Cibernética territorial, utopismo material

Sobre la experiencia de m7red: 2000-2020.

Argentina padece de una suerte de provincianismo cosmopolita: vive buscando referencias internacionales para luego aplanarlas en un sentido patéticamente parroquial. Así, ni logramos desarrollar un «pensamiento nacional», ni «nos abrimos al mundo», por citar dos consignas muy empleadas en el debate local. Durante todo 2016, por ejemplo, la pregunta argentina fue si Trump era peronista, ejercicio que difícilmente contribuyó a explicar al peronismo y que de ninguna manera permitió entender a Trump. 

La experiencia de 2020 puede ser una buena oportunidad para abandonar el provincianismo y al mismo tiempo recuperar una reflexión particular sobre la base de nuestros problemas y condiciones. El COVID-19 y una crisis climática que nos estalló en la cara bajo la forma de diversos incendios forestales fueron experiencias compartidas con todo el globo. Al mismo tiempo, la vivencia urbana de la cuarentena y las discusiones en torno a modelos de desarrollo (ganadería porcina de exportación, explotación inmobiliaria de espacios verdes, etc.) nos obligaron a pensar la relación con nuestro entorno.

Una experiencia mundializada y una reflexión sobre el espacio que ocupamos nos permitirían abarcar lo global y lo local de una manera mucho más virtuosa que hasta ahora. Claro que para eso hacen falta herramientas organizativas y conceptuales. La experiencia de m7red, el colectivo de «investigación y activismo sobre escenarios urbanos complejos», recientemente galardonado con el premio holandés Príncipe Claus de Cultura y Desarrollo en la sección Arquitectura, es un buen caso para ver una manera posible de reflexionar sobre cuestiones globales a partir de experimentos locales.

Recorrida del Arroyo del Rey con el Foro Hídrico de Lomas de Zamora (2011)
 

Frutos culturales del colapso y la precariedad

La historia de m7red es inseparable de la crisis social argentina del siglo XXI. Y de la crisis profesional de sus integrantes. Pío Torroja y Mauricio Corbalán se formaron como arquitectos y comenzaron sus carreras en los años '90 de manera convencional, trabajando en el estudio de Hugo Gilardi y dictando clases en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA. Simultáneamente, se involucraron en abordajes más críticos de la mano de Alberto Delorenzini y Jorge Francisco Liernur. Ese interés los llevó a trabajar con artistas y curadores, como Roberto Jacoby y la red Venus o Ines Katzenstein, en intervenciones que buscaban hibridar disciplinas y problematizar la experticia.

En el año 2000 el grupo se formaliza como m777 (en referencia a Montevideo 777, la dirección del estudio de arquitectura en el que se reunían). Las intervenciones de m777 estuvieron enmarcadas por la crisis política, social y económica que maduró a lo largo de ese año para explotar a fines del siguiente: desintegración del tejido social, crisis de representación (política) y experticia (tecnocrática), difusión de formas autogestivas y activismo político-artístico.

«A mí hay dos cosas que me llaman la atención–le dijo Corbalán a Francisco Liernur durante una charla pública, un año antes de la disolución de m777–que son las experiencias del trueque durante la crisis y el libre acceso a Internet. Eso, para contraponerlo a lo que dice Pancho: él piensa en un edificio, yo hablo de un sistema de redes. Uno de los temas de la arquitectura es la organización del territorio. Pero lo que me interesa especialmente es la organización de un territorio por ese tipo de redes». El interés por formas extraedilicias de la arquitectura alejaron a Torroja y Corbalán del mundo profesional (y su reconocimiento); la crisis de 2001 les señaló en dónde buscarlas: en las complejas redes de la post normalidad.

Si la crisis fue el contexto de producción de m777, la posterior normalización no iba a dejar de afectarlos. La recuperación económica y la incorporación de numerosos proyectos autogestivos a la maquinaria política e institucional de la nueva hegemonía plantearon un problema: m777 había surgido para intervenir desde afuera y ahora podía ser incorporado, sea al mercado, sea al Estado. Fue la crisis de la crisis, la rápida extinción de las condiciones de posibilidad que había generado el 2001.

Redefinir una estrategia implicó recalibrar la hibridación originaria: en 2005 m777 se dividió en a77, grupo artístico de Lucas Gilardi y Gustavo Diéguez abocado a las intervenciones arquitectónicas con material de descarte; y m7red, el aparato de discusión y publicidad de Torroja y Corbalán para experimentar con la urbanidad compleja. Era el momento de buscar esas redes.


Home de la plataforma "Que pasa, riachuelo?"  Version 1 (2011)

QPR: una cibernética social

La Cuenca Matanza Riachuelo es una superficie de 2.240 km2 atravesada por 85 kilómetros del río más contaminado de la Argentina (y uno de los treinta lugares más contaminados de este planeta), sobre la cual reside el 13,5% de la población del país. Casi cinco millones de personas (más de la mitad de ellas sin cloacas) distribuidas en 14 municipios diferentes, además de la ciudad de Buenos Aires, que cada día ven pasar 368.000 m3 de aguas residuales domésticas y 88.500 de desechos industriales, además de convivir con 83 basurales. Si el viento sopla en dirección sur sudeste, arrastra esas aguas tóxicas, los drenajes colapsan y la cuenca se inunda.

A la complejidad física e institucional de la zona se le sumaron una serie de conflictos de alta productividad política. El largo reclamo por cloacas sumado a la protesta por las inundaciones a partir de 2000 llevó a la conformación del Foro Hídrico de Lomas de Zamora, una red de organizaciones vecinales para tratar el problema global del agua. En 2006 se creó la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo (Acumar) para coordinar las distintas autoridades competentes de la región, y fortalecer la regulación y control sobre la zona. El fallo de la Corte Suprema sobre el caso Mendoza en 2008 estableció un mandato obligatorio para sanear el Riachuelo y mejorar la calidad de vida de los habitantes de la cuenca.

La Cuenca Matanza Riachuelo se convirtió así en un espacio inasible, casi ingobernable, un ovillo de problemas ambientales, sociales y políticos cuya única representación posible es el caos. Para mapear ese caos, en 2011 la Fundación Ambiente y Recursos Naturales, como miembro del cuerpo colegiado que supervisa el saneamiento de la cuenca, encargó a m7red y GarageLab (un espacio hacker independiente) el desarrollo de QPR (¿Qué Pasa Riachuelo?), una plataforma online que recolectaba y actualizaba datos públicos georreferenciados  sobre contaminación, asentamientos y alertas territoriales, pero también permitía relevar eventos y conflictos descritos por los mismos afectados. Se trató, según sus desarrolladores, de un experimento colectivo para monitorear el cumplimiento del mandato judicial del fallo Mendoza y, sobre todo, visualizar el Riachuelo de manera constante, dinámica y descentralizada.

Entre 2015 y 2016 se suspendió la conexión entre los datos públicos de Acumar y la plataforma QPR, el sitio se desactualizó y el saneamiento del Riachuelo se estancó. En el camino, la iniciativa de m7red fue presentada en Londres e inspiró a otras plataformas de monitoreo social para el saneamiento de ríos contaminados en varios estados de los Estados Unidos.

La simbiosis de cibernética y urbanismo no es nueva. Fue un arquitecto y matemático, Christopher Alexander, quien creó en 1977 el lenguaje de patrones: procesos de solución de problemas a diferentes escalas que permitirían a cualquier ciudadano llevar a cabo objetivos arquitectónicos y así ajustar a la arquitectura a las necesidades de las personas. Años más tarde los patrones se incorporaron al diseño de software con el libro Design Patterns: Elements of Reusable Object-Oriented Software; y, más importante, al formato wiki creado en 1990 por Ward Cunningham. Al igual que los patrones de Alexander, muchos proyectos wiki, empezando por Wikipedia, facilitan y democratizan una práctica por fuera de la experticia.

En la experiencia de QPR el potencial democratizador permite incluso hablar de una «política cibernética». La cibernética como principio no lineal de retroalimentación y tanteo constante sobre lo mismo fue identificado hace 70 años por Norbert Wiener para disolver la dicotomía entre lo mecánico y lo orgánico: hay cibernética tanto en animales como en máquinas. Hoy la máquina cibernética nos envuelve con el sistema ciberfísico y sus algoritmos; James Lovelock entiende a toda la Tierra como un sistema cibernético, y Yuk Hui ve en su recursividad una posibilidad para superar el fin de la metafísica. QPR llevó la recursividad a la política: la retroalimentación de datos no es solo una valiosa instancia de participación popular en una plataforma de información y monitoreo (y por qué no, una horizontalización del poder de vigilancia digital) sino también una nueva manera de ver un territorio.

Desde que Alfred Korzybski dijo en los años ‘30 que «el mapa no es el territorio» mucha posmodernidad corrió bajo el puente. En la vulgata local, el mapeo es siempre la esquematización de alguna situación mientras el territorio terminó siendo la instancia «real» de la sociedad, donde siempre hay que «bajar» y en el que las teorías, los conceptos e incluso algunos principios éticos y jurídicos se suspenden ante la sucia complejidad de las relaciones sociales. El territorio devino territorialismo, una ideología de claudicación intelectual y política ante una realidad reificada y supuestamente insondable: un caos conservador. Pese a su comunitarismo, el territorialismo repone el mecanicismo del Estado intentando puncionar desde arriba una zona inevitablemente exterior a sí, eligiendo (casi predefiniendo) a los actores que espera encontrar: un sujeto esencialmente popular, local, solidario, organizado, humano, demasiado humano. Basta que el puntero cambie de color o sea reemplazado por una organización ilegal, o que la red de relaciones corra la frontera unos metros para que todo el andamiaje de intervención territorialista se desmorone.

La experiencia de QPR no soluciona esos problemas ni pretende reemplazar a esa mecánica, solo abre un portal de acceso alternativo, un mapa orgánico, tan vivo y complejo como el territorio que lo alimenta constantemente de datos, y capaz de registrar aquello que el territorialismo ignora: la relación entre humanos y no humanos. El principio cibernético permite visualizar en el mapa redes que ninguna «bajada» al territorio vería: las múltiples relaciones que unen a cada vecino con otro vecino, con vecinos de otro asentamiento, con el basural, con la fábrica, con el río y con la mierda que viene y va. El loop recursivo registra esas redes y crea otras nuevas al conectar a todos esos actores a una plataforma online que termina siendo un actor más. Al realismo político se le opone un realismo material que ensambla objetos humanos y no humanos y hace posible una comunidad de nuevo tipo: la dimensión utópica que el territorialismo inevitablemente negaba y que ahora emerge de un abordaje aún más «real» del territorio. El caos deviene en promesa de comunidad.


Recorrida por Isla Paulino luego del refulado del canal de acceso al Puerto de La Plata (2013)

Mil cuencas: una política materialista

Entre las inundaciones de abril de 2013 y el cierre de la experiencia de QPR en 2016, Torroja y Corbalán publicaron una serie de textos en la revista literaria Mancilla, sobre distintos scenarios (el Riachuelo, la isla Paulino, el barrio porteño de Saavedra y su entubado arroyo Medrano, la pampa sojera) para describir la ecología de diferentes cuencas con sus múltiples actores. En 2018 los textos fueron reunidos en Mil cuencas, un ebook autopublicado por m7red.

Mil cuencas es, en cierta medida, la puesta en texto de las experiencias de redes de m7red. Sus autores presentan sus textos como una «metodología», una suerte de auto-mapeo de las comunidades (devenidas «localidades») que motorice una «radicalización local». Pero Mil cuencas es también la aplicación práctica de un nuevo materialismo: el trazado de redes entre actores humanos y no humanos implica partir de una ontología plana: poner al mismo nivel ontológico a un quintero, un oleoducto, un humedal y las lombrices bajo la tierra. Esa operación intelectual, que tiene antecedentes en Gilles Deleuze, remite obviamente a la Teoría del Actor Red de Bruno Latour y otros: la acción es un nodo de agencias, que incluye objetos humanos y no humanos, y tiene que ser desembrollado; pero también a la Ontología Orientada a los Objetos, una corriente filosófica que parte de la premisa de que todo lo que es, es un objeto, y todos los objetos son iguales: cualquier objeto puede ser sujeto de cualquier otro. En cualquier caso, estos materialismos (o realismos, que no es lo mismo) son la respuesta a los límites del ya viejo giro discursivo del pensamiento occidental ante problemas como la crisis climática o la recurrencia de pandemias que, evidentemente, son algo más que construcciones del lenguaje.

Con su formato de crónica y su eventual vuelo lírico, los textos de Mil cuencas rastrean esas redes de objetos humanos y no humanos. Los circuitos del agua que Torroja describe en la cuenca Matanza-Riachuelo, por ejemplo, van y vienen entre fábricas, plantas de tratamiento y villas miserias, portando desechos, empapando mercancías (para limpiar y hacer durable una pieza de cuero se necesitan 1.000 litros de agua), entrando a los baños y armarios de consumidores que «actúan como pequeñas esclusas» de una red imposible de trazar en su totalidad.

Otra red de conflictos y convivencia es la que conecta a los quinteros de la Isla Paulino con el puerto en amenazante expansión, la tierra salinizada de la isla, los buques que pasan y derrumban pedazos de costa, el poliducto de YPF, los nuevos habitantes de la isla y una percepción de decadencia que ya dejó de ser una experiencia presente en contraste con un pasado irrecuperable para ser parte de la historia, identidad y modus vivendi de la isla: «hoy la isla no quiere luz», concluye un quintero ante la amenaza que implicaría la conexión eléctrica a través del puerto.

Esa conclusión ludita, casi decrecionista, puede llevar a pensar que la dinámica de las redes es homeostática: un burbujeo constante entre personas, animales y cosas que reproduce un paisaje estable, estancado. Sin embargo, también hay «acontecimientos», eventos contingentes que polarizan a las partículas, alteran a los objetos de una red en torno a una nueva red. En las cuencas de Torroja y Corbalán, ese acontecimiento fueron las inundaciones: «la inundación nos expone a una condición más honesta de habitar: a la precariedad de estar hospedados de forma provisional (…) El 3 de abril del 2013 se realizó nuestro pasaje traumático de ciudadanos a habitantes del valle de inundación de una cuenca hídrica». Se impone una «visión catastrófica de lo urbano».

Claro que un acontecimiento no dispara consecuencias lineales. En el barrio porteño de Saavedra, por ejemplo, las inundaciones de 2013 llevaron al barrio a reconectarse con su «historia natural» local. El reclamo por desentubar el arroyo Medrano –siguiendo el ejemplo del arroyo Cheonggyecheon de Seú– para prevenir nuevos desbordes llevó al barrio a recuperar su pasado como cuenca que construía sociabilidad en torno a un curso de agua hoy oculto y abrió el horizonte de expectativas hacia la posibilidad de gestionar el medio formando foros vecinales ya no por comunas sino por cuencas hídricas. La memoria del barrio como cuenca es resultado de una conciencia de que «el suelo no es el soporte inerte de edificios u objetos delimitados por superficies y encerrados en sí mismos, sino sitios donde la  vida depende del continuo intercambio de flujos y materiales». Pero esa conciencia catastrófica problematiza el derecho a la ciudad: «Todos vamos a terminar habitando en áreas urbanas. Pero ¿dónde están asentadas la mayoría de las ciudades? Sobre cuencas y ríos que también tienen derechos (…) las cuencas de los arroyos reclaman una restitución de sus cursos, que fueron rectificados y entubados».

Otro acontecimiento fueron las inundaciones de la provincia de Buenos Aires de 1985. Crearon un clima de incertidumbre en los negocios agropecuarios que desembocó en la segunda revolución de las pampas: la siembra directa sobre tierras arrendadas, un principio de acción mínima que reemplaza la producción de propiedad por un sistema flexible, casi precario de circulación de información, sobre el que se montaron los agronegocios sojeros. El régimen de labor constante sobre la tierra, que implicaba más gente viviendo en los campos, dio lugar a ciclos de negocios cortos y de bajo empleo. La siembra de soja, además de absorber poco agua, forma una capa laminar y compacta, casi impermeable. Nuevas inundaciones y desempleo que alimentan el desplazamiento de animales y personas. Personas que se acogerán a su «derecho a la ciudad» para asentarse en el rincón más precario e inundable de esta cuenca asfaltada que es Buenos Aires. Este ciclo social del agua también es una red de humanos y no humanos.

Las inundaciones son el acontecimiento material y contingente que altera la red de objetos y detona agencias: nuevos modelos de negocios y de gestión colectiva, nuevos problemas y la revisión de viejas consignas. Y es aquí donde la experiencia de m7red tiene algo que aportar. El punto ciego del nuevo materialismo filosófico es su inmovilismo político: ateridos a un universo de cosas, parecen no reconocer más dinámica que la inercia… o la entropía. De ahí que las salidas políticas de los filósofos realistas sean equívocas: nihilismo, transhumanismo, etc. En la vereda de enfrente, hay un pensamiento crítico ya casi ortodoxo que pareciera necesitar subsumir todo en el lenguaje para poder politizarlo y radicalizarlo, renunciando a cualquier idea de un entorno material determinante. Hasta que sopla el viento y el río sube…

El materialismo de m7red es capaz de trazar redes entre objetos humanos y no humanos, estudiar el impacto de contingencias igualmente materiales y ver cómo de ellas aflora una política: «Las inundaciones urbanas introdujeron un nuevo paradigma que implica avanzar con medidas no estructurales: mapas de riesgo, planes de contingencia». Para hacer política sobre un humedal no es necesario encerrarse en el lenguaje ni paralizarse contemplando el barro insondable. Es posible una política del materialismo.


Historia del polo petroquímico Dock Sud de la plataforma "Que pasa, Riachuelo?” Version 2 (2014)

Un pensamiento local del Antropoceno

«Necesitamos una dimensión estética del suelo más acorde con esta descripción de territorios ensamblados y porosos, y recuperar una nueva percepción de la tierra», dicen Torroja y Corbalán. Lo que están pidiendo es un pensamiento del Antropoceno, ese concepto de moda, con sonido geológico pero usos sociopolíticos, que pretende nombrar una fase de la Tierra marcada por la acción humana pero significa todo lo contrario: un momento de la historia en donde la acción humana está constantemente interferida por su efecto en la Tierra, calentamiento global, cuencas desbordadas, contaminación, pandemias de origen extraño y difusión global por el turismo y el hacinamiento.

Si bien de alguna manera todo el pensamiento actual pertenece al Antropoceno, aún no tenemos un pensamiento global sobre el Antropoceno: un conjunto de conceptos y organizaciones relativamente consensuados para actuar en estas condiciones. Si la transición al capitalismo debió ser gobernada por monarcas, señores feudales y consejos municipales de burgueses, hoy el mundo enfrenta el colapso climático con gobiernos nacionales de mayorías fragilísimas, organismos multilaterales mancados por el soberanismo y empresarios prometiendo disminuir las emisiones un 5%... Es comprensible: todo eso funcionó tan bien durante tantos años que abandonarlo parece difícil y pensar algo distinto, casi imposible.

Desde Argentina la situación luce peor: la precariedad de sus instituciones públicas y privadas, la escasez de recursos tecnológicos y financieros, la inestabilidad endémica de su economía y la amenaza constante de colapso social parecen vedarle cualquier posibilidad de gestión o al menos amortización de una crisis de dimensiones globales. Pero precariedad, escasez y colapso son los rasgos distintivos del Antropoceno, y el efecto del Covid en el mundo lo está demostrando. Desde la experiencia local, podríamos afrontar la post normalidad creciente recurriendo a unas instituciones y una cultura política formateadas en años de «avanzar con medidas no estructurales: mapas de riesgo, planes de contingencia».

Pero en tanto y en cuanto la reflexión local siga encerrada en un excepcionalismo ramplón, y la condición sine qua non de la politización y radicalidad sea la disolución de toda materialidad en juegos de lenguaje, no habrá aquí conciencia alguna del Antropoceno, más allá de la incorporación emasculada del término para dirimir cuestiones parroquiales. De nada nos sirve la experiencia local en condiciones de crisis global si no tenemos dimensión de esa globalidad. Seremos Antropoceno sin conciencia de sí.

El aporte posible de m7red y sus trabajos es crear esa conciencia a partir de prácticas locales. La contraexperticia para democratizar el abordaje de problemas sociales complejos, la recursividad como vía de visualización de situaciones caóticas y de gestión de la precariedad a partir del empleo de tecnologías accesibles son prácticas que se amoldan a las condiciones específicas, al tiempo que abren un horizonte de nuevas redes, nueva comunidad. Un horizonte post utópico. Que m7red sea un emergente de la crisis de 2001 no es menor: toda la política argentina del siglo XXI parece seguir fijada en los patrones de colapso y precariedad de aquel acontecimiento. La única manera de motorizar esa tara histórica en una reflexión argentina sobre el Antropoceno en una resolución local de lo global es llevar la reflexión de aquella experiencia a nuevas herramientas, hacer del colapso local un sistema para afrontar la post normalidad global.

AG

 El autor es Licenciado en Historia y periodista. Es docente en las carreras de Historia y de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Fue coeditor de la revista digital de política y cultura Panamá. Colabora habitualmente en el periódico La Vanguardia, las revistas Crisis, Playboy, y la Nueva Revista Socialista como crítico cultural y comentarista político. Publicó Los dueños del futuro. Vida y obra, secretos y mentiras de los empresarios del siglo XXI (con Hernán Vanoli, Planeta, Buenos Aires, 2017). Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

De su autoría, ver también en café de las ciudades la introducción a su libro ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro.

Sobre m7red, ver el comentario a Para-formal - Ecologías urbanasUna exploración colectiva sobre la compleja transformación del territorio, por Marcelo Corti en nuestro número 104.

 

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