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Reflexiones sobre la bandera del decrecimiento (*)
Por José Manuel Naredo (**)

(*) Publicado en VIENTO SUR Número 118/Septiembre 2011.
(**) José Manuel Naredo es economista. Su libro más reciente es Raíces económicas del deterioro ecológico y social.
Más allá de los dogmas.
Madrid: Siglo XXI.


Tras ser invitado por los redactores de esta revista a reflexionar sobre la bandera del decrecimiento que enarbolan ahora muchos compañeros del movimiento ecologista, en principio, pensé hacerlo también sobre el antineoliberalismo que abraza la mayoría de los críticos del actual sistema socioeconómico, pues ambos responden con el contrario al “pie forzado” que nos marca la ideología dominante, en vez de emanciparse de ella pensando libremente al margen suyo. Pero, al ser temas tan diferentes, he optado por dejar los comentarios de este último para otra ocasión. 

Hace ya algún tiempo que expresé mis puntos de vista sobre el tema del decrecimiento respondiendo a la pregunta que me hizo Jorge Riechmann en las conversaciones sobre la crisis y sus alternativas que componen la segunda parte de un libro reciente: empezaré por transcribir estos comentarios para ampliarlos después [A continuación se reproducen estos párrafos tomados del libro de Naredo (2009), pp. 314-318].

 

Jorge Riechmann: …¿qué opinión te merecen las propuestas de decrecimiento que se han avanzado en los últimos años?, sobre todo en Francia donde han dado origen a cierto movimiento social. Sabes que hay ahí toda una serie de gente, entre los cuáles quizás el más conocido es Latouche, pero con cierto tirón entre el movimiento ecologista también por aquí. 

José Manuel Naredo: Sí claro, conozco esta corriente que empezó enarbolando en Francia la bandera de decrecimiento. Buena parte de su integrantes, y el propio Latouche, forman parte de la asociación “La ligne d’horizon” de “amigos de François Partant”, autor, entre otras cosas, de un libro titulado El fin del desarrollo publicado hace un cuarto de siglo y reeditado con el apoyo de esa asociación. Ellos me invitaron, incluso, a dar una charla en París, con motivo de los actos organizados el veinte aniversario de la muerte de Partant. También conozco la extensión de esa corriente de ideas en nuestro país. 

Para responder a tu pregunta, creo que hay que diferenciar si se usa el término “decrecimiento” simplemente para llamar la atención, como título de un libro,… o de una revista, o si se toma en serio como concepto para articular sobre él una verdadera meta o propuesta alternativa al actual sistema económico. En el primer caso el empleo de la palabra podría ser acertado. Este es, por ejemplo, el caso de la revista que se publica en Francia con el título La decroissance: se trata de una revista de crítica radical del desarrollismo imperante, que hace bien en subrayar con tintes surrealistas los absurdos que la mitología del crecimiento conlleva y en utilizar ese título a modo de desafío o de provocación frente al pensamiento económico ordinario. Ese fue también el caso del libro Demain la décroissance, que publicó hace treinta años y reeditó (con el título La décroissance) hace más de diez, mi amigo Grinevald, en el que introducía y traducía al francés algunos textos clave de Georgescu- Roegen y del que conservo un ejemplar dedicado por el autor. Ese título respondía más a una ocurrencia publicitaria provocadora, orientada a pillar a contrapié la palabra y el mito del crecimiento económico, que a un intento serio de proponer el decrecimiento como meta o alternativa. Pues ni la introducción, ni los textos presentados en el libro, tejen en torno al decrecimiento ninguna propuesta o enfoque alternativo. La palabra apenas figura en el texto y, desde luego, brilla por su ausencia en el “programa bioeconómico mínimo” propuesto por Georgescu-Roegen. Por lo tanto, resulta engañoso presentar a ambos autores como pioneros del decrecimiento como propuesta.

En lo referente al segundo de los usos indicados, tengo que decir que me parece desacertada la elección del término decrecimiento para articular sobre él un enfoque económico alternativo al actualmente dominante. Pues para que un término con pretensiones políticas cumpla bien esa función, necesita tener a la vez un respaldo conceptual y un atractivo asegurados, de los que carece el término decrecimiento. 

La noción ordinaria de crecimiento económico encuentra ese respaldo conceptual en el reduccionismo pecuniario de la idea usual de sistema económico y de los agregados que lo cuantifican en el sistema de cuentas nacionales al uso. Ya vimos que la mitología del crecimiento se apoya en la metáfora de la producción, que oculta el lado oscuro e indeseado del proceso económico. Ya comentamos que lo que se entiende normalmente por crecimiento no es otra cosa que el crecimiento del producto o renta nacional. Y en este marco de referencia, el decrecimiento tiene también nombre propio: se llama recesión y conlleva la caída de esa renta o producto nacional y el empobrecimiento del país, con consecuencias sociales generalmente indeseadas.

Por lo que, de entrada, el objetivo del decrecimiento no puede resultar atractivo para la mayoría de la población, tributaria de la ideología económica dominante. Pero la idea general del decrecimiento tampoco encuentra solidez conceptual fuera del reduccionismo propio del enfoque económico ordinario. Pues desde los enfoques abiertos y multidimensionales de la economía ecológica, o desde lo que yo llamo el enfoque eco-integrador, no hay ninguna variable general de síntesis cuyo crecimiento, o decrecimiento, se pueda considerar inequívocamente deseable. Esto lo explicaba ya con claridad en la primera edición de mi libro La economía en evolución, de 1987 (3ª ed. 2003, pp. 514-515). En el último capítulo, sobre los nuevos enfoques de lo económico, señalaba que “los elementos que componen mi propuesta de enfoque ecointegrador, al no ser expresables en una única magnitud homogénea, no pueden dar lugar a ningún saldo o indicador global cuyo crecimiento (o decrecimiento) se estime inequívocamente deseable. Y por este mismo motivo el enfoque ecointegrador no debe asumir tampoco el objetivo del “crecimiento cero” (que entonces estaba de moda, como tampoco el del “decrecimiento” que ahora lo sustituye). Pues la reconversión propuesta del sistema económico entrañará, sin duda, la expansión de ciertas actividades y la regresión de otras, el uso acrecentado de ciertos materiales y energías y la regresión de otras. Por ejemplo, desde este enfoque tiene sentido proponer la reducción del consumo de energía fósil y contaminante, pero no el de la energía solar y sus derivados renovables, que se acaban disipando igual aunque no se usen”. 

De ahí que el movimiento ecologista que defiende el decrecimiento, tiene que empezar a ponerle apellidos sobre la marcha para que el objetivo resulte inteligible y razonable desde fuera del enfoque económico ordinario. Se dice así defender el decrecimiento del consumo superfluo, de la exigencia de energía fósil y contaminante, de determinados materiales,… o de la generación de residuos, sin erosionar, se matiza a veces, la calidad de vida de la gente. Pero el objetivo de hacer que decrezcan las exigencias materiales del proceso económico, coincide grosso modo con el de la llamada “desmaterialización” de la vida económica, lo que introduce cierto elemento de confusión. Pues los propios defensores del sistema actual han venido afirmando la “desmaterialización” como tendencia que estaba teniendo lugar, ilustrada por la disminución del requerimiento de energía y/o materiales por unidad de renta observada en algunos países ricos. Se ha confundido, así, esta tendencia, que no tiene nada de sorprendente (ya que es un simple corolario de la por mi denominada Regla del Notario), con la disminución de los requerimientos totales de energía y materiales per cápita, que está bien lejos de producirse (Naredo, 2010). En suma, que creo que los objetivos borrosamente apuntados por los defensores del “decrecimiento”, quedarían mucho mejor expresados por el eslogan “mejor con menos”, puesto que hace referencia a una ética de la contención voluntaria, no sólo medida en términos físicos, sino también pecuniarios y de poder, a la vez que afirma el disfrute de la vida. 

Considerando, como subraya Georgescu-Roegen, que la Tierra es un sistema cerrado en materiales, lo que permite verla como un gran almacén de recursos naturales, el creciente uso y deterioro de estos recursos que genera la actual civilización industrial, no puede menos que apuntar a una merma en las disponibilidades y a un menor uso futuro de los mismos. Desde esta perspectiva, el “decrecimiento” en el uso de determinados recursos será el horizonte obligado hacia el que apuntan las tendencias en curso. Aprovechando esta evidencia, Serge Latouche propone prever y planificar este “decrecimiento” para evitar que se produzca de forma dramática y habla de la necesidad de aplicar una lógica económica diferente para conseguirlo, que es lo que yo vengo proponiendo desde hace tiempo. Llegados a este punto, creo que el principal objetivo a plantear es cambiar esa lógica y reconvertir el metabolismo económico de la sociedad. El problema estriba en que anteponer el objetivo del “decrecimiento” genera confusión cuando permanece en vigor la mitología del crecimiento y cuando los objetivos más generales de “cambio” y “reconversión” del sistema económico están todavía lejos de ser comprendidos y asumidos por la población. Por lo que creo que el movimiento ecologista tendría, sobre todo, que hacer más hincapié en ellos y en la propuesta “mejor con menos”, que sustituye con ventaja a la del “decrecimiento”. 

Óscar Carpintero: Esto está relacionado con el horizonte de crisis ecológica hacia el que nos arrastra la actual civilización. Aunque hayamos decidido centrar más estas reflexiones sobre la crisis económica, no estaría de más que definieras en dos palabra cómo ves ese horizonte de crisis ecológica. 

José Manuel Naredo: Ya hemos señalado que el metabolismo de la sociedad industrial arrastra hacia un creciente deterioro de la base de recursos planetaria, con una creciente polarización social y territorial.

A partir de mis trabajos con Antonio Valero (se da cuenta de estos trabajos en mis libros, Naredo 2009 y 2010, incluidos entre las referencias del final) sobre la evolución de la corteza terrestre, el agua y la atmósfera y sobre la composición del estado de máxima entropía hacia la que tiende nuestro planeta, he podido concluir que si la vida surgió y evolucionó en la Tierra a partir, como se dice, de una “sopa primigenia”, la civilización industrial la está empujando hacia una especie de “puré póstumo” en el que estarían revueltos todos los materiales que la componen. La metodología que hemos elaborado nos ha permitido cuantificar la composición química de ese “puré póstumo” y calcular el coste físico de devolverlo a la situación actual. Permite, en suma, cuantificar y agregar el gradiente de potenciales disponibles en la Tierra en el momento actual y seguir el uso de ellos que está haciendo la civilización industrial: se puede utilizar y degradar más o menos rápidamente el stock de potencia contenido en la Tierra, como se turbina el agua de un embalse. Nuestra metodología permite cuantificar la evolución del deterioro de la base de recursos planetaria, permitiendo hacer un seguimiento preciso de la sostenibilidad o viabilidad del modelo de gestión imperante. Creo que la escasa acogida y apoyo institucional que ha tenido nuestra línea de trabajo evidencia que el medioambientalismo banal en boga no está interesado en añadir precisiones al tema de la insostenibilidad del crecimiento: su objetivo es ayudarnos a convivir con el deterioro ecológico en curso mediante campañas de imagen verde, no reconvertir el metabolismo de la sociedad industrial hacia un futuro social y ecológicamente menos degradante.

 

La puerta falsa de las metáforas

¿Qué puedo añadir sobre el empeño de utilizar la bandera del “decrecimiento” como divisa aglutinante del movimiento ecologista, dos años después de haber comunicado en estos párrafos mis puntos de vista? La verdad es que mi juicio sobre esta cuestión no ha variado sustancialmente e, incluso, se ha reforzado.

Porque no veo que ninguno de los dos aspectos críticos arriba comentados se haya desvanecido: 1) no creo que la palabra “decrecimiento” suscite hoy más entusiasmo que hace unos años, más bien al contrario, cuando las penalidades asociadas al paro y a “los recortes” de la crisis, hacen que la población añore el crecimiento anterior, y 2) tampoco creo que goce hoy de un respaldo conceptual generalmente asumido, más sólido que hace unos años, ni que se hayan disipado sus amplias dosis de ambigüedad. 

Conviene recordar que buena parte de la ideología que orienta los juicios de valor y el comportamiento de las personas se cuela, sin advertirlo, por la puerta falsa de la metáforas, como argumenté en la segunda parte de mi libro Raícesantes citado (Naredo, 2010). De ahí que el éxito de un eslogan dependa, en buena medida, de que resulten atractivas las metáforas que suscite. Y, hoy por hoy, hemos de contar con que grande se considera mejor que pequeño [1](se habla así de un gran pensador, literato,… o deportista), alto o elevado se considera mejor que bajo (se habla de automóviles de alta gama, o de sentimientos elevados frente a aquellos otros bajos o rastreros), como también avanzar resulta más atractivo que retroceder (se habla así, de avances de la medicina o de la ciencia… o de estudios avanzados), … y que crecer se considera mejor que decrecer (se habla así, no solo de crecimiento económico, sino también de crecimiento del nivel de vida,… o de crecimiento personal). 

“Lo importante no es tanto cuestionar las tasas formales de crecimiento de esos agregados, como las reglas de valoración subyacentes” 

En este contexto creo que la bandera del decrecimiento aglutina a críticos del sistema ya convencidos que sobreentienden su significado, pero no me parece que resulte atractiva para la mayoría de la población, que es a la que habría que atraer y convencer para que el movimiento crítico progrese. Sobre todo cuando el grueso de la población, además de permanecer prisionero de la ideología económica dominante, sufre el decrecimiento efectivo de sus ingresos y de su patrimonio motivado por una crisis que se revela de larga duración y por mutaciones del capitalismo que hacen que las nuevas generaciones tengan más dificultades que sus padres para conseguir un trabajo y una vivienda dignos. Los que desde el movimiento ecologista se dicen partidarios del decrecimiento, deberían de matizar bien su posición frente a ese decrecimiento que nos están imponiendo desde el poder estatal y empresarial en forma de recortes de salarios, pensiones, gastos sociales o plantillas…, a la vez que se siguen subiendo impuestos y tarifas. Por mucho que se matice, creo que declararse en este contexto partidarios del decrecimiento para cambiar la mentalidad de la gente, es un empeño de remar contra corriente sin utilizar los vientos más favorables que brindan otras ideas. Porque, si nuestra meta es domesticar, reconvertir y, en suma, cambiar el sistema socio-económico imperante, creo habría que aprovechar que el sistema está en crisis y no puede adormecer a la población con la droga del crecimiento, para enarbolar la bandera del cambio (un cambio que abarcaría, desde el sistema monetario internacional, hasta las reglas que rigen la valoración, el comercio,… y los patrones de consumo) en vez de declararse partidarios del decrecimiento justo cuando el propio sistema nos lo regala, recortando el empleo, los salarios, los derechos,… y el consumo de recursos (aunque sus precios suban, y el dólar caiga, animados por la enorme liquidez que se sigue “inyectando” para reanimar el pulso de la actividad económica). 

 

Una gran confusión

En lo que concierne al segundo punto, tampoco creo que los que se dicen partidarios del decrecimiento hayan dotado hoy a este término de un respaldo conceptual ampliamente asumido que se revele más sólido que hace unos años, ni que, en consecuencia, se hayan disipado las amplias dosis de ambigüedad que su uso genera, ni la falsa paternidad que se le atribuye. Me sorprende y desalienta que se siga presentando en los media al “matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegencomo “el padre del decrecimiento” y a Jacques Grinevald como “su discípulo” (Dubuis, 2011, p. 29). 

Se da la falsa impresión de que el primero enarboló el decrecimiento como propuesta y que el segundo siguió dócilmente sus enseñanzas. Cuando, por una parte, Grinevald no es economista, sino filósofo e historiador de la ciencia y tampoco fue alumno, sino amigo y biógrafo suyo, y me consta que como buen librepensador tiene otros muchos autores de cabecera o, si se quiere, maestros, por mucho que admire y valore, como yo, al economista rumano. Y cuando, por otra parte, fue a Grinevald al que se le ocurrió poner la palabra decrecimiento en el título del libro antes citado, que traducía y divulgaba en francés algunos de los textos de Nicholas Geogescu-Roegen (NGR), en cuyos títulos originales no figuraba esa palabra. Es más, me atrevo a afirmar con buen conocimiento de causa [2], que ninguno de los textos originales de Georgescu-Roegen, anteriores o posteriores a la aparición del libro introducido por Grinevald, incluye en el título la palabra decrecimiento y/o se dedica a defender el decrecimiento como propuesta.

Conociendo el carácter fuerte de NGR, estoy seguro de que habría pillado un buen rebote si se hubiera enterado de que ahora lo presentan como “el padre del decrecimiento”. Así ocurrió cuando el economista Herman Daly — del que sí podemos decir, con más visos de realidad, que fue discípulo suyo— se declaró partidario del crecimiento cero, tras la aparición del primer Informe del Club de Roma sobre Los límites del crecimiento (1971). NGR criticó con vehemencia la propuesta del “estado estacionario”, formulada por Daly (creo que con bastante más precisión, dicho sea de paso, de la que ahora acompaña a la propuesta del decrecimiento (Daly, 1977 y 1980) [3]. Entre los textos de NGR introducidos por Grinevald en el libro arriba citado, figura un capítulo titulado “El estado estacionario, un milagro a la moda”, que sigue a otro titulado “El crecimiento: mitos polémicas y sofismas”: “una gran confusión — empezaba diciendo nuestro autor— impregna las vivas controversias relativas al “crecimiento”, simplemente porque este término se utiliza en múltiples acepciones” (p. 104). Para esclarecer esta confusión, que está lejos de haberse disipado, nuestro autor revisa las posibles acepciones de la palabra y concreta que el usualmente llamado “crecimiento económico” es el que los economistas miden con el agregado de renta o producto nacional (“per cápita” y deflactado o a “precios constantes”, precisa NGR). Y como este agregado monetario puede tener las correspondencias más variopintas en el mundo físico, “a nivel puramente teórico, el crecimiento económico puede ser compatible con una baja de la tasa de agotamiento (de los recursos naturales)(p. 106). NGR remacha que “el error crucial consiste en no ver que, no sólo el crecimiento, sino que también un estado de crecimiento cero e incluso un estado de decrecimiento que no tendiera a la anulación, no podrían durar eternamente en un medio ambiente finito…” (p. 112). 

El estancamiento o el decrecimiento de los agregados monetarios suele, ciertamente, moderar, pero no evitar, el deterioro del medio natural que ocasiona el proceso económico, que a la postre lo hace inviable. Sólo la reconversión del proceso puede evitarlo en la medida en la que —siguiendo el ejemplo de la biosfera— apoye sus flujos físicos en fuentes renovables y cierre los ciclos de materiales obtenidos de la corteza terrestre, reconvirtiendo los residuos en recursos o inertizándolos y reinsertándolos en el entorno sin deteriorarlo. Es esta reconversión, y no el decrecimiento, lo que propone NGR, aunque considera irrealista la posibilidad de erradicar o invertir por completo el carácter entrópico del proceso económico y la naturaleza depredadora y consumista del ser humano, como se observa en los propios textos recogidos por Grinevald bajo el título La decroissance. Valgan como botón de muestra estas referencias: “Justus Von Liebig escribió que ‘la civilización es la economía de energía’.  

En el momento actual, la economía de la energía, en todos sus aspectos, requiere una reconversión” (nótese que no dice un decrecimiento, sino una reconversión) (p. 132). Y esta reconversión entrañaría el aumento del recurso a ciertas energías renovables y la reducción del manejo de otras más limitadas y contaminantes, el mayor uso, reutilización y reciclaje de ciertos materiales y la reducción de la utilización de otros,… lo cual es incompatible con la propuesta del decrecimiento como objetivo generalizado (más adelante volveremos sobre la posibilidad de elegir algunos agregados físicos o de síntesis cuyo crecimiento o decrecimiento pueda aparecer como un objetivo generalmente deseable).

 

Flujos o stocks

Tampoco el panorama económico tan desigual que se aprecia en el mundo, se presta a decretar por todas partes la misma divisa del decrecimiento y NGR lo subrayó afirmando, de acuerdo con otros autores, que “dada la naturaleza humana… si frenáramos por todas partes el crecimiento económico, congelaríamos la situación actual y eliminaríamos la posibilidad de las naciones pobres de mejorar su suerte” (p. 130). Evidentemente, los que ahora proponen planificar el decrecimiento, son concientes de ello y reorientan su propuesta pensando en los problemas de los países del Sur. Como puntualiza el propio Latouche, “atribuirnos el proyecto de un ‘decrecimiento ciego’,… que impediría que los países del Sur resolvieran sus problemas, raya en el absurdo, cuando no en la mala fe. Nuestro proyecto de construcción de sociedades conviviales, autónomas y ecónomas, tanto en el Norte como en el Sur, implica ciertamente hablar en este caso de un ‘a-crecimiento’, como se habla de ‘a-teismo’, más bien que de un decrecimiento” (Latouche, 2006, p. 242). En cualquier caso ha de notarse que estas matizaciones quitan universalidad a la propuesta del decrecimiento, lo que no ocurre con la propuesta de reconversión de las reglas del juego de la actual economía globalizada, que sufren especialmente los países del Sur. 

En mi libro La economía en evolución (1987, 3ª ed. 2003) antes citado comento largo y tendido todos estos aspectos, insistiendo en que “cualquier tasa de crecimiento de los agregados monetarios puede ser compatible con la aplicación de muy diversas tecnologías e impactos sobre el entorno y sobre la vida de las personas…. (por lo que) no cabe hablar de crecimiento cero (o de decrecimiento) como solución a la crisis ecológica, sin precisar su conexión con el mundo físico, biológico e incluso utilitario” (p. 365). Y hasta ejemplifico con un dibujo cómo un mismo flujo de salida, tanto monetario, como físico, puede tener implicaciones ecológicas bien diferentes y ser más o menos viable o sostenible, según se articule sobre stocks o sobre flujos procedentes de fuentes renovables. “El problema estriba en que el universo homogéneo de los valores monetarios en el que se desenvuelve la idea usual de sistema económico, induce a confundir lo que son flujos y stocks en términos físicos, impidiendo el tratamiento adecuado de estos temas relativos al volumen y evolución de los flujos de salida que son compatibles con la estabilidad de los sistemas.

En consecuencia, las tasas de variación de los agregados pecuniarios dicen poco sobre estos problemas que por su propia naturaleza encubren, al igual que la propia recomendación del ‘crecimiento cero’ (entonces de moda o del ‘decrecimiento’, que ahora tiende a sustituirla)” (p. 368).

Así las cosas, hay una pregunta clave a la que quiero responder para aclarar la relación entre los agregados monetarios y el mundo físico:

¿qué es lo hace que los agregados monetarios normales, ya sea en estado de crecimiento, estancamiento e incluso decrecimiento, tengan un reflejo negativo sobre el medio natural, al financiar con mayor o menor intensidad operaciones orientadas a esquilmar recursos y generar residuos? El deterioro físico asociado al crecimiento monetario de los agregados de producto o renta nacional responde no sólo al reduccionismo monetario y a la extensión del intercambio mercantil —el malvado mercado—, sino también y sobre todo a las reglas de valoración imperantes, que permanecen generalmente indiscutidas, y al marco institucional que las propicia, al avalar y proteger la desigualdad, el afán de poder y de lucro, las relaciones de subordinación y las organizaciones jerárquicas estatales y empresariales que las aplican. En efecto, como expongo con mayor amplitud en el libro antes citado (Raíces…pp. 66-69 y 204-220) el reduccionismo monetario imperante, además de valorar sólo el coste de extracción, no el de reposición, de los recursos naturales (favoreciendo, así, el esquilmo de los recursos y penalizando la conservación y el reciclaje), impone una creciente asimetría entre el valor monetario y el coste físico y humano de los procesos: es decir, que a mayor coste físico y trabajo penoso, menor valoración monetaria. Es esta asimetría creciente, que traslada sordamente a nuestras sociedades mercantiles y democráticas los valores propios de sociedades jerárquicas anteriores, la que hemos denominado Regla del Notario y aparece formalizada matemáticamente, cuantificada y ajustada para ilustrar su aplicación a procesos reales en Naredo y Valero (1999) y en Naredo (2010). A las reglas de valoración imperantes, plasmadas en la Regla del Notario, se añade un marco institucional que respalda derechos de propiedad desiguales, organizaciones jerárquicas (como son las empresas capitalistas y los partidos políticos), relaciones laborales dependientes,…y un sistema financiero que espolea el afán de lucro, amplificando la desigualdad hasta extremos antes insospechados.

Evidentemente, con estos mimbres salen estos cestos: los agregados monetarios, al ser tributarios de esas reglas de valoración y ese marco institucional, tienen como reflejo obligado el deterioro ecológico y la polarización social y territorial. Y este deterioro y esta polarización se producen, incluso, en situaciones de estancamiento o de decrecimiento de los agregados monetarios. Lo importante no es tanto cuestionar las tasas formales de crecimiento de esos 

 “… no sólo hay que seguir la vida de los procesos y productos ‘desde la cuna hasta la tumba’, sino desde la cuna hasta la cuna” 

agregados, como las reglas de valoración subyacentes. Habría que corregir y enderezar la Regla del Notario para hacer que el proceso económico fuera ecológica y socialmente menos degradante y establecer marcos institucionales que propicien la igualdad, la solidaridad, la cooperación,… tal y como propongo en el libro Raíces… Habría, en suma, que corregir las reglas del juego económico para cambiar su orientación y reconvertir los procesos hacia horizontes ecológica y socialmente más saludables que los actuales. 

Para conseguirlo, los nuevos enfoques e instrumentos tienen que abrir ese cajón de sastre de valor monetario que nos ofrecen los agregados para enjuiciar su reflejo físico y social y separar el grano de la paja, promoviendo los frutos y los procesos ecológica y socialmente recomendables y recortando aquellos indeseables. La economía ecológica, con sus derivaciones de agroecología, ecología industrial, etc., trabaja en aportar el instrumental necesario para ello, desvelando las “mochilas” y “huellas” de deterioro ecológico que arrastran los productos, analizando el “ciclo de vida” de los procesos asociados a ellos “desde la cuna hasta la tumba”. Sin embargo, como venimos proponiendo Antonio Valero y yo, hay que ampliar más el objeto de estudio: no sólo hay que seguir la vida de los procesos y productos “desde la cuna hasta la tumba”, sino desde la cuna hasta la cuna, considerando también el coste de reconvertir los residuos en recursos. Si no lo hacemos, seguiremos dando por buenas unas reglas de valoración sesgadas, que consideran sólo el coste de extracción, pero no el de reposición de los recursos naturales y empujando así hacia la continua degradación de la base de recursos y/o del medio ambiente planetario.

 

Cambiar las reglas del juego

Como ya he apuntado antes, respondiendo a la pregunta de Óscar Carpintero recogida arriba, en el recuadro, [ver páginas 23-27] Antonio Valero y yo hemos desarrollado y aplicado una metodología que permite cuantificar, en unidades de energía, el coste de reposición del deterioro que el proceso económico inflinge a la base de recursos planetaria, posibilitando establecer el seguimiento agregado de la misma. Esta metodología es de utilidad para llenar de contenido preciso la propuesta del decrecimiento: todo el mundo podría estar de acuerdo en el objetivo de reducir o hacer que decrezca el deterioro de la base de recursos planetaria, asociada a lo que se conoce como deterioro ambiental, por extracción de recursos y emisión de residuos. Creo que esta meta sustituye con ventaja a otros intentos de llenar de contenido físico la propuesta del decrecimiento, proponiendo asociarlo a variables menos básicas o más parciales, ambiguas o imprecisas, como son las de reducir el requerimiento total de materiales, de energía,…o la apropiación de biomasa neta. Pero el mismo empeño de dar solidez teórica y empírica al objetivo planificado del decrecimiento requiere de propuestas y procesos que escapan a la simple palabra decrecimiento, al exigir reconversiones con aumentos y disminuciones. Tal vez por ello nuestra propuesta haya sido silenciada tanto por el medioambientalismo banal en boga, como por los defensores del decrecimiento. La reducción del deterioro de la base de recursos y el ambiente planetarios, exigiría cambiar las reglas del juego económico en el sentido antes indicado, para promover (y aumentar) el uso de las energías renovables y la conservación y el reciclaje de materiales, además de desactivar (y reducir) el uso de aquellos no renovables y de los afanes adquisitivos y/o consuntivos extendidos por todo el cuerpo social. Afanes que hacen que hasta los pobres se esfuercen en trabajar para los ricos con el ilusorio empeño de emular los patrones de vida de éstos recurriendo a los sucedáneos de la llamada sociedad de consumo. En este sentido de cambiar las reglas del juego y los afanes adquisitivo-consuntivos, apuntan tanto el “programa bioeconómico mínimo” que propone NGR en el texto antes citado, que empieza por prohibir las guerras y la fabricación de armamento..., como las “orientaciones” que nos da Lewis Mumford — por citar a otro de mis autores de cabecera— en el último capítulo de su libro Técnica y civilización (1934), con apartados como “¡Aumenten la conversión!, ¡Economicen la producción! ¡Normalicen el consumo! ¡Socialicen la creación!....”. El problema estriba en que este tipo de propuestas de reconversión trascienden por completo la simple bandera del decrecimiento, al proponer, insisto, aumentos, disminuciones, normalizaciones, socializaciones… y hasta prohibiciones. No se si es por esto, o por simple desconocimiento, que estas propuestas no acostumbran a ser son divulgadas, que yo sepa, por los defensores del decrecimiento. En el “Esbozo de programa político para la construcción de una sociedad del decrecimiento” que hace Serge Latouche en su libro La pari de la décroissance (2006), no aparece ni una sola referencia a los dos autores mencionados. Es que, como dice Mumford, “la actividad saludable exige restricción, monotonía, repetición, así como cambio, variedad, expansión” (p. 418). O también, NGR, tras apuntar que el deterioro de la base de recursos planetaria empuja, no ya hacia un estado estacionario, sino hacia el decrecimiento de los mismos, recuerda a quienes quieran escribir un proyecto para la salud ecológica de la especie humana, comprendan “que la naturaleza de la evolución e, incluso, de la historia, no se asemeja a un proceso físico-químico controlable, como el de cocer un huevo o enviar un cohete a la Luna, sino que consiste en una lucha permanente con la constante aparición de formas nuevas” (p. 115). Para participar con eficacia en esa lucha, hemos de aportar eslóganes y propuestas que, además de ser atractivos, gocen de un sólido respaldo conceptual, lo que como hemos visto no ocurre en el caso del decrecimiento. Eslóganes y propuestas que apunten a cambiar las ideas y reglas del juego económico, más allá de la epidermis de sus agregados y sus tasas de crecimiento, para reconvertir con algunas posibilidades de éxito la sociedad hacia un horizonte social y ecológicamente más saludable.

 

Notas  

[1] Precisamente, para llamar la atención, frente a la valoración usualmente más positiva de lo grande, Schumacher >(1973) eligió lo pequeño como título de su libro, pero tuvo la precaución de calificarlo de hermoso para hacerlo más atractivo (como mejor con menos).

[2] Me lo ha confirmado Óscar Carpintero, que estuvo investigando durante todo un curso académico en los archivos de Georgescu-Roegen, depositados en la Duke University, para preparar su interesante libro titulado La bioeconomía de Georgescu-Roegen (2006), que recomiendo a las personas que deseen conocer el legado intelectual de este autor y de las personas que hemos divulgado y desarrollado su pensamiento.

[3] Sobre la polémica de NGR en torno a la propuesta de Daly del estado estacionario, véase también Carpintero (2006). La propuesta del estado estacionario pasó, sin pena ni gloria, a la historia, como una moda pasajera, como seguramente ocurrirá también con la propuesta del decrecimiento. Lo que no quita para que sigan decreciendo sordamente las dotaciones de recursos. Por ejemplo, si se ha utilizado ya la mitad del petróleo convencional que existía en la corteza terrestre, es evidente que ya no se podrá utilizar de nuevo. Eso sí, se seguirá extrayendo, con mayores costes, el petróleo no convencional y fabricando petróleo artificial a partir del carbón o de las biomasas, como ya hicieron Alemania y Japón durante la segunda guerra mundial,… y esquilmando y degradando, de una u otra manera, los recursos y el ambiente planetarios, en una huida hacia adelante, que no cambiará mientras no lo hagan las reglas del juego económico habitual que impulsan este proceder, que enunciamos a continuación en este mismo artículo. 

 

Bibliografía citada: 

Carpintero, O. (2006) La bioeconomía de Georgescu-Roegen. Madrid: Montesinos.

Daly, H. (1977) Steady State Economics. Nueva York-San Francisco: W. H. Freeman.

Daly, H. (1980) Economics, Ethics. Essays Toward a Steady-State Economy. Nueva York-San Francisco: W. H. Freeman (este libro actualiza y renueva una edición anterior, de 1973, con el título Toward a Steady-State Economy). Hay edición en castellano del FCE, México, 1989.

Dubuis, E. (2011) “Développement durable ou décroissance, le dilemme écologiste”. Le Temps, 20/05/ 2011.

Grinevald, J. (1979) Demain la décroissance. Laussanne: Eds. Pierre-Marcel Favre (hay una 2ª ed. ampliada de 1995, con el título La décroissance).

Latouche, S. (2006) Le pari de la décroissance. París: Fayard.

Meadows, D.H. y Meadows, D.L. (1971) Los límites del crecimiento. México: FCE.

Mumford, L. (1934) Technics and Civilization. Harcourt: Brace&World. Hay edición actualizada en castellano de Alianza Ed., Madrid, 1971.

Naredo, J.M. (2003) La economía en evolución. Madrid: Siglo XXI.

Naredo, J.M. (2009) Luces en el laberinto. Autobiografía intelectual. Alternativas a la Crisis. (Conversaciones con Óscar Carpintero y Jorge Riechmann). Madrid: Libros de La Catarata.

Naredo, J.M. (2010) Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas. Madrid: Siglo XXI.

Naredo, J.M. y Valero A. (dirs.) (1999) Desarrollo económico y deterioro ecológico. Madrid: Fundación Argentaria y Visor Distribuciones, Col. Economía y Naturaleza.

Partant, F. (1982) La fin du développement. Naissance d’une alternative? París: F. Maspero &Eds. La Découverte. Hay una 2ª ed. de 1997, París: La Ligne d’horizon&Les amis de François Partant.

Schumacher, E. (1973) Small is Beatifull. Londres: Blond and Briggs.

 > EN ESTE NÚMERO:
> Editorial
> Urbanismo ecológico, ¿sueño o pesadilla?
> Temas de la arquitectura de hoy
> La ecuación virtuosa e imposible o las trampas del lenguaje
> "Si la sostenibilidad es una utopía, el crecimiento es una quimera"
> Reflexiones sobre la bandera del decrecimiento
> Noticias
> Presentación