> AÑO 4 - Febrero 2012
INICIO >
Las Valencias
Preliminar del libro, Les Valències. Faximil edicions digitals. Valencia 2007 I Por Josep Sorribes


Grabado Palau Ripalda

Como que ser agradecido es de bien nacidos, hará falta que comience este pequeño ensayo reconociendo algunos de las deudas que tiene el autor. Puesto que son una pila y que este no es el capítulo de los agradecimientos, me limitaré a subrayar una obviedad: si Manolo Vázquez Montalbán no hubiera escrito en 1999 su libro Las Barcelonas (diferentes espacios urbanos y personajes en diferentes momentos históricos de la ciudad), este escrito no hubiera nacido, cuando menos en su forma actual. De algo más lejos (en mi orden de lectura) viene la segunda deuda: La Barcelona Lletja (La Barcelona Fea) de Lluís Permanyer, ofrece una visión bien curiosa de las derrotas estéticas del centro histórico y del Ensanche de Barcelona, otra manera de "leer" la ciudad reproducida unos años después por el valioso libro de Adolf Beltrán La València Lletja ( La Valencia Fea).

Aun así, con estas interesantes lecturas no hubiera llegado a darme el ánimo de escribir si el terreno no hubiera estado en sazón. Y lo estaba. Cuando leí estos dos textos, ya hacía dos años que estaba empeñado en escribir algo divertido sobre aquello del "límite y la ciudad" y leyendo a Mumford, a Eugenio Trias, y algunos papeles sobre los mitos de la fundación de la ciudad antigua. En el índice de este proyecto inacabado -momentáneamente aplazado- había un capítulo que se llamaba "la ciudad vista desde...".

Este "desde..." obedecía al que ya empezaba a ser para mí una cierta obsesión: la voluntad de "diversificarme" y abrir el angular por ver el zumo que le habían sacado otras disciplinas a este artefacto mágico que se llama ciudad.

Aunque no conociera ni de lejos lo que habían hecho al respectos mis colegas economistas, geógrafos, sociólogos y autodenominados urbanistas, la música me resultaba familiar. Además, el simple hecho de constatar mi absoluta ignorancia sobre qué papel había jugado la ciudad -como excusa, como telón de fondo o como objeto de reflexión o creación- en ámbitos como la novela, la poesía, el cine, las artes plásticas, la fotografía, la filosofía y la escatología o la medicina me estimulaba de una forma agradablemente novedosa.

Las Barcelonas, la Barcelona Fea, la Valencia Fea, La Ciudad y el Límite, La Ciudad Hojaldre (otro libro interesante con un título sugerente)... Quizás el inicio de esta obsesión fue un pequeño libro de bolsillo que escribí el 1999 con el título "Un País de ciudades o las ciudades de un País", un clase de libro de viajes un tanto heterodoxo que recogía los paseos que hice por más de una treintena de ciudades del País Valenciano "en busca de su alma". Puro neoplatonismo que, aun así, me obligaba a mirar la realidad por los cuatro costados y a descubrir los contrastes. Fue entonces cuando la polimórfica "burguesía valenciana"(Ximo Azagra dixit) dejó paso en mi hacia otro "poli": el poliedrismo.

Así , Xàtiva se convirtió en "la ciudad poliédrica", y otras muchas ciudades mencionadas en el libro estaban descritas a partir del mismo planteamiento. Un fragmento de la parte dedicada a Valencia, por ejemplo, refleja bastante bien esta "filosofía": "Ciudad ruidosa, socarrona, un punto brófega: ciudad bilingüe y sede por excelencia de los secesionismos lingüísticos. Ciudad creativa, tópica, moderna, conservadora, paseable y paseadora, mezcla inimitable de formas, colores y olores. Ciudad amante de la marcha nocturna, reino de la convivencia forzada de la lechuga y el cemento, pero también de la casa modesta de planta baja y piso con insípida finca. Ciudad inacabada, llena de incrustaciones, de alineaciones no alineadas. Ciudad de los intolerantes, de los sobrados y sabidos, de los "chiringuitos" culturales y de los especialistas en la verdad absoluta. Ciudad cruel con los mejores hijos, donde es peligroso levantar la cabeza en el bulto de la mediocridad. Ciudad que duda entre el Miquelet y Calatrava. Ciudad paranoica, llena de complejos de inferioridad, que se inventa molinos de viento. Ciudad con dos ríos sin agua. Ciudad de la luz, de la mar azul, del Tranvía a la Malva-rosa y de Gracias por la Propina . Ciudad vieja, llena de sabiduría, pero escenario de la última barbaridad de la Inquisición (el Maestro Ripoll). Ciudad de las joyas (antiguas y modernas) y de el escozor arquitectónico. Ciudad refugio de Azaña y de los intelectuales antifascistas. Ciudad de Milans del Bosch y de la estatua derrocada. Ciudad de las plataformas salvíficas itinerantes y de la voracidad inmobiliaria. Ciudad de Peset Aleixandre, de Renau, de Vicent Ventura y de Sanchis Guarner. Ciudad del fuego purificador de la ofrenda y del traslado de la Virgen. Ciudad de la noche, de la playa y de las cenas a la calle. Ciudad del caos circulatorio y del aparcadondequieras. Ciudad de los contenedores culturales y del vacío mental de los regidores culturales. Ciudad de los impresores, de la cultura y del laicismo. Ciudad del consenso imposible, de los conflictos espurios, del esperpento y del vuelo gallináceo. Ciudad grande que no es gran ciudad.

Ciudad de futuro imprevisible. Ciudad que renunció a aquello que no debía. Ciudad bulliciosa y tendera. Ciudad que lleva la naranja en el subconsciente. Ciudad que no quiere conocer su historia, una historia que explica la ciudad. Ciudad de los proyectos que no se acaban nunca. Ciudad de los pueblos anexionados que, más de un siglo después, todavía "van a Valencia". Ciudad de las acequias, de la espardeña, de la escultura del padre Túria y el Tribunal de las Aguas. Ciudad de un centro histórico muy grande, de tanta extensión como exigua población. Ciudad abrazada e inundada por el ondulante río que siempre será "el jardín que no pudo ser". Ciudad barroca y mediterránea que hace daño a los propios y maravilla a los visitantes. Todo hace la ciudad de Valencia. Incluso el futuro de un País que se la juega en la ya larga batalla de Valencia. Porque Valencia será "capital del País o el País no será País."

Aunque mi formación geométrica es escasa, el poliedro me cautivó sin demasiado esfuerzo como analogía útil para entender la ciudad. Si cada lado del poliedro (es decir, cada una de las posibles "lecturas" de la ciudad) envía un rayo al centro geométrico, la conjunción de todos estos rayos conforma lo que al final podríamos llamar ciudad, con mayúsculas y sin adjetivos. Ahora que lo escribo, caigo en la cuenta de que, sin saberlo, ya tenía inoculado este virus del poliedrismo hace treinta años. Hacia 1975, mientras preparaba la tesis, leí el magnífico libro "Victorian Cities", un fantástico reading dirigido por H.J. Dyos que mostraba las ciudades del periodo a través de una serie de capítulos muy diversos. Al final de la lectura, rehacías el rompecabezas y te quedabas con la sospecha de que la gracia estaba en la complejidad, es decir, en el "poliedrismo".

Hasta dónde llega mi entendimiento, estos son los "precedentes" y las "influencias" más concretas. Seguramente habrá otras muchas, pero en resumen, el que quiero hacer con "Las Valencias: la urbes poliédricas" es mi pequeña y humilde alabanza a la complejidad. Este ensayo es una imagen fija que pretende mostrar una ciudad, llena de contrastes físicos, sociales y mentales. No es un trabajo dónde domino la otra perspectiva posible, la de "la ciudad de Valencia vista desde…". Todo llegará. O quizás no. En cualquier caso, el ensayo que ahora empieza pretende ser, como deseaba Fuster en su El País Valenciano (Destino): "una invitación al viaje. O mejor aún que invitación, aperitivo: algo que abra la gana y la perspectiva de conocer el País valenciano, que induzca a recorrerlo...".

Pese a que las diferencias son abismales, obviamente a favor de Fuster, también me gustaría contribuir con estas líneas a aquel deseo suyo: "Y no querría morirme sin haber dejado en funcionamiento y en forma al País Valenciano, unos cuántos equipos de intelectuales y de no intelectuales capaces de remover, o al menos de intentarlo, esta sociedad en perpetua "somnolencia digestiva" (Josep Pla. Obras Completas. Homenots, 1975. Págs. 373-374).

Antes de ponerse manos a la obra, una última cuestión. Había pensado empezar este ensayo cogiendo el toro por los cuernos, proponiendo al lector una viaje un tanto dificultoso por "la Valencia Estadística", es decir, haciendo un comentario el más agradable posible por el mundo de las cifras. Creía -y creo- que no podemos hablar de nuestra poliédrica urbe sin conocer los datos básicos que pediría cualquier investigador para hacer boca: cuántos y como somos, dónde y de qué vivimos, cuanto pagamos y qué recibimos y alguna curiosidad más. En el extremo no he renunciado a los números, aun cuando por hacer más legible el texto los he incluido en el primer anexo, de recomendable lectura para aquellos que quieran tener una visión cuantitativa global de esta encantadora ciudad. Y, ahora sí, llega la hora de ver si soy capaz de hacer que el lector pase un buen rato y a la vez insistir en mi intento de mirar de otra manera la ciudad de Valencia, esta vieja matrona que tanto queremos y tanto nos duele a sus hijos. Como siempre, ustedes, queridos lectores, tienen la última palabra y la capacidad de emitir el veredicto. Pero antes de que empiecen -si quieren- esta pequeña aventura, cuatro líneas con tal de dejar constancia de una obviedad.

Este pequeño ensayo está dedicado al poliedrismo de una ciudad, la de Valencia, la mía. Aun así, como que soy un firme defensor de la necesidad de construir entre todos un País de Ciudades donde estas sean las protagonistas de un necesario espacio cívico y cultural tan necesario, que vale la pena hacer ahora y aquí un llamamiento para que desde las diferentes longitudes y latitudes del País surjan análisis de otras ciudades, a buen seguro siempre poliédricas. El método puede ser parecido o diferente al que se ha elegido para este trabajo, eso tanto vale. Al final, este pequeño esfuerzo se vería enormemente recompensado si desde Morella, Vinarós, Alcora, Onda, Castelló, Sagunt, Segorbe, Llíria, Paterna, Torrent, Catarroja, Sueca, Cullera, Alzira, Gandía, Oliva, Dénia, Xàtiva, Ontinyent, Alcoi, Ibi, Xixona, La Vila Joiosa, Benidorm, Alicante, Elx, Monover, Crevillente, Aspe, Monfort, Elda, Petrer, Villena, Orihuela, Torrevieja, Guardamar, Santa Pola... surgirían otros papeles que nos ayudarían a comprender y querer nuestras ciudades y también a conocer su historia, sus ilustres ciudadanos y ciudadanas, sus tradiciones, sus carencias y debilidades. También podrían contribuir, porque no, a desvelar la responsabilidad de los intereses insolidarios que están impidiendo que este País nuestro sea más libre, culto, próspero y respetuoso con su patrimonio natural, cultural y construido. Este libro quiere trascender al "localismo", pero el que escribe estas líneas tiene la cordura y la humildad suficiente para advertir que esta empresa solo es posible con la colaboración de muchos. Un llamamiento en este sentido puede parecer romántico, idealista, utópico, pero es cívicamente imprescindible para salir de la somnolencia digestiva de las que nos hablaba Fuster. Estoy seguro que desde las cometas estará contemplando con su perenne ironía vitriólica el que tienen estas líneas de infantiles y destrelladas, pero también estoy convencido de que le hubiera gustado que se produjera el milagro y que de una vez por todas empezaremos a comprender que sin contar con nuestras ciudades y con sus ciudadanos, nunca lograremos un estadio de normalidad civil.

 JS

 > EN ESTE NÚMERO:
> Editorial
> Las Valencias
> València, de la Ciutat de les Arts i les Ciències al Gran Premio de Europa de Formula I
> Urbanismo neoliberal: el ejemplo valenciano
> Claves de la rehabilitación urbana
> Urban planning and a Europe transformed: The landscape politics of scale in Valencia
> Documentos
> Noticias
> Presentación