I am an islander in a foreign country, where a dried-up river divides what was once a single territory into two: Ciudad Juárez and El Paso. En la orilla de este río seco, pienso en aquel otro río, a orilla del cual crecí.
La idea de hacer una película en las islas se fue armando en el exilio creado entre el mundo de mi padre y el de madre. Mi padre vivía en los ríos, mi madre, no.
La historia alcanza rango de tal cuando hay evidencias, objetos, papeles que la convierten en un bien público y la sustraen del ámbito de lo privado, donde pertenece a nadie, ni siquiera a quien la vivió.
Lo que los unió fueron las cartas, palabras escritas en lápiz en revistas: «Aquí le dejo unas revistas, espero que le gusten, O.». «Recibí las revistas y eran muy lindas. R.»
Su espacio de frontera, de encuentro. Similar al espacio del guion, un texto intermedio.
La historia alcanza rango de tal cuando hay evidencias, objetos, papeles que la convierten en un bien público y la sustraen del ámbito de lo privado, donde pertenece a nadie, ni siquiera a quien la vivió. Por eso algunas veces puede parecer que la gente no tiene historia.
Aunque se conocieron en las islas, mis padres nunca vivieron en ellas, sino en San Fernando, que casi es una isla.
***
Cuando tenía once años pasamos unas vacaciones en la quinta en las islas donde trabajaba el marido de mi tía. Para cada quien el viaje tenía un sentido diferente disfrazado bajo la frase “vamos a pasar unos días en la isla”: el de mi tía que regresaba al lugar que la había postrado en cama desde hacía más de veinte años, por lo que creo que solo acompañaba a mi madre quien, a su vez, odiaba este lugar. ¿Para qué iba? ¿Qué quería encontrar? Probablemente, nada.
Tomamos la lancha al arroyo Naranjo, pasamos junto a unos de esos muelles donde aún estaba la casa de mis abuelos y nació mi madre y también mi tía. Fue esa la única semana que viví en la isla, aun cuando soy de San Fernando, una ciudad que es casi totalmente isla.
El marido de mi tía se convirtió en el perfecto anfitrión, seco, amable, señalando donde estaba lo que necesitábamos, como eran las rutinas. Los salamines se convirtieron en el manjar de esos días. Me acuerdo de mi tío caminando con firmeza en el monte, blandiendo una identidad efímera que cambiaba con el animal que encontraba, con el movimiento del sol, con la llegada de los mosquitos, con la suerte de la caza, con el acompañante que llevaba.
Quería trabajar con sentimientos sencillos pero cargados de emociones oscuras, ligados a acciones muy básicas (comer, pescar, cortar mimbre), acciones esenciales que no se pronuncian (de las que no se habla) que llevaban a momentos culminantes.

Una amiga escritora me dijo: ¡Que cosa! Se te ocurre escribir una novela sobre un río vivo en El Paso, que está junto un río seco.
I believe it was fueled by my desire to belong, to reconnect. It also began a long reflection on narration and territory. I found myself wondering about the process of storytelling and how landscape contributes to—or jeopardizes—its making; how narration creates a territory (or genre); and how the delta itself generates narration through its network of islands, separate on the surface yet connected beneath the water.
At the same time, I was developing a film that closely followed these questions.
To create a territory with words and images.
One that needs translators.
How is reality appropriated?
How can I create a space for both writing and filmmaking?
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Canales que se conectan, otros que no y desconocen de la presencia de los demás, pero quizás los intuyan, todos se parecen. El movimiento por los arroyos es lento, no sabe a dónde va, el fondo es inaccesible a la mirada, los muelles son escenarios que esconden un interior enmarañado, caótico, hay que cortar ramas y follaje (plots) para poder transitarlo y así se modifica el territorio y se crean nuevas oportunidades narrativas, hay sorpresa, y se crean expectativas que no llevan a nada. Hay una indiferencia que te hace desaparecer.
Inicios posibles:
– Un islero va a buscar a su esposa al pueblo.
– Un viejo sueña que un ciervo lo va a matar, no es un ciervo sino la historia del ciervo lo que lo va a matar.
– La historia de las mujeres que mandan sus hijas al sur y se pierden en el paisaje, copulan con los animales y paren híbridos.
Momentos: el día y la semana después de una marea, mañana gris, noche de sudestada, primera mañana de frio (rocío), espera de la pesca.
Lugares: el monte, la cama, debajo de la casa, gallinero, debajo del agua, cocina.
Objetos: botas de goma, cuchillo, hoz, lampara de gas, aretes, vestido, dama Rosa, manos, guampas, silla del viejo, caña de pescar, semillas, balde, filtro del agua, pala, hacha.
Intersecciones:
Monte y sudestada, cama y sudestada, debajo de la casa y sudestada
Monte y vestido, monte y hacha,
Hay cosas que no se cruzan.
Ahora habita un mundo solitario, lo escucho hablar con sus fantasmas. Me espía por el hueco de la puerta de mi habitación y luego regresa a la suya, donde revisa sus papeles del banco.

Era como un juego de dados, cruzando elementos para descubrir las historias que se construían así al azar (la vida lo es). En la escritura las cosas pueden mezclarse a veces sin aparente lógica, pero siempre se produce algo nuevo.
Quería trabajar con sentimientos sencillos pero cargados de emociones oscuras, ligados a acciones muy básicas (comer, pescar, cortar mimbre), acciones esenciales que no se pronuncian (de las que no se habla) que llevaban a momentos culminantes.
El viejo mira a la mujer como diciéndole: Afuera no hay nada, ¿a dónde querés ir? ¿Qué querés de acá? Una vez que entras, no podés salir.
What is a woman to these men? What does it mean to be a woman in this place?
The men try to impose their authority on her with the hunting, the fishing but she won’t let them. Who seduces who? The woman creates a story for the men and the men have their own story of the woman.
***
Un verano de esos últimos que visité a mi padre, balbuceó algo sobre los híbridos, consecuencia de los entrecruces entre humanos y animales.
Cuando era chica, me había hablado un par de veces de esas criaturas celestiales que vivían en las islas. La gente del pueblo organizaba expediciones para cazarlas pero rara vez las encontraban. Esa tarde no agregó nada más sobre esas criaturas de existencia improbable.
Luego, se olvidó de todo eso, se olvidó de todo, de casi todo.
Mi padre había vivido en los ríos, mi madre los odiaba aun cuando ella había nacido
y se había criado en las islas de San Fernando.
Mi padre era capitán de un barco, era demasiado hermoso para ser hombre, mi madre me confió una vez.
Ese verano le conté a mi padre de la película que quería filmar en las islas: una película sobre los híbridos.
Era sobre una criatura con corazón de hombre que llevaba unas guampas en la espalda, parecía un ángel. Una gran marea lo había arrastrado río abajo y ahora daba vueltas por el barrio del canal de San Fernando. Un día, lo vieron correr por las calles del pueblo, unos guachos le habían arrancado las guampas. De dolor, la criatura entornaba la cabeza, bamboleaba el torso, sacudía sus extremidades.
Le quedaba poco tiempo de vida y quiso regresar río arriba, a un mundo que ya no existía.
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Mi padre se toma la cara, dice escuchar. Vos no sabés nada, me dice. Acostate, yo también me voy a acostar. Sin embargo, no por nada me llamaba la ponebombas, y ese verano viajé a las islas para curiosear.
En una van que nos prestó la municipalidad, viajamos por tierra a lo más profundo del delta por Carabelas. Me acompañaban gente del municipio, Esteban, uno de mis amigos del taller de teatro del Rojas de la Universidad de Buenos Aires, y Javier, el DP y su asistente, temeroso de las aguas.
Llegamos a la casa de los Mendizábal. Era una construcción absurda de ladrillo y concreto rodeada de monte. Los perros corrieron hacia nosotros como lanzados por elásticos que perdían tensión; los animales caían rendidos a nuestros pies exponiendo sus pechos.
La ropa colgada en el tendedero era la única oración que habían dejado. Si había algún mensaje allí, no logré descifrarlo.
Nos sentamos en el muellecito de concreto. El río es mudo, pensé. En la costa opuesta, se erigía una casa cubierta de follaje.
Esteban nos contó que, años atrás, él y sus amigos llegaron a una casa abandonada en las islas. Los ocupantes parecían haber salido repentinamente porque todo estaba intacto, congelado en un momento anónimo. Los objetos creaban cadenas de improbable significado mientras las biografías circulaban en direcciones contrarias.
Y un tomo de la Eneida, la gran fabulación de Virgilio para crearle un origen mítico al imperio del César, estaba abierto en una página.
Tres veces intentó poner los brazos en torno a su cuello;
tres veces huyó de sus manos la imagen en vano abrazada,
como el viento ligera y en todo semejante al sueño fugitivo.
Ve entretanto Eneas en el fondo de un valle
un apartado bosque y las ramas susurrantes de la selva,
y el río Lete que corre delante de las plácidas mansiones.
A su alrededor gentes innúmeras y pueblos volaban:
como las abejas cuando en la calma del verano por los prados
se posan en flores diversas y de los cándidos lirios
en torno se derraman, vibra todo el campo con su murmullo.
Se espanta Eneas, ignorante, por la visión repentina
y pregunta los motivos, qué ríos son ésos,
y quiénes llenan sus riberas en numeroso grupo.
A eso el padre Anquises: “Ánimas a las que otro cuerpo
se debe por el hado, junto a las aguas del río Lete
beben el líquido sereno y largos olvidos.
Hace ya tiempo que quiero hablarte de ellas y delante
ponértelas, enumerarte esta prole de los míos,
para que más te alegres conmigo”.

Desde la orilla opuesta grité: ¿hay alguien ahí?
Imaginé a la criatura llegando a la casa del otro lado del río, en el muelle había dejado colgado el desamparo. Más tarde, la criatura pescaba un pejerrey, cavaba un pozo junto al río, se peinaba los pelos con los dedos quitándoselos de la cara, pateaba una piedrita desde la casa a la costa y enterraba un pájaro muerto en un hoyo.
¿Vos sabés qué es el viento de los locos?, mi padre me preguntó una vez. Es el viento Norte, es caliente y seca el río dejando sólo un hilito de agua corriendo en el medio del cauce, y ya no se puede navegar.
***
Había cortado unos álamos que hacía diez años atrás había plantado y los vendió bien. Vio a Suarez y se dijo que si estuviera solo se iría por un tiempo, pero no confiaba en el muchacho para dejarlo solo en la quinta.
Entonces se quedó. Se la tomaría tranquilo y se sentó en el muelle, ni un barquito pasaba, hasta que noto un punto en la línea del horizonte y el punto se acercaba creando una línea imaginaria desde su primera ubicación hacia las que iba creando con su movimiento. Algo se movía en ese paisaje que también parecia congelado como en una fotografía. El punto iba teniendo identidades diferentes, la una se montaba en la anterior. Hasta que el punto que el viejo había creado como el recorrido de una bala lo tocó.
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Rosa saca un salamín de su bolso, lo corta en rebanadas desparejas y, una por una, las alinea en la sartén que coloca sobre el hornillo. Luego, saca los platos de un rincón y los limpia con un trapo. Rosa coloca unos tenedores junto a los platos que puso sobre la mesa, y agrega más y más cosas en el espacio que separa a quienes se sientan alrededor; mientras tanto, el chorizo chisporrotea sobre la estufa inventando una falsa alegría. Martínez nota como la mirada de don Julián se acerca a la mujer.
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(Con el tiempo, la memoria de mi padre también se transformó en aquel hilito).
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I remember listening to my dad in the morning, very early in the morning, insanely early, 3:30 am, listening to the radio program that he listened to, not the news, he was not interested in the new but the old. Perhaps in something he had lost and knew he would never have it again, as Maria Agalsoff said in my documentary A Russian Diary about her childhood and the Russian ways in Baja California where her family migrated at the turn of the Twentieth century: Se que todo eso ya no va a volver.
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Los animales se configuran como una amenaza procedente del fuera de campo, que se anuncia como un correlato de otro mundo invisible, psíquico, el del subconsciente de Rosa.
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Ahora habita un mundo solitario, lo escucho hablar con sus fantasmas. Me espía por el hueco de la puerta de mi habitación y luego regresa a la suya, donde revisa sus papeles del banco. Una y otra vez, revisa los papeles, como si le faltara algo, como si le hubieran quitado algo.
Da vueltas por la casa, por la mañana, a la hora de la siesta, por la noche. Estoy mareado, afirma. Vuelve a revisar los comprobantes del banco. Es desconfiado y está pendiente de que no lo vea. Se esconde y tengo que encontrarlo.
Me explica sus rutinas, que quizás me parezcan extrañas. No te vayas a asustar, no puedo dormir y me levanto y me siento en la sala.
Por la madrugada, ahí sentado parece esperar algo, hasta que el sueño llega, pero no es lo que espera.
De repente dice: Me olvidé que estaba María. Cierra la puerta con seguro una y otra vez.
Anoche se levantó nuevamente y miró la televisión, por la mañana sube las persianas de mi cuarto. Lo encontré sentado sobre mi cama, buscaba unos recibos del banco, no están acá, le dije y se hizo el desentendido.

Con sus anteojos espejados, el papá de Mónica oculta sus ojos. Me está mirando, como si buscara dónde estoy representada. Dice que la isla es enorme.
Me cuenta sus historias y también cuenta la mía.
Son formas de acercarse, de ser parte de un territorio: yo con palabras, él con barcos; otros lo hacen con la caza. Es un trabajo similar, casi el mismo. El papá de Mónica entra a su taller: nació en la isla, es italiano, habla del sacrificio, del trabajo, de los clientes mientras camina entre los barcos.
Y así también te encuentras caminando dentro de tu propia película, o una película que se filmó hace mucho tiempo y tú tienes que editar, que es cuando la película se vuelve a escribir, a inventar.
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Y encuentro una película posible. Pero no creo que sea la que vaya a filmar.
El hombre busca a la mujer en los trenes, quiere corroborar que no ha muerto y que viaja en el tren de regreso. Pero el hombre encuentra historias, y algunas le parecen conocidas y otras no. Son historias que no entiende, como no entendía a Rosa en la isla. No sabía lo que decía, como si hablara otro idioma.
Observa por la ventanilla el grafiti que no se entiende. Paso de trenes en la estación Carupá.
Corte a dos tipos en el kiosco de diarios, uno con lentes oscuros: «Acá tenés que venir de noche», le dice. La historia es oscura, y ya ocurrió.
O la película no estaba ahí, sino en la casita del botero, junto al Paraná, con la mujer cortando gajitos de naranja a los niños.
O en otras:
Durante la marea que arruinó el frutal al italiano. Su nombre, señor Nelo. Mi padre vino de Italia a los 16.
En todas las películas se multiplica el vacío (bicicleta y camino, las botas en el galpón, trapo en la soga, casita donde duerme el vaquero). Dicen que el hombre está afuera trabajando. Viene de Bolivia, y tiene chicos y señora allá; acá viene solo a trabajar.
Todas las historias parecen haberse acabado (el mimbre dorado en el campo) (el señor del Chaco cortando mimbre). Hay otras nuevas y otras quedan:
La abuela que trae las ramas secas y las teje solo para entretenerse, mientras mira de a ratos al río, pendiente de lo que pasa, y de lo que no.
Mi mamá tenía una quintita, pero cuando venía el agua se la destrozaba y la volvía a hacer, me dice un quintero.
Brillos en el agua, el arriba y el abajo (este mundo circular como la canasta que teje la abuela) se confunden.
Los escenarios están en los muelles que vemos desde la lancha. Esperando (los perros corren hacia nosotros en la casa vecina de Mendizábal).
Como la memoria, las islas son una realidad despedazada.
Y termina siendo la película de un solitario (las botas del quintero por el camino que lleva a la casa). La niña mira por la puerta metálica y se esconde adentro.
Todo es un juego, una huida, un juego de poli-ladrón, de escondidas, de mancha: Te toqué, sos vos; corré porque si no, nos vamos.
Y la niña nos sonríe. Es su territorio, el de ella. Con las palabras que usará en el futuro:
La mujer vio a los dos hombres sentados al final del muelle, mirando el río, o parecía que lo miraban.

La mujer que no podía aguantar ese silencio le empezó a poner a los hombres palabras en la boca. Palabras desconocidas. Y los hombres al pronunciarlas se mordieron los labios y se envenenaron con ellas. El viento venia y les quitaba las palabras de la boca, y se las hacia caer agua como si fueran dientes que se le caen en el río. Por eso dicen que los isleros no hablan y le desconfían a la mujer y a todo lo que le dice al río, porque el hombre la ve en el muelle abriendo la boca y sabe que le sale esa peste que lo mata todo. En especial, la tranquilidad que tanto valora el hombre.
Y el hombre encuentra a su mujer sentada en la puerta de la cocina mirando el río y murmurando quien sabe cuanta cosa, como si fuera un rezo, pero el hombre sabe que no lo es, más bien cree que es una serie de maldiciones que la doña le echa al río, o a él, o a ella misma. Porque la mujer de la isla no se ríe ni se sonríe, envejece con una mueca de desagrado en la cara como si le hubiera atragantado algo hace tiempo y no lo pudiera bajar.
La mujer ha escuchado a otras mujeres que llevan ya mucho tiempo allí, decir cuando los hombres dicen que la isla es el paraíso perdido, pues díganle al hijoeputa que se le perdió que aquí está para que se lo lleve de una vez.
Y la mujer ahí se sienta en la galería o en el muelle y mira el río como si quisiera hacerlo hablar, pero el río no habla, nada hace, río de mierda, y lo dice por el color por lo marrón, como si alguien le hubiera clavado un cuchillo y se hubiera desangrado, se desangrara de a poquito, una tinta ese río. Los peces ni ojos deben tener, mira ahí nomas cuando los sacan que tienen los ojos cerrados. Y la mujer ve al río que nada hace más que pasar con esa indiferencia, de ahí que se ve un botecito, pero pueden pasar horas sin que se mueva el agua.
La mujer lamenta que el río no se mueve y sabe que, por más que sacuda la cabeza, como si quisiera entusiasmar al río con ese movimiento, pero el desgraciado nada hacía, ni un poquito le da al gusto. Ya sabemos cómo es, no importa que uno le llore y le suplique, nada hace, solo hace lo que le viene en gana y cuando se le antoja.
El islero no se pregunta estas cosas. Así como el paisaje no se conmueve, así el islero, no se conmueve. que ahí va, se vuelve animal, venado, nutria, lo que sea, se vuelve naturaleza.
Puede pensarse del islero que no tiene emociones, de lo seco que es. Si uno los mira ve que los hombres se expresan solo en el trabajo, en los objetos que manipulan, en los animales que cazan, en la madera que cortan, en el mimbre que venden y el que se les queda y se pudre.
Y, la verdad es que el hombre confía más en sus objetos, en sus animales, en el perro, en su trabajo, y eso le da identidad. Los hombres entre ellos juegan y se ven jugar. Se conocen no con demasiada profundidad pero con la suficiente para compartir el juego y unas pocas reglas, un buenos días buenas tardes, hoy sí parece que va a llover. ¿No hay lugar para las palabras, o acaso el río habla?
La mujer va descubriendo al primer hombre y se le hace que es como descubrir el río. Sus humores, sus cambios imperceptibles, sus lugares secretos. Y abre su mundo de las palabras al hombre, sin que él se dé cuenta –o eso es lo que la mujer cree.
La mujer vio que un hombre le desconfía al otro, como cuando lo ve a uno mirando hacia arriba y el otro que lo mira sin hablar.
La mujer vio que el hombre le desconfía al río. A lo mejor, el hombre se inventa historias para engañar y así establece sus propias negociaciones con el río. Porque ese sí que no tiene compasión.
La mujer escucha los cuentos del hombre, todos los escucha, ella ha estado en algunos. Y cree que esa parte que no conoce no son más que invención o quizás no, pero el hombre los cuenta y ella le cree. Aunque invención mas no sea, o quizás no.
Porque cómo comprobarle y ella en la casa ella lo ve con su desconsuelo, y no me pregunta, como si el río fuera a hablar, ¿no?
La mujer ya ha visto que la marea alta vuelve al hombre pequeño, lo orilla a su casa o cuarto, y desde ahí ve todo lo que el río hace con él, con su trabajo, como si no valiera nada, le quita autoridad, hombría. La mujer ha visto como la marea limpia el paisaje de toda historia, y el hombre y la mujer tienen que volver a empezar, a crear nuevas marcas que el agua borrará en un futuro incierto, como todo futuro, pero el agua le agrega un futuro que ni el agua controla y eso es lo que el hombre dice que cree. Así es la marea que borra las marcas del humano en el paisaje.
La mujer ha escuchado a otras mujeres que llevan ya mucho tiempo allí, decir cuando los hombres dicen que la isla es el paraíso perdido, pues díganle al hijoeputa que se le perdió que aquí está para que se lo lleve de una vez.
El hombre piensa algunas veces que algo pasa entre el río y su mujer, se pregunta quien sabe que harán cuando el sale al monte o se va río arriba y ve como la corriente se lo lleva ligerito, aunque no reme con fuerza o el motor sea a dos tiempos, y ahí el río lo lleva, y se deja, porque el hombre tiene otras ideas, piensa otra cosa.
La mujer le tiene odio al río porque le quita lo que pone.
El hombre cree que la mujer trae puro problema, que no hay más que problema hasta que se va.
La mujer quiere saber cuál es todo el problema ese que trae porque ella hace lo que tiene que hacer o lo que cree que los hombres esperan de ella, y nada le dicen de otra cosa. La mujer escucha que ella quiere que las cosas sean a su manera, pero ahí no todo va a preguntar, que si cocina o no o que o cuanto, o como, el río puede que mande pero hay cosas que hay que dejarle a la mujer, es lo que la mujer piensa.
MB
Continuará.
La autora es escritora, cineasta y socióloga. Su trabajo ha sido exhibido y premiado en festivales de Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Ha desarrollado largometrajes, novelas y proyectos transmedia, además de dirigir talleres en México, Argentina y Estados Unidos. Ha sido profesora y cineasta visitante en universidades internacionales, ponente en congresos sobre migración y cine, y guionista para cine, televisión y productoras independientes colaborando con instituciones como UNICEF, Canal 11 de la CDMX y Telemundo.
Ver Tripsteaser (VII) en nuestro número anterior.
