> AÑO 2 - 18 de Enero 2010
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> Democracia y muros: nuevas articulaciones del espacio público
Por Teresa Caldeira

Traducción M. Mayorga
Texto traducido de la conferencia "Democracy and Walls: New Articulations of the Public Space" pronunciada el 25 de mayo de 2003 en las jornadas "Ciudades (in)visibles" en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Las ciudades modernas han sido siempre espacios de afirmación de la democracia y, al mismo tiempo, de proliferación de la desigualdad social y las prácticas de exclusión. Incluso en las ciudades modernas más democráticas encontramos modelos de segregación espacial. De hecho, las configuraciones generadas por las interconexiones entre democracia, desigualdad social y espacio urbano cambian continuamente. En este escrito me baso en el caso de Sao Paulo para analizar las nuevas configuraciones que están surgiendo en muchas metrópolis alrededor del mundo.

Si reflexionamos sobre la relación entre democracia y espacio urbano a través del caso de Sao Paulo, nos damos cuenta de dos cosas. En primer lugar, que la democracia es un proceso desigual que en la práctica contradice los modelos políticos usuales con que acostumbramos a valorarla. Estos modelos tienden a concebir la democracia como un proceso homogéneo que afecta a la vez y de una manera uniforme a todas las esferas de la vida social. En segundo lugar, nos damos cuenta de que no hay una correspondencia clara y directa entre la forma espacial y la forma política, aunque, por descontado, las dos están relacionadas y se influyen mutuamente. Hoy día, en muchas metrópolis del mundo, tanto en el sur como en el norte, podemos identificar procesos que recrean y difunden la democracia y la ciudadanía y, al mismo tiempo, procesos que socavan las condiciones mismas de esta difusión y deslegitiman algunas de las reivindicaciones más importantes. En estas ciudades, el espacio urbano ha sido al núcleo de la aparición de nuevas reivindicaciones y formas de derechos ciudadanos, y también de nuevas practicas de segregación y discriminación, y ninguna de estas dos tendencias opuestas ha sido capaz de eliminar la otra.

Históricamente, Sao Paulo se ha caracterizado por una segregación espacial clara y por una inmensa desigualdad social. A Pesar de esto, el carácter de esta segregación y la gestión que se ha hecho de ésta por parte de los diferentes grupos sociales han cambiado considerablemente.

En estos últimos veinticinco años, las enérgicas reivindicaciones en favor de la democratización y la extensión de los derechos ciudadanos promovidas por los movimientos organizados por los habitantes de las periferias urbanas han contribuido a democratizar el país, ampliar los derechos ciudadanos de los habitantes pobres, y mejorar las infraestructuras y condiciones de vida de estas periferias urbanas. Estos cambios se han enfrentado a procesos de impugnación de derechos, sobre todo de derechos civiles, y de una reinvención de la separación social, a menudo a causa del aumento de la violencia urbana y el miedo a la delincuencia. Desde la perspectiva urbana, el ejemplo mes evidente en este sentido es la proliferación de enclaves fortificados para las residencias y las actividades laborales y de consumo de las élites.
Así mismo, en estos últimos años la segregación urbana ha comenzado a adquirir un nuevo significado una vez más desde los espacios de la periferia, esta vez gracias a movimientos culturales como el hip-hop. Estos movimientos denuncian, con la máxima claridad, las condiciones de injusticia y desigualdad omnipresentes en la periferia y, simultáneamente, recrean estas áreas como guetos, es decir, como espacios cerrados que imitan perversamente algunas de las prácticas de las élites que los segregan a ellos. Mediante el análisis de diversas dimensiones de estos diferentes tipos de compromiso con la democratización y la segregación, espero contribuir al debate sobre el carácter de los espacios públicos y de la democracia en las metrópolis contemporáneas.


Los derechos a la ciudad
No hay duda que durante estas dos últimas décadas Brasil se ha democratizado. Tampoco hay duda que esta democratización no ha afectado a algunas dimensiones de la sociedad brasileña. Como James Holston y yo afirmamos en otro artículo, ha sido un proceso desigual que ha tenido como principal éxito la democratización del sistema político, y como principal fracaso, el incumplimiento de la justicia y la violación de los derechos civiles.(1) Durante éstas dos últimas décadas las elecciones han sido libres y limpias, ha habido libertad de organización para los partidos políticos y las asociaciones cívicas, no se ha practicado la censura en los medios de comunicación y no ha habido ningún caso de encarcelamiento por actividades políticas. No obstante, las instituciones relacionadas con el orden público -la policía y el sistema judicial- han sido sistemáticamente incapaces de garantizar, ni siquiera mínimamente, la seguridad pública, la justicia y los derechos civiles. Los espacios urbanos de las regiones metropolitanas brasileñas, sobre todo las periferias pobres, constituyen una dimensión de la sociedad brasileña en la que podemos observar un compromiso imaginativo con la democratización y al mismo tiempo algunas de sus limitaciones más dramáticas.

En Sao Paulo, como en cualquier otro lugar de Brasil, los trabajadores pobres que se han establecido en las ciudades se han construido ellos mismos las casas en la periferia. Los trabajadores se han comprado en las afueras de la ciudad solares baratos, vendidos ilegalmente por estafadores descarados, o con alguna clase de irregularidad por promotores que no han cumplido la normativa urbana con respecto a infraestructuras y registro de las propiedades. En Sao Paulo, como en cualquier otro lugar de Brasil y del mundo en vías de desarrollo, los trabajadores han entendido siempre que la ilegalidad es la condición para poder convertirse en propietarios y vivir en la ciudad moderna. Y en Sao Paulo, como en los otros lugares, las regiones metropolitanas se caracterizan por una clara dicotomía entre "la ciudad legal" (es decir, el centro habitado por las clases altas) y las periferias ilegales. Los trabajadores se construyeron sus propias casas en calles sin asfaltar y sin infraestructuras, y sin disponer de financiación, en un proceso de transformación largo y lento nombrado "autoconstrucción". Este proceso simboliza a la perfección el progreso, el crecimiento y la movilidad social: paso a paso, día tras día, la casa va mejorando, y la gente se tranquiliza al ver que el sacrificio y el trabajo duro encuentran una compensación. Así, durante el último medio siglo, y sobre todo durante los años de intensa urbanización entre la década de
los cincuenta y la de los ochenta, trabajadores de Sao Paulo se trasladaron a las afueras para construirse una casa y, en este proceso, se convirtieron en los agentes de la urbanización periférica de la ciudad.

A partir de mediados de década de los setenta, van a aparecer en las periferias urbanas pobres de las regiones metropolitanas del Brasil numerosos movimientos sociales vecinales. Los miembros de estos movimientos, en su mayoría mujeres, eran nuevos propietarios que se daban cuenta de que la organización política era la única manera de obligar a las autoridades municipales a introducir las infraestructuras y los servicios urbanos en sus barrios. Descubrieron que el hecho de pagar impuestos legitimaba su "derecho a tener derechos" y "derechos la ciudad", es decir, derecho a un orden jurídico y a la urbanización (infraestructuras, redes de suministro de agua, gestión de aguas residuales, electricidad, servicios telefónicos, etc.) de la que disponían los habitantes del centro. Con los movimientos sociales, los derechos van a ir más allá de la esfera laboral, en el cual siempre habían estado legitimados y practicados con regularidad. La base de su movilización política eran el estatus ilegal/irregular de sus propiedades y la situación precaria de sus barrios, que las autoridades públicas no habían dotado de servicios ni de infraestructuras con el argumento precisamente de la irregularidad de su estatus. Así, el impulso fundamental de estos movimientos fue una experiencia urbana y colectiva de marginación y abandono, a pesar de los esfuerzos individuales de integración a través del trabajo y el consumo.

Los movimientos sociales urbanos fueron los actores principales del proceso político que puso fin a la dictadura militar. Su influencia fue especialmente importante durante los trabajos de la Asamblea Constitucional y las numerosas asambleas municipales y estatales que vinieron después. Señalan un momento importante en la constitución de una nueva concepción de la ciudadanía basada en la participación popular en la elaboración de las leyes y el ejercicio de nuevos tipos de derechos a través de la legislación. La Constitución de 1988 instaura muchos derechos como consecuencia de la aprobación de una serie de enmiendas populares presentadas por los movimientos urbanos y grupos minoritarios organizados después de una movilización política sin precedentes. Estos derechos son muy diversos, desde derechos reproductivos y permiso pagado de paternidad hasta la usucapión urbana (usucapião urbano). Gracias a ésta última, a los ciudadanos que hayan vivido ininterrumpidamente durante cinco años y sin ninguna oposición en pequeños solares urbanos pueden disponer de un título de propiedad incontestable. Este artículo constitucional y otro, que define el objetivo de las políticas urbanas como "la organización del pleno desarrollo de las funciones sociales de la ciudad" y establece que la propiedad tiene una función social, se convirtieron en la base para una serie de leyes, normativas y planes que transformaron las características de la política urbana en Brasil. (2)

Uno de los ejemplos más efectivos de estas leyes es el trascendental Estatuto de la ciudad (Estatuto da Cidade), ley federal 10257 del 10 de julio de 2001. Hay que subrayar dos de sus numerosos aciertos. En primer lugar, formula sus directrices desde el punto de vista de los pobres, que son la mayoría de habitantes de las ciudades brasileñas, y crea mecanismos para corregir algunas de las pautas más evidentes de las irregularidades, desigualdad y degradación en la producción del espacio urbano.En segundo lugar, el Estatuto exige que las políticas urbanas locales se diseñen y se apliquen con la participación popular. Por lo tanto, prevé la colaboración activa y la implicación de las organizaciones y los intereses de la sociedad civil.

El Estatuto de la ciudad y las prácticas que le han inspirado constituyen importantes muestras de una de las maneras cómo la democratización se ha arraigado en la sociedad brasileña, y de cómo las experiencias de base de la Administración local, la imaginación jurídica y la movilización popular se han hecho un espacio en las leyes federales. Por descontado, se pueden añadir otros ejemplos que indican una ampliación importante de los derechos y de la ciudadanía. No obstante, las profundas transformaciones ocurridas en las regiones metropolitanas en las dos últimas décadas han puesto en peligro estos movimientos de respaldo de la ciudadanía y las identidades cívicas. Se trata de procesos que tienen su plasmación material en el entorno urbano y que neutralizan las reivindicaciones de incorporación.


Recrear la segregación
Mientras la periferia se urbanizaba y, una vez legalizada parcialmente, se incorporaba a la ciudad oficial, y mientras el proceso de democratización se arraigaba y los trabajadores de bajo poder adquisitivo eran reconocidos como actores políticos, un número significativo de miembros de las clases alta y media van comenzar a retirarse de la ciudad, y más concretamente, de su espacio público. Recurrieron al temor a la violencia delictiva -que, ciertamente, creció a partir de mediados de década de los ochenta- como principal justificación los centenares de miles de personas que se marcharon para instalarse en zonas de las afueras de la región metropolitana que podían controlar mejor y de las cuales podían excluir a los pobres. Construyeron enclaves fortificados para sus residencias, y para las actividades de ocio y laborales. Adoptaron un nuevo punto de vista sobre las virtudes de la iniciativa privada, que iban de la mano de las políticas neoliberales que asumieron la gestión económica. Estas políticas hicieron que el Estado se retirara de algunas áreas en que las que tradicionalmente había tenido un papel fundamental, como los servicios urbanos, las infraestructuras, las telecomunicaciones, la producción de acero y petróleo, etc. Las políticas neoliberales generaron una profunda crisis económica que puso en peligro, en parte, la continuidad de la integración de los pobres en la ciudad mediante el proceso de autoconstrucción.

La opción por las soluciones privadas indica también un nuevo enfoque del espacio urbano por parte de las élites, que durante estos últimos años han substituido los espacios públicos y urbanos tradicionales por nuevos espacios privatizados destinados a usos colectivos. Este cambio tiene manifestaciones diversas. La campaña publicitaría de una urbanización cerrada, estilo parque temático y destinada a las élites de Sao Paulo, encontró una manera mucho sintética de expresarlo. La urbanización residencial, llamada Place des Vosges, es una copia literal de la plaza parisina. Pero se sitúa dentro de una fortaleza de muros elevados, equipada con numerosos dispositivos de seguridad a cargo de un ejército de guardias privados las veinticuatro horas del día. El anuncio mostraba la placa francesa y la copia fortificada brasileña, y afirmaba que: "La única diferencia es que la de París es pública, y la tuya es privada." A medida que las soluciones privadas proliferan y se convierten en las más deseables y distintivas, los espacios urbanos antes considerados buenos se transforman en espacios desocupados, abandonados en los que no se pueden ni mover y ni vivir porque están confinados entre cuatro paredes.

La privatización y unas fronteras rígidas (materiales o simbólicas), que fragmentan lo que antes eran espacios más abiertos, sirven para mantener separados los grupos. Estas separaciones se van creando de diversas formas: con muros, dispositivos de diseño, la desconfianza, los prejuicios y el miedo a la delincuencia. Este miedo tiene consecuencias: fomenta la difusión de conversaciones cotidianas que expresan nuevos símbolos de discriminación y criminalización de los más desfavorecidos y de los miembros de los grupos étnicos. Además, el miedo a la delincuencia legitima la expansión de la industria de los servicios de seguridad, ahora en auge, necesarios para reforzar el nuevo régimen de distancias y fronteras del espacio ciudadano. A la larga, esta expansión desestabiliza una de las principales fuentes de legitimación del Estado moderno: el monopolio de la violencia.


La periferia
Durante la misma época en que los reductos fortificados se convirtieron en la principal opción de las clases altas, la periferia de Sao Paulo vivió procesos contradictorios de mejora y deterioro. Los movimientos sociales, además de su papel fundamental en el proceso de democratización y en la constitución de un nuevo concepto de ciudadanía, promovieron una transformación significativa en el entorno urbano de las periferias.
Los responsables estatales que recibieron las peticiones de los movimientos sociales les dieron respuesta. La ciudad de Sao Paulo (y muchas otras de Brasil) van a pedir elevados préstamos para invertir en infraestructuras urbanas, sobre todo de saneamiento, hasta el punto que Brasil se convirtió en el principal deudor del Banco Mundial en materia de desarrollo urbano.
Como consecuencia, las periferias de Sao Paulo (y de otras regiones metropolitanas) mejoraron sustancialmente en cuanto a infraestructuras urbanas (pavimentación, aguas residuales, saneamiento, electricidad) y a indicadores como la mortalidad infantil. Las administraciones municipales también respondieron a las solicitudes de legalización de suelo urbano y ofrecieron diversas amnistías para las construcciones ilegales, con lo cual aumentó sustancialmente el volumen de propiedad legal en las periferias -aunque éste aún sigue siendo un problema enorme-. Esta combinación de legalización y mejora de las infraestructuras cambió radicalmente el estatus de la periferia en el paisaje ciudadano, una transformación análoga a la del estatus político de los habitantes, conseguida gracias a la organización de movimientos sociales.

Sin embargo, mientras las periferias mejoraban y la democratización arraigaba en el Brasil, se estropearon las condiciones que servían de base para la industrialización, el desarrollismo y la movilidad social. Van a comenzar a deteriorarse en la década de los ochenta, la denominada "década perdida", en la cual se produjo la profunda recesión económica vinculada a los cambios que transformaron considerablemente a la sociedad brasileña, así como muchas otras de América Latina y del resto del mundo. Aunque no es éste el momento para analizar de una manera detallada estos cambios, es importante mencionar los más destacados, ya que afectaron a la región metropolitana de Sao Paulo en la década de los ochenta y de los noventa. Consisten en un fuerte descenso en el crecimiento de la población; una bajada importante de la inmigración y el aumento de la emigración, sobre todo de los habitantes pertenecientes a las clases altas y medias; un acusado descenso del PNB y de los índices de crecimiento económico; una bajada de la renta per cápita; una profunda reorganización de la producción industrial vinculada a un desempleo muy elevado y a la precariedad de la ocupación; una redefinición del papel del gobierno en la producción y gestión del espacio urbano, y un ascenso notable de la delincuencia violenta. Como resultado de la crisis económica y los cambios subsiguientes, la distribución de la riqueza -que ya era mala- empeoró y las perspectivas de movilidad social disminuyeron considerablemente. En la periferia, se desbarataron los importantes avances en materia de inclusión urbana que habían conseguido los movimientos sociales. Mucha gente ya no se podía pagar una casa de propiedad y las escasas perspectivas de ganarse la vida parecían incluso descartar la posibilidad de autoconstruirse una. La proporción de personas que vivían en favelas en la ciudad aumentó del 4% de 1980 al 9% del 1991 y al 11% del 2000.(3)

Es cierto que uno de los procesos que más han contribuido a deteriorar las condiciones de la vida cotidiana en las periferias es el incremento acusado registrado en la delincuencia violenta.
Con un índice anual global de asesinatos de más de 60 por cada 100.000 habitantes, Sao Paulo es una de las ciudades mes violentas del mundo. Además, muchos barrios de la periferia tienen un índice de homicidios de más de 110 por cada 100.000 habitantes, comparados con los menos de 15 de los distritos del centro.(4) Además, el número escandalosamente elevado de abusos policiales y muertes perpetradas por la policía se sitúa mayoritariamente en las periferias.

En resumidas cuentas, aunque el espacio urbano de las periferias ha mejorado y se ha reforzado la ciudadanía política de sus habitantes, sus derechos civiles han retrocedido y su vida cotidiana se ha deteriorado a causa de diversos procesos. Las periferias están más legalizadas, tienen unas infraestructuras relativamente mejores y, a pesar del empobrecimiento, sus habitantes tienen un acceso al consumo, la información y la comunicación (desde los teléfonos móviles y los ordenadores hasta la tecnología electrónica y fonográfica) muy superior a lo que nunca habrían llegado a soñar los más mayores. Sin embargo, en estas zonas la vida cotidiana es, en algunos aspectos, mas dura e incierta que antes, a causa del aumento de la delincuencia violenta, los abusos policiales, el desempleo, la precariedad creciente de las condiciones laborales y el desmantelamiento parcial de un Estado del bienestar muy débil. Esta periferia, donde las
manifestaciones de desigualdad sociales son del todo evidentes y las condiciones de la vida cotidiana se convierten en especialmente difíciles, se convirtió en el lugar donde se organizaron una serie de movimientos culturales y formas artísticas que proliferaron gracias a la democratización y a un acceso más amplio a los recursos de la información y la comunicación. Ahora me referiré a los movimientos que expresan una visión diferente de la periferia y
revelan algunas contradicciones importantes de la democratización.

En diversas metrópolis del mundo, el hip-hop se ha convertido en un lenguaje con el cual la juventud y los grupos marginales expresan las injusticias, la violencia y las desigualdades que han sufrido. Eso es lo que ocurre en Sao Paulo, donde los hijos de los inmigrantes que urbanizaron la periferia ahora se identifican con el hip-hop, se han hecho raperos, poetas marginales, artistas dibujantes de grafittis, o bailan breakdance, con el fin de crear una visión de la periferia muy diferente de la que sus padres proponían. La imagen anterior de una periferia trabajadora y llena de recursos fue obra de la generación de inmigrantes que se instalaron y organizaron después los movimientos sociales para reivindicar sus derechos en la ciudad. Los miembros de estos movimientos, a pesar de ser jóvenes, eran mayoritariamente propietarios de su vivienda y padres. Había una proporción significativa de mujeres. Vinieron a Sao Paulo para trabajar y creían firmemente en las posibilidades de movilidad social e integración en la sociedad moderna que el trabajo duro y la educación en la ciudad les ofrecían. Podemos definir los componentes de los movimientos artísticos contemporáneos como hijos suyos. La mayoría son jóvenes, la primera generación de hijos de inmigrantes nacida en los barrios pobres de la ciudad, construidos por sus padres, que soñaban convertirse en propietarios de una vivienda y en ciudadanos modernos. Aunque muchos de ellos tienen hijos, no suelen disponer de una vivienda independiente y no hay casi ninguno que sea propietario. Las condiciones con que se encontraron en la periferia son muy diferentes de las de sus padres. Forman parte de la primera generación que ha llegado a la mayoría de edad en un sistema político democrático y al mismo tiempo bajo los efectos de las políticas neoliberales, como un desempleo elevado y una cultura del trabajo nueva y "flexible". Desde muchos puntos de vista, sus padres triunfaron en sus sueños de movilidad social, y son una demostración de este éxito su inserción en la ciudad, en el mercado moderno de consumo, y en la esfera pública de los debates políticos y la comunicación. Sin embargo, si sus padres creían en el progreso, ellos tienen la sensación que sus oportunidades de movilidad social son escasas o nulas. Se consideran marginados y excluidos, y no se ven como ciudadanos, aunque día a día ejercen sus derechos ciudadanos de integrarse en un debate público y crear una representación pública de ellos mismos. Se hicieron adultos en un momento en que las posibilidades de integración se vieron contrarrestadas por el deterioro inmediato de estas mismas posibilidades; cuando la expansión del consumo coincidió con el desempleo; el acceso generalizado a los medios de comunicación, con la percepción de la distancia que los separaba de los mundos que estos medios representaban; la educación formal, con la pérdida de importancia de ésta en el mercado laboral, y la mejora de las condiciones urbanas, con la delincuencia violenta. Desde este entorno promueven una de las críticas más enérgicas nunca formuladas en el Brasil contra la desigualdad social, la injusticia, el racismo y la falta de respeto de los derechos humanos.

La democracia y los espacios cerrados
Los movimientos hip-hop expresan con dramatismo los dilemas de las personas que viven en un contexto de abusos y desigualdad que los acerca al universo de la delincuencia violenta y que los lleva a no creer en las alternativas que les podrían ofrecer el universo democrático y el resto de la sociedad. La faceta del Estado con que están en contacto consiste, principalmente, en una policía violenta y el deterioro de las prisiones, escuelas y hospitales. También se tienen que encarar cada día con lo que consideran un sistema judicial injusto. Tratan de sobrevivir en un espacio que califican de infierno, una palabra que identifica sus barrios periféricos y también las prisiones donde van a parar muchos manos. Comprenden que sus vecinos se conviertan en delincuentes. No es que estén a favor de la delincuencia. De hecho, la misión desesperada que se asignan imaginariamente es la de luchar por la paz, arrancar a sus hermanos de la esfera de la delincuencia y la muerte, y enseñarles las habilidades necesarias para continuar vivos. Esta misión se fundamenta en un sentimiento de revuelta. En efecto, es probable que el hip-hop exprese la forma de revuelta articulada con más energía que se haya visto en la sociedad brasileña durante muchos años. La decisión de hablar desde la perspectiva de los negros, denunciar el racismo, manifestar un antagonismo frontal de clase, despreciar los ricos (sobre todo los playboys jóvenes) y despreciar a las mujeres no tiene ningún paralelismo en una sociedad en que la actitud más extendida es el de evitar la confrontación directa, tanto racial como social. Es probable que las opiniones formuladas por el hip-hop no sean compartidas por la mayoría de habitantes de la periferia, pero es evidente que constituyen un punto de vista muy potente que a veces representa la periferia y condiciona los debates políticos y las disposiciones que la afectan.

En estos últimos años, en Brasil numerosos movimientos han denunciado las desigualdades que pesan sobre la vida de las clases trabajadoras de bajo poder adquisitivo y sus espacios.
Los movimientos sociales de las décadas de los setenta y ochenta son el ejemplo más conocido. No obstante, hay una diferencia fundamental entre estos movimientos y el hip-hop. Éste último expresa una cosa que hasta ahora se había expresado muy poco: la violencia de la vida cotidiana; las relaciones conflictivas entre vecinos y entre hombres y mujeres; el racismo; la violencia policial; la falta de alternativas; la vulnerabilidad de los cuerpos.

Es cierto que los movimientos sociales denunciaban una situación de desigualdad e injusticia. Pero su perspectiva presentaba dos diferencias fundamentales con el hip-hop. En primer lugar, los movimientos sociales contrarrestaban las imágenes negativas de la periferia mediante una imagen positiva de ellos mismos como miembros de una comunidad unida y "solidaria" de familias trabajadoras y propietarios. En otras palabras, cuestionaban las imágenes que la élite tenía de ellos, pero no los valores de propiedad y progreso de esta élite. El concepto de la comunidad unida lo aprendieron de la teología de la liberación. La ética del trabajo duro como instrumento de progreso y garantía de dignidad había estructurado la cosmovisión de las clases trabajadoras y pobres durante todo el periodo de industrialización y urbanización de Sao Paulo. En segundo lugar, los movimientos sociales articulaban sus demandas desde una posición de inclusión. Se situaban dentro de la esfera política, bajo los parámetros que ellos mismos van a forzar, de hecho, a fin de que ellos se pudieran incorporar. Partieron de la desigualdad como base para exigir una igualdad de derechos. En estas demandas afirmaban la inclusión y la pertenencia. En efecto, sus movilizaciones les valieron la ciudadanía política y un grado importante de inclusión en el orden jurídico urbano. Ahora, sin embargo sus hijos expresan los límites descarnados de esta inclusión.

Las leyes y el Estado con los que se comprometieron los habitantes de la periferia, y que los integraron durante el período de la democratización, han protegido su derecho político, han mejorado -cuando menos parcialmente- su espacio, han cambiado la manera de concebir la gestión del espacio urbano e incluso han protegido sus derechos de propiedad. Pero no han sido capaces de proteger ni a sus cuerpos ni a sus vidas, que siguen estando en muy buena parte "incircunscriptos".(5) Esta vulnerabilidad es lo que los movimientos hip-hop expresan con dramatismo. Hacen uso del único derecho que creen que todavía tienen los negros pobres como ellos: el derecho a hablar con libertad, garantizado por la democratización, para intentar "circunscribir" los cuerpos de sus manos y ayudarlos a seguir vivos. Bajo la denominación de "actitud", articulan una ética rígida (aunque a veces duden o se contradigan): nada de drogas, nada de alcohol, nada de consumo ostentoso, nada de contactos con los blancos, nada de confiar en las mujeres, etc. Lo que une la hermandad generada por esta ética y buena conducta es la invocación de Dios (y a veces los orixás), los manos, que se vigilan mutuamente para evitar las malas conductas, y unos "juicios racionales" autoritarios en que juzgan los manos que, según ellos, se han portado mal. No hay ninguna institución, salvo los grupos dispersos de hip-hop y posses, que articule las normas y el funcionamiento de la hermandad. Estos grupos evitan relacionarse con organizaciones exteriores, incluso todas las ONG que intentan actuar en su barrio. Tienen la sensación que están aislados y solos, y que no pueden confiar en nadie. Los movimientos hip-hop ven los barrios de la periferia como unos guetos que no se integrarán ni socialmente ni políticamente, como espacios que continuarán confinados y excluidos, una especie de espacios cerrados.

Sin duda, los jóvenes y los negros de las periferias tienen razón para ser escépticos respecto a las ayudas y a las instituciones. Tampoco hay duda de que se les hace difícil pensar que puedan tener algo que ver con ellos conceptos tales como justicia, derechos y pertenencia tal como los expresa el actual Estado democrático. De todos modos, es importante destacar que invocan estos mismos conceptos, reformulados, como parte de su ética. Sin embargo, su cerramiento en sí mismos y la intolerancia que muestran ante la diferencia (de hecho, cualquiera diferencia, porque rechazan rotundamente la presencia de las mujeres, sus hermanas) establece unos límites para el tipo de comunidad y de política que pueden crear. Democracia es una palabra que no forma parte de su léxico. En realidad, es un concepto que pertenece al otro bando, el bando de la sociedad blanca y rica. Sus invocaciones a la justicia no son necesariamente las de la ciudadanía y el imperio de la ley, a diferencia de las de los movimientos sociales. La suya es un orden moralista en que no hay lugar para la diferencia.

La construcción por parte de los movimientos hip-hop de una posición tan cerrada se convierte en especialmente problemática cuando tenemos en cuenta que es paralela a otras prácticas de cerramiento, esta vez por parte de las clases altas. Ya hace algún tiempo que algunos grupos de las clases altas están creando espacios de aislamiento para sus actividades, desde la vivienda hasta el trabajo, desde el ocio hasta el consumo. Unas actividades que se recluyen en enclaves fortificados bajo la vigilancia de guardias privados. ¿Si a los dos lados del muro la gente quiere estar cerrada y ser autosuficiente, qué posibilidades tiene la democratización?

A partir de la década de los ochenta, Brasil ha redactado una Constitución notablemente democrática y algunas leyes relacionadas con ésta, como el Estatuto de la ciudad, que han modificado considerablemente la estructuración de las relaciones sociales en diversas dimensiones de la vida social y urbana. En algunas regiones metropolitanas, los habitantes de las periferias pobres se han organizado para expresar las condiciones de discriminación e injusticia a las que están sujetos y para cambiar su estatus como ciudadanos y las condiciones de los espacios donde viven. Al mismo tiempo, también han sido objeto de nuevas formas de segregación e injusticia, y a veces ellos mismos han contribuido a la discriminación de algunos grupos y a aislar sus propias zonas. El mismo sistema democrático que ha sido capaz de inventar una buena legislación para abordar el espacio urbano no ha sabido reformar los mecanismos que protegen las vidas y los derechos civiles. Sin duda, la democratización es un proceso desigual, y las transformaciones del espacio urbano y la esfera pública llevan la huella de esta desigualdad y de las diversas contradicciones y perversidades que generan. Para la democracia brasileña el desafío es dar un significado a la esfera de la ciudadanía civil, que antes no hacía falta. Es un desafío que se torna cada vez más dramático en el día a día, mientras que crece la desconfianza en el sistema judicial en ambos lados del muro, pues para proteger las vidas, se buscan soluciones privadas y cerradas.

Notas:

1. Para una análisis detallado de este proceso desigual, que ha derivado en lo que denominan "democracia disyuntiva", ver CALDEIRA, Teresa P.R. y HOLSTON, James, "Democracy and Violence in Brazil", en Comparative Studies in Society and History, vol. 41, nº. 4, 1999, p. 691-729.

2. Para un análisis completo de la nueva legislación urbana y, en especial, del Estatuto de la ciudad del 2001, ver CALDEIRA, Teresa P. R. y HOLSTON, James, State and Urban Space in Brazil: From Modernist Planning to Democratic Intervencions", en ONG, Aihwa y COLLIER, Stephen (ed.), Global Assemblages: Technology, Politics, and Ethics as Anthropological Problems, Blackwell, Oxford 2005. En este artículo, afirman que el Estatuto de la ciudad y otras leyes que lo siguieron consolidan, de hecho, un nuevo tipo de planificación urbana y de compromiso con la gestión de la ciudad que podríamos calificar como democrático. Contrastamos este modelo con el tipo de planificación modernista-desarrollista que se va a imponer en Brasil y hacia la década de los cincuenta y que se basaba en el concepto de planificación total, aplicada habitualmente de una manera autoritaria.

3. Se han producido diversas polémicas sobre el número de personas que viven en las favelas de Sao Paulo. Los cálculos que presento son los de SARAIVA, Camila y MARQUES, Eduardo, "Dinâmica Social das Favelas na Região Metropolitana de São Paulo", Centro de Estudos da Metrópole, Sao Paulo 2004.

4. Para una análisis detallado de las tendencias en la delincuencia, ver CALDEIRA, Teresa P. R., City of Walls: Crime, Segregation, and Citizenship in Sao Paulo, University of California Press, Berkeley 2000.

5. Explico este concepto de los cuerpos incircunscritos en CALDEIRA, Teresa P. R., op. cit., 2000, capítulo 9.

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