Nosotros tenemos que ver siempre con su cuerpo y con su mentalidad como un todo de una sola pieza. En el fondo, el cuerpo, el alma y la sociedad quedan aquí mezclados.
Marcel Mauss
Trabajo clásico vs. trabajo no clásico (De la Garza Toledo, 2011); polo tradicional vs. polo de la autonomía (Pérez Sainz, 2024); seguridad vs. autorrealización (Boltanski y Chiapello, 1999). Estos binarismos apuntan a una misma tensión: la dificultad contemporánea del trabajo para ser “definido” y los extremos sobre los que oscilan esas posibles caracterizaciones. Las fronteras permeables, que hoy dejan entrar y salir elementos diversos de la definición de trabajo, generan la ilusión de que antes eran herméticas y socialmente definidas.
Si bien no buscamos ofrecer una definición “correcta” de trabajo ni establecer sus fronteras, en el presente ensayo intentaremos mirar esos nudos teóricos que se generan con las nuevas prácticas laborales de la mano de las nuevas tecnologías. Específicamente, retomamos a Varoufakis (2024) y su categoría de “siervos de la nube” para tensionarla desde la perspectiva de la sociología económica (Mauss, 1979, 2009; Polanyi, 1994; Granovetter, 1985; Roig, 2008).
La gestión algorítmica oculta las relaciones de poder porque ‘esconde’ al patrón detrás de un sistema lúdico de castigos y recompensas.
El objetivo es presentar algunos interrogantes sobre la hipótesis planteada por Varoufakis (2024), que caracteriza como “trabajo gratis” a toda actividad que ocurre en las plataformas digitales. Nos preguntamos por algunos de los supuestos que constituyen el esquema de clases que plantea el autor en lo que define como tecnofeudalismo, y por las dimensiones que componen el análisis de lo laboral, además de la reproducción del capital. La intención es ensayar algunas reflexiones sobre un texto actualmente central en los debates sobre nuevas tecnologías, desde algunos planteos de la sociología económica.
Tanto el control laboral como la dimensión del riesgo en el trabajo no son novedades de las plataformas. Sin embargo, mediante los avances tecnológicos de las últimas tres décadas, se han constituido en el modelo de negocios que construye un terreno virtual de interacciones en donde se acumulan datos, actualmente ubicados en el centro de las ganancias capitalistas (Srnicek, 2018). Dichos avances tecnológicos están mediados por relaciones sociales de producción con nuevos mecanismos de vigilancia y control (Del Bono, 2019).
La idea de un individuo des-personalizado, un actuante sin personalidad, puede vincularse con la prácticamente nula institucionalización de las relaciones laborales de plataformas y la indefinición del conflicto capital-trabajo (Roig, 2008). La gestión algorítmica oculta las relaciones de poder porque “esconde” al patrón detrás de un sistema lúdico de castigos y recompensas. Pero vayamos más atrás. Dumont (1999) caracteriza como ideología moderna a la centralidad inédita de la relación de las personas con las cosas, en contraposición de la relación de las personas con las personas. Las ciencias económicas (sobre todo clásicas y neoclásicas) contribuyeron a este divorcio, otorgando un aspecto “neutral” —es decir, sin considerar las relaciones sociales en las que se insertan— a sus explicaciones sobre el funcionamiento capitalista. Este movimiento naturaliza el principio de utilidad racional como motor de la acción individual, universalizando el interés lucrativo como principio humano (Boltanski y Chiapello, 1999, p. 48).
Los modelos teóricos de las ciencias económicas explican las prácticas sociales con supuestos organizadores de la acción. De esta manera, la “figura mitológica moderna” del “hombre económico” (Polanyi, 1994, p. 93) reduce la racionalidad humana al principio de maximización de beneficios individuales, universalizando y naturalizando la economía de mercado. En ese sentido, las plataformas de trabajo utilizan este sustrato para construir una retórica del colaborador o emprendedor deslaboralizado, aun cuando se sostengan características de control y plusvalor en los procesos laborales.

Por su parte, Varoufakis (2024) coloca en el centro de su análisis la relación entre las personas y los objetos tecnológicos. Más específicamente, el modo de inserción de los individuos al ecosistema digital. En su esquema teórico, esto determina la posición ocupada en el nuevo esquema de clases que plantea, en donde ya no existiría el capitalismo. Los siervos de la nube son definidos por el autor a partir de su rasgo inédito en la historia. Para el ex ministro, son el primer grupo social en la historia humana que decide trabajar sin ser trabajador. “De forma gratuita” y “con frecuencia durante mucho tiempo” (Varoufakis, 2024, p. 218), reproducen el capital sin salario mediante. El tipo de tareas realizadas por los siervos de la nube se basa en “trabajo mecánico, repetitivo y fordista” (p. 220). De esta manera, Varoufakis (2024) sentencia que la mayoría de la población global constituye un grupo dentro del esquema de clases que el autor reconstruye, basado exclusivamente en su condición de usuario activo en las plataformas digitales.
En concreto, la actividad realizada podría ser subir fotos a Instagram, opinar en Facebook o buscar recomendaciones en Google Maps. Estas acciones cotidianas y repetitivas constituyen una servidumbre del siglo XXI y son desde nuestra perspectiva, un punto central para comprender por qué el autor afirma que el capitalismo ya no explica las relaciones sociales contemporáneas. Siguiendo su lógica argumentativa, el capital ya no se reproduce por la venta de la fuerza de trabajo asalariado sino por tareas laborales que se realizan sin trabajadores, ya que no cobran salario y realizan sus actividades voluntariamente, constituyendo una masa global, transversal a las clases, géneros o nacionalidades. Si el trabajo asalariado murió, entonces el capitalismo también.
(…) las plataformas de trabajo utilizan este sustrato para construir una retórica del colaborador o emprendedor deslaboralizado, aun cuando se sostengan características de control y plusvalor en los procesos laborales.
La potencia de este planteo podría vincularse con el cambio de perspectiva hacia la actividad en plataformas digitales. Insertar la actividad humana en las plataformas dentro del imaginario laboral es un movimiento teórico potente, que valoriza el uso de las nuevas tecnologías de manera distintiva. Sin embargo, como intentaremos argumentar, consideramos que la obra ensayística y literaria de Varoufakis (2024), más que ofrecer una definición de la morfología contemporánea del mundo del trabajo, realiza una crítica política y estética a la compulsión de las plataformas. Este aporte es valioso, en tanto nos ofrece una serie de imágenes y referencias que ayudan a codificar simbólicamente los nuevos tipos de dominación contemporánea, a la vez que ubica en perspectiva la profundidad del impacto de los nuevos ordenamientos del capital, post crisis del 2008.
Desde la sociología económica, sin embargo, pueden realizarse una serie de interrogantes que tensionan el planteo de Varoufakis (2024), a fines de intentar clarificar qué novedades y continuidades encuentra el mundo del trabajo contemporáneo, teniendo en cuenta principalmente la irrupción de las plataformas digitales. Esa misión excede claramente los alcances del presente escrito. Podemos, de todas maneras, acercar algunos conceptos con el objetivo de construir preguntas, específicamente a la categoría siervos de la nube, que supone una definición de trabajo específica.
El autor distingue entre proletarios y siervos de la nube, siendo los primeros aquellos que efectivamente sostienen una relación laboral dentro de las plataformas y los segundos aquellos que realizan tareas laborales sin ser trabajadores (Varoufakis, 2024). En concreto, se refiere a quienes sostienen cuentas activas en redes sociales (Instagram, Tik Tok, Facebook, etc.). Consideramos que esta categorización resulta problemática para comprender cuáles son las novedades que efectivamente introducen estas nuevas tecnologías, pero, también, las continuidades históricas y las condiciones de posibilidad para el surgimiento del trabajo en plataformas. Paradójicamente, definir el trabajo sin trabajadores/as resulta una propuesta bastante cercana a la retórica de las plataformas tales como Uber, Rappi, Fiverr, entre otras, que ocultan relaciones laborales detrás de la figura de colaborador o emprendedor, similares al homo economicus.
Las plataformas digitales no son únicamente un espacio en donde se ingresa. No todos los grupos sociales lo hacen desde iguales condiciones de vida, ni con las mismas herramientas, ni con los mismos objetivos, ni con las mismas ideas sobre lo que es una plataforma.
Granovetter (1985) señala coincidencias entre los esquemas teóricos que se encuentran ultra o infrasocializados. El autor afirma que la determinación en última instancia y la naturalización del poder, respectivamente, tienen consecuencias teóricas similares. En ese sentido, observamos que mientras que el homo economicus se presenta “libre” de condicionamientos sociales, los siervos de la nube se encuentran perfecta e inconscientemente dominados. El trabajo, en estos esquemas teóricos, es una consecuencia secundaria de una condición previa, inherente a un tipo de “subjetividad”: la maximización de ganancias o la compulsión digital. En ese sentido, Varoufakis (2024) delinea la morfología social contemporánea desde una consideración casi exclusiva: la participación en el ecosistema digital. De esta manera, según el autor, la esfera del consumo resuelve la acumulación tecnofeudal con trabajo “gratis”, sin subjetividad y, además, sin mayores distinciones internas entre qué segmentos poblacionales se agrupan en esta categoría. Algo similar ocurre en los modelos teóricos económicos neoclásicos, con supuestos de la acción unificados bajo una definición específica de racionalidad.
Si realizamos el ejercicio de analizar el trabajo desde una perspectiva maussiana, podríamos calificarlo como un hecho social total, en donde
(..) se expresan a la vez y de golpe todo tipo de instituciones: las religiosas, jurídicas, morales— en éstas tanto las políticas como las familiares—y económicas, las cuales adoptan formas especiales de producción y consumo o, mejor, de prestación y de distribución, y a las cuales hay que añadir los fenómenos estéticos a que estos hechos dan lugar, así como los fenómenos morfológicos que estas instituciones producen. (Mauss, 1979, p. 157)
Esta propuesta teórico-metodológica ubica en dimensiones de análisis a las prácticas sociales. A su vez, propone analizar los elementos estructurales de manera situada histórica y relacionalmente. Las plataformas digitales no son únicamente un espacio en donde se ingresa. No todos los grupos sociales lo hacen desde iguales condiciones de vida, ni con las mismas herramientas, ni con los mismos objetivos, ni con las mismas ideas sobre lo que es una plataforma. El trabajo, desde su carácter profundamente relacional, tensiona la idea de tareas sin subjetividad. Por qué y para qué los individuos se explican lo que hacen sigue siendo un punto de relevancia para comprender los procesos sociales. El hecho social total habla también de la estructura social. Si la pregunta por el sujeto es una pregunta por las fuerzas sociales, es decir, por aquellas relaciones sociales que producen otras, la práctica laboral sin subjetividad es a-histórica y des-ubicada de sentido.
La relación que sostenemos con los objetos tecnológicos, específicamente los celulares, tiene un componente compulsivo y acumulativo innegable. Pero no homogéneo.
La separación fordista del tiempo diario en tres tercios, 8/8/8, supone un nivel de compartimentalización que actualmente pareciera tensionarse. En el caso del trabajo en plataformas, la propuesta de este tipo de modelos de negocios implica un proceso de “autovaloración” y “autoevaluación” constante, que inunda múltiples dimensiones y temporalidades vitales. Incluso, habilita una retórica sobre la emocionalidad, que otorga una manera específica de nombrar no sólo aspectos “positivos” del trabajo (ser emprendedor, por ejemplo) sino también lo susceptible de convertirse en demanda (“burnout”, “saber poner límites”, “confiar en el valor propio”, entre otros).

Todo avance en la frontera de la mercantilización implica incorporar al lenguaje del capital actividades que antes se encontraban por fuera: compartir una fotografía o expresar una opinión en la arena pública, por ejemplo. La construcción de datos masivos a partir de estas micro acciones individuales es utilizada para la maximización de ganancias por las plataformas, a la vez que vuelve al individuo, “inoculando” estilos de consumo. Ahora bien, insistimos, de todas maneras, que plantear un tipo de práctica laboral en la cual no haya trabajadores/as resulta problemático, incluso con digitalización de la economía mediante. Hay una reducción de la subjetividad a “usuario”, que homogeniza los vínculos diversos con las tecnologías digitales.
Mauss (1979) analiza que no toda relación social con las cosas se encuentra tajantemente dividida. Las cosas y las personas se relacionan de maneras heterogéneas. Así lo plantea el autor cuando analiza el hau entre los maoríes, es decir, el alma, pero también la historia, que le confieren a todo aquello de lo que se puede detentar propiedad. La relación que sostenemos con los objetos tecnológicos, específicamente los celulares, tiene un componente compulsivo y acumulativo innegable. Pero no homogéneo. Incluso el universo de prácticas sociales dentro del ecosistema digital puede ser de lo más diverso, con usos más complejos que solo aportar datos.
El sacrificio y lo sagrado, elementos también presentes en la obra de Mauss, se pueden identificar en la épica emprendedora de las plataformas con valorizaciones clásicas asociadas al trabajo. Este símbolo común de mérito se posa sobre el “merecer para obtener”, en definitiva, con devolver la deuda social mediante el esfuerzo. Si el éxito es el objetivo final de todo aquel que se sacrifica, como plantean las plataformas, las personas que son “exitosas” merecen. En ese sentido, afirmamos que las obligaciones morales y recíprocas tienen mucha potencia en la construcción del ideario y la práctica laboral. El marco relacional del trabajo ubica a los individuos en un sentido de lo social. El emprendedorismo planteado por las plataformas capta eso, aún fuera de las instituciones laborales: el esfuerzo, como clave del éxito, potencia al individuo sagrado moderno, en tanto lo jerarquiza en la escala social (Dumont, 1999).
Planteamos, entonces, un interrogante sobre los “sentidos rectores” que delinean las estructuras sociales contemporáneas y la inquietud por sus actualizaciones ante la digitalización de la vida. En definitiva, desde una mirada relacional, un análisis del esquema de clases actual merece incluir las modificaciones que introducen las nuevas tecnologías —sobre todo post pandemia—, no solo en los cambios del mercado laboral sino también en las implicancias sociales, culturales y económicas de conjunto. Nos preguntamos, sin embargo, si para hacerlo debemos analizar exclusivamente la participación en el ecosistema digital o si el trabajo, como tarea y proyecto, como subsistencia y reproducción, merece un análisis que no declare la muerte prematura de un sistema productivo que pareciera, incluso, cada vez más fortalecido.
Identificamos, en ese sentido, una potencia en la perspectiva de la sociología económica para construir las inquietudes que nos orienten en estas problemáticas. Las plataformas digitales, ¿sustituyen plenamente los ámbitos de sociabilidad y producción, como plantea Varoufakis (2024)? Además de la reproducción del capital, ¿qué otras posiciones ocupa el trabajo en la vida social? ¿El trabajo sigue acaso funcionando como principio rector de la relación con el Estado? Si a partir de la década del setenta el trabajo y el sentido político de ser trabajador fueron violentamente desestructurados, ¿qué formas asume en el mundo contemporáneo, a la luz de la digitalización de la vida?
JG
La autora es Licenciada en Sociología (FCS-UNC). Becaria doctoral de CONICET, con lugar de trabajo en el Instituto de Humanidades (FFyH-CONICET). Doctorado en Sociología (IDAES-UNSAM) con tema actual de investigación en trabajo de plataformas y estratificación social. Participante de café de las ciudades y Sociograma.
Referencias bibliográficas
Boltanski, L., y Chiapello, E. (1999). El nuevo espíritu del capitalismo. Editorial Akal.
De la Garza Toledo, E. (2011). Trabajo no clásico, organización y acción colectiva. Universidad Autónoma Metropolitana/Plaza y Valdés.
Del Bono, A. (2019). Trabajadores de plataformas digitales: Condiciones laborales en plataformas de reparto a domicilio en Argentina. Cuestiones de Sociología, 20, e083. https://doi.org/10.24215/23468904e083
Dumont, L. (1999). Introducción. In Homo Aecualis. Taurus.
Granovetter, M. (1985). Economic Action and Social Structure: The Problem of Embeddedness. The American Journal of Sociology 91 (3): 481–510.
Mauss, M. (1979). Sociología y Antropología. Editorial Tecnos.
Mauss, M. (2009). Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Katz Editores.
Srnicek, N. (2018). Capitalismo de plataformas. Caja negra.
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto.
