La corrupción del lenguaje

El signo lingüístico es movimiento, nunca permanece intacto.

Desde dónde escribo

Me autopercibo como mujer. Estudié Letras, me interesa el lenguaje, las estructuras sintácticas, los movimientos literarios, el análisis textual. También soy editora: leo textos ajenos y propios, los discuto, los debato, ayudo a pulirlos.

No busco inventar la pólvora, sino agrupar y describir las propuestas sobre el lenguaje con enfoque de género (este término es más descriptivo que «lenguaje inclusivo» y, de paso, evita críticas maliciosas de quienes, por ejemplo, dicen que las discusiones sobre el lenguaje son inclusión de cotillón).

 

El vacío legal del llamado «género gramatical neutro»

Salimos de la escuela primaria sabiendo que: Pablo es argentino (masculino singular) // Beatriz es argentina (femenino singular) // Beatriz y Pablo son argentinos (neutro plural). Y acatamos. Y corregimos cumpliendo esa norma. Y editamos sabiendo que el «todos» a veces tiene un valor masculino, y otras tiene un valor «neutral», donde deberíamos incluirnos mujeres, trans, queers, y otras subjetividades.

El género, lejos de ser una reacción espontánea de cada une, encalla en nosotres a partir de la repetición de códigos (sociales, políticos, culturales, lingüísticos) que respetamos. Cuando, en realidad, las identidades son múltiples y lábiles. Ellas pueden resistir, desandar y construir nuevos recorridos.

La respuesta por un lenguaje con enfoque de género no es unívoca. Hay que probar y escuchar. De cualquier manera, la discusión es promisoria. Y es refrescante que las propuestas inviten a descolonizar entre todes nuestro lenguaje.

 

El diálogo entre el lenguaje y la sociedad

El lenguaje es nuestra primera institución humana; nos permite vivir en sociedad, comunicar lo que pensamos, decir lo que sentimos. Desde largo y tendido se vienen trazando distintas máximas sobre él. Como estructuralista, Saussure afirmaba que una característica del lenguaje (del signo lingüístico) es que es inmutable; no puede cambiar. Pero esa imposibilidad de cambio encierra otro principio: la mutabilidad; el signo lingüístico es movimiento, nunca permanece intacto. Humboldt (1767-1835), desde el naturalismo, decía que «Cada lengua tiene su propia estructura distintiva, que refleja y condiciona las directrices del pensamiento y de la expresión del pueblo que la utiliza». Antes, en la Edad Media, se definía al lenguaje como una herramienta para explicar la realidad.

Los puntos de contacto entre el lenguaje y la sociedad varían en función de qué escuela lingüística enuncia, pero el vínculo es ineludible. Practicar un lenguaje con enfoque de género no nos vuelve automágicamente una sociedad más inclusiva (ey, claro que el lenguaje no es la única solución). Pero sí nos vuelve una sociedad más reflexiva sobre sí misma.

Los dos bandos

En la sociedad, en las estructuras sintácticas, en todos lados. El lenguaje cristaliza significados, sostiene hegemonías, crea mundos y es campo de batallas. Es material, pero también es nuestro intangible más valorable. El lenguaje es, a la vez, gramática y política.

Quienes, desde un enfoque normativo, sostienen en un pedestal a la llamada «gramática» y cuidan el «cómo decir» están tomando decisiones políticas sobre qué se nombra y qué no, sobre quién es el modelo hegemónico de nuestra sociedad y quién no lo es. Ojo que tampoco acá es la Antigua República versus el Imperio Galáctico (para les amantes de Star Wars). Solo digo: hay quienes, desde instituciones legitimadas (claro que me refiero a la Real Academia Española), o desde sus sillas de reconocidas figuras públicas, sostienen la neutralidad del «buen decir», en realidad, lo que hacen es tomar una decisión que no es neutral y es política. ¿Esta «mal»? En absoluto.

Quienes defienden el cambio, también tienen su agenda. La discusión en torno al lenguaje con enfoque de género responde a los reclamos de dos sectores, el feminismo y la comunidad LGTBIQ+. Voces de colectividades distintas –históricamente agrupadas bajo las etiquetas del femenino o del masculino, y siempre generalizadas– tienen reclamos (políticos y personales) y proponen un cambio. Remarcan que en el estado actual, el lenguaje (y nosotres, como sociedad, con él) se pierde de nombrar subjetividades que también son parte de este todes/todas/todxs/tod@s/todos. Y es así.

 

Pero… ¿cuál es la crítica?

Se critica al lenguaje por ser androcéntrico. El varón masculino, heterosexual es el modelo universal; el resto, viene atrás, es subcampeón. Así generaliza y nombra, a través del «todos», a una comunidad mucho más variopinta.

Se tilda al lenguaje porque invisibiliza: exilia a minorías, las borra del mapa, no las nombra.

Se dice que el lenguaje discrimina: pretende cristalizar órdenes sociales que hoy están en discusión, que hoy ya empiezan a no ser vigentes.

También se reprocha que el lenguaje es sexista. Las opciones que da la gramática para clasificar al género son equivalentes sexuales que polarizan y anulan subjetividades y minorías: femenino, masculino y «neutro».

 

Basta de cháchara: qué pasa con las propuestas

Hoy el debate es candente, todas las posibilidades están sobre la mesa y no hay una conclusión cerrada. Las discusiones se vuelven radicales y son, siempre, personales. Aplausos a las broncas que ponen al lenguaje en el centro de atención.

Más allá de qué decisión cada une tome al escribir/editar/leer, hay que considerar: quién escribe, desde dónde escribe, para quién se escribe. No hay una sola salida.

Ahora, ante todo, debemos mantener la coherencia política/editorial/lingüística. Si vamos con una u otra opción, debemos sostenerla a lo largo del texto. No es suficiente con que la pongamos al comienzo para mostrar consciencia de género; con la sensibilidad no alcanza, tenemos que trabajar para que se materialice en lenguaje, ser coherentes con nuestra escritura y consistentes editorialmente a lo largo del texto que escribamos/editemos.

  • Os/as

El genérico neutro «todos» no incluye a «todas». Usar la barra para mostrar la flexión de género fue el primer aporte a la discusión sobre el género en el lenguaje. Hoy sigue vigente cuando quien escribe (una persona, una institución) quiere mostrar cierta reflexión en torno al lenguaje. Pero el problema de esta alternativa no es uno solo.

En primer lugar, atenta contra una de las grandes máximas lingüísticas: la economía del lenguaje. No es escalable una regla que nos demande escribir: Los/as alumnos/as argentinos/as… Su alternativa oral tampoco es ni económica ni escalable: Los y las alumnos y alumnas argentinos y argentinas…

Pero, ¿cómo hacemos para nombrar «la barra»? Este aporte por un lenguaje inclusivo escrito tampoco tiene correspondencia oral literal, a menos que digamos Los y las alumnos y alumnas. Si en la oralidad tenemos que mencionar casi el doble de palabras que en el texto, no es una opción muy fidedigna.

Editorialmente, el símbolo de la barra empasta la estética visual del texto. Si la llevamos con rigor (y deberíamos hacerlo, en pos de la coherencia y la cohesión) ensucia la doble página. Interrumpe la lectura. La vuelve entrecortada, indecible. Uno, cuando escribe, a veces tiene que contar la cantidad de palabras que tiene un texto. ¿Cuantas palabras tiene: Los/as alumnos/as argentinos/as…? ¿6 o 3?

  • As/os

Y con el os/as vino la pregunta: ¿por qué no as/os? Esta opción buscó extrañar a les lectores y desarmar la creencia de que primero, «por default», venía la flexión masculina, y, en segundo lugar, la femenina. Así, para mostrar un enfoque de género, esta alternativa antepone la flexión femenina a la masculina.

Esta opción ayuda a que desandemos, como hablantes de esta lengua, algunas nociones que nos son impuestas desde que aprendemos las reglas gramaticales en la escuela primaria. Pero esta acción, más política que lingüística, tiene los mismos problemas que la alternativa de as/os: escalabilidad y economía lingüística, suciedad visual a la hora de editar y distintas versiones entre oralidad y escritura.

Tanto el os/as como el as/os binariza la discusión. Somos mujeres o varones. Y sí, nuestro español es machista. Pretende que las mujeres se sientan incluidas en un supuesto género neutro, que es el masculino disfrazado. Y también, nuestro español es heteronormativo. Deberíamos sentirnos incluidas/os en la liga femenina o en la masculina. Y así, muchas individualidades que no se autoperciben bajo las etiquetas de «mujeres» o «varones» quedan excluidas.

Si al editar quisiera, con el texto, polarizar la discusión y que mi crítica al lenguaje sea su machismo, cualquiera de las dos alternativas es viable (as/os nos vuelve editorialmente conscientes para con les lectores: hay una minoría que buscamos visibilizar).

Ahora, si desde el texto quisiera nombrar a otras subjetividades (y escapar del binarismo), debería pensar otras opciones.

  • Arroba

El uso del @ tiene algunas ventajas. Es económico: basta un símbolo para referirse a más de una subjetividad. Contra las críticas que tildan al lenguaje de machista/androcéntrico, evita el masculino como genérico.

Como desventaja, este símbolo no tiene correspondencia oral y es agramatical. No puede decirse y no puede sostenerse el trazado de reglas gramaticales. Esta desventaja, ya reiterada en otras alternativas, es crucial. Si nuestro lenguaje –compuesto por lengua y habla– puede ser escrito, pero no puede ser oralizado, no puede desarrollarse seriamente. El @ no considera la oralidad y la escritura de manera sinérgica y, por eso, no tiene sustento para calar hondo en la sociedad.

El uso de este símbolo ofrece un modo de nombrar que no prioriza el género. Si bien le hace frente al sexismo lingüístico, su composición gráfica pareciera no escapar a cierto binarismo (la famosa «a» rodeada de una «o» (¿?)). Su uso no ha ido más allá de comunicaciones escritas semiinformales y hoy está cayendo en desuso. ¿No habrá una otra manera de decir?

  • La x

Y así, corriéndonos de tantos símbolos (/, @), damos con una salida cercana a nuestro alfabeto: la «x».

Esta propuesta busca reemplazar las marcas de género masculinas y femeninas por una equis: Lxs ciudadanxs argentinxs… Ella agranda el paraguas para que otras subjetividades puedan identificarse.

Esta opción tiene dos ventajas muy claras. La primera: evidencia que hay sexualidades que escapan al binarismo «mujer/varón» y lo muestra a través del lenguaje. Así, atiende a la crítica binaria del lenguaje. Es una certeza, no todxs lxs personxs se autoperciben bajo estas etiquetas. Con esta alternativa se ofrece, como comunidad lingüística, una manera de que todxs se sientan identificadxs e interpeladxs con nuestro lenguaje. La segunda ventaja: gracias a que la alternativa es una letra de nuestro alfabeto, uno podría buscar la manera de seguir un patrón y mantener las reglas gramaticales propias para marcar el género: Lxs chicxs disfrutan la película // Las chicas disfrutan la película // Los chicos disfrutan la película.

Pero unx, durante una lectura oral y colectiva o una individual y silenciosa, ¿cómo lee al leer: Lxs chicxs disfrutan la película? ¿Acaso estamxs en Cataluña? ¿Vamxs a poder oralizar una alternativa tan alejada de nuestras leyes fonéticas? ¡Imposible! Y, si no puede oralizarse, no es más que una idea. ¿A lo mejor hay una opción más amigable?

  • La e

¿Y de qué va «lo amigable»? De que se juega con una letra de nuestro alfabeto, de que esa letra no se asocia a una marca de género femenina o masculina (necesariamente). También es amigable porque, en comparación con las otras opciones, es fácil de incorporar, podemos experimentar con ella y aplicar las reglas gramaticales del español. Además es decible, es divertidamente oralizable. Como un juego, va permeando esta salida por un lenguaje con enfoque de género: Les chiques disfrutan la película.

Y así empezó, como una diversión entre generaciones más jóvenes, y fue calando hondo hasta gotear a generaciones mayores, hasta institucionalizarse. Doy talleres literarios a chiques que están transitando la primaria. Hoy muches de elles piden que hablemos con la «e» porque es más inclusiva (es el caso de un grupo de chiques de 7 años, para ser exacta). A otres grupes no les parece bien, porque «no es “la” norma», «nos sentimos incluidas igual». Pero la discusión se está dando.

Editorialmente la «e» es una alternativa no invasiva y, un poco por eso, también de alto impacto. No empasta el diseño, no dificulta los cortes de palabras y es legible. Y es, ciertamente, reflexiva frente al público lector.

El éxito de la «e» también puede medirse porque «responde» a las dos demandas: la del feminismo y la del movimiento LGTBIQ+. Es una opción no machista y también no binaria. No etiqueta en modelos universales, sino que invita a múltiples identidades. La «e» es una opción que visibiliza minorías, que no etiqueta y que es sumamente permeable.

 

La sociedad que habitamos

Hagámonos cargo de lo que decimos, de lo que enseñamos, de lo que corregimos. Porque las estructuras sintácticas, los géneros gramaticales no existen a priori; existen porque nosotres, como sociedad, las hemos conformado, las aprehendemos, las aprendemos, las respetamos, las sostenemos en el tiempo.

El lenguaje se corrompe mientras hablamos, se forma y se deforma cuando escribimos (¿o nos olvidamos cómo escribimos por WhatsApp?). El lenguaje desarma y sangra (cito a Charly) y es incorregiblemente móvil. Pese a la corrección o al purismo, el cambio lingüístico es inevitable. Porque, decía Saussure, la lengua es social y es compartida. La construcción necesariamente es colectiva porque el lenguaje se legitima como sistema y se sostiene como un acuerdo tácito cuando funciona en una comunidad histórica.

La sociedad está cambiando. Se aplican sentencias usando la «e», se recomiendo usar un lenguaje de género en la redacción de normas y documentos oficiales, surgen instituciones –como el reciente ministerio– y se discuten políticas más conscientes de la diversidad sexual. De a poco, afloran numerosas guías del lenguaje no sexista, del lenguaje inclusivo, para cuidar de nombrar a minorías (antes invisibilizadas). La sociedad ya cambió.

Estamos todo el tiempo escribiendo mensajes, leyendo, editando sin querer e interactuando con otres. Nos atañe tantísimo saber qué alternativa usar para cada situación de escritura. Sea político, sea retórico, sea gramatical, no importa.

El lenguaje no es la única respuesta para una sociedad más justa/inclusiva/equitativa/igualitaria. Pero discutamos y acompañemos ese cambio con nuestro vehículo mejor. Hagamos lenguaje.

VI

La autora es Licenciada y Profesora en Letras y Editora (UBA). Es investigadora adscripta en Literatura Argentina del siglo XIX en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Realiza talleres literarios para chicas y chicos. Como editora, se ha desempeñado y trabaja para instituciones públicas y privadas de publicaciones técnicas y especializadas. Actualmente también se dedica a la edición con enfoque de género.
Contacto: victoriainverga@gmail.com

 

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