Había una vez, un Pez que vivía en la piel de una mujer. Todos los años visitaba el mar para que el pez recordase su procedencia. Pero, un día, cuando lo visitaban, el pez se hizo más y más grande y cubrió toda la piel de la mujer. Y vivió en el mar para siempre,
Hace unos cuantos inviernos del norte de nuestro continente llegué a la colonia Flores Magón.
De visitas anteriores para atender cuestiones familiares, recordaba el persistente deterioro de sus casas, los muchachos jugando fútbol en las calles u holgazaneando en las banquetas, las señoras en camisón tomando el fresco por la tarde en la puerta de sus casas, la telenovela de las 3, 4 y 5 de la tarde sonando en las casas mientras el calor hacía la banqueta intransitable, no para mí, los días de norte azotando los postigos, el frío de diciembre, la luz blanca de julio. Renté un espacio que llamé mi estudio, en una casa a tres cuadras del bulevar y empecé a caminar por el barrio con los ojos puestos en la extravagancia de la rotura, del desperfecto, de la posibilidad truncada.
Desde temprano, las mujeres, de sesenta años y más, deambulan por las calles en camisón, cuchicheaban en las esquinas, pasaban de una casa a la otra para luego encerrarse en las suyas y desde allí dejar pasar el día.
Empecé a desayunar en los garajes abiertos donde venden picadas y gordas por las mañanas, y empanadas por la noche. Memorizaba miradas, hablaba con la gente, de a poco empezaba a ser parte del barrio: me reconocían, me saludaban, me preguntaban dónde había estado cuando pasaban más de dos días sin verme, recibía un saludo seco cuando ya no frecuentaba una tienda para comentar el frugal desayuno de la señora de la tiendita, todos los martes pasaba por la sastrería esperando que Manuel cosiera el cierre a mi vestido preferido para recibir promesas de futuro arreglo.
Tomé fotos de los exteriores, luego de las salas que se abrían a la cocina y demás cuartos, alguna recámara. Un día, una señora me preguntó: ¿No querés entrar? Las fotos te quedarán mejor si las tomas desde adentro. Entré y comenzamos a conversar, más bien la señora hablaba y mi pregunta eventual la ayudaba a retomar el hilo de su relato que tocaba temas diversos, respetaba sus silencios. Así, las casas empezaron a hablar. La impresión inicial de kitsch de su decoración dio lugar a la construcción de una biografía de mundos que lentamente se extinguen en silencio detrás de las ventanas selladas con barrotes de madera o metal. Los ambientes contaban una historia que el relato de las mujeres completaba.
Empecé a notar otro tipo de señales que sospechéé eran parte de un lenguaje propio de esta ciudad añeja, entonces fotografiéé manchas de humedad, las almendras sobre las calles y las banquetas, entradas, puertas oxidadas, agujeros en las paredes, terrenos baldíos, yuyo entre las baldosas.
Me concentréé en la colonia Flores Magón. Algunas veces traicioné el barrio y caminé por la Zaragoza, la Reforma, el Centro.
La colonia Flores Magón surgió como una prolongación natural de la muralla después de ser derribada. Ubicada entre los barrios populares del Centro y los fraccionamientos desarrollados en los 60’s y 70’s de Reforma y Virginia, donde se asentó la clase media, ahora rebasadas por los desarrollos urbanos de Boca del Río, cobijó a la emergente clase obrera creada a partir del desarrollo del puerto. Estibadores, trabajadores de la construcción, dueños de pequeños negocios, fueron ocupando esta colonia, antigua sede del matadero de la ciudad en lo que es hoy la Escuela de Náutica Mercante y del cementerio en el actual Parque Ecológico sobre la calle 20 de Noviembre.
Por semanas, seguí tocando en sus puertas, estoy escribiendo un libro sobre los barrios de Veracruz, les explicaba. Algunas me dejaban pasar a sus casas, otras no. Unas sólo me miraban pasar, otras especulaban sobre mis propósitos no bien rebasaba su mirada de pronunciado reojo. De unas grabé lo que me dijeron, a otras sólo escuché. El encuentro se transformaba casi en una visita familiar. Fotografiaba sus intimidades: camas revueltas, ropa arrojada al descuido, agendas, baños, platos sucios, rastros de otras personas y tiempos, sus casas completaban las historias que ellas relataban, o relataban otras.
La crisis de empleo en la ciudad ha empujado a miles de veracruzanos hacia los Estados Unidos. Calles aún bulliciosas en los noventas (Uribe, Paso y Troncoso, etc.), hoy lucen desiertas. “En esta esquina se reunían los vagos para platicar y jugar fútbol después del trabajo, hoy nada más queda la tiendita”, afirma un antiguo vecino de la calle Uribe, él con su propia historia migratoria al hombro mientras observa a unos adolescentes jugando una cascarita en el medio de la calle, “esto sucedía en todas las calles”, agrega.
En el centro deportivo entre Gómez Farías y 16 de septiembre, el antiguo parque España, las palomas se acomodan sobre la línea del teléfono para esperar el calor que inexorablemente entra una hora más tarde a pesar de las nubes y la brisa fresca que llega del mar. Unos estudiantes de la secundaria se entretienen tirando la pelota en el aro de básquetbol y las niñas practican la marcha para el evento del 19 de mayo. A las 9 de la mañana, las señoras en riguroso camisón estampado suelto, cuchichean en las esquinas como si ocultaran un secreto o no quisiesen despertar a quienes aún duermen alentados por la brisa fresca que entra después de la noche de calor. Las señoras se deslizan de una casa a otra con la primicia del día o el recuento de cómo pasaron la noche: “Lupita, Lupita, no me siento bien”, escucho a doña Pilar mientras golpea en la ventana de mi vecina.

Noche de calor, no baja de los cuarenta grados. Por Gómez Farías, un hombre lleva el ventilador, se lo han prestado para el calor de la madrugada. Regreso a casa por el bulevar 5 de noviembre. Un hombre joven llora desesperadamente en una de las escaleras que baja al mar, dos muchachas se besan desesperadamente. Un hermano y una hermana, ambos gordos, corren o hacen algo parecido, están cansados. En el callejón 12 de octubre es noche de rezos, de Ave Marías, algunos vecinos están sentados en sillas dispuestas alrededor de la sala, en la vereda, Los hombres están entados siguiendo los rezos como penitencias. Una mujer canturrea sentada en el alféizar de una puerta sobre Gómez Farías.
Dramatismo sobre Paso y Troncoso a las 8 en punto: “lo voy a matar”, sentencia una vecina. Horas más tarde, una de las gemelas tiene pesadillas con Tierra Blanca. (Las gemelas administran una fondita en la esquina de Gómez Farías y Azueta. Allí almuerzo todos los días, también la mujer de pelo teñido de negro, pestañas postizas, mirada esquiva, parece una actriz a quien le han dado corte a comer en un rodaje. Su marido era el bicicletero del barrio; siempre embadurnado en grasa, reparaba, de mal humor, las bicicletas que dejaba impecables y en perfecto funcionamiento. Ella lo miraba desde la puerta que comunicaba el negocio con el resto de la casa, sólo miraba, parecía una figura recortada que, por un juego insensato de la historia, está allí junto y alejada de un hombre que no era su esposo pero sí su amante. Al pasar frente a la casa en el 689, la anciana no posa como lo hace a diario y se entretiene con algo que ocurre en el interior que ni escucho ni logro ver.
Temprano por la mañana, un hombre cruza Gral. Prim y canta sobre las mujeres que dejan a los niños. Otro hombre, cruzado de brazos, observa no a las niñas que lo acompañan sino a los besos que la boca tantito abierta de la mujer le escupe.
Dando la vuelta en la esquina en Iturbide desde Gómez Farías, la señora QUE siempre está allí sentada de perfil sobre un cajón de madera a un lado de la tiendita, con su pelo gris, tiene su cabeza hacia abajo, no le veo la cara, lleva un vestido con flores amarillas, un delantal a rayas blancas y verde claro. Una sombre cae sobre ella, SE HA HECHO VIEJA. Alrededor hay sol.
La mujer y el hombre sentados en la banqueta próxima a la farmacia de 16 de septiembre y Mina, frente al negocio de antojitos que ya ha cerrado, enfrentados, han tirado sus cuerpos a los lados de la silla, dormidos después de medio cerrar el negocio. El tío se sentó sobre un tronco en la playa junto a la escalera mirando al bebé. Las niñas quieren jugar en el agua, el lleva un suéter azul y la pendiente de su espalda es la justa, es la que define al perdedor. Después mira y no mira al bebe.
El hombre que camina con la bragueta abierta, sin pelo, lo mira con rencor, se bolea todos los días los zapatos, es el que deja sentar a una mujer en el camión con duda, el que lee los periódicos amarillistas y no siente nada.

DESEO PARTIR PERO YA ESTOY PARTIDA.
ME MULTIPLICO.
UNA, DOS, TRES,
O QUIZAS SEA EL QUE ME CUENTA DESDE LEJOS.
OCHO NUEVE, VEINTISEIS
La película So Long es una exploración de la presencia fragmentada de la mujer en el contexto de la migración. Al quedar desplazado su contexto cotidiano, la mujer habita una frontera de la que no puede salir, y se marcha una y otra vez, aunque ya estéseparada. ¿Cómo es esta mujer que se construye en la distancia?
Estoy exactamente fuera de lugar. Tengo ahora que entender porque estoy aquí ahora.
La película funciona como un mapa del territorio que habitan las dos mujeres y revela cómo el paisaje encarna sus percepciones y emociones. En lugar de forzar la construcción del drama, sigue los ritmos de la vida cotidiana. Se trata de los pequeños movimientos, de lo que ocurre en los vacíos, en los intersticios del acontecimiento monumental de la migración.
Hay una historia que no puedo contar
La mujer que viaja se multiplica en versiones mínimamente diferentes de sí misma. La frontera es el espacio donde la mujer vive sola con sus réplicas.
Desnúdame el alma
Después, no hay después
El amor vendrá hasta aquí
¿Qué importa lo lejos que vayamos?
Te deseo tanto, lo sientes, ¿verdad?
¿En qué reclamo nos perdimos?
En So Long, Renata regresa a Veracruz después de haber trabajado durante años en Estados Unidos. Pero parece que nunca se hubiera ido, ni siquiera su familia había notado su ausencia. Entonces imagina que es Natalia, quien espera a su marido, migrante en el norte, que todavía no ha regresado. Cuando Renata intenta marcharse de nuevo, Natalia rechaza al hombre que ha llegado del norte y que sus hijas reconocen como padre. Las dos mujeres se mueven en un espacio intermedio que puede entenderse como su versión de la frontera en el contexto de la migración masculina hacia el otro lado.
Renata sigue recorridos extraños en el puerto que parecen responder a mapas de otros lugares como si se sobrepusiera fotografías de recorridos por
espacios y tiempos diferentes a la ciudad.
Me siento como libre de algo que no sé que es, no me siento culpable de nada. ese sueño de todos los días, de todo el tiempo está en mi cabeza todo el tiempo, y me gusta pensar que sí puedo estar aquí, que lo estuve imaginando todo el tiempo. no me siento culpable de nada, es mirar hacia otro lado.
Las dos mujeres se convierten en tres y luego en cuatro, como muñecas rusas, una dentro de otra. Y la mujer estadounidense flota sobre ellas y las observa mientras permanece distante y anónima.
Solo puedo ser alguien que no era
lo tengo inscrito como recordatorio en la piel
en ese animal
lo que ya estoy siendo y lo que no puedo volver a ser.
Palabras que salen, que ya no salen.

Estoy perdiendo mi cuerpo
mi alma
y todo lo que puede llegar a perderse
igual que esa otra mujer.
Etsuko inició el jardín sin consultar con Rafael. Simuló olvidarse por unas horas el juramento en el templo de Seúl donde prometieron unir sus vidas, más no sus secretos, en lo bueno y en lo malo, ni los buenos ni los malos.
Rafael esperaba a quien sería su consorte, se demoraba la presentación y él se angustiaba. El último día de la reunión, se la presentaron como su nueva esposa.
Rafael se casó con Etsuko, tienen un hotel oriental en Díaz Aragón casi llegando al malecón. “Me tengo que redimir, uno se redime con los nietos, si no los tiene, tiene que buscar un sustituto”.
Si el inicio no era promisorio tampoco el final lo sería. Esto según Etsuko. Pero en el medio estaba la vida y necesitaba entrarle de algún modo, cree pensar Etsuko.
Todas las mañanas, se asoma a la calle y cree que las palomas posadas en el cable del teléfono la vigilan, cómo saber su intención.
Hace dos días se fugó, no es la primera vez. Rafael cerró las puertas con llave y aseguró todas las ventanas para que no pudiera entrar. Salió en motoneta, la buscó por todos lados. Etsuko tomó un autobús y fue a Tlacotalpan. Él luego, cuando ella regresó, le preguntó qué había hecho, di unas vueltas por la ciudad y tomé el autobús de regreso, eso me dijo que hizo. Cuando volvió, él ya estaba en la casa.
Si quieres irte, vete, pero no te llevas nada, repite Rafael, esto es para toda la vida, me dice.
Etsuko ha plantado una quintita en el fondo de la propiedad. Le crece todo, tomate, calabaza, papaya, de todo, comenta Rafael, tiene una mano increíble para las plantas, agrega.
El viaje de Etsuko a Tlacotalpan, las palomas sobre los cables, las puertas cerradas con llave, las ventanas aseguradas y el jardín que crece en el fondo de la propiedad pertenecen a una misma geografía de la espera. El territorio se construye con recorridos, encierros, regresos y fugas. La casa contiene la historia, pero también aquello que no puede contarse. El paisaje, los objetos y las rutinas revelan lo que las palabras apenas alcanzan a decir.

En So Long, la soledad de Renata es la condición desde la que se construye la arquitectura de imágenes de la película. Renata se coloca dentro de ella misma. El filme recrea la atmósfera de soledad de las mujeres del puerto.
Las identidades se dispersan a lo largo del itinerario del migrante y el yo es el paisito que necesitan reconstruir cada día antes de salir al espacio foráneo y ajeno. La migración crea una nueva etnicidad con la que los individuos se identifican mientras navegan por el gabacho.
El cine resulta ser un medio ideal para articular experiencias y reflexiones en torno a una identidad efímera, cambiante y múltiple. Porque el cineasta también es un viajero.

La película original tiene ramificaciones que funcionan como comentarios de Renata sobre el filme en el que fue protagonista: contextualiza las imágenes editadas agregando nuevas, volviendo a editar, describiendo, incorporando textos y comentando. La segunda película actúa como la voz interior de la primera.
Así, el viaje no termina con el regreso ni comienza necesariamente con la partida. La mujer está siempre saliendo y volviendo, desplazándose entre versiones de sí misma, mientras el barrio permanece y cambia a su alrededor. Renata no consigue entrar en su barrio, en su familia, por más veces que lo intenta: siempre está marchándose y regresando, rebotando en la frontera. Mientras tanto, Natalia espera y detesta que las cosas se muevan. Ella es el espacio.

So Long nació de una experiencia de viaje y de la observación de un territorio. Su punto de partida fue una noticia en un periódico regional mexicano sobre trescientos migrantes que regresaban a Compapa, una comunidad rural en Veracruz, después de haber trabajado durante años en los Estados Unidos. Me pregunté cómo vivían la migración el mismo número de mujeres que se habían quedado. Cuando fui a Comapa, comprendí que la experiencia femenina de la migración era compleja, especialmente cuando el migrante regresaba.
La película se filmó en el puerto de Veracruz, en el golfo de México. Pero el territorio de So Long es también el lugar que habitan las mujeres en la ausencia, el espacio intermedio entre quedarse y marcharse, entre la vida que continúa y aquella que se imagina en otro sitio.
Caminar por la Flores Magón, entrar en las casas, escuchar a las mujeres y fotografiar las huellas de la vida cotidiana fue mi manera de descubrir sus historias. Hay conversaciones a partir del guion y, durante el intercambio con actores profesionales y gente de la comunidad, los observo, me observo. La gente habla y, al hacerlo, ficcionaliza sus experiencias que eventualmente actuarán. La gente se transforma en escritores y actores de su propia vida para entrar a una nueva comunidad efímera: el set de grabación. Así, los actores se transforman en observadores de su propia experiencia y reflexionan. Crean.

So Long es también un rito de preparación para partir.

Visit as art fue una exposición fotográfica de la historia imaginaria de un barrio cercano al centro histórico del Puerto de Veracruz que fue parte de la investigación para el largometraje So long.
Durante los últimos veinte años, este barrio ha sufrido un proceso de despoblamiento debido a la migración de los hombres hacia Estados Unidos. Actualmente, está habitado principalmente por mujeres mayores, madres y esposas de los hombres que emigraron. El barrio está siendo demolido paulatinamente para dar paso a la construcción de nuevas viviendas destinadas a una clase media emergente y en rápido crecimiento, procedente tanto del propio puerto como de otras regiones de México.
So long es un largometraje producido por Broken Doll Films y rodada en el Puerto de Veracruz. La película recorre un territorio generalmente ignorado cuando se aborda el tema de la migración: el que habita la mujer cuando el hombre está ausente. La actriz mexicana galardonada Alicia Laguna interpretó tanto a Renata como a Natalia, mientras que Salatiel Hernández, actor originario de Veracruz, interpretó al migrante. El resto del elenco, incluidos Alfonso Nava y Daniela Vargas, estuvo integrado por personas no profesionales que han vivido los riesgos y las dificultades de la migración.
Alejandro Coronado estuvo a cargo de la dirección de fotografía y Rafael Santamaría fue el productor.
MB
Continuará.
La autora es escritora, cineasta y socióloga. Su trabajo ha sido exhibido y premiado en festivales de Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Ha desarrollado largometrajes, novelas y proyectos transmedia, además de dirigir talleres en México, Argentina y Estados Unidos. Ha sido profesora y cineasta visitante en universidades internacionales, ponente en congresos sobre migración y cine, y guionista para cine, televisión y productoras independientes colaborando con instituciones como UNICEF, Canal 11 de la CDMX y Telemundo.
Ver Tripsteaser (IX) en nuestro número anterior.
