> AÑO 2 - 18 de Enero 2010
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> Muros de la vergüenza
De Berlín a Palestina, ¿paradoja o refutación de la modernidad? I Por Marcelo Corti

Madre e hijos caminando al costado del muro palestino;
ciudadanos derribando el Muro de Berlín en 1989 (El Mundo)
y el Muro de La Horqueta veinte años después (LA NACION, Ricardo Pristupluk).

Seguido de Emigración y destierro, por Fernando Diez

Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer Emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemarán todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones -las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado- procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Jorge Luis Borges, La muralla y los libros (1950), en Otras inquisiciones, Emecé, Buenos Aires.

De entrada, se creería que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir en forma continua o al menoscontinuadamente dentro de los dos sectores principales, ya que la muralla, como se sabe y se divulga, fue proyectada como defensa contra los pueblos del Norte. Pero, ¿cómo puede defender una muralla construida en forma discontinua? En efecto, una muralla semejante no sólo no puede proteger, sino que la obra misma está en constante peligro. Estos fragmentos de muralla abandonada en regiones desoladas, pueden ser destruidos con facilidad, una y otra vez, por los nómades, sobre todo porque éstos, atemorizados por la construcción, cambiaban de residencia con asombrosa rapidez, como langostas, por lo que, probablemente, tenían mejor visión de conjunto de los progresos de la obra que nosotros mismos, sus constructores. Franz Kafka, De la construcción de la muralla china, Alianza Editorial, Madrid.

Hace un tiempo publiqúé en café de las ciudades una nota relacionando el muro construido por Israel en territorio palestino con la experiencia del Muro de Berlín y (al menos para un observador local) a los patchworks generados por las urbanizaciones privadas en las ciudades de América Latina (y en especial la Argentina), donde los muros divisorios separan violentamente la marginalidad pobre de la marginalidad rica. Esta obvia y previsible asociación tiene una lectura posible desde el estudio de la ciudad y el territorio. Con posterioridad a dicho artículo, otros muros de división territorial se construyeron en lugares y contextos muy diversos. Este texto trata entonces de actualizar y compendiar esos episodios de segregación, a la vez que contextualizarlos en la reflexión sobre el espacio contemporáneo. El fragmento correspondiente a las urbanizaciones privadas argentinas ha sido eliminado de esta actualización, por ser tratado en otra nota de este número de Carajillo.
Tal reflexión es, hasta cierto punto, independiente de los juicios de valor ideológico y político, y no implica plantear equivalencias absolutas entre estas situaciones. Como aclaración previa: creo tener elementos de juicio bastante amplios sobre algunos de los casos que analizo y en cambio muy poca información consistente sobre otros. No obstante, no necesito tener esa información para estar convencido de que en general estos muros son en mayor o menor medida actos de barbarie.. Pero no es tanto la evaluación política y moral de estos episodios lo que aquí me interesa, como la reflexión sobre las implicancias que estos tienen sobre la teoría y la praxis de la ciudad y el territorio. El lector interesado en los aspectos que esta nota elude voluntariamente abordar, encontrará al final del texto algunos enlaces a sitios donde sí se realizan esas consideraciones (1). Es bueno aclarar que este texto no pretende dar explicaciones generales que descubran un hilo conductor uniendo todos los casos expuestos, sino comentar la propia perplejidad del autor ante la persistencia de estas respuestas territoriales en contextos tan distintos y en un tiempo en que se supone que los muros son inservibles.

 

Lo que nos dicen y lo que vemos

Se nos dice a menudo que vivimos en una época de flujos, de redes, de ambigüedades y continuidades. Si la Caída del Muro (con mayúsculas, sobreentendiendo de que muro se trata) confirma y ejemplifica esta proposición, los muros contemporáneos se le interponen, literalmente. Ya no se trata de barreras que encauzan y dirigen el movimiento, de bordes en la ruta de los flujos, sino del regreso a una definición primitiva y estanca del territorio: "de aquí para allá, nosotros; ustedes, en cambio, del otro lado" (Ilan Pappé, historiador israelí y profesor de la Universidad de Haifa, Israel, sostiene: "el Partido Laborista siempre ha pretendido una paz fundamentada sobre la existencia de una línea divisoria. De hecho, ese fue su eslogan en las elecciones generales de 1992: "Nosotros estamos aquí; ellos, allí"). Otra contradicción al espíritu de los tiempos: también se nos dice que ya no es tan importante lo territorial, que las fronteras ya no existen...
En el siglo XIX, la modernidad burguesa europea comenzó a derribar las ya inservibles murallas de las ciudades, generando operaciones como el Ringstrasse de Viena en 1857: una avenida de 60 metros de ancho que integró los edificios residenciales y administrativos, el espacio público representativo, el sistema de calles a ambos lados de la vieja muralla y las nuevas estaciones ferroviarias en la periferia. Una modernidad amable, con continuidades y diferenciaciones que a su vez ritman, unen y jerarquizan el espacio. Estas cesuras ordenan el continuo metropolitano, califican lugares en el territorio. Los barrios y equipamientos a cada lado de la antigua muralla pueden ser más o menos prestigiosos, elegantes, o logrados, pero tienen un sentido en la continuidad urbana. Con una concepción similar, en los ensanches que se construían por fuera de las viejas murallas, o en los boulevards que desventraban los centros congestionados, se construían palacios donde las distintas estratificaciones sociales se daban por piso. En un mismo terreno, en un mismo edificio, convivían la representación burguesa del piano nobile con las privaciones de la buhardilla.
Algo de toda esta "amabilidad" tiene que ver con el carácter profundo de esas construcciones. Las antiguas murallas europeas eran definiciones físicas de lo urbano: lo que encerraban era la ciudad completa, con sus ricos y sus pobres, desde los poderosos hasta los siervos del campo en épocas de conflicto, incluso con espacios para cultivar mientras duraran los sitios. Y la separaban de otras situaciones colectivas: otras ciudades, ejércitos, imperios. Esas murallas definían ciudades, eran un atributo de urbanidad semejante a la plaza o a las torres de los templos (suelen compararse los muros de las urbanizaciones privadas -las "privatopías"- con los de las antiguas murallas de las ciudades, anteriores a la modernidad; sostengo que esta comparación parte de un error: mientras que esas murallas incluían a la totalidad de la población, los muros actuales son por definición excluyentes de sectores enteros de la población). Eran en este sentido distintas a los muros de las ciudades prohibidas de los palacios orientales, en Beijing, en Kioto, que separaban al emperador y su corte del pueblo, lo alto y lo bajo (segregación que era tan restrictiva para las gentes de pueblo como para el propio emperador cuando pretendía salir de esos límites).
El placer estético por las masas murarias puede ser un gusto contemporáneo, pero lo cierto es que allí donde sobreviven, las antiguas murallas expresan una identidad urbana. Pueden ser motivo de pintoresquismos neogóticos en Carcassone, o integrarse a una inteligente resolución contemporánea en Girona: nadie dudará de su raiz urbana, de su intencionalidad de forma. Un ejemplo magnífico son los diseños para las fortificaciones florentinas que realizó Miguel Angel: Bruno Zevi las considera una ruptura del orden perspectívico renacentista y dice que su calidad espacial las asemeja a dibujos hechos con asistencias de computadoras.
Pero, ¿qué es lo que pasa en cambio con nuestros muros contemporáneos? Hay un antecedente histórico muy claro: el muro con el que los Estados Generales encerraron París, en tiempos de Luis XVI, para combatir el contrabando. Tenía 3,40 metros de altura y toda construcción estaba prohibida a unos 90 metros de sus lados interno y externo. Sus 50 puntos de entrada fueron diseñados por Claude Ledoux, (algunos todavía persisten), quien fue despedido poco antes de la Revolución de 1789 por denuncias de sobreprecios. El muro generó mucho descontento entre los parisinos, al punto que se decía "el muro que amura a París hace murmurar a París". No es de extrañar que algunas de sus puertas fueran destruidas junto con La Bastilla.


"¿Esto es Postdamer Platz?"

El Muro de Berlín (un episodio tan traumático de la historia mundial que de por si definió el apogeo, desarrollo y final de la Guerra Fría) aparece pocos años antes de su caída en la bella película de Wenders Las Alas del Deseo, subtitulada justamente como El cielo sobre Berlín. De nuevo, la contraposición de la modernidad fluida (en este caso la Biblioteca proyectada por Hans Scharoun, que también aparece en la película de Wenders) con la oclusión del muro. Uno de los personajes, el poeta Homer, se pregunta al encontrarse en un espacio desolado, "¿Esto es Postdamer Platz?". El ángel Cassiel, que se corporiza como humano por amor a una mujer, cae en el medio del muro y al levantarse ve los primeros colores, los de los grafittis del lado occidental.
A diferencia de las murallas, pero también de los barrios cerrados y de Palestina, este Muro no impedía la entrada sino la salida: los burócratas del este no confiaban tanto en su versión del socialismo como para darle a su gente la posibilidad de elegir. El Muro cayó a mazazos de ciudadanos que reclamaban su libertad, pero al poco tiempo se dictaminó que ese reclamo era en realidad por el librecomercio. Algo de eso se evidencia en la posterior reconstrucción de la ciudad, más cercana a la lógica de las sedes corporativas y los shopping malls que al debate entre deconstructores y reconstructores de los meses inmediatos a julio del '89. Según Carlos García Vázquez, en su contribución al libro sobre El espacio público de Jordi Borja y Zaida Muxi "muchas son las cuestiones que la experiencia berlinesa de Potsdamer Platz ha dejado abiertas, y no sólo en lo referente al espacio público contemporáneo, otras aluden al modelo de ciudad que plantea: al procedimiento (¿por qué se ha dejado en manos del capital privado la definición de la ciudad?), al diseño (¿por qué enmascarar como evolución lo que realmente es una enorme mutación?), o al concepto (¿por qué suplantar, apelando a un concepto tan abstracto como el de tradición, la verdadera memoria del lugar?). Cuestiones que convergen en otra de carácter más general: ¿es Potsdamer Platz un espacio para la reacción, un cálido refugio europeo contra la radical inestabilidad que caracteriza a las grandes ciudades contemporáneas? En cualquier caso, una cosa parece clara, que el laboratorio de Potsdamer Platz no ha conseguido elaborar ninguna receta verdaderamente convincente; una evidencia más de las dificultades que encuentra la actual cultura urbanística europea para canalizar los fenómenos contemporáneos". Hoy Homer, el poeta de Wenders, también se preguntaría si esto es Postdamer Platz.



Los vínculos con la tierra

El de Palestina e Israel es un conflicto territorial como casi ningún otro. Cada tanto se producen encarnizadas batallas por el control de una casa o de un edificio público. El acoso a la sede del gobierno palestino en Ramallah, en 2003, fue toda una operación militar sobre un edificio y un par de manzanas a su alrededor. La cuestión de los asentamientos de colonos posteriores a la Guerra de los 6 días, o las discusiones sobre el status de Jerusalén como capital de Israel, son centrales en los debates, que además parten del reconocimiento o no del derecho palestino a tener una patria.
Cierta derecha israelí crítica el muro no por su barbarie sino por avalar la idea de que de un lado está Israel y del otro Palestina. Por el mismo motivo, hay palestinos que están de acuerdo con su erección y solo discuten su trazado: kilómetros más, kilómetros menos. Se dice que el conflicto es milenario y que está en la naturaleza de los pueblos, pero existen muy buenos ejemplos de convivencia fraternal entre ambas colectividades (incluso en el enfrentamiento conjunto a la barbarie nazi). Y aunque este muro pueda parecerse más a una muralla que los otros muros (y por ejemplo sirva para dejar los asentamientos más cuestionados dentro de su perímetro), cerca de un millón de palestinos viven en territorio israelí. Gadi Algazy, Profesor de la Universidad de Telaviv y responsable de la asociación Judeo-Arabe Taayoush ("vivir juntos"), sostiene que "La creación de un sistema de cercos y enclaves de semejante dimensión sólo puede compararse con el proyecto de colonización masiva de Cisjordania puesto en marcha en 1978 por el primer gobierno Begin, bajo la dirección de Ariel Sharon. La actual empresa prolonga la anterior, y lo mismo que ella pone de manifiesto la visión política coherente de este hombre que siempre prefirió los hechos a las palabras y a los símbolos. Agricultor él mismo, considera que el futuro del conflicto se decide in situ: lo que cuenta son los hombres, la tierra y el agua. Y los hechos que crea actualmente bien podrían llegar a ser irreversibles. El muro funciona en un contexto agrícola: negar el acceso de los palestinos a sus campos y a sus pozos permite modificar de modo duradero las estructuras económicas y romper sus vínculos con su tierra".
Según el Informe Derechos sin Solución (El impacto del Muro ilegal de Israel en el territorio Palestino ocupado sobre los derechos humanos de los palestinos, cinco años después de la Opinión Consultiva del Tribunal Penal Internacional, COHRE & Stop the Wall, Julio de 2009). "unos 200 Km. del Muro han sido construidos desde que el Tribunal Penal Internacional (ICJ) decretó que el Muro era ilegal, y otros 113 Km. están en estos momentos, en construcción". Una vez terminado, el Muro tendrá unos 725 Km. de largo. "Actualmente, su construcción lleva un 59% de obra completada. Solo un 20% del Muro sigue la ruta de la línea del armisticio de 1949 llamada "la Línea verde", y la mayoría se desvía significativamente dentro de Cisjordania, anexando de facto más del 10% de tierra cisjordana. En algunas áreas, el Muro se adentra hasta 22 Km. en tierra cisjordana e incorpora alrededor del 83% de la población colona de Cisjordania a Israel, y aísla a los 250.000 palestinos habitando en el Jerusalén Este ocupado del resto de Cisjordania. Más de 500,000 palestinos ubicados del lado oriental del Muro han sido
separados de sus tierras y de sus medios de subsistencia. Unas 60 localidades en 17 enclaves están encerradas por tres lados por el Muro y los asentamientos, y se encuentran férreamente controlados por el cuarto lado, afectando a 257,265 personas residentes en esas áreas. Además, expropia tierras de primera para la agricultura y recursos acuíferos. El Muro, junto con los asentamientos, sus infraestructuras de carreteras, las zonas militares y las reservas naturales, priva efectivamente a los palestinos del acceso al 49% de Cisjordania". La construcción del Muro afecta los derechos a la autodeterminación, a la libertad de movimientos. al trabajo a un adecuado nivel de vida, a la educación y a la atención médica e involucra el traslado de la población civil dentro del territorio ocupado, la confiscación y destrucción de propiedades, la anexión de tierra, el traslado forzoso y el desplazamiento de personas desprotegidas.

 

Otros casos

Los ejemplos abundan de modo tal que es imposible atribuirles un carácter de excepción. Veamos solo algunos casos que oportunamente fueran registrados en café de las ciudades:
- El gobierno del estado de Río de Janeiro anunció a mediados de abril de 2004 su intención de construir muros de 3 metros de altura alrededor de 4 favelas (Rocinha, Vidigal, Parque da Cidade y Chácara del Cielo) donde las peleas internas de los narcotraficantes habían originado una ola de violencia. Jorge Mario Jáuregui, arquitecto del programa Favela Bairro, opinó sobre esta propuesta.en la nota Favelas en la ciudad: articular, no separar, pubicada en el número 19 de café de las ciudades:
"Pienso que la sola mención de la idea de "amurallar" las favelas es para avergonzar a cualquiera, mucho más a quien fue uno de los impulsores del programa de urbanización denominado Favela Bairro, que consiste justamente en buscar articular las áreas informales (favelas) con las áreas formales de la ciudad. Lo que implica básicamente la idea de construir canales de conexión (no de desconexión, como sería un muro) entre las partes excluidas de los beneficios de la urbanidad y el resto de la ciudad.
Como sabemos, y como vengo haciendo en ya más de 25 favelas de la ciudad de Río, esta conectividad se da a través de la extensión de las infraestructuras básicas (cloacas, agua , iluminación pública); la reformulación del sistema vial y de accesos; la introducción de edificaciones para la generación de trabajo y renta, y edificaciones para la prestación de servicios de interés social (guarderías, puesto de salud, centro de atención para la obtención de documentación, centros de capacitación educacional y de mano de obra, etc); un plan de tratamiento de la basura; la regularización de la propiedad de la tierra y, justamente relacionado con esto, la delimitación de lo público y lo privado, que tiene que ver con la cuestión de los "límites" de cada favela.
(…) La definición de marcos de referencia claros, visibles e "inmodificables", es un factor muy importante de las intervenciones de urbanización. Estos marcos visibles pueden ser, como ya hemos hecho en algunas ocasiones, una especie de caminos bajos de piedra (de más o menos 80 cm. de altura y entre 80 a 100 cm. de ancho) que sirven para hacer el recorrido de fiscalización posterior a las obras. Esto es, que en ningún caso debería tratarse de "ocultar" lo que está por detrás de las áreas urbanizadas sino, por el contrario, permitir la permeabilidad visual y funcional entre la favela y su entorno, a partir del estudio minucioso de la topografía, de las condiciones del suelo, de las formas de acceso al lugar y de los usos establecidos por la población residente, todo lo cual debe ser sintetizado en un esquema de lectura de la estructura del lugar. (…) Cercar las favelas con muros con la excusa de la destrucción de la Floresta de Tijuca es ridículo. No es la Mata Atlántica lo que está en cuestión, sino la vida de personas.
(…) Por lo tanto la cuestión es en realidad derrumbar todos los muros (a través de una ecología mental, social e ambiental) que impiden el pensamiento y el tratamiento consistente (y desde nuestra disciplina, el approach proyectual) de nuestra sociedad dividida".

- En La Nación del 26 de septiembre de 2006, Andrés Oppenheimer (habitualmente afín a las posiciones más conservadoras de la política estadounidense) califica de "alocado" el proyecto de ley finalmente aprobado en el Congreso para crear un muro en la frontera con México: "El muro que se está planeando ahora sólo cubriría 1.120 de los 3.380 kilómetros de la frontera, de manera que sólo hará que los inmigrantes crucen por otros lados más peligrosos. Y aun si se construyera un muro de 3380 kilómetros, los posibles inmigrantes recurrirían a túneles, paracaídas, o intentarían cruzar desde Canadá (...) o lo seguirían haciendo a través de los aeropuertos de Estados Unidos".

- Dos días después, el mismo diario reproduce la información de AP sobre los planes de Arabia Saudita para construir un muro a lo largo de su frontera de 900 kilómetros con Irak, "con el propósito de evitar que los terroristas ingresen en el reino". El proyecto "forma parte de un paquete de medidas de seguridad de 12.000 millones de dólares que incluye sensores electrónicos, bases y obstáculos materiales". La nota está fechada en los Emiratos Arabes Unidos y más precisamente en Dubai, quizás el modelo de desarrollo territorial más influyente en la actualidad; los EUA también están construyendo un muro similar a lo largo de su frontera con Omán, aunque en este caso para impedir el paso de inmigrantes ilegales. El muro en la frontera y el enclave fragmentado en la isla artificial resultan así dos modelos territoriales complementarios en el nuevo paradigma de Dubai: segregación por un lado, irresponsabilidad ambiental por el otros.

- Durante la Semana Santa de 2009, la Municipalidad de San Isidro (el más rico y elegante de los distritos que constituyen el Area Metropolitana de Buenos Aires) intentó cercar con un muro parte de su límite con el vecino partido de San Fernando, de manera de cortar la comunicación entre el próspero barrio de La Horqueta y la humilde vecindad de Villa Jardín, al otro lado de la fronteriza calle Uruguay. Según el Intendente de San Isidro, Gustavo Posse, la "obra" fue planificada por pedido de algunos vecinos del lado sur de la calle, ante la sucesión de hechos delictivos perpetrados por individuos que la usarían para escapar hacia "el condado vecino" (como se dice en las traducciones de las series policiales norteamericanas). Sobre "El Muro de La Horqueta", Carmelo Ricot y Lucila Martínez A. escribieron en el número 79 de café de las ciudades:
"La Horqueta fuori le mura. A diferencia de otros muros de la vergüenza, el Muro de La Horqueta no se distinguía por la solidez constructiva ni por la sofisticación tecnológica. Los organismos técnicos encargados de su diseño y construcción previeron un simple dispositivo de parapetos de hormigón premoldeado y alambrados superiores, modulados entre postes metálicos. En la práctica, el pretendido Muro no alcanzó para contener la furia de los vecinos que, indignados por la segregación a la que se los pretendía someter, se encargaron de demoler (literalmente) una política pública de "seguridad" a golpes de maza y empujones colectivos. ¡Sic transit gloria mundi!
(…) A pesar de la fuerte separación de La Horqueta respecto al mundo exterior y sus "peligros", la percepción de la tribu residente es precisamente la contraria: la de vivir en un barrio excesivamente vulnerable a la intención de acceder en la que insisten, porfiados, los forasteros. Ya en los '80, La Horqueta fue dotada de unos estratégicos canteros de ladrillo, ubicados en medio de algunas esquinas para dificultar el acceso de ómnibus escolares al Colegio Goethe. Y según algunos vecinos, el pedido del muro se originó en la intención de disminuir de 30 a 10 los accesos externos al barrio. (…) Según razona Eduardo Reese en una entrevista en Página 12 (2), "lo interesante es que la gente de La Horqueta puede venir a pasear por la puerta de mi casa, pero no puedo ir yo a pasear por la puerta de su casa"…

 

La contradicción de la modernidad

En su libro La música del azar, Paul Auster pone a sus personajes frente a dos millonarios siniestros que compran un castillo en Europa, lo reducen a piedras, lo trasladan a su finca de Pennsylvania y lo vuelven a ordenar con la forma de un muro. Es la reducción de la cultura a sus elementos primarios para aniquilarla mediante la abstracción. Jim Nashe y Jack Pozzi, los protagonistas de la novela, pierden su partida de póker contra los millonarios y deben saldar su deuda terminando de construir ese muro absurdo.
Los recursos de la modernidad pueden anular el territorio por anular las distancias, las identidades, las peculiaridades locales, pero el territorio permanece como dato objetivo de la experiencia y puede ser tan "peligroso" que induzca a su anulación más primitiva. Una anulación sin calidad: los muros contemporáneos podrían ser una versión del muro de Auster, podrían construirse con los restos de las murallas clásicas y anular su racionalidad, así como el azar de las partidas de póker se contrapone a la racionalidad lógica de la modernidad.
Otra barbarie, la de las Torres Gemelas de Nueva York, se caracterizó por su voluntad figurativa: millones de personas en el mundo tienen dando vueltas en sus cabezas la imagen del impacto de los aviones y las torres en llamas. En cambio el muro de Palestina no aparece en los medios, ni los muros de los barrios cerrados aparecen en las propagandas. El Muro de Berlín solo permanece como trofeo de la Guerra Fría en fragmentos exhibidos en algunas sedes corporativas: nadie pidió que se mantuviera su memoria (los grafittis que lo insultaban fueron en cambio su involuntario aporte a la estética contemporánea). Los muros y alambrados que dividen la frontera entre Estados Unidos y México tampoco son fotogénicos.
Los muros contemporáneos no son conspicuos, no desean la visibilidad. Los nuevos ricos argentinos se fotografían en sus mansiones de los countries, pero nunca la revista "Caras" mostrará la pared divisoria de la urbanización. No habrá un Petrarca que pasee por las afueras del muro y se tienda en la hierba a imaginar sonetos, no habrá una renovación urbana que los integre a una visión contemporánea. Esos muros desaparecerán un día o se harán en cambio más gruesos, más altos, con cámaras en circuito cerrado y alambrados de púa en su coronación. Pero nadie se sacará una foto frente a ellos. Hasta el lenguaje pretende ocultarlos: oficialmente, el Muro de Palestina es apenas un "Cerco" o "Valla" entre ambos territorios.
Estos muros contemporáneos fragmentan el territorio y se oponen a individuos, más que a colectivos. Lo colectivo no es lo que queda de un lado del muro (del lado del que lo construye), sino una intrincada madeja de individuos a uno y otro lado, al que un día el muro puede proteger de la misma forma que al otro lo excluye. Sería ridículo pretender que los muros de la vergüenza fueran más decorativos o que tuvieran un mejor tratamiento (como increíblemente propuso el concurso convocado por el New York Times para embellecer el muro fronterizo entre Estados Unidos y México, con la no menos vergonzosa aquiescencia de algunas destacadas oficinas profesionales) (3), pero lo que perturba es su estética desnuda e inhumana, su implícita voluntad de ocultamiento. La abstracción y la indiferenciación, un ideal estético de la modernidad, se asocia en este caso a la brutalidad. No es tanto la falta de intencionalidad estética lo que abruma de estos muros de la vergüenza, como su irreductible abstracción. No escandalizan tanto por refutar la modernidad como por expresar sus contradicciones.

Notas:

1. Algunos trabajos de interés sobre la cuestión de los muros: el artículo de Fernando Diez para La Nación que reproducimos abajo; El muro que dividió Europa, una excelente producción del diario español El Mundo; el sitio de la campaña "Stop the wall" y el Informe de COHRE sobre el muro de Palestina.

2. "Fractura social", entrevista de Soledad Vallejos a Eduardo Reese, publicada en Página 12 del 9 de abril.

3. Sobre el concurso convocado por el New York Times para embellecer el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, ver la nota La pared maravillosa, de Jorge Mele, en Clarín del 15/8/06, y el comentario de David Basalto en Plataforma Ubana.

 

Emigración y destierro
Por Fernando Diez
Copyright La Nación, publicado originalmente en octubre de 2006

¿Se puede salir sin entrar? Esa fue, precisamente, la condición del destierro. Algo quizá todavía posible hace sesenta o setenta años, cuando las fronteras eran imprecisas y existían lejanías llamadas confines. Cuando el mundo era geográficamente más elástico, con áreas poco vinculadas y exploradas. Hoy, el mundo ha empequeñecido por las comunicaciones y por una tecnología que escruta desde el cielo hasta el último rincón de la Tierra. Un espacio con finitud que ha empezado a percibirse pequeño. Y, cada vez más, las naciones que lo componen contabilizan sus recursos en años que les resta para agotarlos. Con el territorio vuelto escaso, ya no fue más posible salir a esa antigua inmensidad sin entrar en la celosa propiedad de otros. Ya no es posible el destierro en el sentido de los antiguos: la condena a vagar por ninguna parte. Ahora todo es alguna parte. Pero ¿de quién, del que llegó primero? ¿Del que fue más fuerte? ¿Del que lo es ahora?¿Existe un derecho a salir, a emigrar? ¿Un derecho como lo ejercieron nuestros abuelos europeos que huyeron del hambre y la persecución? Quizás exista, aunque a los que se les reconoce el derecho de salir, no necesariamente se les reconoce el derecho de entrar. Pero ¿se puede ejercer el derecho de salir sin tener adónde entrar? Los propios europeos, que otorgaron a sus ciudadanos el derecho de salir un siglo atrás, niegan ahora a otros el derecho de entrar. Melilla, el enclave español en Africa, es sólo la más amarga de las puertas cerradas. Algunos recorren todo el inmenso continente africano, para salir de él entrando en la pequeña Melilla; haciendo del encierro de la pequeña ciudad el afuera al cual se sale, y del inmenso continente el adentro del que se intenta escapar. Las migraciones que caracterizaron el fin del siglo XIX y la formación de nuestro país ya no son bien vistas. Cuando Monroe proclamó "América para los americanos", rechazaba el dominio de los europeos. Pero no rechazaba la inmigración europea. Las naciones americanas inauguraron una nueva visión del mundo, donde la adhesión fue posible y la inmigración no era un crimen. Por primera vez, no era el pasado lo que unía a los hombres, sino el futuro. Ya no serían una nación porque descendían de la misma sangre, sino porque se reconocían como iguales. En esa visión, hacerse argentino significaba aceptar compartir una declaración de valores y principios de convivencia: la carta fundadora de la Constitución Nacional. Las nociones de igualdad y libertad estaban allí como incondicional promesa para inmigrantes que huían del hambre y las desigualdades. Estados Unidos planea levantar un muro de miles de kilómetros para evitar la entrada de miles de mexicanos. La característica casi insular de Europa le venía ahorrando ese trabajo, pero en cada vez mayor número de naciones, está clara la disposición a cerrarse. Precisamente las más ricas y avanzadas tecnológicamente. Apenas dieciséis años después de la caída del Muro de Berlín y la de la Cortina de Hierro, que impedían salir del paraíso forzoso del comunismo, ya se están construyendo los muros para impedir la entrada en los paraísos del consumo. Cuando todavía no se puede salir libremente de Cuba, ya no se puede entrar libremente en Estados Unidos. ¿Pero es esto justo? ¿Se puede tener el derecho de salir, sin tener, al mismo tiempo, el derecho de entrar? En el reconocimiento de esta limitación se funda el viejo concepto del refugiado. En su negación, la práctica que manda que los inmigrantes indeseados serán deportados. Pero ¿hacia dónde? ¿Por qué contra su voluntad? ¿No pueden renunciar a la nacionalidad; es ésta obligatoria? En otras palabras, ¿tienen los Estados nacionales, en su conjunto, derecho absoluto sobre el globo y sobre los hombres? Frente al conjunto de las naciones, ¿no sería suficiente razón ser humano para tener derecho a habitar la Tierra? La nueva finitud del mundo, estrechado por una población que se triplicó en menos de cien años, abre un nuevo dilema moral. Un mundo que ha sido completamente reclamado por las soberanías nacionales no deja lugar a hombres completamente libres. Los hombres que no acepten la fuerza con la que las naciones se apropiaron del territorio en detrimento de otros ¿deberían acaso vivir en alta mar? Si el monopolio del territorio que ejercen las soberanías nacionales no fuese absoluto, si tal soberanía tuviese un límite, entonces el derecho a habitar el globo debería primar sobre las obligaciones y los derechos de la nacionalidad. En otras palabras: ¿es más importante la condición nacional que la condición humana? Si la respuesta fuese negativa, otorgar asilo al refugiado o al expatriado no sería una libre concesión de las naciones, sino una obligación, como contrapartida de la soberanía de que son depositarias. Por audaz que esto parezca, ya estaba en espíritu y en letra en la Constitución argentina de 1853, que acepta a "todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". ¿Sería posible que esto fuese verdad, no sólo para algunas, sino para todas las naciones? ¿No basta con ser humano para tener derecho a habitar el mundo? Estas son las preguntas que el siglo XXI nos está formulando y las primeras respuestas no son alentadoras.

FD
El autor es arquitecto, especialista en desarrollo urbano y medio ambiente


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