> Año 9   /   Número 90   /   Abril 2010     

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La mirada del flâneur -R(p)

Necrolandia

Historia, patrimonio y turismo en Florencia I Por Sergio Zicovich Wilson

Fuente: carbularte.blogspot.com

Algunos acusaron a Bush (W) de haber sabido que iban a atentar contra las Torres Gemelas y no impedirlo. Otros, en voz más baja, lo acusan de haberlo sabido y no haber avisado para armar los tours, preparar la infraestructura y subir las tarifas de los pasajes y los hoteles. No hay caso; en toda fiesta, unos se integran mejor que otros. Lo menciono porque hace poco vi una película de Ciencia Ficción con un tema que viene al caso: turismo temporal para presenciar las grandes catástrofes de la Historia. ¡A algunos escritores se les ocurre cada pavada! Cualquiera se da cuenta que eso es imposible. ¿Que la sociedad occidental y cristiana no caerá tan bajo? ¿Que nunca se podrá viajar al pasado? No, no lo digo por eso. Es imposible... porque es totalmente absurdo. Imaginemos, por ejemplo, qué sucedería en Pompeya.

“Son sus últimos días. Los pompeyanos observan con inquietud esa negra columna de humo que corona el Vesubio; los más asustadizos, tal vez, preparan la carreta para ir a visitar a alguna tía en Roma; la mayoría, confiada en que las desgracias les ocurren a los demás, continúa con su vida cotidiana. De repente, una sucesión de fenómenos extraordinarios altera irreversiblemente el orden de las cosas. Cayo Livio -con fama de tipo serio y honorable- asegura haber visto en el Monte Faito -para ser más precisos en el Belvedere dei Capi, el mejor mirador de toda la bahía- una ínsula ¡de 50 pisos de altura y brillante como la plata! En el piso más alto hay una taberna aunque, de noche, parece que se transforma en templo de Baco. En la parte baja hay como una terma, pero con muchas cupulitas de tela, donde hombres y mujeres se achicharran insensatamente al sol antes de tomar su sensato baño. La noticia inquieta a todos, y con razón. Al crepúsculo, un signo misterioso -dos parábolas invertidas, unidas y de color amarillo- resplandece en la penumbra sobre otra colina cercana. “¡Un presagio!” -se corre la voz. Los rostros se vuelven al cielo intentando descifrar el sentido de estos sorprendentes acontecimientos en el vuelo de los pájaros. “¿Funcionará también con murciélagos?” -se pregunta un aprendiz de augur considerando lo avanzado de la hora. Esa noche, cientos de animales mueren en holocausto, entregando sus vísceras al sabio juicio de los arúspices. Cuando a media mañana, Tito Marcelo llega agitado al foro con la noticia de que hordas de germanos pululan por los alrededores apuntando a todo lo que se pone en su camino con unas extrañas armas que llevan colgadas del cuello, cunde definitivamente el pánico.  “¡Las invasiones bárbaras! ¡Las invasiones bárbaras!” La alarma se extiende por toda la ciudad. Una matrona gorda no desaprovecha la oportunidad de denigrar al marido, tipejo esmirriado y de aires intelectuales: “¡Menos mal que faltaban como cuatrocientos años, tarado!”. 

En pocas horas, no queda un solo pompeyano en Pompeya.

“¿Quién morirá, entonces, bajo esa lava ardiente que no tarda en llegar?” -pregunta, desesperado, el CEO de la agencia de turismo temporal. La Vicepresidente de Producciones -cínica y rápida de reflejos, como toda business woman que se precie- propone contratar actores profesionales que además, sostiene, se mueren más bonito. Los actores andan mal de laburo, pero no son giles y ponen condiciones para garantizar su seguridad. La agencia hace números y concluye: el negocio es apagar el Vesubio (“tenemos la tecnología, podemos hacerlo”), contratarle los efectos especiales a los de Universal Studios y... avanti!”.

Ahora bien, si igual uno va a estar alojado en un resort international style y asistiendo a acciones y lugares manipulados ex-profeso, ¿para qué cuernos necesita trasladarse a Nápoles año 79 d.C.?  ¿Se dan cuenta por qué digo que es absurdo, que jamás ocurrirá algo así?  Aunque... de golpe me acuerdo, por ejemplo, del famoso palio pseudo medieval de Siena y caigo en cuenta de que no, que lo más absurdo es, realmente, lo más posible.

Fuente: fotografias.net


El otro día andaba por Florencia y me acordé de Tita Merello: “Donde hay un florentino, Viejo Gómez / los han limpiao con piedra pómez...”.

Como en esa Pompeya recién imaginada, en el área turística de Florencia solo se pueden encontrar invasores germanos (tedescos, sajones y francos) y la poco estudiada etnia de los trucho-florentinos. Es más, es tal la necesidad y urgencia de trucho-florentinos que a varios los han reclutado -a la apurada y pichuleando- entre los miembros de la populosa comunidad de ilegales chinos de Prato. Pésimo casting.

Como visitante, la situación puede resultar hasta graciosa. En el peor de los casos, frustrante. Desde el punto de vista de los florentinos, que no están ahí porque les cuesta vivir en su propio centro urbano con el que ya no se identifican, porque lo han entregado en sacrificio al Moloch del turismo, la cosa tiene un costado bastante amargo, un tanto fáustico.

¡Qué paradoja! Semejante pérdida de identidad justo en uno de los “paraísos” de la preservación del patrimonio histórico artístico y construido lo que, se supone, es la piedra angular de la identidad de una ciudad. Tal vez habría que revisar el supuesto, arriesgándose más allá de los límites de la corrección política.  Porque, ¿quién no está -al menos pour la gallerie- a favor de salvar al simpático osito panda, proteger el ecosistema y preservar el patrimonio?  Sin embargo, la preservación (al menos así concebida) se parece más bien a la taxidermia, mera técnica para conservar las formas externas de algo que ya murió. La Biblioteca Laurenziana ya no es biblioteca, en el Duomo no se bautiza ni comulga nadie y el Orsanmichele ya no es sede de los gremios. “Natural, el tiempo pasa y las cosas se transforman” -podrán decirme. Pero el problema no es que se hayan transformado en otra cosa, sino que se transformaron en nada.  Sólo momias, exhibiendo su pulcra y eterna inanimidad. Se suele confundir Historia con pasado. La Historia no es pasado, es devenir.  Lo que se fosiliza, se cae de la Historia. El centro de Florencia tiene mucho de patrimonio pero, de histórico, cada vez menos.

Fuente: cibo360.it


Sin embargo, en un rinconcito de esa Necrolandia, entre tanta reliquia embalsamada de rancia aristocracia artística, resplandece una joya plebeya y apenas madura: el fantástico Mercato Centrale. A escasos metros de San Lorenzo, siempre que estuve en Florencia, sin embargo, doblé para el lado opuesto sin llegar a conocerlo: mi Michelin no menciona nada en esa dirección que “amerite el desvío”. ¡Qué no va a ameritar! Una gran nave de ciento y pico de años, estructura metálica a la vista perfectamente conservada -como los muros y ventanales- y un entrepiso moderno, ingeniosamente agregado y sostenido por una estructura nueva de hierro que no se disfraza de nada. Pero lo fundamental, lo grandioso, lo extraordinario... no es un centro cultural.  En efecto, nada de necrofilia: ni centro cultural, ni museo, ni salón de exposiciones...  simplemente, sigue siendo un mercado de comestibles.  ¡Y qué mercado! Variedad, calidad, presentación, colores, perfumes. Irresistible. Infierno del gordo culposo, remedio de la anorexia. Y un dato nada menor: florentinos haciendo las vulgares compras para sus hogares florentinos.

Hasta el siglo XX, no se hacía turismo, se viajaba. Los viajeros eran pocos, gente especial: Herodoto, Sir Richard Burton, Humboldt, entre los famosos. Porque viajar, aunque fuera por negocios, era, ante todo, una disposición del espíritu. Viajar era, realmente, ir a “otro lugar”, zambullirse en la alteridad, disfrutarla y -¿por qué no?- bancársela.

El turismo, por el contrario, se parece cada vez más a esas pesadillas en las que uno corre pero no avanza. Es la paradoja de moverse para estar siempre más o menos en el mismo sitio. O, dicho de otro modo, cuánto más se populariza y más fácil se hace trasladarse a otro lugar, menos “otro” es ese lugar.

Hacer turismo no es viajar, es incorporarse a un protocolo global que fija estándares medibles en estrellas y tenedores. Lo ”típico” de cada lugar -su arquitectura, su gastronomía, su hospitalidad- se va reduciendo a tonalidades cada vez más pálidas que apenas matizan paisajes homogeneizados, al estilo de los “no lugares” de Augé.

Sin duda, vale la pena conocer gli Uffizi, il Palazzo Vecchio o la Sacrestia Nuova y admirar su valor y su belleza que no se encuentran en cualquier parte... Pero, ¿qué quieren que les diga? Es como si olieran al mismo desodorante de ambientes que el MoMA. Es difícil, en ellos, no sentirse un turista. En lugares como el Mercato Centrale, en cambio, uno todavía puede sentirse medio viajero.

De todos modos, mi costado urbanístico -y mi natural e internacionalmente reconocida honestidad- me imponen despejar los vahos románticos con los que contaminé el texto. La atención debería centrarse, más que en el ánimo del visitante, en estas situaciones paradojales en las que preservar no es, para los propios ciudadanos, ganar sino, más bien, todo lo contrario. 

Mi costado paranoico, por su parte, tiene un entripado. ¿No me habrán engrupido estos atorrantes mercachifles del “no lugar” y el Mercato Centrale estaba, también, repleto de trucho-florentinos, sólo que surgidos de un casting mejor?  Si fue así, ¡que se jodan! Yo tampoco soy Marco Polo y, además, no les compré ni cien de mortadela.

SZW

Zicovicci , dettoil Seryo”, turista de cuarta, si los hay.

Lucca, 23 de Mayo de 2003

 

Zicovich Wilson es arquitecto, dedicado a proyecto y dirección de obras, escritor y guionista cinematográfico. Es Profesor de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires. Se ha desempeñado como funcionario del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en áreas vinculadas a la Arquitectura y el Planeamiento Urbano. Ha publicado numerosos artículos en medios gráficos y digitales especializados de su profesión.

El texto fue escrito en Lucca en mayo de 2003 y pertenece a su serie de R(p)’s, cuatro de ellas publicadas originalmente en Arquitectura en Línea, de Guillermo García Fahler, y una en Summa+ nº 62 (“Hogar dulce hogar”). En café de las ciudades se ha publicado:

Número 88 | La mirada del flâneur
Pinche Enchilada Chilanga | Lo chingado y lo torcido en la ciudad sobre el lago | Sergio Zicovich Wilson

De Zicovich Wilson, ver también en café de las ciudades su respuesta al cuestionario de Marcelo Castillo en el número 86, Fútbol y Ciudades, A 30 años del ultimo partido de San Lorenzo en el Gasómetro.



Sobre los “no lugares”, ver también en
café de las ciudades el prólogo del libro de Marc Augé, al final de la nota:

Número 16 | La mirada del flanneur:
Aeropuerto | Usted no está en la lista de pasajeros | María Berns

 

Y sobre el turismo:

Número 13 | Lugares
La seducción del Marais (Turismo y ciudad III) (París, París...II) | Decenas de placitas y la gran Place des Vosges. | Mariona Tomàs y Josep Alías

Número 13 | La mirada del flanneur (l)
“El guía” (Turismo y ciudad I) (París, París...I) | Como conocer París en media hora de la mano de un artista. | Guillaume Apolllinaire

Número 13 | La mirada del flanneur (Il)
Bienvenidos a “la experiencia” (Turismo y ciudad II) | El nacimiento del turismo de masas: reconversión y banalización de A y B. | Carmelo Ricot

Número 33 | Tendencias
Turismo bizarro en Buenos Aires | El infierno está encantador. | Carmelo Ricot

Número 44 | Lugares
Bajo el sol, la Revolución | Turismo, solidaridad y picaresca: crónicas de viaje de La Habana a Santiago de Cuba. | Argemino Barro García

Glosario de argentinismos:

Bancar: aguantar, hacer frente, soportar

Engrupir: engañar, mentir

Entripado: intriga personal, duda profunda

Gil: tonto, ingenuo

Laburo: trabajo

Pichulear: escatimar, ahorrar

Trucho: falso, simulado