Notas sobre el proyecto urbano arquitectónico y la producción de vivienda social

Hacer vivienda es hacer ciudad.

En Argentina, la producción de vivienda social tiene una larga trayectoria resumida en una importante cantidad de operatorias con diferentes modalidades según época y contexto. Todas ellas presentan un denominador común: es el Estado quien asume el rol de proveedor o facilitador, generando los medios –con políticas directas o indirectas– para posibilitar el acceso a una vivienda. En todos los casos, el tema se asocia al déficit de vivienda y a la dificultad para grandes porciones de la población de acceso a un empleo formal (como dato, en Argentina se estima que el déficit de vivienda ronda en 3,5 millones de hogares.)  La participación del Estado, al igual que en toda  Latinoamérica, es y ha sido dispar y es materia de debate sobre la manera en que se debe asumir ese déficit y cuáles son las soluciones.

La primera consideración para situar el problema es entender que, desde una perspectiva amplia, la dimensión social es intrínseca al tema de la vivienda y su concreción. Sin duda, en la base de la construcción de la vivienda y del mercado que se genera alrededor de ella se encuentran las diferentes estrategias individuales, familiares y colectivas generadas para la búsqueda de espacios para habitar en la ciudad. En un sentido más amplio, entonces, la vivienda y las actividades urbanas que se generan en torno a ella construyen barrios y dan sentido a la ciudad toda; en otras palabras, dónde vivir y cómo vivir tienen un sentido individual y social en la forma en que se organiza el espacio urbano.  La vivienda y su producción es parte componente ineludible de la forma de producción material de la ciudad y se constituye en una fuerza social y por ende económica; en términos de Topalov (1978) “la ciudad constituye una forma de la socialización capitalista de las fuerzas productivas”. En esta línea podemos entender que las formas económicas de producción de vivienda movilizan a grandes sectores de la economía formal e informal, producción material que no siempre tiene un correlato con la demanda ni con un fin social último sino que es parte de un sistema complejo de interrelaciones sociales y económicas. Es en este sentido que solo el Estado puede tener una mirada amplia e integrada del tema, aún más cuando su actuación en varias líneas económicas, financieras, sociales y a diferentes escalas puede redireccionar o dinamizar los diferentes sectores y actores. Si la planificación es la herramienta anticipatoria que tiene el Estado para direccionar esas fuerzas sociales y económicas sobre el territorio, parece bastante más difícil articular las diferentes demandas con las necesidades sociales de vivienda y a su vez con la lógica capitalista de producción de bienes de uso. Todos sabemos que suelo y vivienda son dos componentes articulados pero complejos que, en conjunto, replican la forma en que la ciudad se produce y, por ende, la aspiración social tanto en términos simbólicos como también materiales. “Tener un techo” para vivir constituye uno de los grandes desafíos para grandes sectores de la población urbana mundial.

Por otro lado, los estándares de habitabilidad herencia del “Estado de Bienestar” –hoy nuevamente puestos en primer plano con la pandemia– parecen haber sido el punto más alto tanto en provisión de infraestructuras como en la forma de consumo. Hoy vivimos en un mundo que se va preparando para asumir la conciencia del límite, las carencias energéticas, el agua que ha dejado de ser un recurso ilimitado, así como todas las consecuencias ambientales que trae aparejado el cambio climático y que tienden a redefinir el paradigma de confort y de consumo. Los cambios tecno-productivos propios de este siglo han traído incertidumbre sobre el presente pero, fundamentalmente, parecen dificultar la capacidad de proyectar a futuro: empleos cada vez más precarios y aumento de la informalidad como contracara de una cada vez mayor concentración y volatilidad económica son algunos de los temas emergentes que aumentan los niveles de indefinición a la hora de pensar la vivienda, tanto como espacio para el desarrollo de la vida urbana o como fuerza económica de producción material. En todos los casos, lo que parece estar en revisión una y otra vez dentro del contexto capitalista global es que rol le cabe al Estado en la solución de la vivienda masiva. En este sentido, los paradigmas heredados del siglo XX hoy se resignifican, adoptando otro carácter y sentido; sin embargo, la predominancia de los modelos neoliberales que apuestan a la vieja fórmula de equilibrio “natural” del sistema dejan librada la vivienda a una solución individual y sujeta al “libre juego” de la oferta y la demanda.


Paraísos Siniestros: vivienda de interés social en México. Mosaico de fotografías de Jorge Taboada.

El Estado, bajo esta concepción, es un facilitador de los grandes emprendimientos y desarrollos por un lado y un proveedor de vivienda social por otro. Este modelo es paradojal, porque por un lado define al habitante urbano como consumidor pero por otro necesita del Estado como “socio” de sus operaciones. Se plantea además una forma “darwiniana” de operar sobre la ciudad, en la que el gran desarrollador imprime la dinámica de mercado –en detrimento en la mayoría de los casos del pequeño o mediano inversor. Muchas veces ligado a operaciones de prestigio, este desarrollo se desentiende la demanda. Solo como ejemplo, las operaciones de conjunto de vivienda vacíos realizados en el marco de eventos como los Juegos Olímpicos o los grandes rascacielos vacíos en zonas financieras de las llamadas ciudades globales, ejemplos que se reproducen en diferentes escalas en las ciudades intermedias y latinoamericanas. En este mismo orden, las grandes operaciones financieras en torno a la vivienda –llamadas burbujas inmobiliarias o financieras– se han convertido en uno de los emergentes del capitalismo global, con grandes concentraciones de capital especulativo volcados al mercado inmobiliario sobre la base de toma de créditos por fuera de la demanda real.  Muy lejos de aportar soluciones habitacionales, estas expresiones del capitalismo global han sido causales de las mayores crisis financieras –y sociales– en lo que va de este siglo, generando en todo el mundo lo que Saskia Sassen denomina “los nuevos excluidos”, expulsados del sistema. Estas operaciones que tienen como denominador común la puesta en juego económica y financiera a través de la vivienda también se producen en la vivienda producida por el Estado. Basta observar las operaciones que desde comienzo de nuevo siglo hasta ahora han caracterizado la forma de producción de las denominadas “viviendas sociales” con subsidio a la demanda en Latinoamérica y el fuerte fracaso de estas políticas que tienen un denominador común: grandes concentraciones de capital y empresas constructoras para la producción masiva de vivienda sin una clara articulación con la demanda o con las dinámicas urbanas. Viviendas sin gente, sin barrios; viviendas sin urbanidad. Los casos de México, Chile y Brasil, entre otros, fueron paradigmáticos en este sentido. En todos los casos, las escalas de actuación son masivas, concentradas y sectoriales.  

En este contexto, nuevas corrientes pugnan por entroncar el problema de la vivienda con los problemas de desarrollo en visiones más integradas y escaladas. Estos enfoques le otorgan al Estado un rol activo no como intermediario, facilitador o empresario sino actuando activamente con una batería de políticas que apuntan no solo a la construcción de viviendas sino que incorporan al habitante en la ecuación. ¿Por qué las personas no pueden acceder a una vivienda? ¿Cuáles son las distintas necesidades? ¿De qué forma opera el mercado de vivienda privado? Esas son algunas preguntas centrales que permitirían acercarse al problema.

En este sentido, la perspectiva sobre el tema de la vivienda puede modificarse cuando las respuestas por parte del Estado dejan de ser unilaterales y concentradas para ser múltiples y abarcativas, tanto en acciones como en escalas. Presupone un cambio de enfoque, un corrimiento desde concepciones centralizadas y monopólicas hacia propuestas más integradas y descentalizadas. Desde esta perspectiva, se abre una cantidad de temas de debate que a continuación enuncio con ánimo de contribuir a una reflexión abierta:

>Entender el acceso a la vivienda integrado al concepto de “derecho a la ciudad”. Es tal vez uno de los temas que más se ha debatido en las últimas décadas; parte de estas visiones se han ido consolidando desde la crítica urbana global (mucho contribuyeron los encuentros de ONU-Hábitat al respecto, más allá de las críticas a una excesiva simplificación eurocéntrica). Bajo esta concepción, las respuestas habitacionales deben aportar soluciones integradas en términos de lo urbano y no generar nuevos problemas. Infraestructuras, energías, urbanidad, habitabilidad, acceso universal, género y otros aspectos deben ser parte integral de las soluciones. Desde este enfoque, proveer vivienda no alcanza si no se crea ciudad.

>Adaptación a las distintas contingencias. La posibilidad de llegada a distintos escenarios, escalas y usuarios/as es posible como meta con la puesta en marcha de una multiplicidad de políticas, adoptando no sólo un plan general sino varios planes que permitan pensar el acceso a la vivienda. Vivienda en alquiler social, vivienda en cooperativa, vivienda estatal subsidiada, etc. presuponen una batería de políticas estatales posibles que, asociados a créditos y/o mecanismos financieros de adquisición de vivienda, pueden abrir el juego a diferentes soluciones integradas. En el mismo orden son deseables diferentes escalas de actuación, desde la vivienda motorizada por pequeños municipios o comunas hasta aquellas que surgen de cooperativas de trabajos o gremios. La diversidad de soluciones habitacionales posibilita además abrir el rango de prestación y tender, como se señaló, a reequilibrar con políticas estatales las propias distorsiones del mercado de la vivienda.

 >Caracterización y participación de los/las habitantes. Contemplar la demanda, incidir en la demanda. Este es tal vez uno de los temas centrales en la producción de vivienda social. Las viviendas genéricas que no contemplan ni las realidades sociales ni la composición de los núcleos de convivencia han tenido enormes fracasos. No alcanza con un techo cuando este no observa las pautas socio- culturales ni se entronca con temas de empleo y desarrollo local. Cómo se habita y de qué manera se habita son interrogantes que deberían estructurar las formas que se adoptan.  En este sentido se abre un gran abanico de alternativas para la indagación, desde el necesario replanteo tipológico hasta la potencialidad que conlleva contemplar la escala de lo domestico en lo urbano.

>Tener en cuenta los procesos de crecimiento urbano. Hemos visto como los planes de vivienda realizados en las últimas décadas, basados en la búsqueda de suelo “barato”, han incidido negativamente en el crecimiento de las ciudades, ya sea porque han sido un motor clave en los procesos de expansión y dispersión urbana a baja densidad sobre suelos potencialmente productivos, ya sea que se han realizado con bajísimos estándares de urbanización. En este sentido se genera un “boomerang” en el tiempo: lo que no resuelve el Estado en primera instancia genera costos diferidos en servicios e infraestructuras, entre otros. Por el contrario, si las cuestiones de crecimiento urbano fueran una variable primaria en la construcción de nueva vivienda estatal, pueden convertirse en una potente herramienta para consolidar sectores urbanos, generar mixtura o potenciar áreas deprimidas. El lema “hacer vivienda es hacer ciudad” debería estar en la base de las decisiones políticas y proyectuales.

>Incidir en el mercado de suelo. Promover la micro economía y el desarrollo local en la provisión de vivienda.  No alcanza con construir vivienda sino que es necesario entender la incidencia que esta tiene en el valor de suelo general de la ciudad, aún más cuando el que construye es el Estado. Desarrollar urbanización, entonces, es tener presente el proceso completo con posibilidades de incidir en el mercado de suelo. Recuperos de plusvalía, incidencia en el valor del suelo y desarrollo de áreas deprimidas son algunos de los temas asociados. El Estado en este rol puede utilizar esta potencialidad económica y social para motorizar procesos virtuosos que posibiliten regenerar áreas. En Latinoamérica existen cada vez más nuevas experiencias en este sentido; sin embargo, la fragilidad de las estructuras económicas y financieras, así como los marcos legales lábiles, hacen difícil que suelo y vivienda se consoliden como prácticas relacionadas. Por otra parte, y en relación con lo anterior, el despliegue de una economía en torno a la construcción de vivienda posibilita incidir en las distintas partes del proceso a fin de promover el desarrollo de empleo y de las economías locales. En este sentido la descentralización de las operaciones y la posibilidad de desarrollos locales y fraccionados posibilitan el movimiento económico para pequeños municipios o barrios, de gran impacto en la base económica de las localidades.

>Contemplar los procesos de renovación y consolidación de la ciudad construida.  La posibilidad de generar políticas de viviendas asociadas a la renovación urbana abre nuevas perspectivas. Algunos países europeos practican desde hace mucho tiempo políticas públicas activas para la realización de viviendas sociales en tejido consolidado, en algunos casos como complemento de los desarrollos privados apostando, a la mixtura social. El caso francés es tal vez el más completo, ya que incorpora las viviendas subsidiadas dentro de los desarrollos urbanísticos integrados. Por otra parte la vivienda social juega un papel central para reurbanizar barrios informales o precarios; en este sentido, la posibilidad de consolidación urbana y barrial abre una perspectiva de saneamiento y urbanización que supera la mera provisión de vivienda. 

>¿Casas nuevas o casas viejas? El otro tema asociado con el anterior es la preocupación por la gran cantidad de casas y departamentos vacíos en las zonas más consolidadas de las ciudades grandes e intermedias, producto de las migraciones a la periferia de la ciudad y la especulación inmobiliaria. Se abre así un nuevo desafío para generar políticas que contemplen mecanismos de ocupación que permitan reciclar y reutilizar los espacios ya existentes en la ciudad. En la misma línea, el alquiler social ha comenzado tener en el último tiempo un gran desarrollo aun cuando en muchos países se encuentre solo en debate. Estas políticas activas permiten repoblar la ciudad construida con iniciativas que posibilitan la ocupación y habitación en áreas consolidadas.

>La noción de lo público y de lo comunitario. En la base de muchas de las soluciones a la cuestión habitacional se encuentra el replanteo de la propiedad hereditaria de la vivienda como única alternativa a la necesidad de vivienda. En este sentido se han abierto nuevos debates sobre el concepto de propiedad, así como la dimensión de lo comunitario en términos de lo que se comparte como vehículo para la resolución de los serios déficits habitacionales de amplios sectores de la población. Las escalas de la manzana, de los desarrollos comunitarios y de los emprendimientos colectivos posibilitan afrontar los problemas desde un enfoque amplio que supera la mera provisión de vivienda y que habilita a nuevas experiencias tendientes a solucionar la necesidad de habitar un espacio en la ciudad.

>La importancia de un buen proyecto. Nuevos desarrollos habitacionales. Por último, el proyecto del habitar, que define en gran medida la manera que predeterminamos la ciudad a futuro. Y en este sentido hay una materia pendiente, desde los ensayos modernos a esta parte, para resolver la vivienda masiva. En la mayoría de los casos terminan primando los factores de economía de recursos y estandarización en detrimento de la calidad espacial y/o técnica de las viviendas.  Formas de vida, producción social del hábitat, nuevos desarrollos tipológicos y sostenibilidad, entre otros temas, se ponen en juego a la hora de pensar la vivienda social. En este sentido, el proyecto urbano arquitectónico tiene la capacidad de reunir de manera anticipada todas aquellas cuestiones relacionadas: suelo, barrio, ciudad.


Lacaton & Vassal architectes, Frédéric Druot Architecture y Christophe Hutin Architecture: Transformación de 530 viviendas sociales Grand Parc Bordeaux.

Sobre el proyecto urbano arquitectónico de la vivienda social

En materia de vivienda social, el Estado –en sus distintos niveles y estamentos– interviene a través de una gran cantidad de políticas, mecanismos y canales de acceso a la vivienda, muchas veces no articulados entre sí; estos a su vez puede ser de acción directa o indirecta.  Se opera con acciones indirectas cuando se intermedia entre la oferta y la demanda, entre el público y el privado con mecanismos facilitadores para la adquisición de vivienda, ya sea en propiedad o en alquiler. Por el contrario, cuando el Estado asume el rol de proveedor y constructor de la vivienda con respecto al destinatario/a final pone en marcha políticas de acción directa. En este caso es el Estado –en sus distintos niveles– quien ejecuta la vivienda, desde la provisión del suelo hasta la construcción. Existen, por supuesto, muchas acciones intermedias, bastan como ejemplo las viviendas construidas por cooperativas u organizaciones sociales con o sin apoyo de las administraciones estatales. En todos los casos, el proyecto urbano y arquitectónico juega un rol principal cuanto se trata de construir nueva vivienda para sectores que no tienen posibilidad de acceso.

Mucho se ha dicho sobre el fracaso de las políticas habitacionales públicas de las últimas décadas,  basadas en la creación de barrios con bajas condiciones de urbanidad, con viviendas reducidas a su mínima expresión sin calidad constructiva ni tipológica. Al respecto Juan Pablo del Río (2015) en “La vivienda social y la cuestión urbana. Consideraciones teóricas para el análisis de las políticas de hábitat” realiza un interesante planteo sobre la cuestión habitacional y señala: “En el marco del orden tecnocrático, el problema de la vivienda suele ubicarse en las coordenadas definidas por la escasez económica de recursos, los costos por unidad, el déficit cuantitativo, la producción de vivienda nueva y las soluciones en manos de las empresas constructoras. Desde esta mirada, la política de vivienda se divorcia de la dimensión urbana y se aborda a partir de una matriz productivista, donde prima la racionalidad de la obra pública, cuya naturaleza es fuertemente  sectorial;  es  decir,  se  encuentra  determinada por la lógica de la industria de la construcción.”  

En este sentido, la lógica financiera termina siendo el factor determinante a la hora de definir el proyecto de vivienda social: localización, tipologías y sistemas constructivos quedan supeditados a esta ecuación. Por otro lado, la centralización en general de las políticas de vivienda en organismos nacionales o provinciales termina generando deficientes articulaciones con las escalas locales y de estas con la demanda. El efecto social y económico para los pequeños municipios es alto cuando se construye nueva vivienda. Algunas de estas lecciones se están aprendiendo y algunos municipios han comenzado a liderar construcción y provisión de vivienda desde las escalas municipales, todavía con un grado importante de desarticulación entre niveles del Estado. De igual manera, son muchas las organizaciones sociales que vienen ensayando la construcción de vivienda social con participación. Aun así, parece que falta recorrer mucho camino tanto en términos de proyecto como de gestión.

La pregunta emergente entonces es: ¿cuáles son aquellas premisas que deberían orientar el proyecto de la vivienda social en este contexto? ¿Es posible generar parámetros que los orienten?

Sin duda, la primera consideración es aprender de los errores, aciertos y desaciertos de la propia implementación de los planes. La provisión de vivienda como problema urbano arquitectónico encuentra su tradición en la modernidad y la propia concepción de lo urbano tal como lo entendemos hoy. La ciudad será el escenario donde se despliegan las fuerzas sociales y económicas de la sociedad industrial; en este contexto, la vivienda y la forma de desarrollo de la vida urbana se ubicarán como el tema central de la arquitectura y del urbanismo desde el siglo XIX a esta parte.  El ensayo moderno sobre vivienda masiva da lugar a una cantidad de soluciones con centro en la respuesta colectiva. Temas como densidad, transporte, trabajo y relaciones entre las actividades asumen una nueva escala. Ahora bien, el enfoque funcionalista que termina decantando en la resolución tipológica y constructiva de la vivienda como solución por la tipificación y seriación, sin consideración por las singularidades de contexto, se presenta hoy como verdaderos déficits a la hora de pensar soluciones para la vivienda. En este sentido la vivienda social se encuentra a la espera de nuevas reflexiones y ensayos, retomando temas fundacionales e incorporando aquellas problemáticas de época. Algunos de los temas a considerar en torno al proyecto de vivienda social son:

  1. Concepto de “casas sanas”. Procurar viviendas de alta calidad es mejorar las condiciones de habitabilidad y salubridad en los entornos urbanos. El proyecto de vivienda social debe evitar la precarización constructiva o tipológica, generando un catálogo amplio de soluciones que en todos los casos responda a las pautas culturales, recursos y bienes de la comunidad donde se desarrollan. Por otra parte, la incidencia en la salud de la vivienda y las condiciones de salubridad necesarias son temas que han recobrado fuerza desde 2020 y el confinamiento social producto de la pandemia producida por el Covid 19, que marca los umbrales mínimos de habitabilidad. Las infraestructuras siguen constituyendo uno de los temas centrales: provisión de agua potable, saneamiento cloacal y las nuevas necesidades de renovación y cuidado de las energías. El otro tema asociado es la concepción tipológica del espacio doméstico y la forma que se configura. Es recuperar la importancia y el valor que tiene las decisiones de proyecto en términos de confort, habitabilidad, mantenimiento y apropiación.  
  2. Construir barrios y comunidad. La construcción de vivienda aislada y genérica en el proyecto de vivienda social, forma predominante de la configuración en materia de vivienda social en Latinoamérica, ha tenido un impacto negativo sobre la ciudad, tanto en la reproducción de suelo de expansión como en la falta de otros componentes urbanos e identitarios. En este sentido el proyecto de vivienda social no solo debe ser una oportunidad para consolidar áreas y barrios existentes sino que la tipología de “conjunto de vivienda” debe posibilitar generar sinergias comunes de proyecto, optimizar recursos y tener en cuenta la dimensión cultural e identitaria de las comunidades donde se asienta.         
  3. De las microeconomías a la organización comunitaria. La producción en vivienda social motorizada por el Estado debe posibilitar generar y poner en marcha sistemas productivos de ciclo completo. Desde la tecnología y los materiales hasta la manera en que se construye, la producción de vivienda debe poder incidir en la generación de empleo y el desarrollo de tecnologías y saberes locales. La capacidad económica en materia de vivienda también se traslada a las cuestiones de suelo; en este sentido, vivienda y suelo deben ser pares articulados a fin de incidir en las economías locales.     
  4. ¿Tecnologías tradicionales o de innovación? Las tecnologías utilizadas en materia de vivienda son un campo de exploración abierta; sin embargo, todavía no se llega a un consenso claro sobre la conveniencia del uso de tecnologías seriadas o industriales. En materia de vivienda unifamiliar predomina en Argentina el uso de tecnologías tradicionales, con predominancia de los sistemas por vía húmeda y el uso del mampuesto, con una mano de obra calificada al respecto –lo que ha posibilitado la autoconstrucción. Los sistemas industrializados o por vía seca no tienen hasta el momento el mismo nivel de inserción cultural. Esto planea siempre una dicotomía entre el uso de sistemas más artesanales o industrializados en la producción de vivienda masiva. La posibilidad de innovación, también en materia de provisión de energía o evacuación, no han tenido hasta el momento experiencias exitosas. En este sentido se abre un campo de experimentación posible que debe equilibrar la posibilidad de viviendas evolutivas en el tiempo, costos, recursos instalados y generación de empleo.

 
Dibujo de la autora.

Pautas y premisas para el proyecto de vivienda social

Proyectar vivienda hoy es pensar en términos de creación de nuevos espacios domésticos que den cuenta de los cambios productivos y sociales de época, brindando respuestas a problemáticas específicas para comunidades particulares. Formas de vida, maneras de producir, formas comunitarias de organización son algunos de los temas asociados. La contraposición entre la promoción de la vivienda industrializada y seriada como respuesta masiva versus la construcción artesanal sobre prácticas tradicionales y la autoconstrucción es uno de los debates centrales en materia de producción de vivienda social. Aún hoy seguimos pensando sobre lógicas y formas constructivas heredadas del pensamiento modero. Muchas de las soluciones que aún hoy resuelven problemas tanto de orden tipológico o constructivo fueron aportes que las distintas corrientes del movimiento moderno ensayaron, dando respuesta material a las fuerzas productivas del capitalismo de entre guerras. Así, sigue siendo materia de análisis la solución masiva que puede ofrecer la vivienda “en serie” cuando se la homologa a la producción de automóviles, un “espacio vivienda” con tecnologías adaptadas para su seriación. Esta tal vez fue la meta a alcanzar para todo el pensamiento arquitectónico y urbano de mediados del siglo XX, espacios funcionales, tecnologías industrializadas y respuestas masivas. Desde la vivienda hasta los electrodomésticos reproducían la lógica de producción de bienes de consumo; así, la propia clase trabajadora industrial fue  la destinataria principal de estos desarrollos. Una respuesta optimista con centro en un Estado proveedor o facilitador al servicio de las élites industriales.

Esta lógica de producción masiva con tipologías genéricas sigue operando aún hoy, principalmente en Latinoamérica, (basta ver las operaciones de la última década en Chile, México o Brasil). Sin embargo, la pauperización del trabajo formal post fordista y la baja industrialización histórica que caracteriza a nuestros países produce un doble efecto negativo; por un lado, la respuesta de viviendas seriadas y masivas contribuye a la centralización y concentración en pocas empresas constructoras; por otro, los espacios mínimos y genéricos para el habitar cotidiano que estas respuestas ofrecen, se encuentran muy lejos de las formas de vida de las comunidades destinatarias. A esto se suma que, en general, las poblaciones destinatarias no poseen empleo formal, lo que agrava la situación ya que estos emprendimientos desconocen el tejido asociativo comunitario previo. ¿Cómo pensar entonces la vivienda social en estos contextos? Sin tener una respuesta única y acabada, sin duda es importante ir sumando diferentes experiencias y prácticas tendientes a vincular el proyecto de la vivienda social con la ciudad y la producción de bienes comunitarios. Las perspectivas integrales entonces podrían servir para generar procesos articulados entre la dimensión técnica, la política y el proyecto. Muchos son los interrogantes que surgen a partir de este enfoque; la visión romántica en cuanto a la capacidad de las comunidades en resolver sus problemas, que ponen acento en la autoconstrucción, puede dejar afuera al Estado en su obligación de proveer recursos urbanos básicos, retrocediendo a estadios preurbanos. En la otra punta del debate se encuentran aquellas posiciones que, como ya se señaló, concentran las respuestas en organismos centralizados del Estado y con políticas masivas. Tal vez abrir y potenciar las experiencias intermedias puede ampliar el campo de mira. La capacidad de los estamentos locales (municipios, comunas, etc.) para motorizar políticas de vivienda puede ser una manera de articular oferta con demanda y posibilitar generar ciclos completos. De igual manera, formas de organización alternativas como los sistemas de cooperativas o emergentes de realidades específicas –gremios, asociaciones barriales, asociaciones intermedias– abren un campo de acción ante la diversidad y amplitud del problema, a fin de apuntar a colectivos específicos con soluciones técnicas, económicas y sociales localizadas.

A continuación, se señalan una serie de pautas abiertas como aporte a la reflexión del proyecto de la vivienda social. Todas ellas surgen de la propia experiencia y retoman muchos conceptos puestos en juego desde la arquitectura de la vivienda, en un intento de sistematización reflexiva para pensar desde el proyecto y entendiendo que este es el que puede generar el espacio predictivo de articulación entre temas y ponerlos a consideración. En este sentido, se trata de retomar la confianza en el proyecto capaz de optimizar las respuestas, generar soluciones consensuadas y revisar aquellas premisas ya establecidas que pueden seguir operando en la actualidad para resignificarse en un catálogo de actuación o guías para las prácticas.

  1. El patio, los patios. Un tema central en la arquitectura de la vivienda –que involucra lote y manzana– es la consideración del espacio abierto, revalorizado por la pandemia. Tan importante como el espacio cerrado, en la vivienda toma cada vez más relevancia el espacio abierto conformado. El patio en tanto ámbito central de la vivienda que actúa como expansión, a la par que permite generar las condiciones de habitabilidad necesarias. Ventilación, iluminación y asoleamiento son posibles gracias a la potenciación de los vacíos en la posición que adopta el lleno, para usar el lenguaje de la arquitectura. El modo en que se organizan con respecto al lote y con relación a la o las viviendas cobra mucha importancia porque puede definir las relaciones entre la calle, el espacio público y el espacio privado. En el mismo sentido, es posible definir los gradientes necesarios a la par de ampliar los metros cuadrados útiles, intensificando la relación interior-exterior. La “casa patio”, tipología estrella de la tradición arquitectónica, adquiere bajo esta perspectiva nueva fuerza. En igual sentido, todas las experimentaciones sobre patios en altura. En cualquier caso, pensar en arquitecturas integradas entre el interior y exterior sigue abriendo un campo de ensayo y de soluciones en términos de vivienda masiva.    
  2. Configurar borde, configurar calle, hacer ciudad. La consideración urbana de la vivienda y su contribución a lo público siguen estando bajo la tensión de la eficiencia económica en la producción de vivienda social; así quedan afuera de la ecuación aquellos elementos y decisiones que posibilitan mejorar las relaciones entre el borde privado y la calle pública. Si se reinvierte la ecuación y se piensa que la calle actúa no solo de expansión sino de primer umbral de la domesticidad, entonces es posible pensar que es central la resolución del borde entre lote, vivienda y calle. La posible expansión de los usos domésticos, la posibilidad de generación de vecindad parece estar dado por la forma en que se resuelva la configuración urbana en el límite de lo privado y lo público. Este tema, que fue central en la resolución urbanística de las ciudades y barrios creadas bajo la lógica industrial decimonónica –muchas de nuestras ciudades y barrios conservan este acento–, parece hoy recobrar fuerza. Considerar los tejidos, pensar la vivienda en conjunto, configurar los bordes, tener en cuenta las actividades urbanas son viejos temas resignificados a la luz de la necesidad de incrementar aquellas acciones que recobren la idea de ciudad. Es posible alentar desde el proyecto la dimensión de lo barrial como ámbito urbano del “buen vivir” y las posibilidades de potenciar los aspectos identitarios y de apropiación de nuevos desarrollos de vivienda.
  3. Las medianeras. Una casa, muchas casas. Recursos compartidos. El predominio de la vivienda individual en lote, en muchos casos aisladas, que sigue el modelo de la casa jardín miniaturizado, parece dejar afuera de la consideración  aquellos recursos que se ponen en juego a la hora de generar vivienda masiva. La posibilidad de apareamientos, tanto en horizontal como en vertical, ha sido una de las exploraciones tipológicas centrales en el desarrollo de la vivienda de mediados del s. XX a esta parte.  Es interesante repasar los modelos de barrios obreros –Weissenhof o Pessac entre otros– que fundaron la forma de pensar nuevos desarrollos en conjunto con la capacidad técnica y productiva, así como las experimentaciones de las décadas del 60 y 70 en Europa y Latinoamérica. Aun así, se sigue utilizando la vieja fórmula de vivienda mínima aislada.  Retomar la tradición arquitectónica, repasar los viejos buenos ejemplos e interpretarlos en nuestra contemporaneidad parece ser un posible camino. ¿Qué comparten? Es la pregunta que puede estructurar muchas respuestas, desde las soluciones integradas del borde hasta las cuestiones sanitarias y, por qué no, patios compartidos. En definitiva, es pensar que los recursos son comunes y, por lo tanto, es posible pensar soluciones integradas y respuestas arquitectónicas que potencien lo común.  En este sentido, la concepción de la propiedad se encuentra asociada a este tema, abriendo posibles planteos o soluciones que potencien la propiedad compartida o con administración del Estado.
  4. Casas sanas. La relación entre habitabilidad y espacio doméstico ha cobrado nueva dimensión a partir de la pandemia, acentuada por el cambio climático y la crisis energética. Hay un retorno a pensar soluciones pasivas que posibiliten ambientes ventilados y asoleados de bajo consumo energético. Muchos de los estudios sobre clima y acondicionamiento pasivo que caracterizaron a la arquitectura moderna (en nuestro país Wladimiro Acosta realizó un trabajo extraordinario sintetizado en el libro Arquitectura y Clima) toman nueva fuerza. El proyecto, bajo esta dimensión, cobra sentido ya que la mayoría de los recursos ambientales se consiguen con un buen proyecto. Entender a la vivienda como un contenedor ambiental y de confort es parte del desafío en materia de vivienda social, ya que la capacidad y calidad espacial parece disminuir en los proyectos de respuesta masiva. En este sentido, no basta con incorporar las exigencias de transmitancia térmica o regulaciones parciales si no se comprende la vivienda en tanto dispositivo integral de confort. La importancia de avanzar sobre propuestas de verde urbano estructuradas que permitan generar filtros orgánicos, las lecciones de acondicionamiento pasivo, el uso de las energías y el reciclado, entre otros, son temas que van adquiriendo cada vez más importancia en la arquitectura de casas.    
  5. Los programas del habitar y el crecimiento inducido. Mucho se habla hoy de los cambios socio productivos y su impacto en la configuración de la familia nuclear. De igual modo las cuestiones ligadas a la labor y al rol social de la mujer interpelan la manera que se configura el espacio de la vivienda. Por otra parte, las nuevas tecnologías han potenciado el teletrabajo con un fuerte impacto sobre lo domestico. Sin embargo, la concepción de la vivienda social sigue siendo genérica y compartimentada, con baja flexibilidad y con poca reflexión sobre las formas de vida contemporáneas. Diversidad, flexibilidad y crecimiento siguen siendo una triada que requiere mayores reflexiones proyectuales. Sin duda, la posibilidad de pensar la forma en que crecen las viviendas, así como dar indicios y posibilidades múltiples, pueden ser un desafío cuando en la mayoría de los casos los crecimientos los determinan sus habitantes. Cómo orientar un buen crecimiento y modificación de la vivienda social es uno de los temas centrales que el proyecto puede dirigir.
  6. Tecnologías apropiadas. La resolución material de la vivienda social es tal vez uno de los desafíos principales en búsqueda de racionalización y economía pero también de una apropiación que permita generar e impulsar ciclos productivos locales, con generación de empleo y consolidación de conocimiento técnico. En este sentido, es importante tener presente las tecnologías tradicionales, aquellas prácticas constructivas que se encuentran enraizadas en la comunidad. En el mismo sentido, es necesario avanzar sobre investigaciones y desarrollos técnicos que permitan optimizar y potenciar estas tecnologías con el objetivo de promover las microeconomías y los desarrollos locales emergentes de cada comunidad.

CC

La autora es Arquitecta (UNC, 1997) y Magister en Ciudad y Urbanismo (Universitat Oberta de Catalunya, 2016). Ha integrado diversos equipos técnicos responsables de estudios, proyectos y planes urbanos en la ciudad de Córdoba, Rawson (San Juan), Estación Juárez Celman, Embalse de Calamuchita, Misiones, entre otros. Integra la red de consultores La Ciudad Posible y es socia fundadora de Estudio Estrategias. Ha obtenido el Primer Premio en el Concurso Nacional Soluciones para el transporte en el Corredor Norte del Área Metropolitana de Buenos Aires (2012), el Primer Premio del Concurso Nacional de Ideas para la Integración urbana de la Nueva Terminal de ómnibus de la Provincia de Catamarca (2011) y otros premios en diversos concursos de arquitectura y urbanismo. Es Profesora Titular de Arquitectura 2D en la FAUD-UNC. Ha publicado el libro Las centralidades barriales en la planificación urbana y escrito numerosos artículos para café de las ciudades, como por ejemplo Sistemas en cuestión. ¿Con que brújula nos movemos hoy?; Hacia el lado feminista de la vidaUna mirada sobre la domesticidad; Al rescate del barrioEntre la permanencia y el cambio; La enseñanza en época de pandemia. Volver a incluir al futuro en la ecuación; Impresiones de la ausencia. De Córdoba a Ciudad Juárez y En busca del barrio. Reflexiones sobre San Vicente, entre otros.

Sobre el tema, ver también en este número Siete acciones para la vivienda social en barrio, por Estudio Estrategias, Estudio Guerrero Viotto arquitectxs y Estudio Mira.

Referencias bibliográficas

Wladimiro Acosta. Vivienda y Clima. Ediciones Diseño. Buenos Aires. 2013.

Saskia Sassen. Expulsiones. Complejidad y brutalidad en la economía global. Katz editores. Madrid. 2015.

Maristella Svampa. La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo. Ediciones Taurus. Alfaguara. 2005.

Christian Topalov. La urbanización capitalista. Algunos elementos para su análisis. Edicol. México.1979.

Alicia Ziccardi. Las ciudades y la cuestión social. Ediciones CLACSO. Consejo latinoamericano de Ciencias Sociales. México. 2001.

 

Ciudad, espacio y sociedad en el “nuevo” capitalismo flexible

Fragmento de Espacios públicos y ciudadanías en conflicto en la Ciudad de México.

Patricia Ramírez Kuri

Primera Terquedad del Centro

Una mirada arrabalera a Buenos Aires.

Mario L. Tercco

Siete acciones para la vivienda social en barrio

Un catálogo de configuraciones.

Estudio Estrategias, Estudio Guerrero Viotto arquitectxs y Estudio Mira

Lo común en disputa

Si el espacio lo producimos, también podemos transformarlo.

Fernando Vanoli

Las infraestructuras en la construcción de la ciudad capitalista

Vivienda, urbanización y territorio.

Manuel Herce Vallejo

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