N. de la R.: Esta nota fue publicada originalmente en la revista Summa+ N° 4, diciembre de 1993.
El 1° de junio de 1904, el ingeniero y arquitecto italiano Vittorio Meano, cuyo proyecto para el palacio del Congreso Nacional se encontraba por entonces en construcción, fue asesinado a balazos en la ciudad de Buenos Aires. La crónica periodística señalo como responsable del crimen a un antiguo sirviente de Meano que se llamaba Juan Passera.

El juicio nunca fue puesto en duda. Sin embargo, Passera, un tenorio criollo de orgullosa dentadura, que se había involucrado con la viuda de Meano, tal vez haya sido solamente un ejecutor, instrumento ciego e involuntario de una fuerza muchísimo más antigua y poderosa.
Muchos grandes arquitectos como Meano, los de muy grandes obras y de muy grandes proyectos, tuvieron, o se ha creído que tuvieron, un final trágico.
Apolodoro de Damasco, el creador de la Columna, el Foro y las Termas de Trajano, fue luego condenado por el emperador Adriano, y tuvo que “llamar al médico” como era de estilo entre los romanos. El bilioso Apolodoro, que se había burlado una y otra vez del emperador cuando este incursionaba como arquitecto amateur, ¿sucumbió solamente por intervenir en la conspiración de Serviano? (1)
Otros, como Albert Speer, condenado a perpetuidad por el tribunal en la misma Nüremberg de su pasmoso Zeppelinfeld, o como Sant’Elia, que entrevió su futurista Città Nuova antes de sucumbir en la Gran Guerra, victimas aparentes de la política y el cañón, ¿no se habían sobrepasado?
En cambio, Antonio Gaudí, supuesto accidentado, puede haber sido un suicida secreto. Terrible decisión del que descubre que ha pecado de vanidad al proponerse un Templo interminable y sobrehumano. (2)
De Julián García Núñez se ha murmurado (y desmienten los libros) que se inmoló por el fuego, con el combustible de sus propios planos modernistas. De Arturo Prins, deprimido sin remedio por la frustración de su ambiciosa Facultad de Derecho sobre la avenida Las Heras, corre la especie de su suicidio, aunque refutada por sus deudos. Todo indica que la obra desmesurada, frecuentemente interrumpida, tiende a confundirse, por vía de la imaginación o por vía de la evidencia, con la tragedia del autor. El arquitecto de la obra titánica, ángel rebelado y soberbio, atraería sobre si la venganza de los dioses, aquella que los griegos identificaban con la diosa Némesis.
¿Fue la furia divina la que tiró del gatillo de Juan Passera?
“El Palacio del Congreso -dijo Anatole France- es una mezcla, conteniendo ensalada italiana e ingredientes griegos, romanos y franceses. Se tomó la columnata del Louvre. Encima le colocaron el Partenón. Sobre el Partenón lograron emplazar el Panteón y, finalmente, espolvorearon la torta con alegorías, estatuas, balaustradas y terrazas. Eso recuerda la confusión en la construcción de la Torre de Babel”. (3)
¡Precisamente! Babel, la Babil de los árabes, Babilonia, la condenada por su edificio.

Cuenta el Génesis que los que edificaban la Torre de Babel, proponiéndose llegar al cielo, fueron detenidos por el Señor confundiendo sus lenguajes y arrojándolos a la dispersión. (4)
Nimrod, que así se llamaba el rey de Babel, había construido una torre montada sobre una roca redonda, sobre ella un trono de madera, sobre éste un trono de hierro, sobre éste un trono de cobre, sobre éste un trono de plata, y encima un trono de oro, coronando todo con una gema gigantesca. ¡Que es como decir “un Louvre, encima un Partenón, encima un Panteón”!
Vittorio Meano, Nimrod del Piamonte, está apilándolos, uno sobre el otro, cada vez más alto, en su obra más ominosa. (5) Se avecina el castigo, no por uno sino por dos pecados, el de la vanidad y el de la superposición. Mientras tanto, frente al espejo, Juan Passera se prepara cepillándose los dientes, cargando su arma, creyendo que su móvil es la envidia o el romance.
MS
El autor es arquitecto, doctor en Arquitectura y profesor titular consulto en FADU-UBA. Investigador principal del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (IAA). Miembro fundador de la Academia de Arquitectura y Urbanismo. Es autor de De los barrios al centro.
(1). En las notas con que sostiene sus Memorias de Adriano (Sudamericana, Buenos Aires, 1984), Marguerite Yourcenar admite que “vincular la ejecución de Apolodoro a la conspiración de Serviano no pasa de una hipótesis, acaso defendible”.
(2). El suicidio secreto de Gaudí ha sido relatado por Vicente Battista en El libro de todos los engaños (Bruguera, Buenos Aires, 1984, págs. 128 y Ss.). Gaudí elige el tranvía para evitar toda grandilocuencia.
(3). La cita es de Mario Buschiazzo, La Arquitectura en la Argentina 1810-1930 (Mac Gaul, Buenos Aires, 1971), que la tiene por “excesivamente cáustica”. La crítica de Anatole France, además de la analogía reposteril que tanta fortuna ha tenido posteriormente, está moldeada en los conceptos de Víctor Hugo.
(4). Génesis, 11.1-9. También Los Mitos Hebreos, de Robert Graves y Raphael Patai, donde se refiere que Nimrod, nieto de Cam y bisnieto de Noé, planeaba una torre más alta que el mismo Monte Ararat para precaverse de un nuevo Diluvio. Según otros mitos, Nimrod aspiraba a levantar una plataforma adecuada para tomar el cielo por asalto.
(5). Revista Técnica/Suplemento de Arquitectura, año 1, N° 4, 1904. Contiene una memoria de Meano sobre su proyecto del Congreso y el discurso laudatorio de Alejandro Christophersen en el sepelio del colega, que había nacido en Susa, al pie de los Alpes, en 1860. También Nestor Echevarría: “Vittorio Meano”, Summa N° 238, Buenos Aires, 1987, que incluye una tapa homenaje dibujada por Carlos Libedinsky. También Caras y Caretas N0 297, Buenos Aires, 1 1/6/1904. Nuestro retrato de Juan Passera inconsciente de todo lo que estaba en juego no pasa de una hipótesis, acaso refutable.
