AÑO 1 - 14 de Abril de 2009
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"Método y modelo Barcelona. La arquitectura debe asegurar la continuidad de la ciudad"
Entrevista a O. Bohigas I Por Marcelo Corti

 

Con algo de tiempo disponible, sentado en un banco de la Plaza Real de Barcelona, repaso rápidamente el borrador de mi cuestionario y la trayectoria del entrevistado antes de entrar al estudio de Oriol Bohigas: miembro fundador de MBM (en sus orígenes, el estudio que integraba con Josep Martorell y David Mackay, a los que hoy se agregan Oriol Capdevila y Francesc Gual), protagonista de la renovación teórica de la arquitectura y el urbanismo europeo a partir de sus obras construidas, sus libros (Contra una arquitectura adjetivada, Arquitectura española de la Segunda República, Proceso y erótica del diseño, etc.), sus conferencias y sus artículos en revistas como la memorable Arquitecturas Bis, responsable del urbanismo barcelonés en el Ayuntamiento post-franquista, proyectista de la Villa Olímpica, intelectual asociado de manera indeleble a su ciudad, de cuya renovación urbanística y de sus virtudes y defectos es la cabeza visible y reconocida. En pocos minutos, la habitual idea de entrevista como serie de preguntas más o menos relacionadas entre sí se pone en crisis y se reduce, prácticamente, a una sola y amplia pregunta, muy general (posiblemente la más larga pregunta jamás hecha en una entrevista, record que no habla bien del entrevistador...), que Bohigas escucha pacientemente en el sillón de su despacho y que lo retrotrae a finales de los setenta:

cdlc: En toda esa época, en Barcelona con algunas particularidades especiales, pero en general en toda Europa, se venía gestando una serie de ideas muy críticas con respecto a la gestión de las ciudades y el planeamiento urbano de los ‘50 y ’60 y a todo lo hecho en general en Europa en materia urbanística después de la guerra, en especial la destrucción de los tejidos históricos por la irrupción de las nuevas vialidades o los desarrollos de vivienda o renovación urbana. Hay en ese movimiento una revisión del rol de la arquitectura en la construcción de la ciudad, una idea crítica al planeamiento urbano estructural de mediados de siglo XX y una mayor confianza y expectativa en la idea del proyecto urbano (interviniendo en la ciudad por partes como una forma más dinámica y efectiva de renovación de la ciudad), y una prioridad por la recuperación del espacio público como un espacio con significados y valores urbanos y no como un simple vacío. Todo esto, en Barcelona, en un contexto muy especial: con la caída del franquismo hay toda una generación que, formada en la oposición política a la dictadura, accede en un buen momento intelectual, creativo y profesional de sus vidas a puestos de mando en el Ayuntamiento o en general a la posibilidad de intervenir profesionalmente en la ciudad; en Barcelona se superponen la cuestión catalana dentro del estado español, el hecho de no ser capital estatal y por lo tanto tener que buscar otras formas de generar y financiar desarrollos urbanísticos, y en este contexto, en muy pocos años se conforma lo que se dio en llamar de una manera muy clara (aunque no creo que la expresión sea del agrado de todos...) Modelo Barcelona. En este modelo hay distintas etapas: la primitiva acupuntura urbana, la apuesta olímpica, las operaciones post-olímpicas, el Fórum 2004. Y desde una aceptación muy fuerte que en sus principios tuvo este Modelo, y su reconocimiento internacional a partir de las Olimpíadas del ‘92, se llega hoy a una situación donde desde distintos sectores (algunos incluso vinculados a la implementación del Modelo: usted mismo ha hecho críticas muy fuertes sobre la gestión de la ciudad en años recientes) se critican, por un lado, desviaciones o alteraciones del modelo original, e incluso desde algunas visiones más radicalizadas, o más extremas, se llega a decir que los problemas de hoy de Barcelona son en realidad consecuencia del mismo Modelo. Entonces, en una agenda urbana donde hoy las cuestiones pasan por el costo desaforado de las hipotecas, la gentrificación, la banalización, la degradación de los espacios públicos por el turismo, el corte muy fuerte entre incluidos y excluidos de la sociedad, etc., por un lado me interesa pedirle una evaluación general de lo que ha sido el Modelo Barcelona pero, más allá del proceso barcelonés, como ha evolucionado en estos 30 años esa ideología que la arquitectura, la sociología urbana, el urbanismo, etc., establecen desde los años ‘60 y ’70. Y por otro lado, si así como había una agenda muy clara a finales de los ‘70 sobre cuales eran los problemas y los males de la ciudad, hoy usted identifica una agenda tan clara como la de aquella época en que accedió a las oficinas de urbanismo de la ciudad.

OB: Quiero aclarar que a mi no me gusta mucho hablar de "Modelo Barcelona", porque con la palabra modelo se incluyen todos los programas y los supuestos políticos, sociales, económicos de la ciudad, Yo solo defiendo un método urbanístico que sí que es bastante típico de Barcelona, en particular de los años ’80, y que creo que sigue siendo el único método urbanístico valido, aplicable en prácticamente todas las ciudades. Lo que ocurre es que este método no lleva en sí implicada una ideología; es una forma de actuar eficazmente en la forma y contenidos en la ciudad. Que luego este contenido esté bien o esté mal, o que la ciudad tenga problemas de inmigración o de turismo o de mayor usufructo de los terrenos por parte de los promotores, es un problema que se añade al método, pero el método sigue siendo válido. Yo creo que usted lo ha explicado muy bien: la idea se puede resumir en que el proceso habitual, que es pasar de planes generales a planes parciales y a la urbanización, es un proceso equivocado. El proceso adecuado para controlar y desarrollar o para transformar o reconstruir una ciudad es exactamente al revés. Hay que empezar con unos criterios muy generales. Por ejemplo, para un nuevo barrio de la ciudad: ahora se está promoviendo la creación de nuevos barrios y se está haciendo mal, siguiendo el procedimiento que antes mencionaba; primero la modificación del plan general, luego el plan parcial y luego la urbanización, cuando yo en realidad creo que el proceso real, el que propugnamos en los ‘80 es otro, y es el que todavía yo recomendaría, que es empezar con unos criterios de ubicación y unos esquemas generales puramente cuantitativos. No hay que empezar con un plan general dibujado sino con unas ideas generales, no dibujadas sino establecidas como programa: habrá que hacer tantas viviendas, habrá tal coeficiente de densidad, habrá que poner tantos servicios, habrá que poner una escuela; esto llevaría a un programa de contenidos, y de ahí directamente a lo que llamamos un proyecto urbano, un proyecto entero de los espacios públicos y de la forma, características y calidades de la arquitectura que define estos espacios públicos. Una vez aprobado esto, una vez establecido este primer criterio, hay que pasar, seguramente a través de técnicos más ligados al funcionariado de la administración, a estudiar si se puede aplicar el plan general existente o si hay que hacerle modificaciones. Hay que hacer entonces unos instrumentos legales para poner en marcha este proyecto urbano y, solo después de esto, hay que asignar la responsabilidad al autor del proyecto urbano para establecer, junto con otras entidades u otros organismos, los autores de los proyectos de arquitectura. El proceso es por tanto al revés de lo habitual: programa, proyecto urbano, instrumentos urbanísticos que van del plan general al plan parcial, y construcción de las obras con una supervisión, un mando y una capacidad de veto de los autores del proyecto urbano.

Este es el método que intentamos implantar en el año ‘80 y que creo que ha dado buenos resultados y los puede seguir dando, independientemente de que el criterio de colocar un programa de actuación en un sitio esté bien o esté mal, es un problema de contenidos. Y de contenidos que dependen mucho de la política: un gobierno de izquierda tendrá un programa de viviendas distinto de un gobierno de derecha. Yo creo que en el establecimiento del programa es donde está toda la posible carga política de una operación urbanística.

Yo defiendo este método, pero esto no quiere decir que todo lo que se ha hecho en Barcelona responda y sea consecuencia del método. Pero es la única forma de evitar esta barbarie que se está produciendo en todo el mundo, en que los planes generales definen formas arquitectónicas, lo cual es una barbaridad... En España, con este empeño en los planes generales, se ha logrado que todas las ciudades tengan planes generales, en los mismos años en que se ha logrado destruir todas las ciudades españolas, sobre todo las de acumulación de turismo o de zonas industriales, porque a partir del plan general no se determina la forma del barrio o de la ciudad. Yo creo que uno de los principios fundamentales del urbanismo es la creación de esta forma, de acuerdo con la ideología o los contenidos. Por lo tanto, por donde hay que empezar es por definir una forma a partir de un programa de contenidos. Yo creo que esto sigue siendo válido... ¡vamos!, que yo no conozco otro sistema para hacer ciudad, porque los sistemas desarrollados a partir de planes generales y sus modificaciones han sido un fracaso, no han conducido a una determinación lógica, funcional y cultural de los nuevos barrios e implantaciones.

Yo creo que el método más o menos se mantiene, aunque evidentemente en Barcelona no se ha aplicado de una manera tan radical, porque la presión... (Bohigas no alcanza a terminar la frase, pero la idea de "presión inmobiliaria" acelera su argumentación) y esta es otra idea que me parece fundamental: soy partidario de una intervención muy directa de la administración pública. Los promotores, o los propietarios de los terrenos, no tienen que mandar en estos asuntos. Un ejemplo magnífico a mi modo de ver, fue la Villa Olímpica, donde todo lo ha hecho el Ayuntamiento, y cuando estuvo todo absolutamente definido, se adjudicó su construcción a empresarios privados, pero ni siquiera los proyectos los han hecho los privados: fue la Administración, a través de este método del proyecto urbano.

Al margen del método, en Barcelona hay cosas que están funcionando mal, por falta de entendimiento sobre donde están los problemas importantes. No solo de estos problemas de la inmigración y el turismo, sino de criterios territoriales. El problema más importante de Barcelona es la conurbación, y sobre todo esto no se ha trabajado bastante; no hay instrumentos políticos ni legales suficientes para gobernar este lío inmenso que es el área metropolitana de Barcelona, que sigue a mi modo de ver erróneamente dividida en muchos municipios, sin la posibilidad de una coordinación de carácter urbano. Lo máximo que se resuelve son algunas relaciones físicas, pero la continuidad visual, la continuidad ambiental, que es lo que define la ciudad, nadie la proyecta, porque no se aplica bien este método probado desde hace 30 años en Barcelona.

cdlc: Sobre esta cuestión de los gobiernos de izquierda y derecha, por muchas razones (o por unas pocas razones muy fuertes...) hoy pareciera muy difícil diferenciar la gestión de un gobierno local de izquierda y otro de derecha...

OB: ¡No, no, yo creo que es muy fácil! (interrumpe Bohigas muy convencido) Lo que ocurre es que no hay gobiernos de izquierda...

cdlc: ¿Es decir que los gobiernos que se supone son de izquierda no lo son?

OB: No lo son. Yo creo que en la primera época del Alcalde Maragall en Barcelona el Ayuntamiento era claramente socialista, y ahora lo es menos, porque las presiones de los propietarios, de los precios del suelo, de los promotores, son mucho más fuertes y más sobresalientes.

cdlc: Pero este no es un fenómeno exclusivo de Barcelona.

OB: No, es universal; por lo menos europeo, seguramente, y probablemente mundial. Creo que se ha perdido la fe en la intervención pública, que es uno de los principios fundamentales del socialismo. Ahora está de moda el neoliberalismo, y este impone una libertad de actuación sobre los bienes públicos que con una visión más radical del socialismo no existiría.

cdlc: Ahora bien, dentro de este contexto de hegemonía cultural neoliberal y, en el campo urbano, del interés de los propietarios y promotores, muchas veces se ha acusado al método del proyecto urbano como funcional a la idea de un patchwork urbano con zonas incluidas y excluidas, y que entonces la idea de una ciudad por partes encubriría la posibilidad de que ciertas intervenciones urbanas se desarrollaran en lugares rentables para el desarrollo privado, dejando de lado las áreas que no son rentables o los grupos de población que no resultan de interés para el mercado.

OB: Bueno, si no hay control político es evidente que puede ocurrir esto, pero los que determinan en que áreas se ha de construir o que áreas se han de promover tienen que ser los políticos, el Ayuntamiento de la ciudad o el gobierno regional, y por lo tanto si estos lo hacen bien la ciudad se desarrollará bien y si lo hacen mal, mal... ¡No veo por que no se pueda hacer bien! Sobre todo porque yo no estoy en contra de los planes generales, sino en contra de que los planes generales determinen todo el proceso de urbanización. Tiene que haber un criterio político de la ciudad, por el que se decida que es lo que hay que construir: hay que construir viviendas, hay que construir industrias, en que proporción hay que construir, que equipamientos sociales, etc. Esto es un presupuesto claramente político y, por lo tanto, la situación de las expansiones o de las reconstrucciones vienen determinadas con criterios políticos. Puede que esto sea difícil, pero más difícil me parece que sean fijados a través de criterios puramente técnicos, que es lo que intenta hacer el plan general.

Además, yo soy partidario de una ciudad de barrios, de fragmentos. Quizás esto no es tan importante en una ciudad de 50.000 habitantes, pero una ciudad grande como Barcelona solo tiene capacidad de actividad urbana cuando la identidad se refiere a barrios relativamente pequeños, a fragmentos de la ciudad. Lo peor que le podría ocurrir a Gracia es que dejara de ser Gracia, o que Sants dejara de ser Sants. La ciudad se debe entender como una yuxtaposición de entidades vecinales y, por lo tanto, en el proyecto de la ciudad yo estoy de acuerdo con esa fragmentación.

cdlc: La federación de barrios...

OB: Sí, claro.

cdlc: En muchos proyectos urbanos contemporáneos, y con distintos grados (desde una seudo-sofisticación o snobismo intelectualizado hasta una ramplona competencia por el rascacielos más alto o el edificio de formas más extrañas) existe una especie de obsesión por la creación de landmarks, de edificios fuera de contexto, no pensados en el contexto del sector de ciudad en que se inserta, sino desde el punto de vista de establecer una marca...

OB: ...una actitud insolidaria, sí. Este es uno de los problemas graves que tiene la arquitectura y la ciudad hoy en día: que hay muchos elementos que coinciden en querer hacer de la arquitectura representativa, un elemento de discontinuidad en la ciudad. Esto no quiere decir que los landmarks no puedan ser también elementos de continuidad urbana, los hay muchísimos y con una gran tradición en las ciudades europeas y americanas. Yo no estoy en contra de una obra de arquitectura que sea una marca, un hito figurativo que dé personalidad a un barrio. ¡Al contrario, estoy muy a favor! Pero es probable que la mayor parte de esta arquitectura figurativa y chillona que se hace no sea una arquitectura más del barrio, sino un elemento insolidario a la continuidad del barrio. Creo que la arquitectura se debe poner al servicio de la continuidad legible de la ciudad, y esta legibilidad se puede construir con un rascacielos o con una barraquita, pero tiene que ser con la voluntad de configurar esa imagen. Una plaza se puede significar con un rascacielos, con una torre, con unos elementos horizontales o con lo que sea, siempre que el proyecto comporte una voluntad de continuidad y legibilidad urbana.

cdlc: En el Kop van Zuid de Rotterdam, por ejemplo, una vez que se baja del puente Erasmus de Ben Van Berkel, que es una obra muy interesante, uno se encuentra como en medio de la nada; de a poco se empiezan a reconocer ciertas cosas dispersas, arquitecturas "sueltas" que pueden tener algún valor en sí, pero cuya yuxtaposición pareciera todo lo contrario a la idea de recuperar ese tipo de espacios urbanos legibles y continuos. Y casi lo primero que uno encuentra es un enorme cartel que anuncia con mucho entusiasmo que allí se levantará el rascacielos más alto de Rotterdam, del que solamente está la estructura, pero cuya imagen muestra el cartel recortada contra la silueta de los otros rascacielos de la ciudad.

OB: El "merito" es que es más grande y distinto que los demás... Bueno, esto me parece que es el resultado de la fuerza brutal del neocapitalismo y el neoliberalismo (una palabra mal utilizada, porque el liberalismo tradicionalmente quería decir otra cosa, pero en fin..., siempre ocurre que las palabras interesantes las inventa la izquierda y las acaba utilizando la derecha en un sentido absolutamente contrario; es como el Partido Popular, que se empeña en no querer ser popular, sino de extrema derecha, y eso no solo en España sino en toda Europa, ¡es un escándalo!). Volviendo al tema, esa tendencia responde a la ferocidad neoliberal: el edificio tiene que ser estandarte de algo, que no es la ciudad: de un producto químico, de un producto electrónico o de moda, y tiene que llamar la atención no por su adecuación a la modesta continuidad urbana sino precisamente por todo lo contrario.

cdlc: En Buenos Aires, y pareciera que en las ciudades europeas ocurre algo similar, la gestión urbana está hoy fragmentada entre distintas fuerzas o actores: el funcionariado tradicional, la política, los desarrolladores, los medios de comunicación, los distintos actores vecinales (no siempre conciliables entre si ni siempre solidarios; a veces una queja vecinal por alguna cuestión urbana no es solidaria sino que encubre la defensa de privilegios). Pareciera que esto deriva en una situación de "empate a la fuerza", donde los desarrolladores, los funcionarios y los vecinos tratan de hacer lo que pueden e imponerse en una suerte de anarquía del manejo urbano. ¿Usted identifica esta tendencia en las ciudades europeas?

OB: Yo creo que esta es una tendencia real en casi todas las ciudades europeas. Yo trabajo mucho en Italia y estoy escandalizado porque, sea cual sea el partido político que gobierne, nunca puedes "pisar" un terreno que no sea público. La urbanización, expansión o reconstrucción interior de las ciudades italianas está basada sobre el respeto absoluto y casi religioso a la división territorial por propiedades. Yo estoy trabajando, por ejemplo, en Parma, una ciudad que es una verdadera catástrofe porque está pésimamente urbanizada. Con excepción del centro, en la periferia no hay calles trazadas, nada de nada, porque antes de realizar una expropiación o de convencer a un propietario, la administración prefiere dejar las cosas sin resolver. Este problema en España no existe, la facilidad para la expropiación o para la utilización de terrenos no pertenecientes a la Administración es mucho mayor que en Italia. Pero es un hecho muy general en las ciudades que yo conozco, al menos las ciudades europeas, y esto está produciendo un problema grave: se está perdiendo la posibilidad de proyectar la ciudad. Con estas cortapisas, con esta imposibilidad, lo que se hizo en Barcelona sería imposible de haber realizado, porque si no hay forma de diseñar la ciudad por encima de divisiones territoriales, pequeñas e insignificantes, no hay manera de hacer una calle decente ni absolutamente nada. Yo creo que hasta ahora en Barcelona esto no ha ocurrido, en Barcelona hay una cierta tradición socialista que tiene la teoría de que al bien privado se lo debe respetar, pero que hay que poder someterlo a la conveniencia y las necesidades de la sociedad. Me temo que esta actitud... (mide sus palabras antes de afirmar lo que sigue) no es que se esté perdiendo, pero se está reduciendo respecto a lo que fue el principio después de la dictadura franquista.

cdlc: Para terminar, ¿que es lo mejor y lo peor de la Barcelona reciente?

OB: No se, yo creo que lo peor es el 80% de lo que se hace; en realidad cuando hablamos en estos términos no hablamos de lo realmente peor, que son estas viviendas que se hacen en cualquier sitio, mal hechas, con malos arquitectos. Abunda mucho lo malo en todas las especulaciones inmobiliarias, pero supongo yo que no es esa la pregunta, sino en cambio dentro de las cosas más reconocibles que es lo que está bien o está mal (la pregunta es esa y muy probablemente es frívola y simplificadora, pero le permite a Bohigas fijar postura sobre los tiempos que corren...). Yo creo que hay un modelo que está muy mal que es Diagonal Mar (que no hay que confundir con la Zona Fórum, que tiene otros problemas), una ocupación puesta solo al servicio de los intereses inmobiliarios (que muchas veces no va en contra de los intereses colectivos, pero en este caso se trata de una urbanización hecha a medida de los intereses de la promoción privada). Yo creo que en cambio son muy buenas las primeras experiencias de los años ‘80, la Plaza de los Países Catalanes, el Parque de la España Industrial, la Plaza de la Iglesia de la Merced, el Parque del Clot; operaciones muy puntuales y precisas, muy a nivel de barrio, que luego han tenido eficacia en la reconversión del tejido urbano de su alrededor.

Entrevista: MC

La obra arquitectónica de Oriol Bohigas puede apreciarse en el sitio del estudio MBM en la Web. No está de más aclarar que las fotos incluidas en esta nota no corresponden a obras de dicho estudio ni de Bohigas sino a situaciones urbanas de Barcelona, Rotterdam y Madrid y que solo pretenden ilustrar algunos de los conceptos expresados en la entrevista sobre la ciudad y el urbanismo contemporáneos.

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