En camino a la Acrópolis

Fragmento de Meta-arquitectura.

N. del E.: Esta nota homenajea a un arquitecto que conocí por referencia de su colega y amigo Jesús Bermejo Goday, español formado en el legendario Instituto de Arquitectura y Urbanismo de Tucumán y que por alguna circunstancia inexplicable pero afortunada llegó a una Buenos Aires lejana y dictatorial, a fines de los 70 o principios de los 80, a dictar un breve curso en el CAYC de Jorge Glusberg. Fuimos muy pocos los que lo escuchamos (quizás Berto Montaner lo recuerde). Su mirada de la arquitectura se focalizaba en la percepción material, especialmente la visual, y en el arte de las proporciones y la matemática.
Poco después encontré en la vieja Concentra de Galerías Pacífico un ejemplar remanente de Meta-arquitectura, libro póstumo de Borchers, del que aquí trascribimos algunos pocos párrafos. Borchers, Bermejo e Isidro Suárez construyeron en Chillán la sede de la cooperativa eléctrica, en una libérrima y exquisita interpretación del brutalismo corbusiano.
MC

La plataforma de la Acrópolis de Atenas en su mayor altura está a 156,20 metros sobre el nivel del mar y a 92 metros sobre la ciudad baja.

La superficie horizontal no es regular, baja hacia sus bordes exteriores; además el suelo está articulado en diferentes niveles intencionalmente.

El contorno hace una figura poligonal irregular (aproximadamente un heptágono). Más largo en la dirección E-O (270 metros), su ancho máximo en la dirección N-S (156 metros).

La distancia al horizonte marítimo alcanza unos 60 kilómetros para un espectador situado sobre la plataforma. Excede considerablemente el horizonte visualmente activo, es decir, aproximadamente la mitad de la distancia solo son signos de lontananza: el ojo no da diferencias de alejamiento.

En esa extensión circular bastante vasta, las dimensiones de la plataforma superior no hacen relación alguna en ninguna de sus dos medidas. El suelo, portador de la profundidad, al sustraerse de la vista, acerca las partes alejadas del paisaje, compuesto de una combinación de tierra, mar y cielo, donde los cerros y montes que circundan al espectador alternan con bahías marítimas de modo impresionante a lo cual la luz ajusta a un diapasón que hace perder la escala de las cosas.

En la gran plataforma superior de la Acrópolis el fenómeno sensorial muda radicalmente.

La razón entre las distancias del horizonte y las dos dimensiones del recinto amurallado hacen el 1/600avo para la mayor y 1/800 para la menor. La ausencia de relación es completa.

En ese vacío de relación, la luz intensa de Atenas parece acercar los templos, al punto de tomar las proporciones de un drama de mármol, luz y sombra. Los hace trascendentes dentro del lenguaje infraidiomático de la arquitectura.

La luz ática es un todo sostenido, entero, variando solo con el curso del sol y la iluminación diurna. Solo hay una mutación durante las noches de luna plena que cambia el tono, pero la intensidad se mantiene, si bien con otro tipo de fuerza, a mi modo de sentir menos vibrante, por cesar el trémolo de la luz solar. No menos subyugante.

La luz es la cuarta dimensión de la arquitectura. ¡Sobre esta afirmación nunca insistiré lo suficiente!

Las dimensiones mayores de largo y ancho del Partenón hacen relación plástica con las dos dimensiones máximas de la plataforma, ya de por sí abreviada por sus desniveles y la curvatura. Esta razón es muy fuerte y dominante, aísla a la masa pétrea de los templos a “sonar” sola.

Lo que diferencia la obra de arquitectura de las demás obras de arte consiste en que está encerrada conmigo en el mismo y único espacio y tiempo real de mi propia existencia.

Este hecho ya de por sí determina una muy particular forma de contemplación y de tratamiento y de ajustamiento de los medios.

Así planteado, trae como consecuencia inmediata que en la arquitectura estamos enteramente integrados con todo nuestro cuerpo y nuestros sentidos, pertenece a nuestro presente, a nuestro espacio vital, es configuración de nuestro espacio vital, o configuración dentro del mismo espacio vital en el cual existimos, vivimos y nos movemos: es inalienable, inseparable.

Estaba tranquilo y conmovido. Había llegado el día, también a la hora que pensaba justa en el pensamiento trascendente. La altura, al eliminar el suelo, disminuye las distancias. La noche cambia las medidas y las distancias, quita volumen. El Partenón se veía como algo largo, bajo, insignificante. Lo sabía muy destruido. Yo era joven y nada me importaba: bajé a comer. Dormiría. Todo lo iría mirando al día siguiente, sin prisa, retardando, apenas despuntara el día o antes. Después tomaría el camino hacia los Propileos.

Sabía muchas cosas, ignoraba una: la sensación, el contacto directo: la directa y la decisiva.

De pie, parado en la llanura un día claro de verano, el horizonte se sitúa a unos 5 kilómetros. Tomado como radio, el círculo que nos encierra tiene unos 70 km2.

De esta superficie, aun en cielo claro y despejado, vemos solo la mitad, es decir 2,5 kilómetros: una superficie de 20 km2, ya que la frontera exterior del paisaje aparece como una banda estrecha, dado que el ángulo visual menor de 55” no permite distinguir los rasgos individualizables de las cosas.

Es la extensión normal que abarca el ojo humano, su escena.

No la pensemos homogénea. A 20 metros de distancia el rostro de un hombre nos aparece en su magnitud real; a 50 o 100 metros de distancia no lo discernimos. Un árbol a 100 metros de distancia ya nos aparece con una coloración verde azulada, mientras que a 50 metros lo vemos verde. El cielo azulado no está solo situado arriba, sobre nuestras cabezas, sino que se mezcla e interpenetra a las cosas que nos rodean. La montaña lejana aparece azul porque entre ella y nosotros se intercala un trozo de cielo azul. Tal que el cielo se nos presenta más cerca de lo que pensamos, es decir, está muy próximo. El cielo es el aire asoleado.

 

El punto más alto de el [sic] Acrópolis de Atenas está a 156,20 metros sobre el nivel del mar.

El horizonte, a esa altura, alcanza, en números llenos, un radio de 50 kilómetros.

La superficie superior de la colina, de roca calcárea, no es plana. De contorno irregular, de figura poligonal oval, tiene 270 metros en su mayor longitud y 1.456 en su anchura mayor.

El límite inferior del paisaje colocado a 100 metros del espectador, una parte de la superficie de la colina queda en su frontera, excediéndola. Si el límite de lo que la vista capta plásticamente está colocado a una distancia de unos 20 metros más allá de este límite, una porción queda en una zona de transición entre la frontera externa de la visión cercana y la frontera interna de la visión lejana. Justamente en el paso de la visión plástica, estereométrica, a la visión, plana, de la lejanía.

Estas medidas brutas muestran las características sensoriales de la base de la escena donde se ejecuta la acción arquitectónica.

Con la desaparición del cielo inmediato, los montes que circundan la colina se acercan, produciéndose un aglomerado fuerte y contrastado entre la visión lejana y cercana inhabitual en el planeta. Es el gran ritmo de esta obra.

JB

Juan Borchers Fernández (1910-1965) fue un arquitecto chileno, “una de las imágenes más prominentes cuando hablamos de teoría de la arquitectura y de arquitectura en Chile durante el siglo XX” (Plataforma Arquitectura). Fue autor de Institución arquitectónica y Meta-arquitectura.

De su obra destaca especialmente la COPELEC de Chillán, realizada con Jesús Bermejo e Isidro Suarez. Construida en 1962, hace unos años se anunció que sería terminada y posteriormente transformada en un Centro Cultural y Artístico.

 

 

 

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