> AÑO 3 - Octubre 2011
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El hipotético modelo Barcelona y su relación con otras ciudades
Consideraciones sobre el modelo y comparación con los casos de Bilbao, Monterrey, Río de Janeiro y Buenos Aires.
Por Jordi Borja

Muchas veces he visto que se me citaba como uno de los difusores del "modelo Barcelona", especialmente en el exterior, en Europa y América latina. Eso es cierto, por lo menos en parte. Después de los JJ.OO  mi etapa en el gobierno municipal entraba en su tramo final. Permanecí aun dos años más en el Ayuntamiento cómo "delegado del Alcalde para las relaciones internacionales": Esta  actividad que anteriormente había sido complementaria se convirtió en oficial y principal. La participación en congresos, seminarios, conferencias o mesas redondas hacía inevitable aparecer como representante de una experiencia considerada exitosa. Cuando el Programa de Gestión Urbana de Naciones Unidas y Banco Mundial me encargaron un libro lo titularon "Barcelona, un modelo de transformación urbana" que se publicó en inglés y castellano en 1995. El título no es del autor, fue una decisión de los responsables del PGU (NN.UU.-WB) [1] .

Fue mi última actividad en el Ayuntamiento. El libro que coordiné y en parte escribí, pero en el que colaboraron diversos autores, políticos y técnicos, todos vinculados de formas diferentes al gobierno de la ciudad, no se caracteriza por ofrecer una visión crítica y si bien no es propagandístico, enfatiza la lectura positiva de las políticas públicas de los primeros 15 años de democracia.

Hay que decir que entonces y también ahora, pienso que la transformación de la ciudad desde 1979 hasta ahora ha sido globalmente positiva. Con la distancia y el hecho que desde los mediados de los años 90 han sido más visibles las omisiones o aspectos negativos de la gestión municipal, me ha conducido a analizar el proceso urbano de Barcelona desde una perspectiva, si me permiten la expresión, más "dialéctica", es decir procurando descubrir las contradicciones del proceso, las virtudes y las debilidades de las políticas, las intervenciones conflictuales de los diferentes actores, los efectos perversos de los éxitos y los defectos  de algunos de los grandes proyectos. [2]

Creo sinceramente que hay que desmitificar el así llamado "modelo Barcelona". Por tres razones principales.

En primer lugar por inadecuación del término "modelo". Un modelo es una construcción conceptual, abstracta, que facilita el análisis de realidades concretas pero no es una fotografía del objeto real-material. Si es acertado es una clave interpretativa, casi siempre parcial, de la realidad.

Segundo: el modelo, en el lenguaje habitual, hace pensar en un diseño formal que se puede reproducir in situ y con valor general. La transformación de Barcelona no lo es. Se puede hablar de un método urbanístico o de un proyecto político, pero no de un modelo formal. El término "modelo" en todo caso podría aplicarse al diseño físico de  Cerdà para el Eixample, pero hay que tener en cuenta que se trataba de una propuesta para un gran espacio vacío, diez veces mayor que la ciudad existente.

Tercero: el modelo Barcelona cuando se dirige al exterior o hay una recepción del mismo, se tiende a interpretar como un conjunto de normas y actuaciones que configuran una propuesta urbanística ideal y transferible. Pero ni es posible hacer esta transferencia, ni hay un urbanismo ideal definido. Cada ciudad es un caso, los problemas pueden ser similares, los criterios u objetivos compartidos, las respuestas tienen que ser necesariamente diferentes.

La mitificación del "modelo Barcelona" ha sido un factor de promoción de la ciudad pero también ha tenido efectos negativos. En Europa y otras partes del mundo se admiró a una ciudad que con los JJOO entró en un proceso de encantamiento autosatisfecho y cuyos gobernantes fueron perdiendo el sentido crítico. Gradualmente una parte de la ciudadanía y de la opinión experta internacional  empezó a mostrar un cierto malestar y cansancio, incluso decepción,  especialmente a partir del nuevo siglo. [3]

Operaciones "emblemáticas" como el Fórum 2004, o la Plaza Europa (entre la ciudad y el aeropuerto (una treintena de torres como dejadas caer al albur en un páramo suburbano) y el abuso de objetos arquitectónicos descontextualizados, a menudo obras caprichosas de arquitectos famosos (ejemplo: Nouvel, la mal caída torre Agbar  y el absurdo diseño del Parc Central del Poble Nou), no han obtenido buena crítica y se han considerado una perversión del "modelo". En América latina, con la distancia, la mitificación no siempre correspondía a un conocimiento preciso y continuado del urbanismo barcelonés, y a menudo se han querido copiar algunos programas o proyectos sin la debida adecuación. Algunos profesionales, unos vinculados al urbanismo de Barcelona, otros tan solo vagamente conocedores del mismo, con buena fe o por oportunismo, han vendido un modelo idílico " prêt à porter " que no ha llevado a ningún sitio.

El caso de Barcelona es más explicativo exponerlo como un proceso contradictorio en el que intervienen: a) las políticas públicas y la fuerza inercial de las mismas, b) las relaciones de fuerza entre las dinámicas del mercado y los actores económicos capitalistas y las demandas y movilizaciones sociales o populares y c) la influencia de las culturas urbanísticas acumuladas y las ideas predominantes en los sectores profesionales e intelectuales. 

 

De dónde proceden las ideas sobre el urbanismo barcelonés [4]

Las políticas urbanas no nacen de la simple voluntad política o de las visiones de los profesionales. En el caso de Barcelona tenemos que distinguir tres factores contextuales que han condicionado, en un sentido positivo, el urbanismo de la democracia.

Primero: La existencia de una cultura urbanística específica. Podríamos definirla como la voluntad de hacer una ciudad compacta, tanto cuando las condiciones permiten "hacer ciudad sobre la ciudad" como cuando hay que planificar el desarrollo urbano en las periferias. A principios de siglo XIX era evidente el agotamiento de la ciudad en el interior de las murallas. El clamor ciudadano, popular y burgués, profesional y social, consiguió derribar las murallas. El desarrollo se hizo mediante la continuidad urbana, a una escala y una trama diferentes, siguiendo unos planes, principalmente el de Cerdà, pero también influyeron en la cultura urbanística local, en mucha menor escala,  las alternativas o las continuidades: Rovira i Trias 1859, Garriga i Roca 1862, Baixeras 1867, Garcia Faria 1891, Jaussely 1905, hasta el Plan Macià o Le Corbusier 1932. Los planes y las propuestas, incluso los que no se realizan, forman parte de una cultura que influye en el urbanismo posterior. Se manifiesta desde la demolición de las murallas, una voluntad colectiva de "hacer ciudad", en la cual se expresan intereses contradictorios, desde la "gran Barcelona" como motor económico y cultural de la Cataluña de la Lliga, hasta las políticas socialdemócratas que promueven Esquerra Republicana y el GATPAC al inicio de los años treinta. Estas políticas o proyectos priorizan equipamientos y viviendas para los trabajadores,  ideas e iniciativas que se radicalizarán en un sentido anticapitalista en el periodo revolucionario (decretos de municipalización del suelo urbano y de colectivización del sector de la construcción de 1937). La cultura del planeamiento urbano es vigente incluso durante la dictadura: Plan comarcal de 1953, Esquema director metropolitano de 1964-67, Plan general metropolitano 1974-76. En estos planes y proyectos no solo colaboraron los equipos profesionales cualificados, también hubo debate ciudadano (especialmente en los años 70),  y si bien  recibieron críticas por la opacidad derivada del marco político dictatorial también cuando hizo  falta fueron defendidos por los sectores democráticos profesionales, de comunicación y cívicos. Como ocurrió con el Plan general metropolitano (1974-76) que suscitó una activa defensa de  colegios y colectivos profesionales (como el Ceumt) y de la prensa local de orientación democrática.

Las políticas urbanas de los gobiernos progresistas de la democracia no insistieron sobre el planeamiento, aparente paradoja, sino sobre los proyectos, más o menos complejos, pero ejecutables. Las razones son evidentes: hacía falta priorizar el hacer ciudad sobre la ciudad por una parte y por otra, el planeamiento y la legislación vigentes ya ofrecía un arsenal de instrumentos para actuar y para responder a las demandas sociales. Pero transferir estos criterios a otras ciudades, por ejemplo latinoamericanas, donde no existe ni la misma cultura de planeamiento, ni los mismos instrumentos legales para hacer proyectos orientados por el interés social mayoritario, hubiera sido un error. Además hay que tener un cuenta la diferente estructura social de las ciudades españolas y latinoamericanas [5] .

Segundo: En Barcelona existe una "sociedad civil" implicada en el urbanismo y la calidad de la ciudad, como se deduce del punto anterior. Pero hay que añadir que en los años 60 y 70 se generó una crítica urbana y se difundió y legitimó un conjunto de valores y criterios sobre el urbanismo que crearon un ambiente consensual y una capacidad de presión social considerable. Los dos actores principales fueron por una parte un movimiento popular urbano y ciudadano que integraba sectores trabajadores de barrios tradicionales o periféricos y sectores de clases medias. Y por otra parte sectores profesionales, culturales, universitarios y de medios de comunicación. Podríamos añadir los sectores ilustrados del empresariado (Círculo de Economía). Todo junto creaba unas condiciones que favorecían una política urbana transformadora. Los programas de los partidos políticos en las primeras elecciones municipales (1979) eran bastante  similares, expresaban un "consenso activo" positivo que incluía a los partidos más o menos de izquierdas (PSUC, PSC, ERC) y los partidos de centro (CiU, UCD) [6] .  

Tercero: El gobierno de la ciudad elegido en 1979 lo formaban un ancho espectro político-social-cultural hegemonizado por los dos partidos entonces principales (PSC y PSUC habían sido los dos más votados), pero con la participación de CiU (que a medio mandato pasó a una oposición blanda hasta los JJ.OO). A lo largo de los 30 años que siguieron esta mayoría se ha mantenido hasta las últimas elecciones. Los tiempos del urbanismo son largos, un proceso de transformación de la ciudad no se hace ni en uno, ni en dos mandatos de 4 años. No sólo ha habido tiempo y una mayoría política y social estable, también se han dado unas circunstancias excepcionales. Las demandas de la sociedad estaban arraigadas y habían conseguido un importante nivel de agregación y una complicidad en los sectores políticos y profesionales que habían llegado al poder local.

A partir del segundo mandato la hacienda local se fue saneando y se inició un periodo de reactivación económica en el país y en Europa. España se pone de moda y Barcelona, próxima a Europa, está bien situada para reconvertir su base económica industrial en una ciudad de servicios personales y a las empresas y en turismo. La candidatura olímpica da a la ciudad el impulso definitivo.

Resumiendo, el caso Barcelona puede estudiarse como un ejemplo exitoso derivado de su transformación urbana, con sus contradicciones y sus efectos perversos o no deseados, o resultado de omisiones y concesiones a los agentes (“developers”) privados. El balance en muchos aspectos se puede considerar relativamente positivo. Las circunstancias fueron también muy favorables.  Sería erróneo, gratuito y confusionario presentarlo como un modelo perfecto, transferible e imitable. 

 

La recepción en el exterior del “modelo Barcelona”

Nos parece necesario objetivizar el discurso sobre Barcelona, asumiendo sus contradicciones, “sus luces y sus sombras” como intentamos hacer en el libro citado al inicio de este texto. Es también una condición necesaria para una   recepción eficaz  y correcta por parte de públicos exteriores. En los últimos 20 años he desarrollado una parte importante de mi vida profesional en el extranjero, especialmente desde comienzos de 1995 cuando cesé en el gobierno de la ciudad. He trabajado principalmente en Francia y en América latina, con estadías más breves y espaciadas en Italia, Portugal y Estados Unidos. Hay que decir que en todas partes he encontrado un ambiente, en general, muy favorable al "modelo Barcelona", lo que se ha hecho, cómo se ha hecho y cómo se ha interpretado. No quería, obviamente, negar el balance positivo pero tampoco me parece ni honesto intelectualmente, ni positivo para la ciudad alimentar la visión idílica, acrítica y no siempre bien informada de mis interlocutores.

El discurso triunfalista en realidad ha provocado reacciones en sentido contrario en la misma ciudad. Críticos moderados que reconocen el valor positivo de las transformaciones de la ciudad han tendido a ampliar su visión crítica y acercarse a las voces hipercríticas, minoritarias tanto en Barcelona, como en el exterior, que a partir de los aspectos negativos, silenciados por el discurso dominante, exponen una visión radicalmente crítica, la de una ciudad rica que excluye a los pobres, un urbanismo y una arquitectura de apariencias al servicio de la especulación y la ostentación y un gobierno cómplice de promotores y constructores que ha dado la espalda a los movimientos ciudadanos. Esta visión radical, negativa, no la comparto, pero reconozco que se basa en elementos reales. Es la otra cara del discurso publicitario que ha practicado el gobierno de la ciudad y una parte importante de los sectores profesionales y culturales bien relacionados con aquél, así como algunos personajes internacionales, que incluso escribieron libros laudatorios, como Ken Hugues (1992) y Peter Rowe (2006). En un caso todo se blanco, en el otro todo se negro. En Barcelona se ha generalizado bastante la idea dicotomica que divide el urbanismo en dos períodos temporales: el buen urbanismo es el que llega hasta los Juegos Olímpicos y el perverso es el posterior. En este caso habría dos "modelos", el bueno y el malo, como en el cine. Facilita el análisis pero proporciona una visión sesgadadade la realidad. Ni todo fue perfecto en el primer períódo, ni todo es rechazable en lo hecho después de los JJ.OO. Aunque ciertamente en este segundo período las sombras han aumentado en número e intensidad. [7]

He preferido rehuir a los modelos estructurales y practicar una perspectiva historicista, analizar unos procesos complejos, sus precedentes y condicionantes, las contradicciones objetivas y los conflictos entre los actores,  sus impactos en la realidad social, incluidos los efectos perversos del éxito. Y en la medida de mis posibilidades, construir un discurso equilibrado y comprensible tan para el público local como por el exterior. A éste me quiero referir ahora.

Creo que desde Barcelona hay que hacer un discurso crítico que se avance a la crítica  exterior que tiende más a seguir las modas Pues si bien Barcelona todavía disfruta de una muy buena fama en los medios de comunicación masivos y en la opinión pública en los sectores políticos y profesionales, en los últimos 10 años han empezado a manifestarse reticencias y algunos del grandes proyectos urbanísticos y obras arquitectónicas recientes (por ejemplo operación Fórum 2004, o las citadas obras de la Plaza Europa y del  Parque Central del Poble Nou de Nouvel) no han suscitado entusiasmos. Mantener actualmente el discurso ingenuo e idílicamente positivo (como a menudo hacen los responsables municipales) no solo es cerrar los ojos a una parte de la realidad, es poco hábil. No hay que olvidar que cuando se pierde la hegemonía intelectual a la larga es pierde la influencia en los sectores mucho más amplios de la vida política y social.

En América latina la recepción del "modelo Barcelona" nos plantea una cuestión ética importante, que no se plantea igual en el ámbito europeo. En Europa se ha admirado el urbanismo barcelonés, en algunos casos se han encargado proyectos o asesorías a profesionales de la ciudad, pero no se puede decir que el discurso sobre la política y las estrategias urbanas de origen barcelonés haya modificado significativamente la cultura y la práctica del urbanismo en los países de nuestro entorno. Otras ciudades españolas han realizado políticas similares, en espacio público especialmente, y si bien en algunos casos se refieren a Barcelona es más bien por compartir una cultura urbanística similar y no por influencia de un polo dominante barcelonés que solo existe por ahora en futbol. En realidad hay unacultura urbanística europea en gran parte compartida y el caso de Barcelona, por la talla, la rapidez y el éxito mediático de su transformación, ha confirmado su pertinencia. En América latina en cambio cuando "se ha comprado el discurso" no ha significado que ello se materializara en  una  acción coherente, continua, transformadora. En todo caso se ha traducido en actuaciones puntuales, dispersas o intermitentes. Se ha interpretado o aplicado, voluntariamente o por la fuerza de las circunstancias, en el marco del neoliberalismo imperante: plan estratégico sin capacidad reguladora pero legitimador de proyectos urbanos puntuales, promoción de la ciudad más por la vía de enclaves que de la integración ciudadana, falta de criterios y de programas reductores de las desigualdades sociales, etc. En otros casos ha servido para promover actuaciones parciales, interesantes en sí mismas, pero sin capacidad transformadora de partes importantes de la ciudad y de efectos contradictorios. Y en muchos otros casos las propuestas o proyectos inspirados por el caso de Barcelona y por profesionales que han tenido alguna vinculación esta ciudad han quedado reducidos a discursos, papeles, documentos, ideas en el aire… No es necesariamente negativo, es un poso positivo el que quedará, pero no todo, por no decir la mayoría de las veces, lo que se ha planteado o iniciado en las ciudades latinoamericanas citando el ejemplo de Barcelona ha tenido resultados equivalentes.

Las debilidades de los marcos legales y políticos, la escasa complicidad entre sectores profesionales y en general de las clases medias con los movimientos populares y la relativamente insuficiente capacidad de éstos para influir en las políticas públicas integrales ha derivado en unos casos en una recepción más legitimadora culturalmente que eficaz en la práctica por parte de sectores políticos y profesionales y en otros ha servido a una política más clientelar que ciudadana, especialmente cuando se trataba de programas dirigidos a sectores de ingresos bajos o medio bajos.

La gran desigualdad social a la que ya nos hemos referido es un handicap difícilmente superable: cuando la mitad de la población vive bajo el umbral de pobreza y a menudo en condiciones de fuerte exclusión social, estrategias como las nuevas centralidades, la rehabilitación de barrios o los efectos redistributivos de los espacios públicos no se pueden plantear de la misma manera. Hay que vincular estas acciones con programas destinados a satisfacer necesidades básicas (empleo, alimentos, acceso a la escolarización, salud pública, etc).

Algunos de los profesionales que hemos sido vinculados a la gestión urbana en Barcelona, hemos trabajado también en algunas ciudades latinoamericanas. En mi caso en bastantes: México DF, Monterrey, Bogotá, Santiago de Chile, Valparaíso, Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Sao Paulo y Santo André, Rio de Janeiro, La Habana, etc. Hemos intentado adaptarnos a unos entornos muy diferentes. Seguramente no siempre lo hemos conseguido. Y en todo caso soy consciente de que a menudo nuestro discurso barcelonés ha dado pie a interpretaciones que no compartíamos y que han servido para legitimar prácticas políticas con las cuales no nos podíamos identificar. Sería conveniente que los profesionales de Barcelona que han trabajado en América latina hicieran un análisis autocrítico. [8]

Desmitificar el "modelo Barcelona" presentando sus sombras es la mejor manera de hacer creíbles las muchas luces que se han encendido en la ciudad. Reconocer que no es un modelo transferible a otras ciudades no sólo es una cuestión de responsabilidad intelectual, es también ofrecer un conjunto de ideas y criterios que pueden estimular a otros a buscar soluciones propias. Sin embargo la experiencia transformadora de Barcelona, relativamente exitosa, pero también contradictoria y con crecientes efectos perversos, compleja y realizada en un período de tiempo  corto (para los que son los tiempos del urbanismo) nos facilita claves que nos ayudan a evaluar otras experiencias de ciudades que en algunos casos se consideraron influenciados por Barcelona en algunos aspectos (Rio de Janeiro, Buenos Aires) y en otros no (Bilbao, Monterrey). 

 

El no modelo Barcelona y su utilidad para analizar otros casos

 

Figura 1. Barcelona

No hay duda que la estrategia o quizás mejor el método urbanístico de Barcelona resultó eficaz. Ya nos hemos referido a las circunstancias favorables cultura urbanística acumulada y a la movilización gradual de la sociedad civil a partir de la década de los sesenta. Y también  la continuidad de una mayoría política progresista a lo largo de las dos últimas décadas del siglo en que se forjó el “modelo Barcelona”. Hay que destacar un hecho que no siempre se tiene en cuenta: las oportunidades existen si se saben aprovechar, lo cual supone que previamente los actores protagonistas saben lo que quieren. El gobierno de la ciudad y los liderazgos sociales y culturales lo sabían. Y cada oportunidad se supo aprovechar: movilización ciudadana primero, proyectos urbanos ambiciosos una vez obtenida la candidatura olímpica, concertación con agentes privados cuando la ciudad devino más atractiva para los inversionistas. Pero no bastan las circunstancias favorables. El marco legal existente (legislación urbanística, planeamiento vigente) permitía disponer de una diversidad de instrumentos que permitía un importante protagonismo público (por ejemplo el destino obligado para equipamientos o espacios públicos del suelo si cambiaba de uso). Lo cual permitió definir de entrada unos objetivos políticos-urbanos deseados y viables: renovación de centros históricos; equilibrio empleo-residencia en el Ensanche, la extensa área central; nuevas centralidades; desarrollo del frente de mar; reconversión de la zona portuaria y de las zonas industriales; rehabilitación de los sectores degradados o deficitarios en los  barrios populares; etc. Es decir primero se define un plan político de objetivos y actuaciones y se intenta generar los máximos consensos institucionales y ciudadanos posibles; luego se elabora un proyecto inicial, complejo, de carácter integral y se somete a información y debate ciudadano;  a continuación se busca la figura legal que conviene aplicar en cada caso; a partir de este momento se deben encargar los diversos programas y proyectos técnicos que correspondan, los cuales a su vez deberán ser debatidos y  aprobados. 

Este método supone la combinación de unos criterios generales de cultura política y urbanística muy definidas como fue en los primeros años de la democracia: concepto de ciudad igualitaria, que hoy llamaríamos derecho a la ciudad para todos; protagonismo de las centralidades, los ejes, el espacio público y la movilidad (“monumentalizar la periferia y hacer accesibles los centros”); apuesta por la mixtura de funciones y poblaciones, reducir al máximo posible la especialización funcional y la segregación social; etc.  La aplicación consecuente de estos criterios supone a  su vez un liderazgo político muy potente, un alto nivel cultural y técnico y de compromiso ciudadano de los equipos profesionales y una sociedad civil activa, crítica y con capacidad de movilizarse.

A pesar de las circunstancias favorables , de la bondad de los criterios y de la capacidad para aplicarlos de los actores políticos y profesionales protagonistas el resultado no siempre respondió a los objetivos en unos casos y en otros, por acción o por omisión. No siempre hubo coherencia en la actuaciones públicas, por ejemplo el gobierno de la Generalitat disolvió el ente metropolitano cuando más necesario era, fue a finales de los 80cuando se concretaron los proyectos de gran escala. No se previeron los efectos perversos o incluso se conculcaron los objetivos proclamados. En el caso de Barcelona señalemos como puntos negros: la falta de política de vivienda social y concertada y de política de suelo para hacerla efectiva; la insuficiencia del sistema regional de transporte público correspondiente al mercado de trabajo y a la movilidad cotidiana; y la inexistencia de un gobierno metropolitano correspondiente a la ciudad real, el ámbito no solo de la base económica local, también de la población aglomerada y en el que se dan las desigualdades sociales principales.

Por lo tanto si analizamos a continuación otros casos (Bilbao y Monterrey, Rio de Janeiro y Buenos Aires) utilizando las claves interpretativas derivadas del supuesto “modelo” no es para comparar a partir de un prejuicio favorable a Barcelona. En todos los casos hay aspectos positivos y negativos y nunca son los mismos. Simplemente utilizamos los indicadores positivos que orientaron la transformación barcelonesa para ver hasta que punto se cumplen o no en otras ciudades.

El somero análisis sobre los otros casos lo haremos teniendo en cuenta cinco criterios (no son los únicos pero si los más directamente urbanísticos) que en Barcelona han sido considerados exitosos aunque no se han evitado que se hayan producido efectos perversos. Estos criterios son:

Uno. La integralidad de la actuación que en el caso barcelonés se ha aplicado a proyectos de intervención sobre la ciudad compacta, bien en el centro histórico (Ciutat Vella), bien en zonas industriales en proceso de reconversión (22@).

Dos. Producción de nuevas centralidades como operaciones estratégicas, complejas, relativamente largas y costosas, que requieren una diversidad de agentes públicos y privados y que reciben un impulso decisivo si se sabe aprovechar (o propiciar) una oportunidad favorable (ejemplo obvio: los Juegos Olímpicos, pero fracaso relativo de la operación Forum del 2004).

Tres. Articular la ciudad existente con el entorno metropolitano mediante ejes potentes vinculados a los sistemas de movilidad y a las nuevas  centralidades. Ya hemos expuesto la debilidad de la política metropolitana que no ha cumplido adecuadamente una función integradora  coherente y reductora de desigualdades a escala de la aglomeración plurimunicipal. En unos casos incluso la fragmentación politica existente ha producido proyectos monstruosos en la periferia como la Plaza Europa.

Cuatro. La actuación en los barrios populares y zonas mal integradas en la ciudad mediante operaciones de rehabilitación de las viviendas, mantenimiento de la población y atracción de nuevos grupos sociales, creación de equipamientos y espacios públicos de calidad y facilitar la accesibilidad y la visibilidad. Entre otros objetivos convertidos en slogan recordemos el “monumentalizar la periferia y hacer accesible el centro”.

Cinco. La Gestión descentralizada y participativa de las proyectos  y programas urbanos que permitan crear consensos activos con los distintos colectivos sociales en especial los más demandantes  con el fin de reducir la desigualdad social y el desequilibrio territorial y de facilitar la expresión de las reivindicaciones ciudadanas. Barcelona no es Porto Alegre pero en los años 80 de democracia si que funcionó una relación fluida entre los colectivos ciudadanos y  el gobierno de la ciudad. 

 

Bilbao y Monterrey. Una experiencia afortunada, una perla en un espacio lacónico

Dos ciudades industriales, caracterizadas por su potente actividad económica, una estructura social propia del capitalismo clásico (burguesía y proletariado) y una calidad de la oferta urbana discreta. Ambas con bastantes similitudes con Barcelona. Y como en el caso de la capital catalana el municipio relativamente pequeño es el centro de una aglomeración donde se expresa la segregación social, uno o dos municipios periféricos ricos y el resto para los sectores populares con escasa calidad de ciudad. Ambas también con necesidad de modernizar su base económica, dotarse de infraestructura cultural y ofrecer un ambiente urbano atractivo tanto para responder a las crecientes demandas sociales de los  sectores medios y populares  como para atraer actividades y poblaciones externas. Y en ambos casos con la “oportunidad” que representó en un caso la crisis industrial seguida de un período de reactivación económica del entorno (el ingreso en la Unión Europea en los 80 en el caso de Bilbao y la posición privilegiada para la relación con EEUU en Monterrey). En el caso de Bilbao la oportunidad se concretó en la Operación Ría para reconvertir una extensa zona industrial central debido al cierre de la siderurgia y a la necesidad de trasladar el puerto. Y faltaba algo especial para cambiar la imagen de la ciudad, que fue el Gughengeim. En el caso de Monterrey  fue primero la Operación Fundidora, la reconversión del viejo parque industrial siderúrgico y luego la Macroplaza y los equipamientos adyacentes (Museo de arte contemporáneo) y posteriormente la celebración de un evento, el Foro de las Culturas. Sin embargo a pesar de las similitudes los resultados fueron muy dispares.

 

Figura 2. Bilbao

Bilbao acumuló un conjunto de factores, objetivos y subjetivos, favorables. El gran “espacio de oportunidad” de la siderurgia estaba situado en la Ría y en el puro centro de la ciudad. La operación Ría se planteó conjuntamente  entre el gobierno español y el vasco con el de la ciudad en un largo período de colaboración entre las dos fuerzas políticas principales (nacionalistas vascos y socialistas). Desde el inicio se concibió como una operación compleja, integral y articulada con otras operaciones en la ciudad (traslado del puerto, nuevo aeropuerto, el metro, la mejora del centro histórico, actuaciones en los áreas experiféricas). Y con la fortuna de contar con un factor inicialmente no previsto y que se convirtió en el elemento emblemático que dinamizó la operación, cambió la imagen de la ciudad y la proyectó en el mundo: el Gugenheim.

Es lo que podríamos denominar un caso de “serendipity”, apareció algo que no se buscaba y alguien que lo propició que no se esperaba. Fue una iniciativa al margen impulsada por el secretario general de la Cámara de Comercio y el consejero de Cultura del gobierno vasco que concibieron un proyecto de un gran equipamiento cultural y encontraron en el espacio disponible de la Ría el lugar adecuado. Pero ni forma parte del gran proyecto de la Ría ni se esperaba que tuviera los efectos mágicos que tuvo. El Gugenheim y su entorno se pueden considerar como el equivalente a los JJOO de Barcelona en cúanto proyección exterior [9] .

En resumen se trata de un caso exitoso, con muchas similitudes en el planteamiento con el de Barcelona, con resultados bastante parecidos. También lo son algunos efectos perversos como las dinámicas gentrificadoras, los excesos arquitectónicos (Diagonal mar y Forum en Barcelona y las 4 torres concebidas por Pelli y encargadas a él mismo y a otros tres otros arquitectos divinos), la insuficiencia de la política de la vivienda, la concepción como un todo de la realidad metropolitana y en consecuencia el mantenimiento de las desigualdades sociales aunque sea a escalas diferentes.

 No se pueda hablar de la aplicación del mismo “modelo” pero si de criterios  semejantes, pero aplicados por medios y actuaciones diferentes. Aunque en ambos casos siempre con un fuerte liderazgo público y una preocupación positiva por la calidad de los proyectos. Incluso cuando la problemática es la misma y los objetivos son coincidentes las respuestas deben ser distintas, pues la historia, la morfología, la cultura urbanística, la estructura social, el marco político y jurídico, los instrumentos y recursos disponibles y el tipo de liderazgo son diferentes. En todo caso Bilbao es una experiencia afortunada en el doble sentido de la palabra: proyectos bien planteados y exitosos favorecidos por la suerte o el azar de múltiples coincidencias. Se reaccionó frente a la crisis con ambición. [10] Con independencia de que luego aparecieran algunos efectos perversos citados.

 

Figura 3 Monterrey 


Monterrey
no nos merece, a nuestro parecer, el mismo juicio. El punto de partida era parecido, aparentemente los objetivos y el tipo de actuaciones bastante similares, los resultados muy diferentes. Había diferencias importantes de entrada. El gran espacio de oportunidad, La Fundidora, era exterior al área central de la ciudad, separado aunque cercano al tejido urbano. Se trata de un complejo fantástico, de una gran belleza, los antiguos edificios y espacios adyacentes de la siderurgia reconvertidos en equipamientos culturales, sociales y deportivos. A los que se añadieron algunos edificios nuevos (hoteles por ejemplo), todo ello inmerso en un parque atractivo y acogedor. Un polo con un indudable potencial de centralidad. Había distancia física y psicológica pero era factible crear un eje potente que lo articulara con el área central. Lo que no se ha sabido hacer, solamente un modesto trayecto para facilitar el acceso a algo que continua siendo externo. Una de las pocas operaciones interesantes que se realizaron con ocasión de la celebración del Forum Mundial de las Culturas que se celebró en la ciudad en el 2007 y que fue poco aprovechado por la ciudad.

La gran operación central anterior al Forum resultó poco exitosa, la Macroplaza. Una realización orgullo de las élites locales, una prueba más de su bajo nivel cultural. Un proyecto arquitectónico disparatado, abarrotado de obstáculos para usos colectivos diversos, de una ostentación de mal gusto, ni funcional ni acogedor, mal rodeado de edificios que en vez de enmarca la plaza la niegan (es el caso del Museo de Legorreta, el más significativo, que le da la espalda). El viejo centro que lo rodea ha carecido de un proyecto integral y ambicioso de rehabilitación, ha envejecido mal, ofrece una imagen poco atractiva y en gran parte degradada. No se ha aprovechado el cauce del río y su entorno a pesar de que atraviesa el centro de la ciudad. Se mantiene una fuerte segregación social en la ciudad y especialmente en la periferia, en cuyos municipios se concentran los sectores populares en un entorno urbano extremadamente deficitario, en territorios de exclusión. Con la excepción de una zona, un municipio especialmente, donde se concentran una gran parte de los sectores de altos ingresos y que contrasta brutalmente con los municipios adyacentes.

El principal factor diferencial con Bilbao es la falta de un liderazgo político potente, con un proyecto integrador y con una cooperación interinstitucional efectiva (gobierno local y gobierno del estado de Nuevo León). Este débil liderazgo en  parte se explica por el bajo nivel cultural de las elites y la voluntad política de estas de mantener una fuerte segregación social en el territorio. Esta segregación se expresa en parte en el interior de la ciudad y de una forma mas brutal en la periferia donde al lado de uno de los municipios más ricos de América latina (San Pedro) se encuentran otros extremadamente pobres. La falta de una política metropolitana o de cooperación intermunicipal significa renunciar a ordenar el territorio tanto para facilitar un desarrollo coherente como para reducir la desigualdad social. Hay un deficit tremendo de cultura política democrática.

 El Instituto Tecnológico de Monterrey, prestigioso y principal productor de conocimiento, se caracteriza por un escaso interés por la cultura humanística, por la falta de espíritu crítico, por su carácter socialmente excluyente y por proporcionar  una simplista formación de manual. Tampoco existe una movilización ciudadana de los sectores medios, relativamente débiles en una sociedad dualizada. Los sectores populares en gran parte residen en los municipios periféricos y en todo caso tienen carencias locales o barriales muy urgentes que hace muy difícil que promuevan un proyecto ciudadano global integrador con vocación hegemónica. Los sectores dirigentes del mundo económico  y social no manifiestan más interés que el negocio inmediato y la complicidad con los poderes políticos. Cuando le comenté al presidente de la Cámara de Comercio la importancia incluso económica de una buena oferta cultural me contestó tranquilamente “sabe usted a mí la cultura no me interesa nada”. Quam natura non dat, Salamanca non presta. [11]

 

Río de Janeiro y Buenos Aires: ciudades fantásticas mal servidas por sus gobiernos. [12]

En esta caso nos encontramos con dos ciudades exuberantes de belleza y actividad, de alto nivel cultural y de una base económica diversificada. En un caso existe una naturaleza extraordinaria que la ciudad, Río de Janeiro, ha integrado en su tejido urbano, tanto la relación con los frentes de agua como con la espléndida vegetación. Una ciudad con una vitalidad urbana extraordinaria. En el otro, Buenos Aires, dispone de una herencia urbana de alta calidad, forjada desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, con áreas centrales y espacios públicos comparables con las mejores ciudades europeas y con oferta cultural de alto nivel. Y un conjunto de barrios con identidades marcadas.

Hay el lado oscuro de la pobreza, en gran parte recluida en zonas marginales (favelas, villas miseria) y, sobre todo en el entorno metropolitano, que en Buenos Aires (Gran BB.AA) acoge una población triple a la de la ciudad central y mientras que la población Río, de territorio extenso, es inferior a la de su región metropolitana (Baixada Fluminense, Niteroi).

Ambas ciudades a partir de la década de los 90, han promovido unas políticas urbanas en algunos aspectos similares a Barcelona y según sus protagonistas dejándose inspirar por el urbanismo barcelonés. Sin embargo el punto de partida era bastante diferente. Las dos grandes ciudades latinoamericanas son de territorio extenso, lo que hace que a pesar de su población numerosa (solo comparable con Londres y Paris en Europa occidental) no nos encontramos ante una aglomeración compacta. En ambas aparecen enormes zonas periféricas de urbanización discontinua, caracterizadas por la exclusión territorial, con deficits  básicos históricos y habitat informal, en donde se concentra mayoritariamente una población de bajos ingresos y  economía informal. El contraste es muy grande entre la ciudad central y las periferias, pues si bien en la ciudad que da nombre al territorio estos contrates también existen es en relación a las periferias que la desiguadad es mucho mayor. Y los  gobiernos locales periféricos disponen de muchos s menos recursos por habitante que la ciudad central, a pesar de que está si aparece “rica” con relación al resto no dispone de recuros equivalentes a Barcelona o Bilbao. Se añade a todo esto la inestabilidad política puesto que a cada elección cambian el personal y las prioridades, Los proyectos se interrumpen, se generan enclaves privilegiados mientras que el  entorno metropolitano presiona con sus demandas sobre los equipamientos y los servicios de la ciudad central.

Barcelona se apoyó en una tradición urbanística culturalmente hegemónica: Cerdà, el movimiento moderno con orientación social de los años 30 (Gatcpac) y la cultura ciudadana progresista forjada contra la dictadura). Un centro histórico relativamente extenso pero acotado, monumental y residencial popular a la vez, degradado en parte pero con fuertes elementos atractivos e integradores que no era difícil concebir su rehabilitación. Un Ensanche potente que mantenía un equilibrio entre residencia con diversidad social, equipamientos centrales y barriales, trama viaria que garantizaba la movilidad y empleos. Y unos barrios populares muy movilizados y que habían definido unas demandas que formaban parte del capital político compartido por la gran mayoría de sectores políticos democráticos. Además la crisis industrial había dejado en manos del gobierno municipal un importante patrimonio de suelo disponible para equipamientos y espacios públicos. Transferir políticas urbanísticas similares a ciudades latinoamericanas, incluso tan potentes como Río y Buenos Aires, pero mucho más problemáticas que las europeas, no podían producir los mismos efectos. Y estas políticas en bastantes casos no eran tan parecidas a las barcelonesas como pretendieron a veces algunos de sus responsables. El urbanismo no puede resolver el conjunto de problemas sociales acumulados en el territorio urbano. [13]

 

Figura 4. Rio de Janeiro


En  Río el Plan estratégico fue elaborado a partir de 1994 por un equipo conjunto carioca-barcelonés. Pero ni consiguió el consenso político-ciudadano-socioeconómico del de Barcelona, ni tuvo continuidad debido a los cambios políticos ni introdujo un conjunto de proyectos nuevos en la agenda de los gobiernos. Si que puso sobre la mesa del debate ciudadano algunas  cuestiones básicas sobre el desarrollo urbano del centro y de las zonas norte, la importancia decisiva de un buen sistema de transporte público (que era y es muy deficitario), la conveniencia de una política metropolitana, etc.

Dos programas  específicos fueron más eficaces. Uno, “Favela-barrio”, es interesante, ha conseguido éxitos parciales y ha servido de modelo para una política para todo el país. Es un programa con una voluntad integradora coincidente con los criterios de la capital catalana aunque ésta no tuvo ninguna influencia sobre ello. El programa “Rio cidade” en cambio si que se presentó desde su inicio como una iniciativa similar a los proyectos barceloneses de los años 80. Se trataba de desarrollar una estrategia cualificadora de distintas zonas de la mediante la mejora de los espacios públicos. Fue una operación interesante que, como otras, no tuvo continuidad debido a los cambios políticos, aunque ha dejado huella en la ciudad y en su cultura urbanística. Sin embargo este tipo de operaciones requieren además de continuidad ir seguidas de otros proyectos transformadores (accesibilidad, nuevas centralidades, equipamientos, programas económico-sociales, rehabilitación y programas de renovación del parque de viviendas, etc). Es decir la estrategia del espacio público puede motorizar una actuación integral pero si ésta no se da el efecto es muy limitado.

La estrategia de creación de espacios públicos es especialmente eficaz cuando la desigualdad social urbana no es muy grande y la población de bajos ingresos tiene cubiertas sus necesidades básicas y dispone de un cierto excedente para atraer y generar inversiones privadas. En este aspecto la diferencia entre Barcelona y las ciudades latinoamericanas es grande y lo que en la primera obtiene efectos positivos indirectos en las otras son más limitados cuando debieran ser mucho más poderosos.

Río también se planteó la recuperación del centro urbano. A diferencia de Barcelona no ha sido objeto de un plan integral y de ejecución relativamente rápida. Han sido un conjunto de actuaciones y medidas que han revitalizado considerablemente el centro tanto la actividad comercial diurna como la vida nocturna. Sin embargo una transformación rehabilitadora del conjunto y de recuperación de la función residencial está aún pendiente. La mejora de la movilidad y de la oferta del transporte colectivo, especialmente entre la periferia y la ciudad central es otra deuda histórica. Algo tan sencillo como la tarifa integrada y la conexión entre la red metropolitana y la ciudadana aun no se ha resuelto, lo cual contribuye a aumentar los costes sociales y la desigualdad. Los intereses de los potentes grupos privados del transporte se  imponen a los intereses públicos.

Los Juegos Olímpicos, mejor dicho las propuestas de candidatura, ofrecen un interesante elemento de comparación entre Río, Buenos Aires  y Barcelona. Las dos ciudades latinoamericanas se inspiraron en Barcelona, por lo menos en el planteamiento inicial de aprovechar la candidatura para promover una transformación significativa del tejido urbano. Ambas prepararon su candidatura para los JJOO del 2004 a mediados de los años 90 y ambas quedaron fuera en la primera vuelta. Como es sabido una década después Río ha obtenido la nominación para los Juegos del 2016 (lo comentamos más adelante). La propuesta técnica anterior (para los JJOO de 2004) fue preparada en gran parte por un equipo en el que participaron varios de los responsables del proyecto urbano para los JJ.OO de Barcelona. En resumen: contra la idea inicial de algunos responsables de Río y especialmente de las élites económicas y deportivas que optaban por concentrar las actividades olímpicas en el rico Sur (Lagoa, Barra de Tijuca, Río Centro) se optó por priorizar la extensa zona central, con muchos espacios disponibles y la isla Fundao, muy próxima al centro y fácilmente conectable con el norte (aeropuerto, barrios proletarios de Rio, Baixada). La propuesta técnica fue bien evaluada, la gestión política mucho menos (Havelange, presidente de la FIFA, dió a entender que tenía más o menos comprados a personajes del COI)  y los JJOO estaban destinados a una ciudad europea.

La nueva propuesta de Río, en este caso ganadora, ha dado lugar a que diversos responsables de la ciudad hayan proclamado que se inspira de Barcelona. Quizás la intención si, o una idea muy distorsionada de Barcelona, puesto que el proyecto presentado es opuesto a lo que serían los criterios de la candidatura barcelonesa. En este caso se optó por priorizar el desequilibrio existente entre este y oeste y se ubicaron las intervenciones en aquellos ejes y puntos de centralidad que se querían desarrollar, contra las tendencias del mercado existentes que generaban más desigualdades. En cambio la propuesta de Rio concentra las mayores intervenciones y el 50 % de la inversión en la zona Sur lo cual representará importantes costes sociales y ambientales, tanto por la desubicación de las operaciones como por las oportunidades perdidas. Es una propuesta elitista, especulativa, destinada a reforzar la desigualdad social y el desequilibrio territorial, fragmentadora del tejido urbano, insostenible por los costes ambientales y energéticos que genera, económicamente inviable pues se genera una oferta que difícilmente encontrará demanda solvente y se desprovecha la posibilidad de desarrollar zonas deprimidas, políticamente antidemocrática, éticamente impresentable. Se ha perdido absurdamente una gran oportunidad.

 Rio en cambio podría ofrecer un triángulo en el centro orientado al norte basado en un triángulo cuyos elementos principales son: el centro histórico y administrativo, la zona portuaria y el área San Cristóbal/Maracaná. Hay suelo disponible y edificios subutilizados recuperables. Sería una operación de gran escala que cualificaria la zona mas densa (si sumamos residentes con usuarios) de la ciudad.  Y tendría efectos dinamizadores hacia el norte. Pero sobre todo una propuesta de este tipo significaria dar un giro radical para romper las dinámicas perversas y segregadoras que dominan el desarrollo urbano. En este caso se han impuesto lamentablemente los intereses de algunos grupos económicos inmobiliarios con la complicidad de responsables políticos y técnicos. ¿Razones de este comportamiento político? Quizás la mitificación de los agentes privados como “eficaces”; o por ignorancia sobre lo urbano muy propio de los políticos que tienen en la cabeza solo el “Estado”; o por haber dejado pasar el momento oportuno para  intervenir, por temor a hacer peligrar la candidatura; o por no existir en la cultura política local un proyecto de ciudad socializado;   y problemente en algún caso por interés lucrativo, por complicidad entre promotores codiciosos y políticos venales. El resultado es tan sorprendente como desagradable: gobiernos teóricamente progresistas han asumido un proyecto contrario a lo que podría ser una idea de ciudad democrática. [14]

 

Figura 5 Buenos Aires 


Buenos Aires
es una ciudad fantástica con una gran capacidad de resistir a los malos gobiernos. Después de los siniestros años de la dictadura (segunda mitad de los 70 hasta 1983) siguió un período de grave crisis económica que no permitió grandes proyectos urbanos. Los gobiernos de los 80 se centraron en las políticas culturales y sociales  y en redefinir la organización política local mediante la elaboración de una “Constitución de la ciudad” que diera carácter electivo al gobierno, o por lo menos al jefe de gobierno, más competencias al Consejo (Asamblea legislativa) e iniciar un proceso descentralizador y participativo. A inicios de los 90 el nuevo jefe de gobierno, Grosso, antes de asumir efectivamente el cargo, viajó a Barcelona y se propuso llevar a su ciudad algunas de las iniciativas que despertaron su interés: los espacios públicos conquistados, la descentralización y especialmente la reconversión de la zona portuaria para la ciudad. El primer proyecto de Puerto Madero lo preparó un equipo mixto entre la Secretaria de Planeamiento y un equipo vinculado al gobierno de Barcelona. Se proponía una trama que continuara la retícula de la ciudad, con diversidad de usos incluídos los residencias para demandas diferenciadas y se colocaban los edificios altos en la prolongación de las avenidas. Era un proyecto integral que “hacía ciudad”. Pero exigía un liderazgo público para mantener los equilibrios a lo largo de un período de tiempo relativamente largo. Pero la presión de los intereses políticos y económicos de los  administradores “públicos” optaron por la solución fácil y lucrativa a corto plazo de ofrecer los galpones (almacenes portuarios) y los posiciones centrales a los promotores o grupos económicos mas fuertes para concentrar edificios de oficinas y comercio de lujo en las zonas más accesibles. El resultado ha sido un paisaje de galpones de arquitectura atractiva situados frente al agua privatizados para las elites económicas y políticas y edificios-torres dispersos en el territorio adyacente sin trama ciudadana y separado de la ciudad por playas y vías de estacionamiento y circulación. Se ha creado un enclave elitista mediante una operación especulativa y excluyente solo atenuado por la calidad del espacio público reforzado por la belleza del entorno. El jefe de gobierno tenía un proyecto de ciudad, por las razones que fueran,  presión de intereses espúreos o complicidad con éstos, o quizás creer que o era una operación lucrativa para los agentes políticos y económicos dominantes o no se haría nada, el hecho es que se realizó una operación vistosa pero no lo que requería un proyecto democrático de ciudad.

El planteamiento del proyecto olímpico de los años 90  nació con la misma lógica especulativa: concentrar todas las inversiones en la costanera norte, la zona rica de la ciudad pero con mucho espacio disponible (parques y espacios públicos de calidad, aeropuerto ciudadano) cuando la lógica ciudadana exigía aprovechar la oportunidad para un desarrollo cualificante hacia el sur (que fue la lógica seguida en Barcelona con la ubicación de la Villa Olímpica en el frente de mar del este). Como no se obtuvo la nominación el proyecto quedó para otra ocasión. [15]

Las actuaciones posteriores han seguido casi siempre el mismo camino pero sin la ambición de los dos ejemplos citados. Se han facilitado las operaciones especulativas de pequeña escala por medio de torres aisladas que rompen la magnífica retícula de la ciudad . La arquitectura al servicio de un mercado salvaje ha idos substituyendo al urbanismo ciudadano. Se deterioran los espacios públicos mientras se realizan pequeñas o medianas obras públicas intrascendentes para favorecer negociados “público-privados”. Se mantiene la prioridad al transporte privado mientras se deteriora el transporte público colectivo y el espacio público.

El caso de la calle Corrientes es muy expresivo de la impotencia o la falta de cultura ciudadana de los responsables políticos. El deterioro de una calle emblemática como Corrientes no es una cuestión de circulación, o lo es solo muy parcialmente. Cerdà decía que la calle no es una carretera, menos aún una calle que merece ser patrimonio de la humanidad. Corrientes debiera ser semipeatonal, es un espacio público significante y polivalente, una calle con vocación de paseo, comercio y ocio. En los años 90 la secretaría de planeamiento convocó un concurso para arquitectos para su rehabilitación. Ganó una propuesta intervencionista y barroca, costosa e innecesaria. Cuando el director de planeamiento me pidió opinión al respecto le respondí de entrada que le proponía gratis una solución muy poco costosa, adecuada al lugar y viable a corto plazo. Era suficiente recuperar para los viandantes dos de los seis carriles de tres metros cada uno que se destinaban a la circulación de vehículos. Le pareció una buena idea pero difícil de aceptar por parte del jefe de gobierno (De la Rúa, que luego fue presidente y nunca se distinguió por su coraje) pues él y la mayoría de los miembros del gobierno se asustarían ante la reacción de los medios de comunicación y de los automovilistas. Solo se ha conseguido al cabo de años de debate recuperar uno de los 6 carriles para ampliar  una veredas misérrimas. [16]

Paralelamente a estas dinámicas se elaboró la Constitución  de la Ciudad cuya virtud principal ha sido ampliar la clase política local  mientras que la ley  de  Comunas, es decir la descentralización, se ha ido aplazando y pervirtiendo, puesto que parece destinada a favorecer una nueva extensión de la partitocracia y de la burocracia locales.

También se fue elaborando un Plan urbano ambiental sin objetivos definidos, sin proyectos ancla, sin prioridades ni movilización de recursos, sin consenso político ni apoyo ciudadano. Y una buena idea como fue el Plan Estratégico que  generó un espacio ciudadano de debate y participación fue dejado de lado progresivamente por los gobiernos de la ciudad.

Y sin embargo “ e pur si mueve”. En los últimos años la reactivación económica y cultural ha supuesto una mayor animación del espacio colectivo. Ha prevalecido excesivamente la ocupación comercial y de ocio de la escena pública para sectores medios y para turistas  puesto que supone en muchos casos disponer de excedente económico. Una ansía de aparecer globalizados. Pero Buenos Aires es exuberante de vitalidad cultural, tiene una identidad marcada y diversa en sus centros y en sus barrios, existen múltiples  organizaciones ciudadanas y redes sociales, hay debate urbano al margen de las instituciones políticas. Es una ciudad que enamora. La ciudadanía se merece otros gobernantes. 

 

Nota conclusiva

Esta sintética comparación no pretende oponer una experiencia positiva (la española) frente a experiencias negativas (las latinoamericanas). Hemos utilizado el discurso de Barcelona para hacer la crítica de  otras ciudades que se han servido de este discurso para legitimar sus acciones y omisiones. No nos hemos entretenido en el caso de Barcelona ni en el de Bilbao puesto que  en esta misma obra se analizan críticamente y el autor también lo ha hecho tanto en una obra colectiva de hace unos años, (Urbanismo del siglo XXI [17] , y muy recientemente en Luces y sombras del urbanismo de Barcelona, ya citada.

Hemos procurado exponer por una parte las diferencias contextuales entre la situación de las dos  ciudades españolas y las tres latinoamericanas, lo cual explica en parte como en muchos casos las sombras han sido más visibles en estas últimas. Pero también hemos querido resaltar que la voluntad, o mala voluntad, política también ha influido en el uso perverso de un discurso teóricamente democrático y de facto excluyente por acción o por omisión.

Esta reflexión crítica sobre los tres casos latinoamericanos no nos exime de hacer un discurso crítico sobre el caso español, que se lo merece [18] . El modelo que ha prevalecido progresivamente, en especial a partir de los 90, ha llevado a una crisis económica que nos ha convertido en el país más endeudado del mundo “desarrollado”, tanto en deuda pública como privada (en relación a la población). Y si bien es cierto que en las ciudades compactas en los primeros 20 años de democracia (las dos últimas décadas del siglo XX) se han producido transformaciones positivas, no solo en Barcelona y Bilbao, también en otras muchas ciudades, también lo es que los efectos perversos se han manifestado con el tiempo cada vez más fuertes. El mercado inmobiliario ha ido expulsando a los sectores populares de las ciudades centrales y éstas se han hecho más exclusivas y excluyentes en sus zonas de más calidad. Se han utilizado ideologías como la “competitividad urbana” (un concepto absurdo) o la “inseguridad” debido a la existencia de “colectivos (supuestamente) peligrosos”, inmigrantes, jóvenes, pobres, para favorecer esta exclusión y enviar a los sectores de bajos ingresos lejos de la ciudad de calidad o acosarlos sistemáticamente en el espacio público [19] . Y de esta forma en España las ciudades centrales ofrecen una apariencia de ciudad democrática mientras en las extensas zonas suburbanas domina la exclusión, la anomía y la miseria ciudadanas.

Nuestro objetivo ha sido analizar la contradicción entre el discurso producido en Barcelona vehiculado en América latina y la realidad de las políticas urbanas de tres ciudades que el autor ha podido conocer de cerca. Y verificar nuestra hipótesis de que el uso que se ha hecho de este discurso ha servido más de legitimador que de orientador de las prácticas urbanas. Con el tiempo este mismo usos perversos se han aplicado también en España a nuestras realidades. El urbanismo aunque su ejecución tenga una dimensión técnica es ante todo una parte importante de la política.

 JB

 

Notas

[1] El autor hubiera preferido el título “Barcelona, un caso de transformación urbana”

[2] Este planteamiento está desarrollado en el  libro del autor “Luces y sombras del urbanismo de Barcelona”, Editorial UOC, 2010

[3] Ver los textos  de contenido crítico de J.M. Montaner, M.Herce y J.Borja en “Urbanismo en el siglo XXI” (Ediciones UPC, 2004) y de H.Capel “El modelo Barcelona, un examen crítico” (Ediciones del Serbal, 2005) que anteriormente colaboraron o defendieron el urbanismo barcelonés. El mismo Montaner publicó en los años 80 y 90 numerosos artículos  recogidos en el libro Repensar Barcelona (UPC, 2003) y ya hemos citado el libro coordinado por J.Borja “Un modelo de transformación urbana”, ambos de contenido positiva. Una crítica más violenta la encontramos en M.Delgado “La ciudad mentirosa. Fraude y miseria de Barcelona” (Ediciones Catarata 2007). La crítica exterior se expresó por ejemplo en los números dedicados a Barcelona de las revistas  europeas especializadas Domus (2004) y Area (2007) o en una parte de los textos seleccionados por Tim Marshall en Transforming Barcelona (Londres,2004) como el de Mari Paz Balibrea “Barcelona, de modelo a marca”.

[4] Ver el dossier sobre “La circulación de las ideas en el urbanismo”, Revista Sociológica nº 65, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 20007. Incluye una entrevista con el autor.

[5] En el primer caso nos encontramos en sociedades estratificadas en las que entre los sectores de mayores ingresos y los de más bajos ingresos hay diversos sectores intermedios solventes que reclaman una oferta urbana de calidad y expresan también demandas solventes. Incluso una parte de los sectores de bajos ingresos disponen de un pequeño excedente lo cual permite que la mejora del entorno urbano atraiga también ofertas comerciales y animación urbana. En las ciudades latinoamericanas, a pesar del crecimiento de los sectores medios  en las  últimas dos décadas, es aun muy fuerte la “dualización social” que conlleva un uso menor de la ciudad formal, los sectores más altos encerrados en sus zonas de privilegio y los más pobres en zonas marginales. Lo cual no es un argumento, al contrario, de promover políticas públicas de equipamientos, servicios y espacios públicos in situ  y de acceso a zonas de calidad de la oferta urbana para transferir “salario indirecto ciudadano” a estos sectores. 

[6] Por ejemplo, en la campaña de estas  primeras elecciones municipales  encontré en la calle una hoja de propaganda del UCD (entonces el partido centrista que lideraba el presidente de gobierno, Suárez) que era una copia literal de una parte de un documento programático del PSUC que yo personalmente había redactado.  

[7] En Luces y sombras del urbanismo de Barcelona, ya citado, se pueden encontrar las referencias de los principales autores y textos con visiones contrapuestas del urbanismo barcelonés.

[8] Ver la crítica en Ciudades sin rumbo (Siap-Ciudad, 1991), de José Luis Coraggio al uso que se ha hecho de las ideas expuestas por J.Borja  defensa de la Descentralización. Coragggio critica con razón  la interpretación de la “descentralización” en un sentido neoliberal  y apunta que se trata de un proceso contradictorio y que puede utilizarse con objetivos contrarios a los que la cultura progresista propone. Es decir que se puede utilizar para aumentar las desigualdades en vez de reducirlas.

[9] Un caso de “serendipity”: la obra de Ghery resultó ser algo que ni sus promotores ni el arquitecto que aprovechó unos dibujos que tenía en reserva habían previsto: el emblema, el aparente motor del cambio de la realidad, o de su imagen. Encontraron algo que no buscaban, lo que se denomina “serendipity”.

[10] En una visita político-profesional a Bilbao, en 1979, me reuní con varias decenas de militantes políticos y barriales así como profesionales progresistas, entre los cuales bastantes recién elegidos de la ciudad y de los municipios periféricos y colaboradores de éstos. El ambiente era pesimista, la crisis económica, personificada por la siderúrgica, era impactante. Mi primera reacción fue argumentar que el gran vacío dejado por la siderurgia en el centro de la Ría era también su gran oportunidad. Saltaba a la vista!

[11] Los comentarios sobre Monterrey se derivan de la experiencia personal de un trabajo profesional realizado, conjuntamente con Manuel Herce, Mirela Fiori y Arturo de Mier y Terán entre 2003 y 2005 por encargo del gobierno de Nuevo León. Se trataba de proponer un conjunto de estrategias metropolitanas para integrar el territorio de la aglomeración capital del estado y de reforzar su centralidad. Hicimos el trabajo, nos lo recibieron amblemente pero fuimos conscientes que iría a parar a un armario. Así fue.

[12] El autor colaboró desde los inicios de los 90 con ambas ciudades. En Río como codirector del Plan Estratégico y como miembro del equipo técnico de la candidatura a los JJOO del 2004 (que no se ganó). En Buenos Aires colaboró (con Busquets y Alemany) en la propuesta de Puerto Madero, conjuntamente con la secretaria de Planeamiento (Fredy Garay) y posteriormente fue asesor del Plan urbano y ambiental, del Proyecto de Descentralización y del Plan  Estratégico.

[13] En una ciudad no muy distinta de Río en cuanto problemática social, Porto Alegre, conversé con Tarso Genro, entonces prefeito (alcalde) de la ciudad. Me mostraba un barrio periférico muy pobre, de vivienda precaria  y  pésima urbanización. Comenté que facilitar el acceso al barrio, hacer llegar el camino principal desde la ciudad a una plaza, con fuente, comercio, centro de reunión, etc  le proporcionaría al barrio calidad y esperanza, movilizaría recursos y le daría visibilidad. Tarso replicó que era cierto, sería una mejora pero añadió: esta gente a penas tiene para comer cada día, no todos pueden pagar el transporte, la mejora del espacio público no puede tener los mismos efectos que en Barcelona. Tenía razón, la injusta distribución del ingreso impone unos límites a veces casi insuperables al urbanismo democrático. Lo cual no justifica no mejorar el espacio público, aunque no produzca milagros.

[14] En marzo 2010 la Prefeitura de Río y el Instituto de Arquitectura organizaron un seminario Rio-Barcelona sobre JJ.OO y Ciudad, a partir de la experiencia de Barcelona y las propuestas de Rio. Participaron en el encuentro el prefeito y el que fue alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, líder de su transformación urbana desde inicios de los 80 hasta después de los JJOO así como algunos de los responsables politicos y técnicos de aquel proceso, entre ellos el autor. Los responsables de Río o bien parecían perplejos o confusos sobre el proyecto urbano de los Juegos o bien defendían la bondad “técnica” del proyecto (es el caso del secretario de planeamiento). Dirigentes del Instituto de Arquitectura y profesionales reconocidos de la ciudad se mostraron críticos y más o menos discretamente lo expresaron pero tuve la sensación que la suerte esta echada, eran pocos (entre ellos el presidente del Instituto) los que se atrevían a una crítica radical del proyecto aprobado. A la argumentación de que el proyecto en su dimensión técnica había sido bien valorado por el Comité Olímpico le respondí que este Comité tiene en cuenta si cumple los requerimientos de los JJOO (equipamientos deportivos, áreas de residencia, gestión de la movilidad, seguridad) pero no es competente ni lo pretende evaluar la dimensión urbanística que dejará una traza en la ciudad. Además las decisiones urbanísticas son políticas, pues supone tener objetivos integrales sobre la ciudad, tomar opciones en función de las prioridades ciudadanas, evaluar los efectos económicos, sociales, culturales y ambientales, etc. Considerar solo el aspecto “técnico” al margen de todas estas dimensiones podría llevarnos a exaltar la maravilla técnica de eliminar por medios sofisticados a 6 millones de personas inocentes en hornos crematorios como hicieron los nazis.

[15] Cuando se preparaba la candidatura, su responsable (o uno de ellos) era el Secretario de Turismo de la Nación me propuso una entrevista. Cuando insinué que la opción prioritaria debía ser intervenir en la zona sur replicó: de ninguna forma, nosotros debemos invertir allá donde va ahora el sector privado. Es decir lo contrario de lo que debe hacer un gobierno: corregir las desviaciones del mercado y en todo caso crear y poner condiciones para atraer a zonas degradadas o marginales inversiones públicas y privadas.

[16] La calle  Corrientes es un icono urbano excepcional, una concentración de elementos físicos y simbólicos, sedentarios y móviles, en fin, objetos y ruidos, viandantes y vehículos. En fin un exceso debido a como se han acumulado usos diversos, entre ellos ambulantes y depósito de lo que comercios y restaurantes dejan como deshechos. Propuse rampliar las vereda para los viandantes  pues recuperando un carril de cada lado el espacio entre la circulación y los comercios se casi triplicaba. Los 4 carriles que quedaban para los vehículos serían de dos direcciones, un carril a cada lado para buses y taxis y los otros dos para la circulación libre. Un rediseño del mobiliario urbano y de los usos fijos en las veredas (kioscos, ambulantes, contenedores) para dejar espacios podía permitir mayor transparencia y facilidad de movimientos para los ciudadanos: por ejemplo concentrando estos elementos en las esquinas o al lado de las paradas de los transportes colectivos.

[17] Urbanismo del siglo XXI. Madrid, Bilbao, Valencia, Sevilla y Barcelona” Jordi Borja y Zaida Muxí editores, Ediciones UPC, Barcelona 2003.

[18]  Ver dos obras recientes: “El modelo inmobiliario español” de J.M.Naredo y A.Montiel, editorial Icaria, Barcelona 2011 y “Fin de ciclo de la economía española” de Enmanuel Rodríguez y Isidro López, Observatorio Metropolitano, Editorial Traficantes de sueños, Madrid 2009. J.Borja, en el epílogo de Luces y sombras... op.cit., también expone una crítica sintética del modelo de desarrollo urbano que ha prevalecido en España en las dos últimas décadas.

[19] Ver de J.Borja “Inseguridad ciudadana en la sociedad de riesgo” (Revista Catalana de Seguridad Pública, 2006) y “Dret a la inseguretat” (Barcelona Metrópolis Mediterránea, 2009).

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