> AÑO 2 - Octubre 2010
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Editorial
La crisis urbana, una revolución sin revolucionarios I Por Jordi Borja y Miguel Mayorga


Hoy se habla de "revolución urbana". El término no es exagerado, pues no se trata solamente de la progresiva concentración de la población en las áreas urbanas. Se modifica el modelo de ocupación del territorio que no solamente es concentrado, también es disperso y genera formas de urbanización difusa. Se configuran regiones urbanas o zonas de urbanización de alta intensidad que sería abusivo considerarlas en su conjunto una gran ciudad. El discurso sobre la revolución urbana con frecuencia ha sido catastrofista, pero también ha sido triunfalista: movilidad y centralidades al alcance de todo el mundo; más oportunidades de acceso y de elección con respecto al trabajo, la educación, la cultura, el ocio, las relaciones sociales; más contacto con la naturaleza; más posibilidades de participación política gracias a la socialización de las nuevas tecnologías; y, en general, más autonomía, más libertad y más calidad de vida para los individuos.

La realidad, sin embargo, es muy diferente. A escala territorial nos encontramos con segregación y desigualdades sociales. La diversidad de elecciones posibles y la mayor autonomía individual es un mito para mucha gente. El mercado que domina el suelo y la construcción se conjuga con las debilidades de las políticas públicas locales y determinan un urbanismo caracterizado por la especulación y la corrupción. La lógica del capital financiero global impone un discurso de la competitividad que tiende a destruir el capital fijo local, el patrimonio físico, económico y sociocultural.

La multiplicación de los organismos públicos y la fragmentación de los territorios produce opacidad política de las decisiones y reduce la participación política y la democracia ciudadana a un juego teatral inoperante o a una conflictividad asimétrica, es decir, a la no correspondencia entre las políticas urbanas reales, las oposiciones sociales y los ámbitos de relación entre instituciones y movimientos ciudadanos.

Es decir, la revolución urbana es una realidad pero las esperanzas que suscita se convierten en frustraciones. O quizás hay que decir que muy a menudo se percibe más la contrarrevolución impulsada por la alianza impía entre actores económicos (propietarios de suelo, promotores y constructores y grupos inversores) y actores políticos (locales y/o nacionales).

Los movimientos ciudadanos de oposición o resistencia, a menudo valiosos pues comportan fermentos destinados a realizar las esperanzas de la revolución urbana, son hoy por hoy débiles o dispersos, centrados en ámbitos y reivindicaciones muy locales, a menudo más de oposición (el aquí no) que de alternativa, incluso en algunos casos más motivados por la defensa de posiciones adquiridas que orientados por una concepción democrática del conjunto de la ciudad-región urbana. Actualmente hay más revolución que revolucionarios.

Y sin revolucionarios es inevitable que la revolución derive en contrarrevolución.


JB y MM

 > EN ESTE NÚMERO:
> Editorial
> De Barcelona al mundo
> Las nuevas tendencias de la urbanización en América Latina
> Una oportunidad para una nueva cultura del territorio y de la urbanización
> Por una política de estado para las ciudades mexicanas
> El modelo inmobiliario español y sus consecuencias
> Noticias
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