Es de tarde, cerca de las 5, el sol baja sobre el Pacifico y caminamos por el bajo de San Diego, por las vías del tren. Es un lugar abandonado, de tintes marrones, mucho yuyo, el tren pasa muy de vez en cuando, solo es el tren de carga que luego cruza la frontera a Tijuana (nos han contado que al cruzar la línea el maquinista necesita avanzar con los frenos puestos pues sobre las vías hay gente sentada, alguna vivienda efímera, niños jugando, vendedores, y gente de paso hacia el otro lado).
Ya son las 5 y media, y a contraluz aparece una pareja con un niño, como de 6 años, son güeros, citizens, cargan un cansancio, una tristeza, una desesperanza que podemos tocar. La mujer mira hacia abajo como si no quisiera compartir su desazón, el niño guarda silencio y acompaña a sus padres tomándoles las manos. El hombre, con barba crecida, que parece salido de una película independiente de los 70’s, por un rato bastante largo, cruza miradas con nosotros; también llevamos un niño y otro tipo de tristeza, o vacío. Es fácil encontrar vacíos en esta frontera entre el silencio y los días nublados del lado gringo y el bullicio y el sol del lado mexicano. Mas de una vez al conducir por la freeway 805, las nubes nos acompañaban hasta que Tijuana se revelaba detrás de una elevación con el sol cubriéndola en un gozo raro, el característico de la frontera, porque nunca estas del todo alegre, como si algo te jalara para que recuerdes algo sin saber que es.
El encuentro dura unos pocos segundos, y después ellos siguen y nosotros también. Quien sabe que cargaban ellos, y quien sabe que nosotros, pero seguimos caminando porque si algo te ordena la frontera es que tenés que seguir a dónde y cómo sea.

Esas vías casi abandonadas y con yuyo me convocaron otra vez para filmar un cortometraje. Así fui creando Splendors, un cortometraje que filmé en 16 mm con actores de Tijuana y San Diego.
Héctor, un muy buen amigo y profesor de la Universidad de Baja California, armó la producción. Llevó a sus estudiantes para ocupar los roles de producción y a los integrantes de su famoso Grupo Bola 8 para los roles técnicos. Mi amigo Javier, el DP de mi primer cortometraje y compañero de la escuela de cine, llegó desde la Ciudad de México y, como era nuestra costumbre, discutimos y nos peleamos a los gritos en el complejo de Artes Visuales de la Universidad de California ante el asombro de mis compañeros gringos del posgrado. El quería hacer una película como tiene que ser, con una historia clara y una estructura convencional; para eso vine, gritaba, y yo quería probar otro tipo de narrativa, algo imposible con el tratándose de una película de ficción. Los gringos no sabían como responder a tal andanada de gritos que circulaban desde los extremos del complejo donde todos teníamos nuestros estudios. No sé cómo acordamos algo, ni tampoco que acordamos, seguramente nada porque así somos, gente difícil, si no imposible, de convencer.
Encontré una locación agreste junto a las vías, cerca de la línea (fronteriza) donde vagones de carga cubiertos con lonas ocultaban destinos o los habían olvidado.
Imaginé un vestido verde caminando por ese baldío, vestido que luego vistió Raquel, la actriz quien, originaria de Tijuana, convertía el rodaje en una producción más grande de lo que era. Ella en su vestido verde caminaba por el predio como si estuviera perdida, como yo lo estaba, en esa ciudad típicamente estadounidense: limpia, clara, ordenada. Whatever.
Raquel se movía como si fuera parte de la imaginación de otra persona. Quizás de Andrés, el actor tijuanense, de larga trayectoria en la región, quien nos ofrecía con humildad y sinceridad su mirada, su cuerpo, su soledad.

Mientras tanto, en el salón central de uno de los edificios modernos pero vacíos del centro de San Diego, un lugar que se pensó para ser un restaurante pero probablemente no funcionó como esperaban y lo cerraron y no recuerdo bien como ni por qué me lo prestaron para filmar las secuencias centrales del cortometraje, espera Dunia, una señorona que trasplanté de Argentina en una actriz de San Diego y recuerda un viejo amor, o algo parecido a un amor.

Ve sus ojos, que miran, su boca; ha caminado por ese pasillo pero no viene de ninguna parte y la cámara es la única que la reconoce y la detiene. Y ella mira al otro lado, espera un gesto que no llega (y yo no la quiero llamar), y se da vuelta para regresar a la nada de donde vino. Un lugar en el desierto donde no hay poblaciones cercanas, y la gente parece sacada de una película de Fellini. La conocen ¿o es solo su deseo? Una niña la acompaña, quizás ella imagino todo aquello. Después de una tormenta, todo lo que vio desaparece y sube a un tren que no pasa casi nunca. Durante el viaje va soltando sus sueños que van creando una película que no está ahí.

Por eso en los Estados Unidos los supermercados son lugares subversivos. Allí la humanidad se manifiesta tarde en la noche y por la madrugada. Los asistentes recuerdan historias que comparten con las cajeras y con uno que otro que espera en la fila, como si escribieran el guion de una película que nadie verá. Es una película efímera que avanza deteniéndose una y otra vez, que se parece al tren al llegar a Tijuana, quizás para recordar esas cosas chiquitas y sucias que crean la vida.
(Años después, en Toronto, un 24 de diciembre, entramos a una tienda en Queen Street que es también farmacia y vende todo lo que el solitario necesita, y al llegar la fila para pagar en la única caja abierta con una cajera que se preguntaba que estaba haciendo ahí esa noche y pensando quizás que tampoco quería regresar a su casa en el frio. Una anciana, muy pituca, compraba algo que probablemente no necesitaba, unas medias o unos platos, algo así, quiere conversar, y saca un tema después del otro pero el desinterés de la cajera es fulminante. La mujer armaba su pequeña fiesta privada del 24 en esa noche nevada mientras esperábamos en la fila.
No era así antes, recuerdo que había una tienda, la de Mr. Frederick, él era muy divertido, se creía un galán, pero no lo era, al menos no para mí. Venía con mis hijos que eran pequeños y se les antojaba un dulce y yo les decía: no porque ya vamos a comer. Pero el, muy amable, les daba uno a cada uno, ¿puedes creer? ¿De niña que tipo de dulces te gustaban? Porque Mr. Frederick les daba unos snickers pequeños, ¿a vos te gustan los snickers? Para mí son muy dulces, pero a los niños les encantaba. Ahora me da risa, pero en ese entonces, no. ¿Nevara de nuevo al rato? ¿Qué crees? Me gusta la navidad con nieve, aun con el frio, me gusta ver caer los copos desde adentro de la casa y hay gente que aun así sale, tendrá sus cosas que hacer, por los niños. ¿Tienes hijos? Eres muy jovencita pero nunca se sabe.
La anciana encadenaba los temas, las preguntas, los comentarios, y la cajera, muy canadiense, no apuraba la compra. Nosotros no teníamos prisa, así que no nos molestó esa platica a solas, porque la anciana no esperaba una respuesta, solo parecía querer llenar el vacío de la tienda, de Queen St, del barrio, de la ciudad, el suyo. No recuerdo que mas dijo pero su cuerpo contaba más que sus palabras, creando un baile que convocaba más recuerdos. Finalmente, después de muchos saludos y deseos de feliz Navidad, salió al frio nocturno y desolado de la banqueta con su sombrero bordó prolijamente calzado en su cabello blanco. La anciana había calentado un poquito mis pies, aun cuando la cajera al escanear mis chocolates movía la cabeza como única protesta, como si ella no se mereciera todo eso, en esa Nochebuena, aun cuando ya pronto cerraría la tienda y regresaría por el camino del frio a su casa a la que no quería llegar).
El cortometraje de San Diego fue y no fue una película, pero fue un juego que me dejo pensando varias cosas. ¿Cómo se arman las historias? ¿Necesitamos contar una historia? ¿Imponer una historia a lo que vivimos, recordamos, vemos? ¿Que historias nos sentimos empujados a contar? ¿Cómo se filma lo que recordamos? ¿Y lo que no se puede recordar?

MB
Continuará.
La autora es escritora, cineasta y socióloga. Su trabajo ha sido exhibido y premiado en festivales de Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Ha desarrollado largometrajes, novelas y proyectos transmedia, además de dirigir talleres en México, Argentina y Estados Unidos. Ha sido profesora y cineasta visitante en universidades internacionales, ponente en congresos sobre migración y cine, y guionista para cine, televisión y productoras independientes colaborando con instituciones como UNICEF, Canal 11 de la CDMX y Telemundo.
Ver Tripsteaser (V) en nuestro número anterior.
