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Quizás nos haya acostumbrado la pandemia, quizás sea una confirmación de aquel “accidente” del que hablaba Virilio. Quizás la humanidad siempre está en espera más o menos temerosa, más o menos resignada, más o menos cínicamente esperanzada de un apocalipsis, quizás los optimismos sean cortos episodios que amenizan la permanente espera de un final global.
En pocas semanas nos han llegado indicios (cuando no confirmaciones) de colapsos en marcha: récords milenarios de temperatura en los veranos boreales y ominosas primaveras que sacuden el invierno austral, inteligencias artificiales que por ahora dibujan feo y escriben obviedades pero que en pocos años, meses o semanas nos dejarían sin empleos (¡ni siquiera precarios!); más convencional, la guerra en marcha en Europa, en ciernes en África y fría y comercial entre potencias. Se habla incluso de extraterrestres.
Frente al colapso, solo se nos ofrece un reducido menú de opciones. ¿Resignación, huida, exterminios o resiliencia? ¿Más o menos tecnología? ¿Decrecimiento? ¿Sacrificios? ¿Salvaciones individuales, tribales o colectivas? ¿Regeneración? ¿Adaptación? ¿Podemos incidir en lo que viene o sólo (y con suerte) rescatarnos de lo que viene?
En todo caso, será en las ciudades. Si continúa el mundo, será en las ciudades. Si no es en las ciudades, será otro mundo.
MC (el que atiende)
Imagen de portada: Mapa del mundo con sus ciudades más o menos vivibles, según el índice de Economist Intelligence (The Economist) que no sin escepticismo comentamos en este número.
