Metrópolis y COVID-19

No son los deberes, es el examen.

El siglo que tenía que ser el de las ciudades es, de momento, el de las crisis y las emergencias sistémicas. Hay que pasar de las agendas a la acción.

Las calles de las ciudades se han vaciado de su vida habitual durante el confinamiento / JÚLIA BROSA

En 2007, la oficina de Naciones Unidas encargada de medir la evolución demográfica mundial anunció que la población urbana superaría en poco tiempo a la población rural en términos globales. Pese a no existir una definición internacionalmente consensuada sobre lo que es urbano y lo que no lo es, este pronóstico, que se dio por confirmado a finales de 2008, ha servido para iniciar casi cualquier documento oficial, congreso, seminario, documental o libro relacionado con la cuestión urbana. También este artículo.

Lo que ha venido normalmente después de esta revelación ha sido una continua proclama de las ventajas de la vida urbana; una reivindicación reiterada del rol de las ciudades como motor de la economía y la innovación; una manifestación permanente de la idea de que las ciudades son el foco de los mayores problemas del planeta pero que también son las que generarán las soluciones. Urbanocentrismo en su máxima expresión. El triunfo de las ciudades fue proclamado en plena crisis financiera y aplaudido en todas partes, de modo que incluso el siglo XXI ya se había bautizado como "el siglo de las ciudades": se sentencia la decadencia de los estados-nación y las ciudades toman el relevo de la mano de sus alcaldes que, se reivindica, son quienes deberían gobernar el mundo. Y si no pueden gobernar el mundo, al menos tienen que competir por ser una Ciudad Global.

Pero he aquí que un minúsculo pero devastador agente patógeno, el coronavirus, ha puesto patas arriba todo este relato que avanzaba imparable hacia las próximas generaciones.

No es sólo que el confinamiento generalizado ofrezca imágenes en las que la ciudad pierde buena parte de su sentido o que incluso la naturaleza aproveche temporalmente para reapropiarse del espacio que le ha sido arrebatado por el crecimiento urbano. Lo que la pandemia está provocando, como en otras ocasiones a lo largo de la historia, es un ataque en toda regla a la línea de flotación del modelo de sociedad urbana que se estaba construyendo a pasos acelerados, en aspectos y niveles de profundidad que hoy sólo podemos aventurar:

  • Desde el punto de vista de la forma urbana, la rápida propagación de la pandemia obliga a repensar cómo conservar las ventajas de la densidad, teniendo en cuenta que el contexto de emergencia climática y la lucha contra la segregación urbana impiden, por ejemplo, una retrogresión al modelo diseminado de las urbanizaciones. También se deberán retomar preceptos higienistas, debidamente adaptados, en el urbanismo y en la forma de las viviendas.
  • Desde el punto de vista del estilo de vida, la distancia social, que será la norma durante mucho tiempo -y quién sabe si se establecerá de manera permanente en nuestras mentes- introduce incógnitas en muchos frentes: desde el uso del transporte público a la extensión del teletrabajo, pasando por el diseño del espacio y los equipamientos públicos. Sí que sabemos seguro que es imprescindible un replanteamiento, no menor, y de una vez por todas, de los patrones de consumo.
  • Desde el punto de vista de la economía, el turismo aparece como uno de los principales damnificados y no es posible anticipar cuándo alcanzará una recuperación a escala global -y menos el de congresos. Pero también hay que preguntarse sobre cómo se restablecerán las cadenas de suministro, si se acentuará la relocalización de actividades y cuáles serán, en definitiva, las nuevas condiciones del comercio global. El comercio minorista urbano, por su parte, ha tenido que dejar prácticamente todo el espacio franco a los gigantes del e-commerce y se requerirá mucho esfuerzo para recuperar al menos una parte de cuota de mercado.
  • Desde el punto de vista del poder, y a pesar del enorme esfuerzo que hacen los gobiernos locales en primera línea, los estados-nación han recuperado notablemente su protagonismo en el tablero de juego global, al tiempo que el marco normativo, competencial y presupuestario local sigue siendo precario, y las realidades metropolitanas débilmente reconocidas. También se están haciendo notar las amenazas de la vigilancia digital.

La ciudad de Barcelona desde el Collserola, una noche de mucha claridad en la atmósfera / MODES RODRÍGUEZ - WIKIMEDIA COMMONS

Esta crisis, por tanto, es una prueba de fuego para el fenómeno urbano tal y como lo conocemos. En este sentido, la huida de la ciudad ha sido una señal quizá premonitoria: quien dispone de una segunda residencia, o bien ha decidido a tiempo y ha huido, en muchos casos irresponsablemente, o bien tardó en decidirse y lo lamenta, especialmente sí tiene menores a su cargo.

¿Es realmente el panorama tan oscuro para las ciudades? Seguramente no. Como tampoco era tan brillante anteriormente. La capacidad de las sociedades humanas para responder a graves crisis está fuera de toda duda y las ciudades son una gran invención que puede jugar a favor.

Pero esta crisis ha puesto una vez más sobre la mesa las grandes debilidades de nuestro mundo tal y como lo tenemos organizado. Ha transcurrido un mes desde su estallido y mucha gente ya no puede pagar los alquileres, hay niños y niñas que no pueden acceder a una alimentación adecuada, los trabajadores y trabajadoras por cuenta propia se desesperan, y el resto van engrosando progresivamente las listas del desempleo. Hace tiempo que se cruzan determinadas líneas rojas en la naturaleza y en la sociedad y mientras tanto hacemos agendas globales y establecemos grandes objetivos de desarrollo. Pero los problemas no se solucionan sin pasar a la acción ni doblegar intereses y poderes anclados en el statu quo.

Sin embargo, también nos encontramos en la antesala de la elaboración de una nueva estrategia para la Barcelona metropolitana en el horizonte 2030. Una estrategia que recibe la herencia de los 30 años de historia de los planes estratégicos barceloneses, que absorbe los compromisos de las agendas globales y que saca provecho del conocimiento y la capacidad creativa que, ciertamente, atesora la metrópoli.

Una estrategia planteada sobre unas nuevas bases que la crisis de la Covid-19 nos muestra más necesarias que nunca y que se traducen en un objetivo: combatir las desigualdades y la segregación urbana en el contexto de la emergencia climática y, ahora, en el mundo post-pandemia.

Esto implica, como prioridad, encarar decididamente las vulnerabilidades de nuestro sistema, ampliamente conocidas y que todavía se hacen más evidentes en un mundo impredecible. La capacidad de anticipación y respuesta ante episodios traumáticos de gran alcance, hoy sometida a la improvisación, se deberá conjugarse con la persecución de una mayor resiliencia urbana. Esto se traduce en buscar fórmulas para blindar la cobertura de las necesidades básicas para todos, en todo momento y en cualquier rincón de la metrópoli, haciendo hincapié en aspectos como el aire, el agua, los alimentos, la energía o la vivienda, pero también en el sistema sanitario y los cuidados.

Asimismo, tendremos que repensar la economía en términos de prosperidad, porque no basta con contar con actividades económicas que generen riqueza y empleo, si reconocemos que en el modelo actual buena parte de la riqueza es extraída de la comunidad y el empleo que se genera resulta mayoritariamente precario. Además, como la crisis ha puesto de manifiesto, la escala de valores -y retribuciones- de la economía no se corresponde con lo que, en momentos de crisis, hay que poner en el frente de las prioridades. De hecho, un elemento positivo está siendo la capacidad de determinadas industrias de adaptar su producción a las nuevas necesidades, como el material sanitario, y reforzar las aportaciones del sector maker. O la solidez de la cadena alimentaria. La apuesta por los sectores intensivos en conocimiento, pues, debe ser compatible con una economía que ponga en el centro a las personas y al planeta y que sea capaz de construir prosperidad desde la comunidad.

Y también tendremos que pensar el futuro en términos de cohesión, social y territorial. La metrópolis barcelonesa retrocedió veinte años en términos de desigualdades económicas y sociales en los cinco primeros años de crisis financiera, y el impacto de la crisis actual es aún desconocido, pero previsiblemente enorme. Ahora volvemos a comprobar cómo de esencial es la vida comunitaria, hoy restringida a las redes sociales y en los balcones, pero que no ha impedido la movilización de la ayuda mutua. En el día después, será injustificable no encarar problemas como el fracaso, no ya escolar, sino educativo, las brechas digitales o la soledad. Y usar los múltiples estudios sobre una renta básica para implantarla de una vez.

Además, como todas las crisis anteriores, está golpeando más fuerte en los barrios más desfavorecidos, profundizando aún más las desigualdades y la segregación. Si las metrópolis de Europa Occidental son hoy aspiradoras de PIB y de empleo de su entorno creando los territorios "vacíos", la misma dinámica se produce en el interior de las metrópolis, donde los centros acumulan cada vez más actividad y renta en detrimento de las periferias, y esta tendencia se deberá corregir firmemente en el planeamiento y en las políticas.

Conseguir la transferencia de verduras y frutas de proximidad hacia las concentraciones urbanas será clave en el futuro inmediato / UNIÓ DE PAGESOS

Estos tres pilares, los de la metrópoli resiliente, próspera y cohesionada, sólo se podrán levantar con mayor apoyo a la ciencia y la investigación y acercarla tanto al mundo empresarial como a las políticas públicas. En los últimos treinta años hemos desarrollado un rico ecosistema de instituciones y espacios dedicados a la investigación y la innovación y es éste, sin duda, el camino a seguir en la senda de la prosperidad. Como también la cultura, que a pesar de las dificultades no ha fallado en estos momentos de crisis y, de hecho, está siendo una muleta esencial cuando se tambalean los ánimos de la ciudadanía. Adecuar el volumen y la orientación de recursos que dedicamos a estos ámbitos será de obligada exigencia a los responsables de pilotar la salida de la crisis.

Finalmente, hay que rehacer el gobierno del territorio. Barcelona, ??que siempre ha aspirado a competir en las "grandes ligas", debe considerarse en realidad una metrópolis intermedia, tirando a pequeña, en el contexto global. Y se empequeñece más aún si consideramos que la metrópoli real, la de los cinco millones de habitantes no dispone de herramientas de gobernanza propias. Habrá que buscar el momento para diseñar la fórmula adecuada, no ya de cara a una competición exterior sino, fundamentalmente, de cara a combatir las desigualdades interiores, pero es una tarea ineludible. Otra cosa es responder a la pregunta: ¿qué significa ser una metrópolis global hoy? ¿Un territorio vigoréxico que quiere reventar sus costuras a base de hipertrofiar su centro o una red urbana bien articulada capaz de generar respuestas a los retos comunes con las otras urbes del planeta para mejorar la calidad de vida de sus habitantes?

El transporte público rápido y eficiente es otro de los pilares de las ciudades del futuro / JORGE FRANGANILLO - WIKIMEDIA COMMONS

En conclusión, ¿cuál es realmente la clave de todo esto? ¿Qué quedará del paraíso urbano que se prometía en la década que hemos dejado atrás? Sin lugar a duda, en la construcción de una nueva estrategia de futuro para la metrópoli deberá primar el valor de lo que es esencial para la estabilidad de la vida en comunidad. Y en esta tarea, no es que tengamos deberes para después de la crisis, es que ya estamos agotando todas las convocatorias de examen.

Porque podemos volver a lo que se consideraba normal o crear un "nuevo normal". De ello tratarán las decisiones que tomemos a partir de ahora.

OEB
Abril 2020

El autor es Coordinador General del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona.

Sobre el tema, ver también la nota Coronavirus: dispersión y densidad urbana en debate. Una primera alerta (quizás demasiado temprana) de Richard Florida, por Marcelo Corti en nuestro número 182/3, la Presentación de nuestro número 184 y el Foro para el día después de SAPLAT.

 

 

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