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Los resultados de nuestro Concurso de Buenas y Malas Prácticas Urbanas 2007 demuestran el interés de nuestros lectores/as por la cuestión de las torres en la ciudad. Entre las propuestas más votadas, la compulsa premió a dos ejemplos históricos de Latinoamérica, el Ediificio Kavanagh de Buenos Aires y las Torres del Parque de Bogotá, y castigó a la reciente Torre del Banco Galicia en el centro de Buenos Aires.
Tanto el Kavanagh como las Torres del Parque, desde muy diversas referencias estéticas, tienen como su mérito mayor el cuidado y la eficacia de sus inserciones urbanas. El rascacielos porteño respeta las alineaciones del tejido urbano circundante y asume su doble rol de fachada de la Plaza San Martín y “proa” de la ciudad hacia el río; las torres del gran Rogelio Salmona juegan acertadamente con la forma de la Plaza de Toros y rescatan la tradición ladrillera bogotana. El desafortunado edificio del Banco Galicia, en cambio, erosiona el tejido urbano sin crear espacio público, adopta el paradigma de la torre aislada y “protegida” del “desorden urbano”, e invade con una imagen banal el paisaje urbano de la Plaza de Mayo.
La discusión sobre las torres en la ciudad no puede enredarse en condenas genéricas ni en la aceptación acrítica de su rentabilidad inmobiliaria; estos ejemplos demuestran que los edificios de gran altura pueden tener un buen efecto si están en los lugares correctos y con los modos correctos, o ser destructores de su medio urbano si no lo están. Algo de esto tiene también relación con la crítica de Raquel Rolnik a la normativa urbanística latinoamericana, y seguramente será motivo de discusión en el debate social sobre el Plan Urbano Ambiental de Buenos Aires (ambos, temas de este número de café de las ciudades).
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MC (el que atiende)
