruce en un puente en Toronto. Alejandro, en el proyecto de Saudade.
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el meneó la cabeza, no, este no es un ambiente para un niño. Acá, como decirte, entra gente de la noche, gays, claro es divertidísimo, me la paso genial, pero no es, digamos familiar, aunque acá todos somos familia.
Museo de arquitectura de Frankfurt.
Caminando por la orilla del rio Main, llego a una construcción algo moderna, gris casi blanca, es el Museo de arquitectura de la ciudad. A través del vidrio noto unas fotos y recordando las que vi el día anterior en una galería del centro, que exhibían la ciudad totalmente destruida por los aliados durante la segunda guerra mundial, entro. Me recibe un señor sesentón, que me sonríe como si me conociera.
En San Francisco también un alemán me sonrió de esa manera, pero esa es otra historia. Quizás se conecten. Me habían invitado al Festival de Cine Latino de San Francisco, manejamos desde Tijuana, donde vivíamos, hasta esta ciudad que hacía tiempo me inquietaba, mayormente por las películas que había visto filmadas allí. Yo tengo donde alojarme, una cineasta me dará alojamiento en su casa. Sin embargo, mi hijo de cuatro años y mi entonces esposo necesitaban encontrar un hotel donde alojarse. Buscando algo que tuviera carácter, entro a un hotel en los márgenes del barrio latino. Desde detrás del mostrador, modesto, de conserjería, un hombre camina sonriendo hacia mí con los brazos abiertos. Miro hacia atrás porque creo que está saludando a una persona que acaba de entrar, pero no hay nadie. Sigue caminando abriendo los brazos hacia mí y, antes de abrazarme, así como se abraza a un familiar, exclama: argentina, si, respondo, alemana, algo, vuelvo a responder. Me abraza, con ese abrazo que puede ser solo argentino, total, de cuerpo contra cuerpo, sintiendo el calor, la pancita, el apretón que no cesa, ese que te hace sentir que llegaste a casa.
Enseguida sigue la conversación de rigor cuando te encontrás con un argentino o argentina que es amable (porque en verdad después que una argentina cincuentona me miro con desdén una vez en México después de decirle que soy argentina, se me quitaron las ganas de brindarle ni dos segundos de mi tiempo a nadie de esa especie, no siempre es así). ¿De dónde sos? ¿Qué hacés por aquí? Aquí es muy lindo, no te imaginas.
Cuando le compartí mi propósito de rentar un cuarto para mi esposo y mi hijo, el meneó la cabeza, no, este no es un ambiente para un niño. Acá, como decirte, entra gente de la noche, gays, claro es divertidísimo, me la paso genial, pero no es, digamos familiar, aunque acá todos somos familia. Y de repente, susurra: quiero mostrarte algo, lo tengo en el cuartito donde duermo. Mmmmm, no sé, me están esperando. Vamos, no pasa nada, es acá detrás de conserjería. Su mirada había cambiado a algo que no podía reconocer, no denotaba algo sórdido sino un entusiasmo mezclado con tristeza. Me intrigó. Ok, vamos, pues. Lo sigo al cuartito que estaba pegado a conserjería, el entra y enciende una lamparita que colgaba del techo e iluminaba pobremente el cuartito, muy pequeño, vi un roperito de madera contra a pared del fondo, la cama a la derecha, todo muy ordenado, prolijo. El busca mi mirada, sonríe, sonríe mucho, y hace un gesto con los ojos preguntando: que te parece. No sé a qué se está refiriendo, miro alrededor del cuarto y no veo nada especial, mi intriga se torna en preocupación y hago ademan de irme. Y el insiste con la mirada, y la sonrisa, y ahora señala con su mano algo colgando de un clavo en la pared frente a nosotros, sobre la cama tendida prolijamente con una colcha de lana barata. Hay algo envuelto en una cubierta de plástico. Acercate, me dice. Lo hago. Y el toma eso que colgaba del clavo, quita la cubierta, y con un orgullo que creo no haber visto nunca antes saca un uniforme de oficial alemán con la esvástica en la manga. Era de mi papa. Acaricia el uniforme y en el cuarto parece no caber la densidad y longitud de su recuerdo, lo mira, sonríe, suspira. No se que decir, no digo nada, solo miro el uniforme entre sus manos. Luego lo vuelve a guardar en la cubierta de plástico que regresa al clavo. Nos alejamos, apaga la luz. Regresamos a conserjería. Es otro, esta serio y me vuelve a decir que el hotel no es adecuado para niños. Sonríe nuevamente, pero esta vez es diferente, creo que ya no está en el hotel. Si necesitas cualquier otra cosa, decime. Gracias. Doy media vuelta, siento en mi espalda algo extraño, doy media vuelta, él no me está mirando, es que ya no está ahí. Imagino que en un ratito regresara. Entra un exuberante drag queen con unos zapatos de tacones altos fucsia y un vestido rosado hablando a los gritos, y él regresa.
Nosotros no nos enteramos de nada, vivíamos en un pueblo y para nosotros no existió, mi madre era maestra y mi padre un obrero en la fábrica del pueblo. No nos enteramos de nada.

El director de comunicación del Museo de arquitectura sonríe, creo que me va a decir que pague la entrada de 5 euros pero no, quiere conversar. Conversamos. Me muestra algunas de las fotos que están en el vestíbulo: son del Frankfurt moderno, ese que parece un suburbio gringo abandonado en el que solo quedan maniquíes en los balcones simulando algún tipo de actividad humana.
Entonces le pregunto sobre cómo vivió la segunda guerra mundial. Fin de sonrisa. Y como alguien que ha preparado un machete que repite o se repite a si mismo cada vez que el tema de la guerra emerge, responde con suavidad: Nosotros no nos enteramos de nada, vivíamos en un pueblo y para nosotros no existió, mi madre era maestra y mi padre un obrero en la fábrica del pueblo. No nos enteramos de nada.
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No sé por qué mi padre nunca quiso viajar a Alemania, ni aun cuando mi hermano organizo un viaje para él y mi madre, un poco antes de que se enfermara. En el último minuto no quiso ir, y tampoco, como era su costumbre con aquello que le podía llegar a doler, no quiso hablar más del tema.
Sin embargo, cuando él ya estaba enfermo, yo fui. El Festival de cine de Mannheim me invito a a presentar un proyecto de cine.
Había leído en un periódico regional del Estado de Veracruz que 300 migrantes habían regresado desde los Estados Unidos para reintegrarse a Comapa. Al acercarme al pueblo, me fui adentrando en la experiencia femenina de la migración, dado que en este contexto inédito, el del regreso del migrante, la mujer, quien había sido relegada a una situación de espera, lograba un protagonismo definiendo el espacio del encuentro. Su vida de ficción basada en llamadas telefónicas necesitaba cruzar la frontera. Mi proyecto giraba alrededor de la pregunta: ¿cuál es la forma de migrar de la mujer?
La historia seguía a Renata cuando regresaba a Veracruz después de trabajar por varios años en los Estados Unidos. Pero, parecía como si no se hubiera ido, porque su familia no había notado su ausencia. Entonces imagina a Natalia, quien espera a su esposo que migró al norte y aún no ha regresado. Mientras que Renata intenta partir nuevamente, Natalia rechaza al hombre que ha llegado del Norte y sus hijas aseguran es su padre. En este contexto, la mujer siempre está partiendo porque ya está partida. Su viaje es su multiplicación, un trayecto en el que vive con sus réplicas.
Quería enviarle algo a mi papá pero no encontraba nada. Sabía que mi papá seguía mi itinerario en un libro de mapas que hacia un tiempo le había regalado y le gustaba, como siempre, saber por dónde andaba.

Mannheim es una ciudad pequeña, con una plaza central de piso adoquinado donde todos los martes los productores de los alrededores llevan sus productos, verdura, fruta, nueces, a vender y sobre un escenario hay bailes tradicionales mientras una orquesta ameniza este mercado ambulante hasta las 3 de la tarde. Luego, todo vuelve la tranquilidad,
A su lado, los trolebuses surcan la ciudad. En su interior, empleados y trabajadores se trasladan como autómatas que no cuestionan su destino ni tampoco el recorrido del viaje. El centro de la ciudad parece la típica ciudad media de América Latina, como los es Puebla en México. Quizás me parezca así por el pan delicioso que hay en las panaderías sobre la calle comercial de Mannheim, y Puebla es conocida por su pan dulce exquisito.
El centro es de los alemanes, los márgenes de los migrantes, la mayoría es gente negra de países africanos que caminan como si habitaran el vacío; es que allí el paisaje tiene poco contraste, salvo cuando caminas por la orilla del rio Main donde los colores son vibrantes, puedes comerte el verde, pero el ambiente es solitario y triste, como la abuela con los nietos dándole de comer a los patos (recuerdo el papa y su hijo en una tarde de sábado, por supuesto gris, en el Canal Eyre en upstate New York, acuclillados en la orilla, el hombre con su cuerpo encorvado sobre el hijo, pero ese hombre no gritó). Tenes mucho tiempo para pensar.
Quería enviarle algo a mi papá pero no encontraba nada. Sabía que mi papá seguía mi itinerario en un libro de mapas que hacia un tiempo le había regalado y le gustaba, como siempre, saber por dónde andaba.
Mi papa había nacido en Crespo, una ciudad a una hora de Paraná en Entre Ríos. era una comunidad alemana dividida entre la aldea y el pueblo, la aldea territorio de protestantes y el pueblo de católicos. Los niños, al igual que mi papá aprendían el español al ingresar a la escuela pues en sus casas se hablaba alemán. Era una comunidad agrícola, mi abuela tenía vacas y era parte del sostén de la familia que alcanzo a incluir 12 hijos. Mi papa decía que la escuela, cuando los maestros los formaban para saludar la bandera, parecía un campo plantado de trigo.

Lo que pasa es que yo leía, agarraba los libros, me gustaba leer. Me gustaba la matemática. El maestro me llevaba a pasear por el pueblo, a la plaza, a otras escuelas.
En el pueblo había canchas de fútbol y equipos, yo pertenecía al equipo cultural y lo financiaba la gente rica del pueblo.
El pueblo tenía una plaza central y alrededor había casas, de tejas y concreto. No había una calle que fuera especial. Se cultivaba alfalfa, trigo, lino. todo crecía, maíz. también tenían animales.
Recordé una historia que me contó mi padre de cuando tenía seis años y visitó a sus tíos en un pueblo en Entre Ríos y un viento se llevó el techo de la casa. Por eso, siempre le temió al viento. Al cambio.
***
Al preguntarle a mi padre por qué no quiso ir, respondía lo de siempre: ¿para qué querés moverte? Ya quedate tranquila.
¿Qué querés saber?
Germany was the mother. And the mother was lost.

Hace unos meses encontré un postal de una exposición en Toronto. Muestra a un hombre tirado entre la maleza quizás porque el techo de su casa, que aparecía en el background, se había hundido.
Recordé una historia que me contó mi padre de cuando tenía seis años y visitó a sus tíos en un pueblo en Entre Ríos y un viento se llevó el techo de la casa. Por eso, siempre le temió al viento. Al cambio.
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My dad and I grew a garden, un huerto, el almácigo, or he did and I helped him.
Un lindo beso, putzie, mein lieber vater, meine tochter hast zweie titze, hund,
Las palabras se cruzaban y creaban pequeños remolinos sobre la tierra como si
hubiéramos sembrado palabras De la unión de palabras y tierra se erigió un país
del que ningún arqueólogo después lograría encontrar evidencia.
Sí, vos sos de acá.

Saudade escucha a una mujer hablar de mi padre, y cree que el enterró algo en el almácigo. ¿Quizás el álbum de fotografías?
***
Los lugares, y los personajes van conectándose, polinizando historias de otros tiempos y lugares para crear una película desparramada. Desde la modularidad, la película cambia con el contexto, vuelve a grabarse con la gente local y tiene múltiples puertas de entrada y ediciones, seleccionando uno o varios elementos del dispositivo del cine para escribir el guion.
Es crear a partir de un archivo personal que creo no me pertenece.
MB
Continuará.
La autora es escritora, cineasta y socióloga. Su trabajo ha sido exhibido y premiado en festivales de Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Ha desarrollado largometrajes, novelas y proyectos transmedia, además de dirigir talleres en México, Argentina y Estados Unidos. Ha sido profesora y cineasta visitante en universidades internacionales, ponente en congresos sobre migración y cine, y guionista para cine, televisión y productoras independientes colaborando con instituciones como UNICEF, Canal 11 de la CDMX y Telemundo.
Ver Tripsteaser (VI) en nuestro número anterior.
