El territorio revisitado en tiempos de pandemia

La falta de relación entre “desarrollo”, “progreso”, “crecimiento” y condición humana.

“Neoliberalismo de doble filo o libre mercado de doble filo, dado que existe la protección estatal para los ricos –basada en el mercado libre– y se ignoran políticas sociales para los pobres, generando que el 25% de la población mundial se haya quedado virtualmente sin medios de subsistencia”.
Noam Chomsky

Sin lugar a duda la situación excepcional de confinamiento y saturación de los sistemas de salud que vive el mundo, producto de la pandemia ocasionada por el virus Covid-19, lleva a cuestionarnos aspectos relacionados con el territorio en sus distintas escalas, así como el modelo de desarrollo en el marco del capitalismo del cual es su manifestación. 

Se parte de entender al territorio como el espacio efectivamente apropiado por el ser humano (Carlos Reboratti), donde la sociedad desarrolla sus actividades. Es producto de las interacciones entre las dinámicas naturales y sociales (culturales, económicas y políticas) históricamente determinadas. Por lo tanto, “se organiza a partir de dos grandes sistemas, el de la Naturaleza y el de la Sociedad, las cuales responden a tiempos, escalas, magnitudes y lógicas diferentes” (Isabel López). La relación entre ambos está dada en que la sociedad modifica la naturaleza mientras que ésta, por su parte, condiciona el desarrollo de la sociedad imponiéndole una serie de límites. El conocimiento y el manejo de estos límites son los que dan como resultado la calidad del ambiente en donde vive el ser humano, desde aquellos sitios totalmente degradados a otros donde la relación se ha mantenido relativamente estable, lo que se ha dado en llamar desarrollo sostenible.

A nivel mundial somos 7.000 millones de personas y en crecimiento continuo. En América Latina y el Caribe, 665 millones, de los cuales 427,4 millones se localizan en América Latina y 44,6 millones aproximadamente en Argentina, con una distribución territorial con un alto índice de urbanización. A nivel mundial, en 2019 el 55% de la población era urbana y se espera que para el 2030 ese porcentaje ascienda al 60%. En América Latina, el índice de urbanización asciende al 89% y en Argentina al extremo del 92,5 %. Un cuarto de la población mundial vive en condiciones insalubres, hacinado y sin acceso a agua potable ni saneamiento, según datos de la Agencia Hábitat de las Naciones Unidas. Con la acelerada contaminación de cursos de agua y aire a nivel mundial y un tercio de los residuos sólidos generados no tratados, no hay duda que nos encaminábamos a una crisis con o sin COVID-19.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo-PNUD indicaba que en 2018 el 80% de la población mundial (unos 6.500 millones de personas) solo contaban con el 4,5% de la riqueza y, de ellos, 4.500 millones se encontraban bajo condiciones de pobreza e indigencia. Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que puede producirse un rápido incremento de la destrucción de empleo y superar largamente los 250 millones de desocupados, afectando con dureza a más de 2.000 millones de trabajadores del sector informal, sin cobertura de seguridad social.

Como contracara de esta situación extremadamente critica, el 45,9% de la riqueza mundial en 2018 estaba está en manos del 0,7% (36 millones de personas) de la población mundial, según datos de la octava edición del Global Wealth Report de Credit Suisse.

En relación con lo económico-productivo-social, debemos considerar la crisis cada vez en periodos más breves (el último episodio significativo a nivel mundial había sido en 2008) del modo de acumulación del capital que comprende “el colapso de la espiral de acumulación infinita” a la que se refiere David Harvey y la financiarización de la vida. Como expresa Jorge M. Jáuregui, el modo vigente de producción y consumo irresponsables, los comportamientos sociales tipo “gado feliz” de una gran parte de la población del planeta (“vamos a viajar, vamos a consumir porque está barato”) y el desarrollo tecnológico que substituye trabajo humano por máquinas, sin pensar alternativas, en todas las áreas de producción, tanto en la industria como en los servicios y en el campo.

Desde hace años, Harvey viene diciendo que lo que está ocurriendo en estas últimas décadas es otra crisis de exceso de acumulación de un capital que se ha ido a colocar en el desarrollo de las "ciudades globales" o megaciudades y en modos de apropiación inadecuado de los recursos naturales (minería, agricultura, petróleo, entre otras), que tiene sus impactos locales de todo tipo, pero que además generan condiciones que impiden una diversificación productiva.

Estos nuevos modos, denominados por distintos pensadores como ¨extractivismos¨, concentran la riqueza, apenas tienen innovación tecnológica y son parte del desarrollo imperante, que fracasó. Por otra parte, debilitan las opciones para una industrialización y a la vez imponen subordinaciones en el comercio externo, ya que deben aceptarse todas sus reglas si se quiere seguir exportando materias primas.

Este fenómeno ha sido definido por Saskia Sassen en uno de sus libros recientes con el concepto de “Expulsiones: brutalidad y complejidad de la economía global”, proceso que está en expansión continua, considerando que desde la década de 1980 se ha organizado este proceso que expulsa gente de la economía y la sociedad al entrar el capitalismo avanzado en una nueva fase.

Este conjunto de factores combinados, ligados a la concentrada urbanización del planeta ya mencionada y a la cría industrial intensiva de animales confinados, que además de ser una barbarie es fuente de producción de virus, resulta extremadamente preocupante. Queda evidente la falta de relación entre “desarrollo”, “progreso”, “crecimiento” y condición humana. Está claro que los paradigmas vigentes no sirven más. Hay un corte en la relación entre individuo, sociedad y “sistema”, ahora vale preguntarse ¿cuál sistema?

Esto necesariamente lleva a una consideración distinta de la política y economía para pensar un futuro distinto. Implica la urgente necesidad de transformar los territorios estructuralmente, así como impulsar y desarrollar las economías en ámbitos de baja concentración de población.

Puede parecer muy radical, pero la historia demuestra que fueron las guerras, epidemias y grandes calamidades las que cambiaron la práctica de las disciplinas relacionadas con el territorio y, con ello, como pensamos la distribución de la población y el modo en que se producen y reproducen nuestras ciudades. En este contexto global, se considera que hay dos problemas centrales a los que nos enfrentamos como sociedad y especialistas vinculados con el territorio: el Cambio Climático y la Desigualdad.

Cambio climático y desigualdad

La actividad humana ha alterado el ciclo del agua y el ecosistema que mantiene el equilibrio en el planeta. Los desastres naturales (pandemias, incendios, huracanes, inundaciones, entre otros eventos) van a continuar porque la temperatura en la Tierra sigue subiendo y porque hemos arruinado el suelo. Como ha expresado recientemente Jeremy Rifkin, estamos usando un planeta y medio cuando solo tenemos uno. Hemos perdido el 60% de la superficie del suelo del planeta; ha desaparecido y se tardará miles de años en recuperarlo.

Estamos realmente ante un Cambio Climático (proceso planetario cíclico que ocurre de forma natural; el fenómeno actual es diferente, debido a su gran velocidad y a que su origen es humano, es decir, antropógeno; CEPAL, 2020), pero como el mismo expresa, también a tiempo de cambiarlo. El Cambio Climático provocado por el calentamiento global y las emisiones de CO? altera el ciclo del agua de la Tierra. Somos el planeta del agua, nuestro ecosistema ha emergido y evolucionado a lo largo de millones de años gracias al agua. El ciclo del agua permite vivir y desarrollarse. Y aquí está el problema: por cada grado de temperatura que aumenta como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero, la atmósfera absorbe un 7% más de precipitaciones del suelo y este calentamiento las fuerza a caer más rápido, más concentradas y provocando más catástrofes naturales relacionadas con el agua. Por ejemplo, grandes nevadas en invierno, inundaciones en primavera por todas las partes del mundo, sequías e incendios en toda la temporada de verano y huracanes y tifones en otoño barriendo nuestras costas.

Nuestros científicos sostuvieron en la cumbre europea del Cambio Climático en 2018 que nos quedaban 12 años; ya es menos lo que nos queda para transformar completamente la civilización y empezar este cambio

Por otra parte, la pandemia ha hecho visible lo que siempre estuvo ahí: desigualdad e individualismo. Desigualdad en relación a la pobreza (29% de la población de América Latina y que la pandemia podría incrementar en 45 millones más, es decir entre un 8 a la 10% más según la CEPAL); en cuestiones de género (al 2018 en América Latina, 3,5 millones de mujeres fueron asesinadas según la CEPAL); en la racionalización del acceso a la salud, educación, empleo, agua y saneamiento; en el acceso a la vivienda (Informe ante la CIDH sobre los asentamientos urbanos precarios de América Latina, un total de 113,4 millones de personas viven en asentamientos humanos precarios en el mundo).

Esta desigualdad se relaciona con las distintas “expulsiones que Sassen reconoce y de las que hemos hecho mención anteriormente. Ellas se relacionan con:

  • Los trabajadores de bajos salarios y los desempleados de los programas gubernamentales de salud y bienestar social, así como de los seguros corporativos y la ayuda por desempleo;
  • El avance de las técnicas mineras avanzadas, en particular la fracturación hidráulica, que son capaces de transformar ambientes naturales en tierras muertas y aguas muertas, expulsando de la biósfera partículas de la vida misma, así como el uso depredatorio del suelo rural para la sojizacion, el cultivo con agroquímicos y bajo invernaderos;
  • El desarrollo de un tipo particular de hipotecas subprime (o “hipotecas basura”); esa complejidad de instrumento financiero condujo pocos años después a la expulsión de millones de personas de sus hogares;
  • Las características legales y contables de los contratos, que permiten a un gobierno soberano adquirir vastas extensiones de tierra en otro Estado nacional soberano, como una especie de extensión de su propio territorio. Por ejemplo, para producir alimentos para sus clases medias expulsando (desposesión) a la vez de esas tierras a pueblos y economías rurales locales en países pobres. Como ejemplo, se puede mencionar a los 220 millones de hectáreas de tierra adquiridas por inversores y gobiernos extranjeros desde 2006 y las prácticas mineras destructivas en países tan diferentes como Estados Unidos y Rusia;
  • Además, están los innumerables desplazados almacenados en campos de refugiados formales e informales, los grupos convertidos en minorías en países ricos y almacenados en cárceles y los hombres y mujeres en buena condición física desempleados y almacenados en guetos y barrios miserables;
  • Desde 2008, vemos como un edificio en realidad funciona como activo financiero. Esto significa que no necesita habitantes para generar plusvalía. Con este proceso, se ha iniciado una financiarización de edificios de alto estándar que se ha intensificado desde entonces aún más, al punto que ahora vemos que puede ganarse más dinero manteniéndolos vacíos para que puedan operar como bienes materiales (un punto clave y necesario en la creación de acciones respaldadas por activos) y que esas acciones puedan comprarse y venderse rápidamente. En algún punto esto puede generar más ganancias que vender o alquilar dichos edificios. Esta situación es bastante extrema y genera que las áreas centrales de muchas ciudades del mundo se encuentren cursando un proceso de vaciamiento, encarecimiento de propiedades y alquileres, expulsando de esta forma a los habitantes originales.

Sin lugar a duda, ambos problemas principales que hoy aquejan a la humanidad, Cambio Climático y Desigualdad, son generados y potenciados por una nueva fase del capitalismo avanzado. Ahora bien, ¿cuál es el escenario que podríamos vislumbrar (a manera de hipótesis) para superar estas condiciones que la pandemia ha visibilizado y puesto en cuestionamiento?

¿Es posible un camino alternativo?

Algunos pensadores progresistas entienden que el camino es emprender la revolución hacia el Green New Deal global como salida de la crisis internacional en que nos encontramos como sociedad y habitantes de este planeta. Un modelo digital de cero emisiones; tenemos que desarrollar nuevas actividades, crear nuevos empleos para reducir el riesgo de nuevos desastres.

La globalización se ha terminado (al menos en su versión híper), debemos pensar en términos de “glocalización”. Esta es la crisis de nuestra civilización, pero no podemos seguir pensando en la globalización como hasta ahora, se necesitan soluciones glocales para desarrollar las infraestructuras de energía, comunicaciones, transportes, logística, entre tantas otras.

Se debe pasar de una economía enfocada en el crecimiento del PBI a otra que diferencie entre sectores que pueden crecer y requieren inversión (sectores públicos críticos, energías limpias, educación, salud) y sectores que deben decrecer radicalmente (petróleo, gas, minería, publicidad, entre otros). Por otra parte, es necesario construir una estructura económica basada en la redistribución, que establezca una renta básica universal, un sistema universal de servicios públicos, horarios de trabajo reducidos y trabajos compartidos y que reconozca los trabajos de cuidados.

Precisamos unir la agenda de la justicia social con la agenda económica y ambiental. Pensar en una “perspectiva ambiental el desarrollo con valores glocales”, que conjugue en forma integral las dimensiones (Madoery): política-institucional y social, ecológica y económica, garantizando que ningún enfoque prevalezca sobre el otro.

Para Montes y Leff, desde esta perspectiva la resolución de la crisis de crecimiento introduce un conjunto de condiciones en los procesos productivos: condiciones ecológicas para la regeneración de recursos, condiciones tecnológicas para la eliminación de residuos y para la durabilidad de los productos, condiciones culturales para la producción de valores de uso socialmente necesarios, condiciones políticas para el acceso a los recursos, la gestión participativa de su aprovechamiento y la repartición social de sus beneficios. Estas condiciones abren una perspectiva más amplia y rica de posibilidades para un desarrollo económico y social compartido y sostenible a largo plazo que las que producen las acciones prescriptas por una política económica meramente orientada a la maximización de las ganancias o del excedente económico, guiada sobre los controles sobres sus crisis tendenciales y sus trayectorias cíclicas.

esta perspectiva ha sido retomada más recientemente por la Agenda 2030, documento firmado en el año 2015 en la cumbre de las Naciones Unidas, que presenta un Plan de Acción mundial con miras a alcanzar un desarrollo sostenible. La misma se complementa a su vez con el Acuerdo de Paris (2015), producto de la XXI Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21), y el Plan de Acción Regional para la implementación de la Nueva Agenda Urbana 2016-2036 para América Latina y el Caribe, producto de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, Hábitat III, realizada en el año 2016, en Quito.

Estos documentos impulsan la implementación de Soluciones Basadas en la Naturaleza (concepto que hace referencia a la protección, restauración y manejo sostenible de los ecosistemas que incorporan un enfoque integral para afrontar simultáneamente los desafíos de mitigación y adaptación en tanto que se protege la biodiversidad y el bienestar humano), (SbN), que trabajan con la naturaleza en lugar de hacerlo contra ella (Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos, 2018), y pregonan una renaturalización de la ciudad (Dip. Barcelona, 2019) procurando la relación entre ciudad verde, higiénica y saludable.

en este contexto, tanto el Ordenamiento Territorial como el Urbanismo y la Economía serán relevantes. Ya lo eran antes de la pandemia y lo serán más todavía a partir de ahora. Es necesario repensar la distribución de la población en el territorio en función del modelo de desarrollo propuesto, incluyendo la perspectiva ambiental y buscando potenciar las economías regionales a partir de impulsar la producción no contaminante y desterrando o al menos atenuando la extractiva imperante.

Por otra parte, es imprescindible repensar la cuestión urbana según el enfoque propuesto asociado con la perspectiva de la gestión del riesgo, partiendo de la concepción de que no se necesitan nuevas ciudades. De esta forma, lo urbano y lo habitacional están sin duda entre los grandes desafíos del siglo XXI. Precisamos avanzar en relación con:

  • Combatir el urban sprawl o la idea de la ciudad difusa y de baja densidad, procurando ciudades más compactas y menos extendidas;
  • Calificar las periferias brindándole calidad de vida, dotándolas de infraestructura y equipamientos, así como urbanizando los asentamientos informales;
  • Generar nuevos centros de vida ciudadanos a cielo abierto, atendiendo a la noción de sub-centralidades distribuidas, estructurados a partir del trabajo y el transporte;
  • Dotar de un nuevo rol a los barrios, tendiendo a la implementación del concepto de ciudad de cercanía en aquellos sectores urbanos donde sea posible;
  • Pensar la vivienda más allá de la lógica “mercadotécnica” y asociada al acceso del suelo, procurando agrupamientos adecuados y densidades equilibradas, que incorporen espacios habitables con medidas adecuadas, ventiladas e iluminadas, flexibles, adaptables y con espacios de expansión.
  • Resignificar el rol de los espacios públicos como espacios de encuentro y recreación de la ciudadanía, limitando la superficie para el automóvil a partir de incorporar la concepción ecológica-ambiental de las supermanzanas (S. Rueda) y aquella centrada en las personas (J. Gehl);
  • Equilibrar la relación masa verde-masa construida, renaturalizando la ciudad existente;
  • Repensar la movilidad en su integralidad, limitando la circulación del automóvil individual en pos de nuevos modos de transportes masivos e individuales no contaminantes;
  • Impulsar el desarrollo de las tecnologías de comunicación frente a las de regulación y control, permitiendo el acceso masivo de la ciudadanía como búsqueda de igualdad y equidad;
  • Generar una política de residuos sólidos urbanos que tienda al reciclaje y el compostaje en el marco de una economía circular;
  • Incorporar la agroecología y agricultura familiar, basada en la conservación de la biodiversidad, buscando sistemas agrícolas sostenibles que optimicen y estabilicen la producción local a escala rural y urbana. Además, que promuevan la justicia social, nutran la identidad y la cultura local, refuercen la viabilidad económica de zonas rurales y aseguren la provisión de alimentos a la población urbana de cercanía;
  • Trabajar en el empoderamiento de la ciudadanía y su inclusión, en estrategias de gestión participativas, dotando de poder a los invisibilizados por el paradigma actual, como estrategia para implementar las ideas propuestas y contrarrestar el poder de los actuales actores dominantes.

Como síntesis, en el marco de las consideraciones realizadas, se considera que la cuestión territorial y urbana necesita una profunda revisión en cuanto a paradigmas y políticas que la generan y reproducen. Esperemos que se pueda caminar en ese sentido, la situación actual así lo exige.

JCE

La Plata, septiembre de 2020

Pensadores a quienes debo a partir de sus investigaciones e ideas, la elaboración de este texto: Noam Chomsky, Jan Gehl, Eduardo Gudynas, David Harvey, Jorge Mario Jáuregui, Oscar Madoery, Carlos Reboratti, Jeremy Rifkin, Raquel Rolnik, Salvador Rueda, Saskia Sassen, entre los principales. JCE

El autor es Arquitecto. Especialista en Ciencias del Territorio. Doctor en Urbanismo FADU-UBA. Profesor Taller Vertical de Arquitectura Pagani-Etulain y de la Cátedra de Teoría y Planificación Territorial Rocca-Etulain, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Nacional de La Plata. Profesor de Carreras de Posgrado en la UNLP y UBA. Argentina. Investigador Adjunto CONICET - Categoría II Programa de Incentivos del Ministerio de Educación, con sede en el Centro de Investigaciones Urbanas y Territoriales (Subdirector CIUT-FAU-UNLP). Secretario de Investigación de la FAU-UNLP (2006-2010), habiendo desempeñado el cargo de Prosecretario en el periodo 2001-2006. Desde el 2014, se desempeña como Director del Doctorado en Arquitectura y Urbanismo y desde 2017 es Coordinador de la Red de Doctorados de Universidades Públicas de Sudamérica, DOCASUR. Evaluador de becas, proyectos, programas y unidades de investigación, cuerpos docentes de grado, carreras de posgrado e instituciones académicas. Como profesional trabaja asociado junto al Arq. Alejandro Lancioni, Estudio E+L.

 

 

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